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Bienvenidos a La Playlist del Yeyo

Bienvenid@ a mi rincón musical del siglo XX. Donde vive la magia.

Si decides navegar por estos mares, pronto descubrirás que me he quedado anclado en el siglo pasado. Y no podría estar más orgulloso. Este pequeño fondeadero, perdido en el vasto océano de internet, es un lugar donde las historias suenan y la música se cuenta. ¿O es al revés? El caso es que en sus publicaciones te narro relatos con banda sonora. ¡O quizá te convierto un disco en narrativa! ¡Bueno, no sé!

Tú decides si vienes por las historias o por las canciones. Este fondeadero abraza ambas cosas. En cualquier caso, aquí se combinan narrativa y buena música. La mejor música del siglo XX.
Publicado noviembre 02, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

Talk Talk-It's My Life

Interpretación visual de It's My Life de Talk Talk-La Playlist del Yeyo


Era una voz muy peculiar, parecía la voz de un hombre mayor, casi de un anciano, pero luego veías a Hollis cantar, y parecía algo increible. No cuadraba la voz con el joven cantante. Siempre me ha atraido esa voz, sonaba como desgarrada, muy madura, a veces casi susurraba, otras parecía que no cantaba, solo recitaba.



Menú de Contenido:

  • 1. El Restaurador de Sombras (Narrativa)
  • 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

El Restaurador de Sombras

—Apaga esa maldita luz, Nora. No estás buscando una grieta en la carrocería de un camión; estás a punto de quemar setenta años de barniz de almáciga.

—Si no acerco el foco, Andrew, lo único que veo es un manchón de betún rancio. Además, el cliente no paga para que trabajemos a la luz de las velas como monjes medievales. Quiere el lienzo limpio el viernes.

—El cliente no distingue un óleo holandés de una pegatina de gasolinera. Y tú tampoco si sigues usando esa espátula como si fuera una pala de albañil. Suelta eso. Pásame el hisopo con la mezcla de alcohol bencílico y esencia de trementina. Y con calma, por el amor de Dios. La paciencia no se aprende en la escuela de bellas artes, se mama con el polvo de este taller.

Nora soltó una carcajada seca, dejando la herramienta metálica sobre el tablero de roble atestado de frascos oscuros, pinceles de pelo de marta desmochados y retales de lino. Se pasó el dorso de la muñeca por la frente, apartándose un mechón rebelde teñido de castaño cobrizo.

El taller ocupaba la última planta de un antiguo almacén de salazones en Wapping, al este de Londres. A través de los ventanales de guillotina, divididos en decenas de cuarterones sucios de hollín industrial, el río Támesis discurría espeso, gris y silencioso como una serpiente de plomo bajo la neblina helada de noviembre. Fuera, la sirena de una barcaza rasgaba la tarde; dentro, el olor penetrante del aguarrás, la cera virgen y el café recalentado formaba una atmósfera casi irrespirable para cualquier intruso, pero balsámica para Andrew Vance.

Andrew y Nora en el taller

Andrew rondaba los cincuenta, con la barba canosa recortada al descuido, unos ojos miopes protegidos por gafas de montura de carey y un cárdigan de lana burdeos que conservaba manchas de pigmento de hace dos décadas. Había sido el restaurador predilecto de las galerías más estiradas de Mayfair hasta que se cansó de los intermediarios engominados y las subastas fraudulentas. Desde entonces, recluido en aquel altillo junto a Nora —su aprendiz más brillante, mordaz y tozuda—, solo aceptaba encargos singulares. Y el que reposaba aquella tarde sobre el caballete principal superaba con creces cualquier rareza vista en años.

—Míralo bien —dijo Andrew, señalando con la punta de una pinza de precisión la esquina superior del lienzo—. El marchante dijo que era una obra menor de un expresionista anónimo de entreguerras. Pero nadie en 1930 aplicaba la imprimación con espátula flexible de esta manera, ni dejaba secar el pigmento azul cobalto para luego rasparlo con un peine de púas finas. Hay algo debajo, Nora. Y quienquiera que pintó la superficie tenía una prisa desesperada por taparlo.

Nora se inclinó, entrecerrando los ojos mientras ajustaba la lente de aumento binocular que llevaba en la cabeza.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

—Espera un segundo... Andrew, mira aquí, justo debajo de la manga de la figura femenina. No es suciedad orgánica ni moho. Es una película de laca sintética moderna. Esto no tiene setenta años. Este cuadro se pintó hace apenas unas décadas. A finales del siglo pasado, como mucho.

—O en los ochenta —murmuró Andrew, sintiendo un escalofrío familiar bajando por la nuca—. Los ochenta fueron años de imposturas y prisas, pero algunos sabían exactamente qué hacían. Cuando el mundo se llenaba de plástico y sintetizadores estridentes, unos pocos decidieron pintar con la lentitud de los viejos maestros.

Andrew dio media vuelta, cruzó el taller arrastrando las zapatillas de pana y se detuvo junto a una consola de madera barnizada en nogal. Sobre ella, un giradiscos Thorens relucía impecable, flanqueado por dos cajas acústicas de diseño británico que desafiaban el desorden caótico de la sala. De una estantería repleta de cubiertas gastadas extrajo una funda con el borde desgastado. Deslizó el vinilo negro con un cuidado litúrgico sobre el tapete de fieltro, accionó la palanca y dejó caer suavemente la aguja en el primer surco. Dum Dum Girl

El bajo pulsante, fibroso y elástico de Mark Hollis y Paul Webb emergió con una nitidez quirúrgica, llenando el almacén con un groove implacable y una atmósfera sofisticada que de inmediato hizo que Nora dejara el bisturí en el aire.

—¿Talk Talk otra vez? —preguntó ella, sonriendo con media boca pero marcando el ritmo con la puntera de sus botas militares—. Creí que tu cuota de pop británico de los ochenta estaba cubierta esta semana con Roxy Music.

—Esto no es simplemente pop, Nora, y si vuelves a llamarlo así te rebajo el sueldo que de todos modos aún te debo —replicó Andrew, acercándose al caballete con los brazos cruzados, mecido por la cadencia rítmica del tema—. Escucha esa línea de bajo en Dum Dum Girl. No es un relleno comercial. Es pura tensión melódica. Hollis cogió las herramientas de moda de 1984 —los sintetizadores Roland, las cajas de ritmos híbridas— y en lugar de hacer música de discoteca para consumo rápido, construyó una trampa emocional. Fíjate en cómo la voz entra no para lucirse, sino para interrogar al oyente. Es una crítica demoledora a la superficialidad, a las palabras vacías, a dejarse llevar por la corriente.

—La letra suena casi desencantada —observó Nora, prestando atención a la manera en que Hollis articulaba cada verso, mordiendo las sílabas con un fraseo único, a medio camino entre la súplica y el desdén—. Como si le hablara a alguien que prefiere no pensar para no sufrir.

—Exactamente. Es la elegancia formal como escudo contra la estupidez —dijo Andrew mientras humedecía una torunda de algodón con agua desionizada—. Y este cuadro tiene exactamente esa misma actitud. Por fuera parece una escena decorativa, casi complaciente. Pero retira la primera capa y verás el veneno.

el descubrimiento de caroline

Nora obedeció. Con pulso milimétrico comenzó a retirar el barniz oxidado que cubría el rostro de la mujer retratada. Poco a poco, la pátina amarillenta cedió ante la mezcla de disolventes. Debajo no apareció el rostro dulce y desvaído que el marchante les había prometido, sino una mirada fija, turbadora, de ojos negros almendrados, plasmada con pinceladas violentas y una paleta de grises azulados.

Andrew se quedó inmóvil. La torunda de algodón cayó al suelo de tablas carcomidas.

—Andrew... ¿estás bien? Te has quedado blanco como el yeso de bol.

—Conozco esos ojos —dijo él en un susurro apenas audible, mientras el tema Dum Dum Girl se desvanecía en el silencio de los altavoces—. Conozco la forma en que el iris izquierdo tiene esa mota marrón casi invisible junto a la pupila.

—¿De qué estás hablando? ¿Quién es?

—Caroline —respondió Andrew, clavando la vista en el lienzo como si estuviera contemplando a un fantasma resucitado—. Se llamaba Caroline. Y la última vez que la vi fue una noche de otoño de 1986, justo antes de que este cuadro, y la persona que lo firmó, desaparecieran de la faz de la tierra.

—¿El pintor? ¿Quién era el pintor? —insistió Nora, intrigada al ver la máscara de frialdad técnica de su maestro quebrarse por primera vez.

—Alguien que creyó que podía jugarse el alma a los dados y no pagar la cuenta —dijo Andrew, caminando con paso autómata de vuelta al giradiscos para mover la aguja hacia el siguiente corte del disco—. Alguien que convirtió el arrepentimiento en un arte insoportable. Such A Shame

El grito desgarrado, casi animal, procesado a través de efectos analógicos con el que abre Such a Shame rebotó contra las vigas de hierro del techo. El ritmo tribal, marcial y obsesivo de la batería se adueñó del almacén, mientras una melodía de teclado monumental y trágica envolvía el ambiente.

—Dios santo... —soltó Nora, dando un paso atrás al sentir la densidad sonora de la pieza—. Esta canción siempre me ha parecido colosal, pero escuchada aquí, con la noche cayendo sobre el río, da escalofríos.

—Hollis la compuso inspirado en El hombre de los dados de Luke Rhinehart —explicó Andrew, apoyando las manos en la mesa de mezclas con la mirada perdida en la ventana—. La novela sobre el tipo que decide cada paso de su vida, cada atrocidad y cada capricho, lanzando un dado. Such a Shame es el retrato del hombre acorralado por el azar que él mismo provocó. Fíjate en la producción: Tim Friese-Greene entró en la banda precisamente aquí, como productor y cerebro en la sombra. Él limpió la chabacanería del synth-pop y le dio esa profundidad casi cinematográfica, con capas de texturas que respiran. La voz de Hollis no canta: se desangra. Es la vergüenza de haber tenido todo en la mano y haberlo arrojado por la borda.

—¿Eso hizo el pintor? —preguntó Nora, señalando el retrato de Caroline que emergía con nitidez sobre el caballete—. ¿Lanzar su vida a los dados?

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—Él era mi hermano menor, Nora. Se llamaba Christian —confesó Andrew, volviéndose hacia ella con la voz quebrada por el peso de los años guardados bajo llave—. Christian era el genio de la familia. Yo solo era el artesano meticuloso que sabía limpiar la mugre de los maestros; él creaba mundos con tres trazos. Pero era errático, volátil, incapaz de asumir las consecuencias de sus actos. Vivía con Caroline en un estudio húmedo cerca de Camden. Ella lo sostenía todo: pagaba el alquiler, compraba los lienzos, le perdonaba las borracheras y las ausencias. Hasta que una noche, Christian decidió que la estabilidad era una jaula burguesa. Desapareció sin decir una palabra, llevándose consigo los ahorros de ambos y una serie de doce cuadros en los que había estado trabajando durante un año entero.

—¿Y Caroline?

—Caroline vino a verme a mí. Estaba destrozada, pero no lloraba. Tenía esa dignidad helada de las personas a las que les han arrancado el suelo bajo los pies. Me preguntó si sabía dónde estaba. Le juré que no, y era verdad. Dos meses después, Caroline se marchó a Francia. Nunca volví a saber de ella. Y de Christian... solo nos llegaron rumores de que se había marchado a Berlín, hundido en deudas de juego. Hasta hoy.

Nora se acercó al lienzo y tomó un bisturí limpio. Con una precisión quirúrgica, rascó el borde inferior derecho, donde la pintura al óleo parecía haber sido rellenada con una masilla reciente. Una pequeña capa de barniz saltó, dejando al descubierto una inscripción diminuta hecha a punta seca: L.P.D.Y. - Exp. 84.

—Mira esto, Andrew. Hay unas siglas. Y debajo, una marca circular como el dibujo de un disco de vinilo.

Andrew se caló las gafas y miró a través de la lupa. Un estremecimiento le recorrió los hombros.

anagrama del club nocturno

—No puede ser. No son siglas de una galería comercial. Es el anagrama de un viejo club subterráneo de coleccionistas clandestinos: La Playlist del Yeyo. Un refugio en el Soho donde a mediados de los ochenta se reunían músicos, pintores y contrabandistas de arte para intercambiar obras al margen del fisco y de la crítica establecida. Christian frecuentaba ese sótano. Decía que allí la música que sonaba en los platos dictaba el precio de los lienzos. Si el dueño del garito ponía una canción y tu pintura no vibraba al mismo compás, estabas fuera.

—Entonces este cuadro pasó por ese club —dedujo Nora con los ojos brillantes de fascinación detectivesca—. El cliente que nos lo trajo ayer no lo compró en una subasta de Sotheby’s. Lo sacó de un desván o de una colección privada que lleva oculta cuatro décadas.

—Y lo peor no es eso —dijo Andrew, tomando el hisopo de nuevo y frotando con vigor la zona del pecho de la figura de Caroline—. Mira lo que hay bajo el pigmento bermellón del vestido.

Nora contuvo el aliento. Bajo la tela roja no había más pintura: había una hoja de papel de arroz pegada al lienzo mediante una técnica de marouflage, con un texto mecanografiado en tinta violeta descolorida.

—Es una carta —murmuró Nora—. O una confesión.

Andrew no respondió de inmediato. Fue hacia el tocadiscos. La aguja avanzó hacia el corte principal que daba título al disco. La habitación entera parecía haber estado esperando ese momento para descargar la tormenta acumulada. It’s My Life

El estallido del sintetizador inicial, luminoso, tajante, seguido por la explosión rítmica de la percusión y ese bajo arrollador, rompió la atmósfera sombría del taller. La voz de Mark Hollis se elevó con una fuerza casi desafiante: «It’s my life, don’t you forget...».

—Vaya himno... —exclamó Nora, sacudiendo la cabeza con admiración mientras el estribillo retumbaba contra los cristales empapados de lluvia—. Tiene esa épica ochentera pero sin sonar artificial ni envejecida. ¿Por qué sigue sonando tan viva esta canción, Andrew?

—Porque no es complaciente —respondió Andrew, alzando la voz por encima de la instrumentación exuberante—. Escúchala bien. Todo el mundo cree que es una canción triunfalista sobre la libertad individual, una fiesta pop. Pero la producción de Friese-Greene y la interpretación de Hollis están llenas de sombras y de amargura. Habla del coste de ser uno mismo. Decir «esta es mi vida» no es un eslogan de autoayuda barato; es una declaración de guerra contra las expectativas de los demás, asumir que vas a defraudar a la gente que te quiere y que vas a quedarte solo en el camino. Por eso fue el gran éxito internacional del álbum en 1984. Llegó al Top 10 en media Europa y reventó las listas en Estados Unidos porque tenía ese gancho comercial irresistible, pero debajo de la chapa cromada había un motor de angustia y verdad.

—Como Christian —dijo Nora, uniendo los cabos—. Él quiso vivir su propia vida sin importar a quién se llevara por delante.

—Sí. Pero cuando dices «es mi vida» con tanta soberbia, tarde o temprano te das cuenta de que la vida que te queda está vacía si has quemado todos los puentes.

la nota de Christian

Con la mano temblorosa, Andrew desprendió con una espátula térmica una esquina del papel de arroz fijado al lino. La luz de la lámpara de sobremesa iluminó las líneas mecanografiadas. La caligrafía mecánica de una vieja máquina portátil Remington era inconfundible:

«Andrew: si estás leyendo esto, es porque has tenido que limpiar mis mentiras. Sé que serás tú quien lo haga; nadie más en este maldito país sabe cómo tratar un óleo sin destrozar el alma de la tela. Me fui porque me ahogaba. Me fui porque mirar a Caroline a los ojos era ver el hombre mediocre que yo era en realidad. Ella sabía que el talento se me escapaba entre los dedos mientras yo fingía ser un genio maldito. Le robé el dinero, pero le dejé este cuadro escondido en el almacén del Soho. Dile que nunca dejé de escuchar su voz en el silencio de las habitaciones vacías. Dile que el mañana empezó el día que la traicioné, y que desde entonces no ha amanecido.»

Nora se llevó una mano a los labios. El silencio cayó pesadamente sobre el taller cuando el eco de los últimos acordes de It's My Life se apagó en el ambiente.

—No llegó a Berlín por ambición —susurró Nora—. Se escapó por cobardía.

—Y por culpa —añadió Andrew, quitándose las gafas para frotarse los ojos fatigados—. Christian no soportaba mirarse en el espejo que Caroline le ponía delante. Ella lo amaba con una lucidez implacable. No toleraba sus poses teatrales.

Afuera, la lluvia arreciaba sobre el Támesis, repiqueteando como una cortina de perdigones contra los cristales del altillo. La ciudad parecía haberse disuelto en un vapor grisáceo, dejando el taller aislado en una burbuja de recuerdos y pigmentos centenarios. Andrew colocó con lentitud la aguja en el quinto tema de la cara A del vinilo. Tomorrow Started

Una trompeta con sordina, cálida, sinuosa y melancólica —interpretada por el maestro Henry Lowther— flotó en el aire sobre un manto sutil de piano acústico y un bajo de fretless que parecía respirar como un ser vivo. La voz de Hollis sonaba ahora a escasos centímetros del oído, despojada de artificios, casi quebrada.

—Dios mío... esto ya no es pop —dijo Nora en un suspiro reverente, deteniendo por completo cualquier movimiento en la mesa de trabajo—. Esto es otra cosa. Parece jazz nocturno, o música de cámara para corazones rotos.

—Aquí es donde Talk Talk empezó a cambiar la historia de la música contemporánea —explicó Andrew con voz serena, casi devota—. En Tomorrow Started está la semilla de lo que años más tarde llamaron post-rock con sus discos cumbre, Spirit of Eden y Laughing Stock. Fíjate en el uso del espacio, en los silencios. El sintetizador ya no manda; se repliega para dejar entrar instrumentos acústicos, la madera, el aire que pasa por la campana de esa trompeta. Hollis comprendió que la emoción más profunda no se logra saturando la pista de grabación, sino vaciándola. Es una canción sobre el peso irreversible del tiempo: lo que empezó mañana ya no puede cambiarse hoy.

—Es preciosa y desgarradora a la vez —comentó Nora, mirando el rostro restaurado de Caroline, cuyos labios entreabiertos parecían cobrar vida con la luz ámbar de la lámpara—. Tu hermano debió escuchar esta canción mientras pintaba esta última capa. El trazo en los pómulos es suave, lento, como si acariciara la tela con culpa.

—Christian siempre me decía que los silencios de este disco le daban miedo —recordó Andrew con una sonrisa triste—. Decía que en los silencios de Talk Talk escuchaba sus propios errores. Me pregunto dónde estará ahora, o si la tumba de algún cementerio alemán guarda sus restos sin una flor.

📊 DATOS CLAVE:Lanzado en febrero de 1984 por EMI Records, It's My Life consolidó el salto internacional de Talk Talk alcanzando el Top 5 en Alemania, Suiza y Países Bajos, además de situar el corte homónimo en el Top 40 del Billboard Hot 100 estadounidense | Producido por Tim Friese-Greene, su arquitectura sonora cimentó la transición del synth-pop comercial hacia la vanguardia artística mediante himnos imperecederos como «Such a Shame» y «It's My Life» | Curiosamente, el videoclip del single homónimo fue concebido por Mark Hollis como un boicot mudo a las exigencias corporativas de la MTV, intercalando imágenes de fauna salvaje mientras mantenía la boca cerrada con una cruz de esparadrapo.

—¿Y qué vas a hacer con el cuadro, Andrew? El cliente vendrá el viernes a recogerlo. Pagará una fortuna.

Andrew no contestó de inmediato. Se acercó a uno de los archivadores metálicos que acumulaban polvo en el rincón más oscuro del taller. Tiró del cajón inferior, que chirrió con violencia, y sacó una pequeña libreta de tapas de cuero negro cerrada con una goma elástica desgastada. La hojeó con dedos pausados hasta encontrar una página doblada por la esquina.

—Caroline no se quedó en Francia para siempre —dijo Andrew, mostrando una dirección escrita a mano con tinta estilográfica azul—. Hace seis años me escribió una postal breve desde una pequeña librería anticuaria en Bristol. Decía que había encontrado la paz entre primeras ediciones y que a veces, al caer la tarde, ponía viejos discos de vinilo para recordar que un día fue joven y amó con furia.

—Vas a llamarla —afirmó Nora, no como una pregunta, sino como una certeza rotunda.

—No la he llamado en cuatro décadas por miedo a abrir una herida que no me correspondía curar —dijo Andrew, mirando el retrato sobre el caballete—. Pero esta pintura no le pertenece a un banquero de la City que quiere colgarla en un comedor para presumir de arte marginal. Esta pintura es el único perdón que Christian fue capaz de balbucear antes de perderse en la niebla.

Caminó decidido hacia el tocadiscos para pinchar la última pista seleccionada para la jornada, la canción que cerraba el enigma con un interrogante insoslayable. Does Caroline Know?

El patrón rítmico sincopado, casi percusivo y minimalista de Does Caroline Know? se desplegó con una elegancia extraña. Las marimbas sintéticas, el bajo sinuoso y las pausas calculadas creaban una sensación de incertidumbre constante, rematada por la interpretación vocal de Mark Hollis, que parecía cuestionar cada certeza moral con una fragilidad abrumadora.

—¿Sabe Caroline? —tradujo Nora en voz baja, siguiendo la melodía—. El título de la canción es una pregunta directa al pecho.

—Exacto. Y dentro del álbum, este tema es una joya incomprendida —analizó Andrew con pasión técnica—. No tiene la pegada arrolladora de los singles principales, pero compositivamente es magistral. Friese-Greene y Hollis juegan con la disonancia, con la insinuación antes que con la evidencia. Es una pieza sobre las verdades no dichas en una pareja, sobre la distancia insalvable que se abre entre dos personas cuando una de ellas guarda un secreto inconfesable. La música no te da una resolución fácil; te deja suspendido en el aire, dudando, exactamente igual que se sentía Christian cuando no sabía si Caroline conocía el alcance de su ruina moral.

Nora se quitó las gafas binoculares y comenzó a limpiar cuidadosamente los bisturíes y las brochas con alcohol isopropílico.

—Caroline lo sabía todo, Andrew. Las mujeres siempre lo saben. Lo que ocurre es que a veces deciden esperar a ver si el otro tiene el coraje de admitirlo por sí mismo. Tu hermano no lo tuvo.

Andrew contempló el lienzo una última vez. La figura de Caroline, liberada del barniz rancio y de la mugre de los años, resplandecía con una melancolía soberbia bajo la luz del taller. En la esquina inferior, el pequeño sello de La Playlist del Yeyo parecía certificar que aquella historia de arte, música y cobardía pertenecía a un tiempo irrepetible del siglo XX, rescatado ahora del olvido.

—Tienes razón, Nora —dijo Andrew, descolgando el auricular del viejo teléfono de baquelita negra fijado a la pared y marcando con paso firme el número de Bristol—. Caroline lo sabía. Y ya es hora de que sepa también que el cuadro ha vuelto a casa.

Epílogo y Reseña

icono radio

Publicado oficialmente en febrero de 1984 bajo el sello EMI, It's My Life representó el auténtico punto de inflexión para Talk Talk, desmarcándose del encasillamiento de grupo imitador de Duran Duran con el que la prensa musical británica los había recibido en su debut dos años antes. El álbum, coproducido de manera decisiva por Tim Friese-Greene —quien a partir de entonces se convirtió en el socio compositivo fundamental de Mark Hollis en la sombra—, encontró su mayor respaldo comercial fuera de su país natal: mientras en el Reino Unido le costó calar en las listas comerciales alcanzando solo un modesto puesto 35 en su tirada inicial, se transformó en un fenómeno de ventas descomunal en Europa continental, conquistando el Top 5 en Alemania, Suiza y los Países Bajos, además de consolidar su estatus en Estados Unidos al colar el himno homónimo «It's My Life» en el puesto 31 del Billboard Hot 100 y lograr el estatus de disco de oro. 

epilogo it's my life

La recepción crítica de la época fue en un principio ambivalente; los sectores más conservadores de la prensa inglesa lo etiquetaron con cierta pereza como otro artefacto más del synth-pop de moda, cegados por los sintetizadores y la brillantez melódica de singles como «Such a Shame» o «Dum Dum Girl», sin advertir la profunda corriente de melancolía, el detallismo en las dinámicas rítmicas y la riqueza instrumental que latían en cortes como «Tomorrow Started» o «Does Caroline Know?». 

Con el paso de las décadas y la trágica partida de Mark Hollis, la perspectiva histórica ha colocado a este trabajo en un pedestal unánime: la crítica contemporánea ya no lo juzga como una obra de pop ochentero al uso, sino como el eslabón evolutivo maestro y la piedra angular sin la cual jamás habrían nacido las cumbres del post-rock y la experimentación acústica que la banda firmó poco después con The Colour of Spring, Spirit of Eden y Laughing Stock, considerándolo hoy un clásico imperecedero, elegante y de una lucidez artística irrepetible.

La Opinión del Yeyo

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Estos tíos, los Talk Talk, me encantaron desde el primer momento en que los escuché, y este fue el primer disco que oí de ellos, It’s My Life. En este caso, el medio por donde los conocí, fue la radio, aquella emisora de la Ser, Los 40 Principales, que aún hoy sigue viva, aunque nada que ver con aquellos tiempos. Entonces era una emisora de referencia en la vanguardia musical, y era lo que cualquiera que le gustara la música, debía escuchar. También existía Radio 3 de Radio Nacional, pero esta era una emisora más especializada y más alternativa, y a pesar de que me encantaban esos estilos más vanguardistas para aquella época, yo era más de los 40. 

Y ahí es donde los Talk Talk, supieron hacerse un hueco importante para difundir su música, y a fe que lo hicieron, y bastante bien, por cierto. Pero claro, sus canciones ayudaron mucho, y en cuanto a este disco, la canción homónima, It’s My Life, lo petó. Fue un exitazo. No llegó a ser el número 1 de la lista, pero ahí estuvo. Sin embargo, la que sí alcanzó ese puesto, fue la versión de ese tema, que hizo años más tarde, ya en este siglo XXI, la banda No Doubt, lo cual dice y mucho de la calidad artística de esta canción. 

opinion del Yeyo

Pero no solo destaco este tema homónimo, también hay otras canciones memorables, que triunfaron, y que a mi personalmente me encantaron, y que disfruté mucho cuando las escuchaba en la radio. Es el caso de Such A Shame, Dum Dum Girl, o Tomorrow Started. Me gustaba de este grupo, sobre todo la madura y grave voz de su cantante, Mark Hollis, que era algo diferente a lo que era normal en aquellos tiempos. Era una voz muy peculiar, parecía la voz de un hombre mayor, casi de un anciano, pero luego veías a Hollis cantar, y parecía algo increible. No cuadraba la voz con el joven cantante. Siempre me ha atraido esa voz, sonaba como desgarrada, muy madura, a veces casi susurraba, otras parecía que no cantaba, solo recitaba. En fin, me gustaba esa ronquera, le aportaba a la música de Talk Talk, un empaque, una calidez, que atraía…

Pero si musicalmente era una delicia escuchar a los Talk Talk, líricamente, te atrapaba porque sus letras eran un compendio de desgarrados poemas existenciales, cuyo nexo de unión era una angustia vital que te transmitían de una forma atractiva, pero descarnada. Esa melancolía con la que cantaba Hollis, era triste, a pesar de su ritmo tan bailable. Por ejemplo en Tomorrow Started, el alarido instrumental junto al tono afligido de Hollis, te transmite una pena, y un desconsuelo, tremendos.

Pero en otros temas, como It's My Life, o Such A Shame, el rico disfraz instrumental que la cubría, tapaba toda la amargura que pudiera transmitir, y te movía el cuerpo con esas melodías tan dinámicas. 

También decían que eran un clon de los Durán Durán de aquellos años, pero quizá lo fuera en su primer disco, porque en este segundo, It’s My Life, no tienen nada que ver, aquí se ve un estilo propio, un estilo muy vanguardista, una atmósfera ambiental muy definida, y con el tiempo, característica de esta banda. Sin duda, este It’s My Life, tiene una identidad propia, que no es copia de nada ni de nadie. Y a mi me enganchó desde el primer momento. 

Y creo que merece un hueco en La Playlist del Yeyo, y que la lista de los años 80, no está completa sin algunas canciones de este It’s My Life de los Talk Talk. Y no será el único disco, Vendrán mas.

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