He descubierto este discazo, que es una mezcla de folk y rock suave, y me he enamorado de él. Me encanta, tiene unas melodías, quizá poco comerciales, poco atractivas para el oído, pero si las escuchas con calma, y con oído abierto, te atrapan, te enganchan, te das cuenta de que lo que escuchas es diferente, es realmente bonito, muy hermoso. Aquí ya no te fijas tanto en la música, que también, sino en el mensaje, en la lírica, es bella, muy bonita, te das cuenta de que Dylan te está transmitiendo algo, lo captas, lo percibes... Y es en eso en lo que se basa la belleza de este poeta de asfalto.
Menú de Contenido:
- 1. Crónica de un salto al vacío (Narrativa)
- 2. El Podcast del Yeyo (Audio)
- 3. El Archivo Multimedia (Vídeo)
- 4. Epílogo y Reseña técnica
- 5. La Opinión del Yeyo
CRÓNICA DE UN SALTO AL VACÍO
El aire en el Greenwich Village de marzo de 1965 no sonaba a revolución, sino a café quemado y a asfalto húmedo. Julian Vance subía las escaleras del apartamento de la Calle 4 con el corazón martilleando contra sus costillas, cargando un estuche rígido que pesaba más de lo normal. No era su vieja Gibson de madera gastada. Era algo nuevo. Algo metálico. Algo que iba a doler.
Al entrar, su hermano Elias estaba sentado en el suelo, rodeado de partituras y armónicas. Elias era el guardián de las esencias, el hombre que creía que una canción solo era honesta si podías escuchar el roce de los dedos contra las cuerdas de nailon.
El Podcast del Yeyo
—Llegas tarde —dijo Elias sin levantar la vista—. He estado repasando los versos de "The Times They Are A-Changin'". Tenemos que sonar más... auténticos en el concierto de mañana.
Para entender a los hermanos Vance, hay que entender dónde estaban parados. El Greenwich Village de 1965 no era el barrio de lujo que es hoy; era un laberinto de calles estrechas y adoquinadas en el Bajo Manhattan que se negaba a seguir la cuadrícula perfecta del resto de la ciudad. Era el refugio de los que no encajaban: poetas beat, ajedrecistas de parque, pintores abstractos y, sobre todo, músicos que cargaban con sus estuches de guitarra como si fueran testamentos sagrados. El aire allí siempre tenía un matiz de carbón, gas de alcantarilla y el perfume barato de los clubes nocturnos como el Gerde's Folk City o el Gaslight Cafe.
El apartamento de la Calle 4 era un tercer piso sin ascensor, un "walk-up" que crujía con cada paso como si el edificio entero se quejara del peso de la historia. Al entrar, el espacio se abría en una estancia única donde la cocina y el salón compartían una tregua incómoda.
El Archivo Multimedia
Las paredes, de un ladrillo visto que soltaba un polvillo rojizo constante, estaban cubiertas por estanterías improvisadas con cajas de fruta. Allí no había lujos, pero sí tesoros: ejemplares manoseados de Rimbaud, mapas de carreteras de la Ruta 66 y una colección de vinilos que era el verdadero altar de la casa. En una esquina, junto a un ventanal que vibraba cada vez que un camión de basura giraba hacia la Sexta Avenida, descansaba el tocadiscos. Sobre él, siempre visible, un pequeño cartel de madera tallado a mano rezaba: La Playlist del Yeyo, el rincón donde los hermanos se sentaban a juzgar el mundo a través de los surcos del vinilo.
La luz de la tarde entraba por las persianas venecianas, dibujando rayas de tigre sobre el suelo de madera sin barnizar. Había ceniceros desbordantes, tazas de café con cercos oscuros y una manta de lana sobre el sofá que olía a perro mojado y a noches de insomnio compositivo. Era un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido en los años 30 de la Gran Depresión, hasta que Julián cruzó el umbral con aquel estuche rígido y negro que brillaba con una modernidad obscena.
Precisamente Julián, abrió el estuche y la luz del atardecer, filtrada por las persianas, arrancó un destello negro de la laca de su nueva Fender Telecaster. El silencio que siguió fue más denso que el humo de los cigarrillos que siempre flotaba en La Playlist del Yeyo, aquel rincón musical que les servía de refugio.
—¿Qué es esa monstruosidad? —preguntó Elias, con la voz quebrada por la incredulidad.
—Es el futuro, hermano. He estado escuchando el nuevo disco de Bob Dylan. Se llama Bringing It All Back Home. Si él puede hacerlo, nosotros también.
Julian conectó la guitarra a un pequeño amplificador que había escondido en el armario. El zumbido de la electricidad llenó la habitación, una vibración que parecía conectar directamente con el pulso de la ciudad.
—Dylan se ha vuelto loco, Julian. Ha metido una banda de rock. ¡Se ha vendido al ruido! —protestó Elias, poniéndose en pie.
—No es ruido, Elias. Es poesía con voltaje. Escucha esto.
Julian rasgueó un acorde de Mi mayor que resonó como un disparo. De repente, la narrativa de sus vidas, que hasta entonces había sido una suave balada acústica, se aceleró violentamente. Las palabras empezaron a salir de su boca con la velocidad de una ametralladora, crípticas, ácidas, urbanas. Estaba naciendo su propia versión de la cara eléctrica de Dylan. Subterranean Homesick Blues
La habitación parecía más pequeña mientras Julian marcaba el ritmo con el pie. La crítica de aquel disco no estaba en los periódicos, estaba en el aire que respiraban. El primer lado de Bringing It All Back Home era un desafío, una bofetada a los que esperaban que Bob siguiera siendo el profeta de la canción de protesta con la cara lavada.
—Es un caos —gritó Elias sobre el volumen de la guitarra—. ¡Ni siquiera se entiende lo que dice! "Johnny está en el sótano mezclando la medicina"... ¿Qué demonios significa eso?
—Significa que el mundo se mueve más rápido que tus baladas de tres acordes, Elias —respondió Julian, bajando el volumen pero manteniendo la tensión—. Dylan ha entendido que para hablar del Nueva York de hoy necesitas el rugido de la calle. Fíjate en la producción de Tom Wilson. Es cruda, casi descuidada, pero tiene una energía que te hace querer saltar por la ventana y correr hacia ninguna parte. No está intentando ser perfecto; está intentando estar vivo.
Julian se acercó a la ventana y miró hacia abajo. La gente caminaba deprisa, ajena a la ruptura que se estaba produciendo en aquel cuarto piso. Empezó a tocar un riff más melódico, algo que recordaba a una mujer que ambos conocían, una mujer que siempre parecía estar un paso por delante de cualquier hombre que intentara atraparla.
—Incluso cuando se pone eléctrico, sigue siendo él —continuó Julian, su voz ahora más suave mientras tocaba los acordes de una oda a la independencia femenina—. Ella no mira hacia atrás. Ella es como este disco: te guste o no, te deja atrás si no eres capaz de seguirle el ritmo. She Belongs to me
—Es narcisista —sentenció Elias, aunque sus dedos, inconscientemente, empezaban a tamborilear sobre la madera de su guitarra acústica—. Dylan ha pasado de preocuparse por los mineros y los derechos civiles a preocuparse por su propio ego y por mujeres que "le hacen favores pero no le dan las gracias".
—No, Elias. Ha pasado de lo general a lo particular. De la política a la psicología. Es una reseña de la condición humana, no de un boletín de noticias. Maggie's Farm no trata sobre una granja, trata sobre no querer trabajar más para el sistema, sea el que sea. Incluso para el sistema del folk que tú tanto defiendes.
Julian atacó las cuerdas con furia. La distorsión del amplificador empezó a toser. Era el sonido de la rebelión dentro de la rebelión.
Elias se tapó los oídos con el rostro desencajado por la distorsión que aún flotaba en el aire tras los últimos acordes de "Maggie's Farm". Para él, aquello no era música; era una profanación, era una traición personal. No podía ver que Dylan estaba salvando al rock and roll dotándolo de una inteligencia literaria que nunca antes había tenido. El álbum era una bisagra: una mitad para los que querían bailar y otra para los que querían pensar, aunque Julian sospechaba que, por primera vez, se podían hacer ambas cosas al mismo tiempo.
—Si quieres seguir ese camino, lo harás solo, Julian —dijo Elias con una frialdad que cortaba más que el invierno neoyorquino. Se agachó para recoger su armónica y su vieja Gibson, guardándolas con la ceremonia de quien recoge las cenizas de un incendio—. Yo no pienso formar parte de este circo eléctrico.
Elias ya tenía la mano en el pomo de la puerta cuando Julian, con un movimiento rápido, levantó la aguja y la posó en la siguiente pista. No quería que su hermano se fuera con el estruendo de la banda de rock en los oídos.
—Espera, Elias. Solo un minuto más. Escucha esto. Está justo aquí, en medio de todo este "ruido" que odias.
Empezaron a sonar los acordes cristalinos y la calidez de "Love Minus Zero/No Limit".
La habitación cambió de temperatura. La voz de Dylan se volvió suave, casi un susurro cómplice. Elias se detuvo, con el estuche de la guitarra aún en la mano. La sutileza de la canción era innegable, un remanso acústico incrustado en el corazón de la cara más salvaje del álbum.
—Ves, hermano... —susurró Julian—. Esta joya está aquí, rodeada de guitarras eléctricas, para recordarnos que la poesía no muere por cambiar de piel. "Mi amor habla como el silencio", dice. Es una reseña perfecta de la madurez: no necesita gritar para ser profunda. Es una balada de una elegancia matemática, pura, sin límites. Dylan no ha abandonado la belleza, solo la ha puesto a prueba.
Elias miró el cartel de La Playlist del Yeyo sobre el estante. Por un segundo, sus hombros se relajaron. Pero entonces, Julian volvió a subir el volumen justo cuando el disco continuaba hacia el resto de la cara A, recuperando el pulso rockero y caótico de la ciudad. El hechizo se rompió.
—Es hermosa, Julian. Pero es solo un espejismo. El resto del disco es un incendio y tú estás avivando las llamas con esa Fender —sentenció Elias antes de salir, ahora sí, definitivamente.
Julian se quedó solo mientras el resto de la cara A tronaba en el apartamento. Esperó a que terminara el último delirio eléctrico de "Bob Dylan's 115th Dream" y, solo entonces, con las manos temblorosas, dio la vuelta al vinilo.
Era el momento de la Cara B. El momento de la introspección absoluta.
La aguja bajó y el aire se llenó de la magia mística de "Mr. Tambourine Man".
Caminó hacia el balcón mientras la canción lo envolvía. La reseña orgánica del tema se escribía sola en su mente: Dylan ya no era un cantante de protesta, era un chamán. Aquellos cinco minutos y medio, eran una invitación a perderse en los callejones brumosos de la conciencia. La guitarra de doce cuerdas de Bruce Langhorne tintineaba como estrellas lejanas. Julian comprendió que Elias se equivocaba: no era ruido, era una expansión del universo.
Horas más tarde, incapaz de estar solo con sus pensamientos, Julian caminó hacia los muelles del Hudson. Sabía dónde encontraría a su hermano. Allí estaba, sentado en un banco bajo una farola mortecina, mirando el agua oscura.
No hubo abrazos ni perdones. Solo dos hombres derrotados por la evolución del arte. En ese instante, desde la radio de un barco cercano, empezó a sonar la última despedida del álbum. It's All Over Now, Baby Blue
Julian se sentó al lado de su hermano en aquel banco de madera desconchada. El viento que soplaba desde el Hudson traía un olor a salitre y a metal frío, una mezcla que parecía encajar perfectamente con la armónica final de "It’s All Over Now, Baby Blue". Elías, sacó su armónica e imitó ese sonido maravilloso.
—¿Cómo lo has sabido, Elias? —preguntó Julian en voz baja—. Hace unas horas querías quemar este disco.
Elias soltó un suspiro que se convirtió en una nube de vapor en el aire de la noche. Sacó de su bolsillo un recorte arrugado del Village Voice y lo miró con una mezcla de derrota y respeto.
—Después de irme del apartamento, me refugié en el Kettle of Fish. Allí estaba Phil Ochs, sentado en la barra con una copia del álbum. Ya sabes cómo es Phil... si Dylan estornuda, él analiza la frecuencia del sonido. Me obligó a escucharlo entero en la gramola del fondo, sin el ruido de los coches ni nuestras discusiones de por medio.
Me dijo algo que me dejó desarmado: "Elias, Bob no está tocando rock para las masas; está usando el rock para que la poesía deje de ser algo que se lee en libros polvorientos y se convierta en algo que te golpea en el estómago".
Elias hizo una pausa, escuchando los últimos compases de la canción que salía de la radio del marinero.
—Y luego sonó esta última pista, Julian. "Baby Blue". Escuché esa frase: "Olvida los muertos que has dejado atrás". Y comprendí que el muerto era yo. Mi terquedad, mi miedo a que el mundo se mueva más rápido que mis dedos sobre la acústica. Dylan no nos ha traicionado; nos ha tendido un puente. Simplemente... me daba miedo cruzarlo.
Julian apoyó una mano en el hombro de su hermano. La melancolía no era por la música, sino por el fin de una era. Los Vance Brothers ya no serían los mismos, pero al menos ahora hablaban el mismo idioma.
—Es un disco de despedida, Elias —añadió Julian—. Dylan se despide de nosotros, de sus fans de los festivales, de su propia sombra. Y nos deja aquí, en el muelle, con estas canciones para que no tengamos tanto frío.
Se quedaron allí un largo rato, viendo las luces de Nueva York reflejadas en el agua negra, comprendiendo que "Bringing It All Back Home" no era solo un título; era una profecía. La música, por muy eléctrica o ruidosa que fuera, siempre encontraba el camino de vuelta a casa, a ese lugar donde la emoción y la verdad se dan la mano.
En la penumbra del muelle, la voz de Dylan se apagó, pero en sus cabezas, el eco de La Playlist del Yeyo seguía girando, recordándoles que, a veces, hay que romperlo todo para poder empezar de nuevo.
Epílogo y Reseña
"Bringing It All Back Home" fue publicado el 22 de marzo de 1965, marcando un antes y un después no solo en la carrera de Bob Dylan, sino en la historia de la música popular. El álbum alcanzó cifras astronómicas para la época, llegando al puesto número 6 en las listas de Billboard y al número 1 en el Reino Unido, consolidando a Dylan como una estrella transatlántica.
En su momento, la crítica fue feroz y dividida; los puristas del folk lo abuchearon en el festival de Newport poco después de su lanzamiento, acusándolo de traidor por "electrificarse". Sin embargo, publicaciones como Rolling Stone lo califican hoy como uno de los mejores álbumes de todos los tiempos, destacando cómo logró casar la profundidad literaria de la poesía beat con el vigor del rock and roll. Fue el disco que dio permiso a los músicos para ser inteligentes y ruidosos al mismo tiempo, vendiendo millones de copias y alcanzando el estatus de Disco de Platino.
Pasados los años, se le reconoce como el primer paso de la trilogía sagrada de Dylan, un trabajo que, incluso décadas después, sigue sonando tan fresco, cínico y visionario como el día en que se abrieron las persianas de aquel apartamento en la Calle 4.
La Opinión del Yeyo
He descubierto muy tarde a Bob Dylan, tanto, que llevo escuchándolo apenas unos meses. Es una gran suerte, que haya tanta buena música a lo largo del siglo XX, que aun hoy, pueda seguir “descubriendo” grandes discos. Y este es uno de ellos. Bringing It All Back Home. Al parecer, es el disco en el que Dylan rompe con todo lo que hacía antes, y evoluciona. Y lo hace hacia el rock. Electrifica su guitarra, y te compone unas canciones enormes. En este disco, Dylan se convierte en un cronista del caos.
Reconozco que no era fan de Dylan, aunque he oído hablar de él muchas veces, incluso he disfrutado de alguna canción suya en los finales años 70, Slow Train Coming, por ejemplo, o el cambio de guardia. También lo gozé con los Traveling Wilburys, a principios de los 90, cuando escuché aquel Vol. 1. Pero no he tenido la tentación de aventurarme a escuchar su música con tranquilidad, y paciencia. Hasta ahora...
He descubierto este discazo, que es una mezcla de folk y rock suave, y me he enamorado de él. Me encanta, tiene unas melodías, quizá poco comerciales, poco atractivas para el oído, pero si las escuchas con calma, y con oído abierto, te atrapan, te enganchan, te das cuenta de que lo que escuchas es diferente, es realmente bonito, muy hermoso. Aquí ya no te fijas tanto en la música, que también, sino en el mensaje, en la lírica, es bella, muy bonita, te das cuenta de que Dylan te está transmitiendo algo, lo captas, lo percibes... Y es en eso en lo que se basa la belleza de este poeta de asfalto. Con el tiempo, vendrán mas discos de este gran ilusionista de la palabra. Y La Playlist del Yeyo, siempre estará abierta a tipos como Dylan.
Si te gusta Bob Dylan, y quieres buscar algo mas sobre el, aquí en La Playlist del Yeyo, te invito a que le eches un vistazo al post que versa sobre los Traveling Wilburys, con su álbum Vol. 1 en el que participa nuestro poeta del asfalto, Bob Dylan.
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