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Bienvenidos a La Playlist del Yeyo

Bienvenid@ a mi rincón musical del siglo XX. Donde vive la magia.

Si decides navegar por estos mares, pronto descubrirás que me he quedado anclado en el siglo pasado. Y no podría estar más orgulloso. Este pequeño fondeadero, perdido en el vasto océano de internet, es un lugar donde las historias suenan y la música se cuenta. ¿O es al revés? El caso es que en sus publicaciones te narro relatos con banda sonora. ¡O quizá te convierto un disco en narrativa! ¡Bueno, no sé!

Tú decides si vienes por las historias o por las canciones. Este fondeadero abraza ambas cosas. En cualquier caso, aquí se combinan narrativa y buena música. La mejor música del siglo XX.
Publicado junio 08, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

Gabinete Caligari-Camino Soria

Interpretación visual de Camino Soria de Gabinete Caligari-La Playlist del Yeyo


se respira un ambiente de melancolía, de tristeza, de ruptura, refleja perfectamente el recorrido que vivió su compositor, Jaime Urrutia, en la relación con su mujer, desde sus bonitos recuerdos iniciales, hasta la amargura de la separación



Menú de Contenido:

  • 1. Donde el orgullo no abriga (Narrativa)
  • 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

Donde el orgullo no abriga

La niebla de la paramera soriana no era vapor, era una gasa densa, pesada y fría que parecía filtrarse por las rendijas del viejo coche, impregnando el tapizado con un olor a humedad y olvido. Jaime mantenía las manos firmes sobre el volante, aunque por dentro todo en él temblaba. Dejaba atrás Medinaceli, esa fortaleza de piedra suspendida en el tiempo donde el silencio de las calles se había vuelto demasiado elocuente. En el asiento del copiloto ya no viajaba Elena; solo quedaba el espacio vacío y una carpeta de cuero marrón con el documento de divorcio recién firmado, un papel que, con su caligrafía gélida y notarial, pretendía certificar la defunción de una década de amor.

Al mirar por el retrovisor, las luces de la villa ducal se desvanecían como ascuas agonizantes en la noche castellana. El dolor de la ruptura no era un estallido, sino una presencia constante, un frío sordo que se agarraba a la garganta. Jaime aceleró por la nacional en dirección a Soria capital, buscando el anonimato de sus calles secundarias, el rigor de su invierno y la corriente del Duero para anestesiar los recuerdos. Estaba profundamente enamorado de la mujer de la que se acababa de separar, y esa era su mayor condena: huía no por falta de afecto, sino porque la convivencia se había transformado en un campo de minas donde cada palabra hermosa hería más que el peor de los insultos.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

La carretera se estiraba como una cinta negra entre los campos de labranza agostados, bajo un cielo de un azul tan oscuro que rozaba el luto. Jaime recordaba el principio de todo, cuando llegar a Soria no era una huida, sino una aventura compartida con Elena a mediados de los ochenta. Aquellos días en que ambos, contagiados por la sofisticación de la época, desafiaban la sobriedad castellana con abrigos largos y una actitud que mezclaba la melancolía literaria con el descaro de la juventud. El paisaje exterior reflejaba su estado mental: una inmensidad sobria, un estoicismo de roca y encina que parecía decirle que el sufrimiento también podía tener una extraña e incuestionable dignidad.

A medida que los kilómetros caían, la mente de Jaime se refugiaba en los detalles más insignificantes de su vida con Elena, aquellos que ahora se revelaban como los más dolorosos. Pensaba en los primeros tiempos de su romance en la capital, una época en la que el pop español abandonaba el ruido áspero del afterpunk y la movida más ramplona para buscar una madurez artística diferente, una línea más pura, aristocrática y cuidada. Elena tenía esa misma evolución; había pasado de ser una muchacha de rebeldía desordenada a una mujer de una elegancia magnética, de las que dejaban huella al caminar con la cabeza alta por la Calle Collado.

El Podcast del Yeyo

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El motor del coche roncaba con monotonía mientras los carteles indicaban la proximidad de la capital. Jaime sentía que su historia personal compartía el mismo destino que los grandes proyectos artísticos que maduran a base de golpes y aislamiento: se volvía más sobria, más literaria, pero también mucho más desgarrada. La necesidad de plasmar ese viaje interior en palabras empezó a rondarle la cabeza, como si escribir su propia crónica fuera la única manera de no volverse loco en mitad de la noche soriana. Sabía que al llegar buscaría una habitación discreta, un lugar donde el eco de los pasos de Elena no rebotara contra las paredes.

El hostal donde Jaime decidió instalarse estaba situado a pocos metros del Palacio de los Condes de Gómara, un imponente edificio herreriano cuyas piedras centenarias parecían vigilar el desastre de su vida. La habitación era estrecha, de techos altos y paredes revestidas de un papel pintado que imitaba motivos florales ya descoloridos por las décadas. Desde la ventana se divisaba la silueta imponente del palacio y, más allá, el vacío de la llanura. Jaime dejó la maleta sobre la cama de muelles y se sentó en la única silla de madera del cuarto. Encendió un cigarrillo, observando cómo el humo formaba espirales perezosas antes de disolverse en el aire gélido de la estancia.

Jaime en su habitación

Fue en ese instante de quietud forzada cuando el silencio de la habitación se volvió insoportable, reclamando una presencia, una vibración que amortiguara el peso del fracaso. Jaime alargó la mano hacia el pequeño reproductor que siempre le acompañaba en sus viajes, buscó entre sus cintas y seleccionó una que contenía la esencia misma de lo que estaba viviendo. Al pulsar el botón, el aire de la estancia se transformó por completo, llenándose de una sofisticación sonora que parecía diseñada expresamente para envolver su melancolía castellana. Pecados más dulces que un zapato de raso

Los primeros compases de la canción comenzaron a sonar, y Jaime cerró los ojos, dejándose arrastrar por la producción impecable del tema. La batería, grabada con una reverberación profunda y espaciosa típica de los grandes estudios de finales de los ochenta, marcaba un ritmo elegante, casi aristocrático. Jaime no pudo evitar analizar la canción con el oído clínico de quien ama la música por encima de todas las cosas. Aquello ya no era el sonido maquetero e irreverente de los inicios de la década; Gabinete Caligari demostraba aquí una madurez apabullante, vistiendo la composición con unas líneas de bajo sinuosas y una guitarra limpia, de corte clásico, que dialogaba a la perfección con la interpretación vocal de Jaime Urrutia.

La letra de la canción flotaba en el cuarto del hostal, hablando de pasiones refinadas, de lujos nocturnos y de una tentación que se paga cara. Para Jaime, cada verso se convertía en un espejo de sus primeros años con Elena, cuando el amor era un juego de seducción sofisticado, una sucesión de pecados dulces que ambos cometían bajo el amparo de la noche, convencidos de que eran invencibles. La canción poseía una atmósfera de pop de alta cuna, con unos arreglos de teclado sutiles que elevaban el tema por encima del rock convencional de la época. Era la banda sonora perfecta para el inicio de su exilio; una mezcla de orgullo, distinción y una tristeza soterrada que empezaba a calar en los huesos de Jaime mientras contemplaba, a través del cristal empañado, las piedras oscuras del palacio soriano.

📊 DATOS CLAVE:Gabinete Caligari: Camino Soria (1987) | Considerado uno de los mejores álbumes del pop-rock español, certificado con triple disco de platino por superar las 300.000 copias vendidas y número uno en Los 40 Principales con su single homónimo | Grabado en los estudios TRAK de Madrid bajo la producción de Jesús N. Gómez, destaca por fusionar de manera insólita el misticismo castellano de Machado y Bécquer con la épica del rock de raíces | Incluye himnos generacionales como "La Sangre de tu Tristeza", "Suite Nupcial" y "Tócala, Uli", esta última compuesta como un emotivo homenaje en clave de swing a su saxofonista Ulises Montero, fallecido trágicamente antes del lanzamiento.

La primera luz del amanecer soriano entró por la ventana del hostal, fría y cortante como un filo de navaja. Jaime apenas había pegado ojo. El eco de los "Pecados más dulces" aún resonaba en su cabeza, pero la realidad de la mañana traía un dolor diferente: el de la lucidez. Se vistió con torpeza, abrigándose hasta las orejas, y salió a caminar sin rumbo fijo por los soportales de la Plaza Mayor. El viento del norte barría las calles desiertas, levantando los restos de hojarasca y papeles viejos contra las paredes de la iglesia de San Juan de Rabanera.

Fue al detenerse ante un viejo tablón de anuncios municipal, donde un cartel ajado anunciaba un baile de orquesta ya pasado, cuando el ritmo del tres por cuatro acudió a su mente. Un vals. Un compás ceremonioso, elegante, pero que en su caso arrastraba un eco profundamente irónico. Su mente, inevitablemente, viajó seis años atrás, directa a la iglesia fortificada donde se juraron un amor eterno que había caducado antes de tiempo, y a la pomposa suite nupcial del hotel donde pasaron su primera noche como marido y mujer.

Jaime frente al tablon municipal

Aquel recuerdo no era dulce; tenía el sabor agridulce de las verdades que se ocultan bajo el champán. Jaime recordó el peso del vestido de raso de Elena, las felicitaciones formales de los invitados y cómo, al quedarse a solas en aquella habitación decorada con excesivo lujo, se sentaron al borde de la cama y compartieron un silencio premonitorio. No era cansancio físico; era la temprana y gélida revelación de que acababan de atraparse a sí mismos en un guion social, en una convención burguesa que ninguno de los dos sabía cómo interpretar. Suite Nupcial

Mientras caminaba, Jaime tarareaba para sus adentros los acordes de "Suite Nupcial", dándose cuenta de la tremenda lucidez que Gabinete Caligari había volcado en ese corte de Camino Soria. La banda madrileña había estado soberbia al utilizar la estructura de un vals tradicional, pero no para celebrar el amor, sino para camuflar una sátira punzante sobre el desencanto matrimonial. Jaime analizaba la genialidad de Jaime Urrutia y los suyos: esos arreglos de viento metal, solemnes en apariencia, escondían en el fondo la mueca burlona de la decepción. Al igual que el matrimonio de Jaime y Elena, la canción avanzaba con una cadencia perfecta, aristocrática, mientras por debajo se desmoronaba la ilusión. Con este tema, Gabinete demostraba jugar en la liga de los grandes cronistas de la España profunda, logrando un retrato costumbrista digno del mejor Berlanga musical, donde la pompa nupcial terminaba convertida en un hermoso y melancólico fraude.

El paseo matutino llevó a Jaime hasta la Calle Collado, el corazón comercial de Soria, que empezaba a desperezarse lentamente. Los tenderos subían los cierres metálicos con estrépito y el olor a café recién hecho comenzaba a adueñarse del aire. Jaime entró en una pequeña cafetería de mesas de mármol y se sentó al fondo, buscando el calor de un tazón de leche caliente. Sabía que la vida continuaba en la capital, pero él se sentía atrapado en un bucle. Cada paso que daba, cada decisión que intentaba tomar para rehacer su vida en este exilio voluntario, chocaba frontalmente con los automatismos que había adquirido durante su década al lado de Elena.

Jaime en la cafeteria

La fuerza de la inercia era demoledora. Al ir a pagar al camarero, Jaime estuvo a punto de pedir un trozo del bizcocho que a ella tanto le gustaba; al salir a la calle, torció automáticamente hacia la izquierda porque ese era el camino que solían tomar cuando venían de vacaciones. Se dio cuenta, con un punto de desesperación, de que no sabía ser un individuo soltero; era una mitad amputada que seguía actuando como si el cuerpo entero siguiera allí.

Para huir de sus propios pasos, se refugió en una librería de lance y vieja que exhibía varias cajas de discos en la entrada. Al rebuscar entre las fundas de cartón gastado, sus dedos tropezaron con un vinilo cuyo título parecía una burla directa a su estado mental. La Fuerza de la Costumbre

Dejó caer la aguja en el tocadiscos que el librero tenía dispuesto para los clientes y comenzó a sonar "La Fuerza de la Costumbre". Jaime sonrió con amargura al escuchar los primeros compases. Qué manera tan sutil y orgánica tenía el grupo de integrar la herencia de la copla y el pasodoble más castizo dentro de un armazón de rock moderno y elegante. La canción describía con precisión quirúrgica su propia condena: esa rutina que se instala en las venas y que pesa más que el propio deseo. La crítica musical se hacía carne en la experiencia de Jaime; Gabinete Caligari había conseguido en este corte un equilibrio perfecto entre lo popular y lo vanguardista, utilizando unos arreglos de guitarra limpios y un ritmo sostenido que avanzaba implacable, imitando el caminar pesado de quien repite los mismos errores día tras día, simplemente porque no conoce otra forma de caminar.

Salirse de ese carril iba a ser una tarea titánica. Jaime se despidió del librero con un leve gesto de cabeza y volvió a salir al frío de Soria, consciente de que la tarde caería pronto y de que las noches en la capital castellana eran largas, oscuras y propensas a los fantasmas que se alimentan de la nostalgia.

La noche soriana no tardó en imponer su ley de piedra y escarcha. Alrededor de las diez, la temperatura cayó en picado bajo cero, vaciando las calles y empujando a los pocos transeúntes a buscar refugio en la calidez de las tabernas. Jaime, incapaz de soportar las cuatro paredes decoradas de su habitación, volvió a abrigarse y se dejó llevar por la inercia de la ciudad hasta los callejones del Tubo soriano. El pavimento brillaba bajo las farolas como si estuviera cubierto de una fina capa de cristal.

Jaime y el saxofonista

Buscando un lugar donde el ruido ajeno apagara sus propios pensamientos, empujó la pesada puerta de madera de un pequeño local subterráneo del que escapaba un cálido zumbido de conversación y el aroma reconfortante del vino de la Ribera. El bar estaba tenuemente iluminado, con las paredes cubiertas de carteles de viejos conciertos y fotos en blanco y negro. Al fondo, junto a una barra de madera gastada, un hombre maduro apuraba un cigarrillo mientras sostenía un saxofón entre las manos, acariciando las llaves doradas con una familiaridad casi mística.

Jaime se acomodó en una mesa rincón, pidiendo una copa al camarero. Observó al músico, que carraspeó antes de llevarse la boquilla a los labios. Al instante, las primeras notas rasgadas de un saxo libre, nocturno y descarado comenzaron a llenar el espacio, quebrando la monotonía de la noche. Era un ritmo de swing contagioso, pero cargado de una melancolía que a Jaime se le clavó directamente en el pecho. Sabía perfectamente qué canción estaba cobrando vida en ese rincón de Soria. Tócala, Uli

La melodía de "Tócala, Uli" inundó el bar, y Jaime se sorprendió a sí mismo sonriendo con una tristeza infinita. No pudo evitar recordar las intensas charlas que solía tener con Elena en los viejos tiempos sobre la discografía de Gabinete Caligari. Aquel corte era mucho más que una pieza festiva dentro de Camino Soria; era un homenaje explícito, enérgico y profundamente doloroso a Ulises Montero, el carismático saxofonista de la banda cuya vida se había apagado trágicamente a causa de una sobredosis poco antes de que el álbum viera la luz.

Mientras el músico del local soplaba con fuerza, recreando ese fraseo tan característico, Jaime analizó la genialidad con la que la banda madrileña había afrontado la pérdida de su compañero. En lugar de componer un réquiem fúnebre o una balada oscura, decidieron recordarle con alegría, con el dinamismo del swing y el rock and roll que a él tanto le gustaba, convirtiendo el luto en una celebración de la vida. La producción del tema era soberbia: lograba que el saxo no fuera un mero adorno, sino el auténtico protagonista, dialogando con la sección rítmica en una última juerga inmortal.

Jaime y el vecino del bar

El hombre de la mesa de al lado, un soriano de gesto amable y pelo canoso que había notado la fijeza con la que Jaime escuchaba, le hizo un leve brindis con su vaso.

—Toca bien el viejo, ¿eh? —comentó con voz ronca—. Tiene ese deje golfo que ya no se encuentra en la música de ahora.

Jaime asintió, agradeciendo la interrupción de su monólogo interior.

—Tiene el alma de los que tocan para espantar a la muerte —respondió Jaime, apurando su copa—. Esta canción siempre me ha parecido un milagro. Es muy difícil transformar la tragedia de una sobredosis y la pérdida de un amigo en un tema que te dan ganas de bailar y de vivir. Gabinete demostró una madurez humana y artística tremenda aquí.

—Así es —coincidió el paisano, mirando al músico—. Al final, la música es lo único que nos sobrevive cuando nos pasamos de la raya.

Charla amena de Jaime

Jaime se despidió con la mirada, sintiendo que la lección de "Tócala, Uli" flotaba sobre su propio drama personal. La muerte de Ulises había dejado un vacío irreparable en el grupo, de la misma forma que la marcha de Elena había dejado un cráter en su rutina; sin embargo, la banda había elegido la música y la energía para honrar el recuerdo. Él, de momento, solo sabía arrastrar los pies por la nieve, pero la vibración de ese saxofón le recordó que incluso el dolor más agudo podía vestirse con un traje elegante y salir a bailar bajo las estrellas sorianas.

La mañana siguiente amaneció cubierta por una capa de escarcha que convertía las aceras en espejos gélidos. Jaime apenas había dormido, arrastrando la vibración del saxofón de la noche anterior como un eco que se resistía a morir. Decidió que el único lugar capaz de contener su agitación era el río, así que bajó hasta el Paseo de San Polo, donde el Duero discurre flanqueado por chopos desnudos que parecen centinelas de piedra. El frío allí abajo era limpio, cortante, de los que obligan a respirar hondo para sentir que todavía se está vivo.

reencuentro Elena y Jaime

Fue junto a los arcos derruidos de San Juan de Duero donde el corazón le dio un vuelco. Una silueta familiar, envuelta en un abrigo largo de lana oscura y con las manos hundidas en los bolsillos, contemplaba la corriente del agua. Era Elena. No era un fantasma de la memoria; era ella en carne y hueso. Había conducido desde Medinaceli de madrugada, incapaz de cerrar el capítulo sin una última mirada a los ojos. Al escuchar los pasos de Jaime sobre la hojarasca helada, se giró lentamente. Sus ojos, enrojecidos por el relente del norte y las lágrimas contenidas, se clavaron en él con una mezcla de reproche y ternura infinita.

El reencuentro en aquel escenario machadiano no tuvo gritos ni reproches estridentes. La madurez de su dolor se expresaba en susurros que el viento se llevaba río abajo. Elena sacó una pequeña caja metálica del bolsillo y se la tendió; contenía las llaves del piso de la playa y unas viejas cintas de casete que él se había dejado olvidadas en el mueble del salón. Al rozarse sus dedos, una descarga de nostalgia compartida los envolvió, recordándoles que el fin de una convivencia no extingue los años de complicidad. Hablaron de la rutina rota, del peso del silencio en la casa vacía y de cómo Soria, con su estoicismo invernal, se estaba convirtiendo en el escenario perfecto para su desgarro. La Sangre de tu Tristeza

Mientras Elena hablaba, Jaime sentía que el rumor del Duero se compasaba de forma natural con los acordes de "La Sangre de tu Tristeza", el indiscutible clímax emocional del álbum. En su fuero interno, Jaime no pudo evitar desmenuzar la maestría con la que Gabinete Caligari había esculpido este himno indiscutible del pop español. El tema arrancaba con una guitarra acústica galopante, enérgica pero preñada de una melancolía que se te metía en los huesos. Era una contradicción perfecta: un ritmo bailable y vital que sostenía una de las letras más desgarradoras y poéticas sobre el desamor jamás escritas en nuestro país, pura lírica que parecía heredar el misticismo doliente de la propia tierra castellana.

Jaime miró a Elena, cuya respiración formaba pequeñas nubes blancas en el aire gélido, y recordó cómo Jaime Urrutia modulaba la voz en ese corte, dotándolo de una solemnidad casi taurina, una mezcla de orgullo y vulnerabilidad. La producción de este single era soberbia, destacando una sección de cuerdas y unos teclados sutiles que elevaban la canción por encima del pop de consumo de la época, dotándola de una pátina atemporal. Era el retrato exacto de lo que ellos dos estaban viviendo en ese preciso instante junto al río: dos personas que se amaban con locura pero que estaban condenadas a ver cómo la sangre de su propia tristeza inundaba el camino de la separación, incapaces de frenar la inercia del adiós.

el cuaderno de Jaime

Elena rompió el hechizo limpiándose una lágrima con el reverso del guante y esbozó una sonrisa triste, fijándose en el cuaderno de notas que Jaime asomaba por el bolsillo de la chaqueta.

—Veo que sigues escribiendo tus crónicas musicales, Jaime —dijo ella, con la voz quebrada—. Siempre buscando refugio en las canciones.

—Es la única manera que conozco de ponerle orden a este desastre, Elena —respondió él, dando un paso hacia ella—. Estaba pensando precisamente en la evolución de Gabinete en este tema. Lograron algo casi imposible: que el dolor del desamor suene con una dignidad tremenda, sin caer en el patetismo. La guitarra galopa como si huyera, pero la letra te ata al suelo. Es justo lo que siento ahora mismo contigo.

Elena bajó la mirada, contemplando las aguas oscuras del Duero.

—A veces la tristeza tiene su propio orgullo, Jaime. Pero el orgullo no abriga en Soria. Cuídate mucho.

Dicho esto, Elena le dio un beso fugaz en la mejilla —un roce helado que le quemó el alma— y se dio la vuelta, caminando a paso ligero hacia el aparcamiento. Jaime se quedó inmóvil, escuchando cómo sus pasos se desvanecían y cómo la acústica de "La Sangre de tu Tristeza" seguía resonando en su cabeza, certificando que el clímax de su historia de amor había terminado y que solo quedaba el epílogo definitivo de su exilio en la capital.

Jaime se queda solo

La tarde soriana comenzó a extinguirse con esa parsimonia majestuosa y fría que solo se respira en el alto llano numantino. Jaime vio cómo el coche de Elena se convertía en un punto lejano e impreciso en la carretera de Logroño, hasta que los árboles de la ribera lo sepultaron definitivamente en el olvido. Se quedó solo. El silencio que siguió a su marcha no era un vacío, sino un peso físico, una mole de granito que le oprimía el pecho. Sin embargo, en lugar de regresar a la celda de su hostal, sintió la imperiosa necesidad de ascender. 

Buscó el camino que serpentea hacia el Mirador del Castillo, el punto más alto de la ciudad, donde las ruinas medievales contemplan el curso del Duero y la inmensidad de la meseta.

Al llegar a la cima, el viento del norte soplaba con una violencia pura, limpiando la atmósfera y dejando el cielo de un tono violáceo, casi místico. Jaime se apoyó en la barandilla de piedra de la muralla. Desde allí arriba, Soria se desplegaba a sus pies como un pesebre de tejas y soportales, rodeada por la inmensidad de unos campos que parecían no tener fin. Abrió los ojos de par en par, dejando que el frío le secara las lágrimas residuales. Fue en ese preciso instante de aislamiento y grandeza telúrica cuando comprendió que su viaje no había sido una huida cobarde, sino una peregrinación necesaria. Su mente, cansada de dar vueltas sobre el mismo dolor, encontró por fin el acorde definitivo. Camino Soria

Los compases solemnes y épicos de "Camino Soria" comenzaron a sonar en su cabeza, fundiéndose con el paisaje real que se extendía ante sus ojos. Jaime revivió la grandiosidad de la pieza que cerraba y daba sentido a todo el álbum de Gabinete Caligari. Qué manera tan excelsa tenían Jaime Urrutia, Ferni Presas y Edi Clavo de clausurar su obra cumbre. La canción, con sus guitarras acústicas galopantes y esa sección de viento que evocaba una melancolía crepuscular y torera, no era un lamento de derrota; era un canto de redención y trascendencia. El grupo madrileño había logrado lo impensable en el pop de finales de los ochenta: fusionar el misticismo literario de Gustavo Adolfo Bécquer y Antonio Machado con la épica del rock de raíces anglosajonas.

Vistas de Soria

Al escuchar el eco de la letra flotando sobre las colinas sorianas, Jaime entendió la lección del disco. La banda no idealizaba el sufrimiento, sino que le otorgaba un escenario digno, un marco de piedra, encina y río donde el desamor dejaba de ser una mezquindad cotidiana para convertirse en poesía universal. La producción de este tema central era una catedral sonora, un monumento al pop en castellano que demostraba que para ser verdaderamente internacional, a veces solo hacía falta cantar con verdad a las tierras del interior. Soria ya no era el lugar donde Jaime venía a morir de pena; era el santuario donde iba a renacer, asumiendo que hay ausencias que, lejos de empequeñecernos, nos vuelven tan eternos y sobrios como las murallas que lo rodeaban. De fondo, una sutil sonrisa dibujó su rostro al pensar que esta crónica terminaría siendo el alma de una nueva publicación en La Playlist del Yeyo, ese rincón donde la música y la vida siempre encuentran un refugio atemporal.

Toda separación matrimonial es, en el fondo, un proceso de desmantelamiento interior, una demolición silenciosa de las estructuras que daban seguridad a nuestra existencia. En el caso de Jaime y Elena, el divorcio no nace de la extinción del afecto, sino del desgaste inevitable de la convivencia, esa "fuerza de la costumbre" que termina por convertir los "pecados más dulces" en una inercia asfixiante. La gran paradoja de las rupturas amorosas es que, a menudo, para preservar la belleza de lo que se tuvo, es estrictamente necesario poner distancia, firmar una tregua física y emprender un exilio voluntario. Huir no siempre es un acto de cobardía; a veces es el único mecanismo de defensa del alma para no destruir por completo los cimientos de un amor que se resiste a morir malamente en la rutina.

El trasfondo de Camino Soria funciona como el bálsamo perfecto para esta herida contemporánea. El álbum de Gabinete Caligari nos enseña que el dolor y la melancolía no tienen por qué ser oscuros, patéticos ni destructivos. A través de sus canciones, la banda propone una estética del desgarro donde la tristeza se viste de gala, se toca con un saxofón de swing gamberro o se envuelve en el compás aristocrático de un vals decadente. La provincia de Soria, con su geografía mística, sus inviernos rigurosos y su estoicismo de piedra, se convierte en el espejo ideal para el alma rota: un territorio que demuestra que la soledad y el frío también pueden albergar una dignidad monumental. La moraleja que nos deja el viaje de Jaime es clara: cuando el amor se rompe, el camino hacia la curación no consiste en olvidar el pasado, sino en encontrar un lugar —físico o musical— lo suficientemente grande y noble como para transformar nuestro dolor en una obra de arte.

Epílogo y Reseña

icono radio

Tras la última mirada de Jaime desde el mirador, cuando las notas de "Camino Soria" se apagan flotando sobre las murallas y el Duero, se hace necesario bajar la persiana de la ficción para rendir cuentas con la historia real de un disco que cambió para siempre las reglas del pop en España. Corría el mes de noviembre de 1987 cuando Gabinete Caligari, una banda que ya había saboreado las mieles del éxito con su personalísimo "rock torero", decidía encerrarse en los prestigiosos estudios TRAK de Madrid bajo la batuta del productor Jesús N. Gómez para dar a luz su obra más madura, ambiciosa y sofisticada. Aquel lanzamiento no fue un éxito menor; se convirtió en un auténtico fenómeno social y comercial que arrasó en las listas de radio del país, alcanzando de manera fulminante el número uno en Los 40 Principales con su homónimo y melancólico single de presentación, y llegando a certificar con el tiempo un impresionante triple disco de platino al superar la barrera de las 300.000 copias vendidas, una cifra estratosférica para un grupo de raíz eminentemente independiente en el mercado nacional de la época.

epilogo camino Soria

La recepción de la crítica en aquel lejano 1987 fue unánime pero no exenta de cierta sorpresa ante el monumental giro artístico de Jaime Urrutia, Ferni Presas y Edi Clavo. Los cronistas de la Movida madrileña, acostumbrados a la irreverencia, al ruido del afterpunk o a los ritmos más desenfadados de los primeros ochenta, se toparon de bruces con un álbum de un refinamiento lírico y una solemnidad instrumental sobrecogedoras. La prensa musical de la época aplaudió a rabiar la valentía del trío al atreverse a cruzar la tradición literaria de la Generación del 98 —bebiendo directamente del misticismo de Antonio Machado y del romanticismo doliente de Gustavo Adolfo Bécquer— con una épica musical que recordaba al rock de raíces anglosajonas de los mejores Smiths o de un Phil Spector pasado por el filtro ibérico. Se les reconoció de inmediato el mérito de haber rescatado la dignidad de la España interior, dotando a los paisajes áridos de Castilla de una pátina de misterio, orgullo y melancolía que conectaba a la perfección con el sentir de una juventud que empezaba a madurar.

A día de hoy, habiendo transcurrido casi cuatro décadas desde que aquellas canciones empezaran a girar en los tocadiscos, la perspectiva del tiempo no ha hecho más que agigantar la leyenda de este trabajo, catalogándolo de forma indiscutible en todas las enciclopedias musicales como una de las tres obras cumbre de la historia del pop y el rock en castellano. La crítica contemporánea ya no lo analiza simplemente como un gran disco de los ochenta, sino como un tratado sociológico y estético atemporal; un álbum conceptual involuntario donde canciones como "La Sangre de tu Tristeza", la irónica y bailable "Suite Nupcial", o el desgarrador y vibrante homenaje a Ulises Montero en "Tócala, Uli", mantienen una frescura interpretativa y una vigencia lírica intactas. Pasados los años, Camino Soria sigue siendo el ejemplo perfecto de cómo una banda de rock supo abrazar la madurez sin perder un ápice de su carisma, transformando el desamor cotidiano y el frío de la meseta en un monumento artístico indestructible que sigue sirviendo de faro e inspiración para las nuevas generaciones de músicos en España, y cuyo eco imborrable permanece siempre custodiado en el alma de proyectos tan apasionados por rescatar el tesoro del siglo XX como es La Playlist del Yeyo.

La Opinión del Yeyo

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Por aquellos años 80, recuerdo que mucha gente tenía la idea preconcebida de que la música anglosajona, siempre era mucho mejor que lo propio, lo hispano, lo nuestro. Y aunque en esos maravillosos 80, salió muy buena música española, siempre era mejor lo extranjero, por lo menos, esa era la impresión que me daba, que yo percibía. Anteriormente a esos años, quizá si hubiera sido así; pero durante la década de los 80, el nivel se fue acercando, e incluso, con acento castizo, y muy español, llegó a alcanzar niveles muy altos de calidad musical, y este es el caso de Camino Soria, de Gabinete Caligari. Este disco es una verdadera obra de arte, una maravilla, hecha en español, en España, y con todos los ingredientes castizos que nos identifican, y nos unen. 

Pienso en canciones como La sangre de tu tristeza, con esas palabras tan “de pueblo”, tan nuestras, recuerdo que en aquellos tiempos, me hacían gracia, y por qué no, me agradaban. Nos acercaban a ese rock hispano, a ese rock castizo, del pueblo, pero, ojo, no exento de elegancia, y tampoco de sobriedad. La característica principal de este Camino Soria, desde mi humilde punto de vista, es su sencillez, su humildad, y no hay más que ver su portada; no necesita más, ya lo dice el dicho, menos es más. 

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En cuanto a sus canciones, se respira un ambiente de melancolía, de tristeza, de ruptura, reflejan perfectamente el recorrido que vivió su compositor, Jaime Urrutia, en la relación con su mujer, desde sus bonitos recuerdos iniciales, hasta la amargura de la separación. Y todo ello, lo enmarca en una ciudad sencilla, humilde, pero hermosa, llena de poesía, de belleza, muy bien descrita por poetas tan maravillosos como Machado y Bécquer, a los que cita en el tema estrella del disco, la canción que da título al álbum, Camino Soria. Esta es una de esas maravillas de la música, en mi humilde opinión, una joya, que aparecerá en El Joyero del Yeyo, como una de esas gemas que pasan a la historia de la música española, y también mundial. 

En resumen, este álbum, tiene canciones muy bonitas, melodías preciosas, ritmos muy bailables, simpáticas, y que merecen ser escuchadas con atención y buena disposición. Desde luego la sensación que te quedará será muy buena. Te dará la impresión de ser un muy buen disco, y una verdadera obra de arte musical, digna del mejor compositor. La Playlist del Yeyo, se complace en incluir este gran disco en su repertorio, con la convicción de tener una verdadera joya del panorama musical español.

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Publicado junio 01, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 2 comentarios

The Police-Outlandos D'Amour

Interpretación visual de Outlandos D'Amour de The Police-La Playlist del Yeyo


Nacieron en los tiempos del punk, pero The Police eran demasiado buenos para ser punks. No eran ningunos aficionados rompiendo guitarras.



Menú de Contenido:

  • 1. El Evangelio de los Adoquines Negros (Narrativa)
  • 2. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 3. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

EL EVANGELIO DE LOS ADOQUINES NEGROS

I. La Bestia de Neón Rojo

El Soho no se anda con chiquitas. En noviembre de 1978, el barrio es una herida abierta que supura neón y vaho de alcantarilla. La humedad no cae del cielo, brota de los ladrillos tiznados de carbón y se pega a la piel como una condena. Es un aire pesado, un cóctel de gasoil de los autobuses Leyland que rugen en Piccadilly y el aroma acre de la ginebra barata que emana de los pubs de Wardour Street, esos donde los hombres entran buscando olvidar sus nombres y salen habiendo perdido hasta el alma.

Ella camina con la barbilla hundida en el cuello de una gabardina que ha visto tiempos mejores, cuando todavía no tenía que vender su tiempo en fracciones de hora bajo la mirada de tipos que huelen a desesperación vieja. Sus tacones golpean el asfalto con un ritmo frenético, un compás nervioso que parece dictado por una batería lejana que retumba en algún sótano. Es la urgencia de quien no tiene destino, pero sí mucha prisa por llegar. Es el pulso de Next to You, esa energía que corta el aire como una cuchilla oxidada, reflejando perfectamente el estado de ánimo de una ciudad que quiere gritar pero ha olvidado cómo hacerlo. Para ella, esa música no es entretenimiento; es el motor de combustión que le impide detenerse a mirar las sombras que la persiguen.

II. El Refugio de los Condenados

A medida que la urgencia de la calle se vuelve insoportable, ella se desvía por un callejón tan estrecho que las paredes parecen querer juntarse para aplastarla. Se detiene frente a un escaparate mugriento donde un cartel desgastado de La Playlist del Yeyo anuncia una sesión de música en un club cercano; es el único destello de color en medio de la mugre.

Entra en "The Blind Cat", un garito semioscuro que se hunde tres metros bajo el nivel de la calle. El local es un útero de hormigón y humo de cigarrillos Player’s, donde la luz de una bombilla desnuda lucha por atravesar una nube de seda gris. Las paredes están empapeladas con posters de bandas que ya nadie recuerda y el suelo está tan pegajoso de cerveza derramada que cada paso suena como un desgarro. En una esquina, un viejo tocadiscos escupe un bajo profundo, una línea de notas que parece caminar por la habitación con una confianza insultante. Es la música de los que caminan solos.            So Lonely.

Roxanne —así la llaman cuando las luces se vuelven rojas— se sienta en un taburete cuya madera está tan desgastada que se le clavan las astillas en los muslos. Pide una ginebra doble. Mientras el líquido abrasa su garganta, se mira en el espejo empañado de la barra; ve las grietas en su maquillaje y comprende la paradoja de esa canción que suena: un ritmo que te invita a moverte mientras te cuenta que no tienes a nadie a quien llamar. Es la esencia de este debut de The Police, una mezcla de alegría rítmica y angustia existencial que ella siente como un tatuaje invisible. Puedes bailar mientras tu mundo se desmorona, siempre y cuando el ritmo sea lo suficientemente fuerte para tapar los gritos de dentro.

III. El Fotógrafo de la Leica

Un hombre se sienta a tres taburetes de distancia. No es un cliente; se nota en la forma en que sujeta el vaso y en la cámara Leica que descansa sobre la barra como un objeto sagrado. Su nombre es Gabriel y parece estar buscando algo que no se puede comprar con billetes arrugados. Gabriel observa a la mujer del espejo y luego gira la cabeza hacia la puerta, donde el neón de un club de alterne exterior parpadea con la cadencia de un corazón con arritmia.

📊 DATOS CLAVE:Lanzado en noviembre de 1978 | Puesto n.º 6 en UK Charts y n.º 23 en Billboard 200 | Certificación de Platino en EE. UU. y Reino Unido con más de un millón de copias vendidas | Incluye los himnos Roxanne, So Lonely y Can't Stand Losing You | Grabado con un presupuesto de apenas 1.500 libras utilizando cintas reutilizadas debido a la falta de recursos económicos iniciales de la banda.

— No tienes por qué hacerlo —dice Gabriel, sin mirarla. Su voz es tranquila, pero tiene el peso de un juicio final—. No tienes por qué ponerte esa luz roja.

En ese instante, el aire del local se vuelve denso, casi sólido. Es el pulso hipnótico de Roxanne. El ritmo es un tango deconstruido, una súplica de amor en un entorno donde el amor es una moneda de cambio. Gabriel nota cómo la melodía subraya la crudeza del momento: esa voz que alcanza notas imposibles mientras le pide que deje ese oficio que la está consumiendo bajo el estigma de la noche.

La ginebra doble de "The Blind Cat" bajaba por la garganta de Roxanne como si fuera plomo derretido, pero al menos le recordaba que seguía viva. Gabriel, a su lado, no había tocado su vaso. Se limitaba a observar el reflejo de la mujer en el espejo, como quien estudia un mapa antiguo de una ciudad que está a punto de ser bombardeada.

— Este sitio tiene algo —murmuró Gabriel, su voz apenas un susurro por encima del murmullo bajo de los borrachos y el siseo del humo—. Es como una zona de exclusión. Aquí el tiempo no corre, se estanca en los rincones.

Roxanne soltó una risita seca, una vibración sin alegría que murió antes de llegar a sus labios.

— Aquí el tiempo se vende, Gabriel. En pedazos de media hora. ¿Qué buscas con esa cámara? No hay nada bonito que fotografiar en este sótano.

Roxanne y Gabriel

Gabriel movió la Leica, acariciando el metal frío.

— La belleza es una mentira de los ricos, Roxanne. Yo busco la verdad. Y la verdad suele ser sucia, ruidosa y estar muy sola. Como esa canción que sonaba antes... ese ritmo que parece que te va a salvar la vida pero que solo te recuerda que no tienes a quién llamar.

Fuera, en el callejón, el neón rojo volvió a parpadear, proyectando una luz sangrienta sobre la barra. Era una advertencia constante. Roxanne cerró los ojos, intentando que el zumbido eléctrico del neón no se convirtiera en el único sonido de su mundo. Se sentía atrapada en la estructura de una de esas canciones nuevas: un ritmo que no te deja descansar, un bajo que te golpea el estómago y una letra que dice exactamente lo que no quieres oír.

— El mundo está cambiando, Roxanne —continuó Gabriel, su mirada perdida en la puerta del local—. Hay gente ahí fuera haciendo música que suena a cables pelados y a corazones rotos. Dicen que es el futuro, pero yo solo escucho el eco de los que no tenemos voz.

Se quedaron en silencio mientras el humo de los Player's formaba figuras fantasmales en el aire. Ella sabía que, tarde o temprano, tendría que levantarse de ese taburete, ajustarse la gabardina y volver a la luz roja. Pero por un momento, en esa semioscuridad cargada de olores a humedad y desinfectante barato, se permitió el lujo de no ser nadie.

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— ¿Y qué pasa si la verdad es demasiado dura de revelar? —preguntó ella, mirando por fin a Gabriel a los ojos.

— Entonces se convierte en leyenda. O en una canción que todo el mundo canta sin entender que están hablando de nosotros.

Gabriel se levantó, dejando unas monedas sobre la barra. No eran por ella, eran por la ginebra que él no había bebido.

— Vamos. La noche no ha terminado y el Soho tiene más historias que contarnos antes de que el amanecer nos borre a todos.

IV. La bofetada en medio de la noche

Salieron del "The Blind Cat" sintiendo cómo la humedad de los adoquines se les metía de nuevo en los huesos. El Soho los recibió con su indiferencia habitual, un laberinto de sombras donde cada esquina escondía un secreto y cada neón rojo era un faro para los náufragos del asfalto.

paseando por el Soho

Caminaron en silencio durante unos minutos, dejando que el murmullo del Soho se convirtiera en un ruido blanco de fondo. Gabriel mantenía la cámara bajo su gabardina para protegerla de una lluvia que ya no era una simple molestia, sino una cortina gris que lo empañaba todo. Roxanne, por su parte, parecía haber perdido la prisa. Sus pasos eran lentos, pesados, como si cada adoquín mojado fuera un imán que intentara retenerla en el pasado.

— Mira eso —dijo ella, señalando con un gesto cansado un portal donde dos jóvenes con el pelo teñido de colores imposibles discutían a gritos sobre un fanzine fotocopiado.

— Es el futuro, Roxanne. Aunque huela a pegamento y suene a ruido. Es la misma urgencia que tiene ese disco que mencioné antes. Hay una pista, Truth Hits Everybody, que es como un bofetada en mitad de la noche. Es rápida, agresiva, pura energía de la calle, pero tiene una precisión que te corta la respiración. La letra habla de esos momentos en los que la realidad te golpea de frente y ya no puedes mirar hacia otro lado. Como nos está pasando a nosotros ahora mismo en esta calle.

Ella no respondió, pero sus ojos se clavaron en los jóvenes. Quizás se veía reflejada en su rebeldía, o quizás envidiaba que ellos todavía tuvieran algo por lo que gritar. Continuaron bajando hacia el sur, alejándose de las luces más brillantes de Piccadilly para adentrarse en la penumbra de las calles que morían cerca del río.

V. La generación de los 50's

— Gabriel, ¿crees que la gente como nosotros, los que nacimos en los 50, estamos acabados? —preguntó ella de repente, mientras cruzaban una avenida vacía—. Mis padres vinieron de la guerra con una sonrisa, pensando que nos daban un mundo nuevo. Y aquí estamos, en el 78, viendo cómo todo se desmorona entre huelgas y basura acumulada en las aceras.

Gabriel se detuvo y la miró. En su mente resonaba Born in the 50's. No era una canción triste, era un himno de pertenencia. En el disco, ese tema suena con una fuerza coral, un rock directo que abraza a toda una generación que se siente extraña en su propio tiempo.

— No estamos acabados, Roxanne. Estamos en transición. Esa canción lo dice claro: somos hijos de una época que ya no existe, pero eso nos da una perspectiva que estos chicos del punk aún no tienen. Somos la memoria de la ciudad. El problema es que la memoria a veces pesa demasiado.

Llegaron finalmente a los pies del Puente de Waterloo. El viento soplaba con una violencia inusitada, arrastrando el olor a barro y metal del Támesis. Roxanne se acercó al pretil de piedra. El agua, allá abajo, era un remolino negro que parecía susurrar promesas de un descanso eterno, de un silencio absoluto donde ya no habría neones rojos ni ginebra barata.

VI. Conteniendo la respiración

Se hizo un silencio largo, solo roto por el silbido del viento entre los cables del puente. Gabriel se quedó a unos pasos de distancia, respetando ese espacio sagrado entre una mujer y su abismo. Sabía que cualquier palabra mal dicha podía ser el empujón final. En su interior, la banda sonora de la noche llegaba a su punto más oscuro. Can't Stand Losing You no era solo una canción sobre una ruptura amorosa; en aquel puente, con el frío calando los huesos, era la crónica de una rendición. La letra hablaba de no poder soportar la pérdida, y Roxanne lo había perdido todo: su juventud, su nombre, su esperanza.

Roxanne puso una mano sobre la piedra gélida. Miró el vacío y, por un instante, su cuerpo se inclinó hacia adelante. Gabriel contuvo el aliento, con los dedos aferrados a su cámara, no para disparar, sino por la tensión de quien ve una tragedia a punto de consumarse.

Roxanne cerró los ojos y, en ese segundo suspendido, recordó las manos de su madre y la mirada de su padre cuando le decía que ella era el futuro. Se dio cuenta de que su rendición no sería una derrota propia, sino la victoria final de todos los tipos que la habían llamado "puta" para sentirse ellos menos miserables. Si saltaba, les daba la razón. Si desaparecía, confirmaba que solo era un objeto desechable en la maquinaria de Londres. 

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

VII. El Valor de la Resistencia

Pero entonces, algo cambió en la expresión de ella. No fue un destello, ni un discurso heroico. Fue el simple recuerdo de una melodía, un acorde de guitarra que había escuchado en aquel club con el cartel de La Playlist del Yeyo. Recordó que, a pesar de la "puta" realidad que la rodeaba, todavía era capaz de sentir la vibración de una cuerda, el golpe de una batería, el calor de una conversación con un extraño que no quería comprarla.

Se alejó del borde con un suspiro que pareció vaciarle los pulmones de toda la amargura acumulada. Se giró hacia Gabriel y, por primera vez en toda la noche, su sonrisa no fue una máscara profesional. Fue una mueca frágil, humana, hermosa.

— Sabes, Gabriel... —dijo con la voz entrecortada por el frío—. Ese disco tiene razón. La soledad es una mierda, y la luz roja es una condena. Pero mientras haya alguien escribiendo canciones sobre nosotros, supongo que no estamos del todo muertos.

La soledad te muerde el cuello, pero mientras mis pulmones sigan quemando este aire de mierda, soy yo quien decide cuándo se apaga la música. No ellos. Nunca más ellos. No me hagas la foto todavía. Hazla mañana, cuando salga el sol. Quiero que el mundo vea que, aunque me doblaron mil veces, no consiguieron partirme.

Gabriel asintió, con los ojos empañados. La vio caminar hacia el inicio del puente, con los hombros erguidos y los tacones marcando un paso firme, ya no frenético, sino deliberado. No era un final feliz de película; era la resistencia humana en su estado más puro. Roxanne se fundió con la niebla de la mañana, no como una sombra que huye, sino como una mujer que regresa para reclamar su nombre.

Gabriel se mantuvo en silencio. No hacían falta más palabras. La noche de 1978 seguía siendo oscura y Londres seguía siendo una bestia hambrienta, pero sobre aquel puente, dos náufragos habían decidido seguir nadando.

Epílogo y Reseña

icono radio

Publicado originalmente el 2 de noviembre de 1978, Outlandos d'Amour supuso el debut de una de las bandas más influyentes de la historia: The Police. Grabado con un presupuesto ínfimo de apenas 1.500 libras en los estudios Surrey Sound, el álbum es un testamento de creatividad frente a la precariedad, utilizando incluso cintas usadas para registrar sus pistas.

epilogo Outlandos d'Amour

Aunque inicialmente fue recibido con frialdad por la crítica británica, que los veía como "impostores" del punk por su excesiva pericia técnica, el disco acabó por redefinir el sonido de la época al fusionar con maestría la energía del rock con los ritmos del reggae y el ska. Sencillos como "Roxanne" —que inicialmente fue prohibido por la BBC por su temática sobre la prostitución— o "Can't Stand Losing You" se convirtieron en himnos generacionales que llevaron al álbum al puesto número 6 en las listas del Reino Unido y al Platino en Estados Unidos. 

Con el paso de las décadas, la crítica ha elevado este trabajo a la categoría de obra maestra, destacando cómo el trío formado por Sting, Stewart Copeland y Andy Summers logró capturar la alienación urbana y la soledad con una sofisticación musical inaudita para su tiempo.

La Opinión del Yeyo

logo opinion

Estamos hablando de finales del año 78, yo ya iba para 14 años, y ya empezaba a escuchar música, aunque fuera en los 40 principales. Y ahí es donde descubrí los primeros éxitos de Police. No llegué a escuchar este Outlandos D'Amour, porque el mundo de la música aún me venía grande; pero con el tiempo, lo he oido, y he aprendido a valorar primero el debut de una banda genial, y luego la enorme carrera de unos tios buenísimos que sabían hacer buen rock, y preciosas canciones. 

Opinion Yeyo

Sus principios no fueron precisamente fáciles; con muy poco presupuesto, consiguieron hacer verdaderas virguerías, y canciones que hoy ya forman parte de la historia del rock. Nacieron en los tiempos del punk, y estos tios eran demasiado buenos para ser punks. No eran ningunos aficionados rompiendo guitarras. Pero había que ir con los tiempos, y tuvieron que adaptarse; pero Outlandos D'Amour es bueno, y no precisamente por sus temas punks, sino por su saber hacer, sus melodías, y su interpretación. Incluyeron el reggae en algunos temas, y enriquecieron muchísimo las melodías. Esa era una de sus mejores y más alabadas características.

Los Police eran buenos, y punto. No hay otra explicación. Supieron combinar melodías pegadizas con temas bastante oscuros, que incluso fueron censurados por la BBC, pero que no pudieron evitar que el público los consumiera con devoción… Los Police son, en mi opinión, una gran banda que en aquellos últimos años 70, y primeros 80, supieron hacer composiciones realmente magistrales, que han conquistado los oídos de mucha gente de aquella época y posteriores. Entre ellos me incluyo. La Playlist del Yeyo incluye este disco y otros más que vendrán, por que la discografía de The Police merece un estudio y un tratamiento aparte…

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Y si buscas una canción o un video que no está en La Playlist del Yeyo, lo puedes localizar en el Buscador del Yeyo, procurando especificar bien el video o canción que quieres localizar.

¡¡Hasta la próxima!!


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Publicado mayo 25, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

Elvis Presley-From Elvis in Memphis

Interpretación visual de From Elvis in Memphis de Elvis Prestley-La Playlist del Yeyo


Combina maravillosamente bien el soul, con el gospel, y con el rock, de forma que esos coros gospel, elevan la voz del Rey, a unos tonos casi espirituales y angelicales. El resultado es, sencillamente, genial.



Menú de Contenido:

  • 1. El Método de Memphis (Narrativa)
  • 2. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 3. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

EL MÉTODO DE MEMPHIS

PARTE I

El apartamento 4B de la calle O'Neil no era un hogar; era un mausoleo dedicado a lo que pudo ser y no fue. El aire allí dentro tenía una consistencia casi física, una mezcla viciada de tabaco Chesterfield rancio, el vaho metálico de una estufa de gas que siseaba como una serpiente moribunda, y ese aroma dulzón y podrido de las derrotas prolongadas que se pegan a las cortinas. Julian Vane, el hombre que una vez hizo que el público de la Royal Shakespeare Company se pusiera en pie durante diez minutos ininterrumpidos, estaba desparramado en un sillón de skay marrón cuyas costuras reventadas escupían trozos de espuma amarillenta, como si el mueble mismo estuviera perdiendo las entrañas ante el peso de su dueño.

Julian tenía la piel del color del pergamino viejo. Su barba de tres días era un mapa de canas y descuido, y sus ojos, hundidos en cuencas violáceas, evitaban sistemáticamente el espejo del pasillo. En ese espejo ya no habitaba el galán que enamoró a Hollywood en cintas de autor; solo quedaba un náufrago de más de sesenta años que vestía una bata de seda manchada de café, un vestigio patético de sus años de gloria.

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Sobre la mesa coja, entre cajas de pizza con bordes de grasa endurecida y guiones de anuncios de detergente que nunca llegó a rodar, descansaba un sobre arrugado. Era una invitación del centro cultural de un barrio castigado por la desidia. Querían que "el gran Julian Vane" dirigiera y protagonizara una pequeña obra de teatro amateur en un escenario de madera carcomida, frente a un público que buscaba refugio del frío de la calle.

—Basura —gruñó Julian, y su voz sonó como si alguien arrastrara una cadena por un suelo de grava—. ¿Yo? ¿Haciendo teatro en un gimnasio de barrio con gente que no sabe ni ponerse en pie? Prefiero que me embarguen hasta los calcetines.

Se levantó con un quejido sordo. La apatía le pesaba más que los años. Había perdido a su mujer, Claire, en un divorcio que los tabloides devoraron con la crueldad de una jauría, y a sus hijos... ellos eran ahora solo voces distantes al otro lado de un teléfono que cada vez sonaba menos. Su vida era una película de serie B de la que no podía escapar.

Entonces, tres golpes secos y rítmicos retumbaron en la puerta. Julian no esperaba a nadie. Los cobradores no golpeaban así; ellos dejaban notas amarillas por debajo de la puerta o gritaban desde el rellano. Al abrir, se encontró con una figura que contrastaba con la penumbra de su pasillo. Era el Yeyo.

El Yeyo vestía una chaqueta de cuero gastada y lucía esa media sonrisa de quien conoce el final de la película antes de que empiece. Bajo el brazo, protegía un vinilo con una reverencia casi religiosa. Entró sin esperar invitación, apartando un montón de periódicos viejos para dejar el disco sobre la mesa.

Julián y El Yeyo

—Tienes un aspecto horrible, Vane —dijo el Yeyo, echando un vistazo al desastre que reinaba en el salón—. Huele a podrido aquí dentro.

—Vete al diablo, Yeyo. No estoy de humor para sermones sobre la "magia del escenario" ni para la caridad de viejos amigos.

—No vengo por caridad. Vengo por supervivencia —respondió el Yeyo con calma—. He traído a alguien que sabe exactamente cómo te sientes. Alguien que también estuvo en este mismo pozo de irrelevancia y purpurina barata antes de 1969.

El Yeyo se acercó al viejo tocadiscos Garrard que Julian conservaba por pura inercia. La aguja bajó con un chasquido eléctrico, un crujido que cortó el silencio sepulcral del apartamento. De repente, una explosión de vientos y un coro gospel que parecía descender directamente del techo llenó el cuarto. Era el sonido de la redención. Wearin' That Loved on Look

—Escucha ese inicio, Julian —dijo el Yeyo, subiendo el volumen mientras la voz de Elvis entraba con una garra que no se le escuchaba desde sus años en Sun Records—. Ese es Elvis en enero del 69. El mundo lo daba por muerto. Pensaban que era un chiste, un producto de marketing atrapado en películas ridículas y camisas de flores. Estaba hundido, Julian. Estaba donde estás tú ahora: siendo una parodia de sí mismo. Pero se fue a Memphis, se quitó el traje de seda y grabó esta maravilla. Es gospel, es soul, es la verdad desnuda.

Julian se quedó inmóvil, con el vaso de agua temblando en su mano. Era una pieza de soul sureño vibrante y musculosa, con una instrumentación orgánica y directa. El ritmo de Wearin' That Loved on Look era crudo, cargado de una espiritualidad que pedía perdón y guerra al mismo tiempo. Era el sonido de un hombre que se ha quitado la máscara y ha decidido pelear en el barro.

📊 DATOS CLAVE:Publicado en junio de 1969 por RCA Victor | Alcanzó el puesto #13 en el Billboard 200 y fue certificado Platino por la RIAA | Contiene hitos como "In the Ghetto" y las sesiones de "Suspicious Minds", marcando el regreso de Elvis al Soul-Gospel tras años de bandas sonoras | Grabado en American Sound Studio con la producción de Chips Moman y el legendario grupo de músicos "The Memphis Boys".

—Elvis se largó de Hollywood y volvió a Memphis —continuó el Yeyo, marcando el compás con los dedos—. Se encerró en un estudio humilde, con músicos que no le tenían miedo. Se olvidó del "Rey" y volvió a ser el chico que cantaba desde las tripas en la iglesia. Este disco, From Elvis in Memphis, no fue un regreso; fue una resurrección. Y ese teatro de barrio, Julian... ese es tu American Sound Studio. Es el lugar donde vas a dejar de ser un fantasma para volver a ser un actor.

Julian miró la portada del disco que el Yeyo había traído. El diseño le recordaba que hubo un tiempo en que él también tuvo esa intensidad en la mirada.

—Mi mujer ya no me reconoce, Yeyo —susurró Julian, y por primera vez en años, su voz no era de método, era la de un hombre roto—. He tocado fondo tantas veces que ya, hasta me gusta el frío del suelo.

—Entonces deja que Elvis te enseñe cómo se sale de ahí. Escucha cómo se rompe —dijo el Yeyo, mientras la aguja avanzaba hacia el siguiente corte, una balada que parecía escrita con lágrimas y bourbon barato. After Loving You

La voz de Elvis en After Loving You inundó la estancia con una honestidad brutal. Cada nota era una confesión, una crítica orgánica a una vida de excesos y soledad. Julian cerró los ojos. Por un momento, el olor a tabaco rancio fue sustituido por el aroma del estudio de grabación, por la electricidad de la creación pura. El tema sonaba a arrepentimiento, el mismo arrepentimiento que Julian sentía al pensar en su familia perdida.

—Mañana a las ocho, en el centro cultural —dijo el Yeyo, dirigiéndose a la puerta—. No lleves tu currículum ni tus premios. Lleva este disco en la cabeza. Y Julian... aféitate. El Rey no salía al escenario con esa cara de derrota.

PARTE II

La mañana siguiente en el centro cultural de "Hell’s Kitchen" no tenía nada de glamurosa. El edificio era una mole de ladrillo visto con el eco de los años cincuenta atrapado en sus pasillos de linóleo desconchado. Julian Vane llegó a las ocho en punto. Se había afeitado, sí, pero su piel irritada por la cuchilla vieja y sus manos ligeramente temblorosas delataban que el proceso de resurrección no iba a ser fácil.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

En el escenario, un grupo de cinco personas lo esperaba con una mezcla de reverencia y escepticismo. Eran aficionados, gente del barrio: un cartero jubilado, una joven camarera con sueños de Broadway y un par de vecinos que solo buscaban no estar solos. Julian subió los escalones de madera, que gimieron bajo su peso. El olor allí era distinto al de su apartamento; olía a cera para suelos, a polvo acumulado y a la ansiedad de los que esperan un milagro.

En la última fila de las butacas, casi oculto por las sombras del anfiteatro, el Yeyo estaba sentado con los brazos cruzados. No dijo nada, pero su presencia era un recordatorio constante de que no había marcha atrás. Sobre el piano de cola, el Yeyo había dejado el disco de Elvis, como si fuera el guión sagrado que debían seguir.

—Empecemos —dijo Julian, con una voz que intentaba recuperar su antigua autoridad—. No quiero ver técnica. No quiero ver poses de actor. Quiero ver la verdad.

Pero la verdad no llegaba. Los ensayos eran torpes, mecánicos. Julian sentía que se ahogaba. El cinismo empezó a filtrarse de nuevo por sus poros. "Es una pérdida de tiempo", pensó. Justo cuando estaba a punto de tirar la toalla y marcharse para siempre a su sillón de skay, el Yeyo se levantó. Caminó con paso firme hacia el tocadiscos portátil que habían llevado para los ensayos y dejó caer la aguja. Any Day Now

La melodía de Any Day Now inundó el gimnasio. Esa canción no era solo música; era una advertencia. La voz de Elvis, profunda y llena de una urgencia casi desesperada, hablaba de la espera del final, de ese momento en que el amor —o la gloria— se escapa entre los dedos.

—Escuchad eso —interrumpió el Yeyo, mirando fijamente a Julian—. Elvis sabía que el tiempo se le acababa. Esta canción en Memphis no fue un relleno; fue su manera de decir que el mañana no está garantizado. Julian, tú estás esperando que alguien te devuelva tu vida de antes, pero tu vida ahora es este escenario podrido. Cualquier día de estos, el telón bajará de verdad. ¿Vas a dejar que baje mientras finges ser alguien que ya no eres?

Julian miró al cartero, que intentaba interpretar a un rey caído, y luego miró al Yeyo. El sutil arreglo de cuerdas de la canción parecía estar cosiendo los pedazos rotos de su propia voluntad. Any Day Now funcionaba en la trama como un espejo: el disco de Memphis le recordaba que Elvis también tuvo que enfrentarse al miedo de ser irrelevante. La reseña del álbum se escribía sola en el ambiente: era un trabajo donde Elvis no buscaba el aplauso fácil, sino la redención a través de la vulnerabilidad.

ensayos de la obra

—Otra vez —ordenó Julian, pero esta vez su voz no salió de la garganta, sino del estómago—. Desde el principio. Y tú, muchacha, deja de sonreír. Estás perdiendo lo que más quieres. Siéntelo como Elvis siente cada sílaba de este tema.

El ensayo cambió de tono. La densidad se volvió real. Ya no eran aficionados y un actor acabado; eran náufragos agarrándose a una balsa.

Horas después, cuando el sol empezaba a ponerse tras los edificios de New York, el cansancio era absoluto. Los actores se marcharon, dejando a Julian y al Yeyo solos en el escenario. Julian se sentó en el borde, con los pies colgando hacia el foso.

—Lo están consiguiendo, Yeyo —susurró Julian—. Pero yo no sé si puedo. Me falta algo. Me falta el alma.

El Yeyo no respondió con palabras. Caminó hacia el piano y puso la canción que Julian más temía. La canción que hablaba de los que nacen sin oportunidad, de los que el mundo decide ignorar. In The Ghetto

Mientras sonaba la voz profunda de Elvis, el Yeyo se sentó al lado de Julian.

—Esta canción salvó a Elvis, Julian. La crítica se burlaba de él, decían que ya no tenía conciencia social, que era un muñeco de feria. Y entonces grabó esto en Memphis. Sin gritos, con una contención que duele. Es la mejor reseña que se puede hacer de su madurez: saber cuándo callar para que la historia hable por ti.

Julian escuchó la letra sobre el niño que nace en el ghetto de Chicago y cómo el círculo de la pobreza y la violencia se repite. Pensó en su propio ghetto: ese apartamento 4B, su soledad autoimpuesta, su orgullo ciego.

—Tú eres ese niño, Julian —dijo el Yeyo, inculcando la crítica del disco en la piel del actor—. Has nacido en el privilegio y ahora estás en el barro. Pero si no sientes el hambre de los que no tienen nada, nunca podrás volver a actuar. Elvis bajó al ghetto para volver a lo más alto de las listas. Tú tienes que bajar a este teatro de barrio para volver a ser humano.

Julian agachó la cabeza. Una lágrima solitaria surcó el rastro de la cuchilla de afeitar. El final de la canción, con ese coro repitiendo "in the ghetto" mientras otro niño nace para sufrir el mismo destino, dejó un silencio ensordecedor en la sala.

—Mañana traemos el vestuario —dijo el Yeyo, levantándose y dejando que el vinilo siguiera girando en el vacío—. No me falles, Julian. El público del barrio no perdona la mentira.

PARTE III

en el camerino

Faltaban solo dos días para el estreno. El centro cultural se había transformado en una olla a presión de nervios y cables mal tirados. Julian Vane estaba sentado en el "camerino", un cuarto de limpieza con un espejo roto y un olor persistente a serrín y lejía. Se miraba las manos; ya no temblaban tanto, pero el miedo que sentía era diferente. No era el miedo al fracaso comercial; era el pánico a no estar a la altura de la honestidad que el Yeyo le exigía.

El Yeyo entró sin llamar, dejando una estela de aire frío tras su chaqueta de cuero. Traía dos cafés en vasos de cartón y esa mirada que no admite excusas.

—El cartero no llega al tono emocional del segundo acto —dijo Julian, con la voz quebrada—. Y la chica... la chica tiene talento, pero nos falta el pegamento. Esa sensación de que todo puede romperse en cualquier momento.

—Es que estáis actuando con sospecha, Julian. Os miráis como si tuvierais miedo de que el otro os falle —respondió el Yeyo con calma—. Os falta lo que Elvis encontró en los American Sound Studios: la capacidad de confiar en el instinto cuando todo lo demás se desmorona.

El Yeyo se acercó al tocadiscos portátil. La aguja bajó y el aire se cargó de una electricidad casi insoportable. El riff de guitarra y el bajo se deslizaron en el ambiente con una delicadeza punzante, pero con la resonancia suficiente para hacer vibrar los botes de pintura del cuarto. Suspicious Minds

—Escucha esto —dijo el Yeyo subiendo el volumen—. Elvis grabó esto en una sesión maratoniana, entre las cuatro y las siete de la mañana. Estaba agotado, pero sabía que tenía oro entre las manos. Esta canción es la definición de tu obra, Julian. "Estamos atrapados en una trampa, no podemos salir porque sospechamos demasiado el uno del otro". Eso es lo que te pasa con Claire, y eso es lo que te pasa con tu carrera.

Julian escuchó el cambio de ritmo, ese puente donde la canción parece desvanecerse para luego volver con una fuerza redentora. Se vio reflejado en esa estructura: un hombre que ha muerto mil veces y que, justo cuando parece acabado, regresa con más fuerza. La crítica del disco se hacía carne en la habitación: Suspicious Minds no era solo un hit, era la prueba de que Elvis podía manejar la complejidad emocional sin perder el alma popular.

—Tienes razón —susurró Julian, levantándose—. Estamos atrapados en la sospecha.

Salieron al escenario. Julian detuvo el ensayo en seco. Miró a sus actores amateurs, gente humilde de New Jersey que le miraba con ojos de esperanza.

—Olvidad el guión —ordenó Julian—. Mirados a los ojos. Sentid que si el de al lado cae, vosotros caéis con él. No somos extraños, somos una cadena.

El ensayo fluyó con una energía nueva, pero el cansancio hizo mella cuando empezó a llover con fuerza sobre el techo de chapa del gimnasio. El sonido del agua golpeando el metal creó una atmósfera de melancolía absoluta. Julian se sentó en un taburete, agotado, viendo cómo el agua se filtraba por una grieta en la pared.

—Me recuerda a Kentucky —dijo Julian de repente, con la voz perdida en el pasado—. Allí la lluvia suena igual. Fría y solitaria.

El Yeyo, aprovechando el momento, buscó la última pista del día. La balada que cerraba el círculo de la nostalgia. Kentucky Rain

—Siete días caminando bajo la lluvia de Kentucky —recitó el Yeyo mientras la voz de Elvis, cargada de un patetismo noble, llenaba el teatro—. Esta canción es el epílogo de la soledad, Julian. Elvis aquí no es un Dios, es un hombre desesperado buscando a alguien que ha perdido. Es la madurez definitiva del disco de Memphis: aceptar que a veces, por mucho que camines bajo la lluvia, no encuentras lo que buscas... a menos que aprendas a perdonarte a ti mismo.

Julian cerró los ojos. La elegancia de Kentucky Rain y la forma en que Elvis fraseaba el dolor le golpearon más fuerte que cualquier crítica de teatro. Pensó en su exmujer, Claire, y en los siete días —o siete años— que llevaba él mismo caminando bajo su propia tormenta de orgullo.

—Mañana es el estreno, Julian —sentenció el Yeyo, apagando el equipo—. Ya no eres un actor de método. Eres un hombre bajo la lluvia. Mañana, asegúrate de que el público sienta el frío en los huesos, pero también el calor de esa nota final.

Julian se quedó solo en el escenario, escuchando el eco de la lluvia de Kentucky mezclándose con la de New Jersey. Por primera vez en décadas, no tenía miedo. Tenía una historia que contar.

PARTE IV

entrega del mechero

La noche del estreno, el aire en el centro cultural de Hell’s Kitchen se podía cortar con un cuchillo. No había alfombras rojas ni focos cegadores, solo un par de bombillas mortecinas que iluminaban el cartel escrito a mano: "Julian Vane en: Los Últimos Días del Galán". Julian, tras la cortina de terciopelo raído, escuchaba el murmullo de un público compuesto por vecinos, curiosos y, en la fila cuatro, una mujer de mirada triste y abrigo elegante: Claire.

El Yeyo apareció entre las sombras del backstage. No llevaba traje, solo su chaqueta de cuero clásica, como si fuera el único ancla de realidad en un mundo de cartón piedra. Sin decir palabra, le entregó a Julian un pequeño objeto: un encendedor Zippo grabado con el logo de "La Playlist del Yeyo".

—Haz que arda, Julian —susurró el Yeyo—. Recuerda lo que aprendimos de Memphis: la perfección es aburrida; lo que importa es el alma.

La obra comenzó. Julian no actuó; simplemente existió sobre las tablas. Su voz, ahora áspera y profunda, llenaba cada rincón del gimnasio. El clímax llegó cuando su personaje debe confesar que ha pasado años fingiendo ser quien no es. Julian se detuvo. Miró directamente a Claire y luego a la oscuridad donde sabía que el Yeyo le observaba. El silencio fue eterno.

En ese momento, Julian comprendió la verdadera lección de las sesiones de Memphis de 1969. Elvis no volvió a la cima porque recuperara su juventud o su peinado, sino porque tuvo el valor de desnudarse emocionalmente, de dejar que la vulnerabilidad y el sudor mancharan su leyenda. Julian hizo lo mismo. Dejó caer la máscara del "actor de método" y mostró al hombre roto, al que teme la soledad, al que camina bajo una lluvia interna que no cesa.

la representacion teatral

La ovación final fue un rugido de redención. No era el aplauso cortés de un gran teatro, era el grito de un barrio que se había visto reflejado en la verdad de un náufrago.

Media hora después, con el teatro ya vacío, Julian y el Yeyo se quedaron solos en el proscenio. Julian sostenía una nota que Claire le había dejado: "He vuelto a ver al hombre que amé. Hablemos mañana".

—Lo has logrado, Vane —dijo el Yeyo, encendiendo un cigarrillo cuya luz era el único faro en la penumbra—. Has hecho tu particular "Memphis Sessions" en el salón de un centro social. Has vuelto a casa.

La conclusión de este viaje era clara, grabada a fuego entre los surcos del vinilo que los había acompañado: el talento es un músculo que se atrofia con el orgullo, pero que revive con la humildad. Así como aquel álbum demostró que un artista puede renacer de sus cenizas si vuelve a sus raíces más puras —al soul, al gospel, a la verdad del barrio—, Julian había aprendido que nunca es tarde para dar la mejor función de tu vida, siempre que estés dispuesto a caminar por el barro para alcanzar el escenario.

—Gracias, Yeyo —dijo Julian—. Por el disco. Y por recordarme que, incluso cuando el mundo te da por muerto, siempre queda una última canción que cantar.

El Yeyo asintió, se subió el cuello de la chaqueta y salió a la noche de New Jersey, dejando a Julian Vane con una nueva luz en la mirada, una que ningún foco de Hollywood podría igualar jamás. 

Epílogo y Reseña

icono radio

La publicación de From Elvis in Memphis en junio de 1969 supuso mucho más que el regreso de una estrella a las listas de éxitos; fue el acta de capitulación de un artista que aceptaba, por fin, que su verdadera fuerza residía en el barro del Soul y el Gospel sureño. Tras años de naufragio en bandas sonoras mediocres que amenazaban con convertir su legado en una caricatura, Elvis Presley se encerró en los American Sound Studios bajo la batuta de un Chips Moman que no le permitió ni un solo atisbo de autocomplacencia. 

epilogo Elvis en menphis

La crítica de la época, que lo había dado por muerto artísticamente tras la invasión británica, se vio obligada a rectificar ante un trabajo que alcanzó el puesto #13 en el Billboard 200 y el #1 en el Reino Unido, certificándose rápidamente como Disco de Platino. Aquellas sesiones, grabadas con una banda de músicos de estudio que no se dejaban amedrentar por la corona del Rey, produjeron un sonido orgánico, denso y profundamente honesto que hoy, pasadas las décadas, sigue siendo calificado por expertos como el punto álgido de la carrera de Elvis, superando incluso su impacto cultural de los años cincuenta por la madurez vocal y la sofisticación interpretativa que demostró.

Hoy en día, el disco es reverenciado como una piedra angular del "Blue-eyed soul", una obra donde canciones como In the Ghetto o Long Black Limousine sirven de testimonio de una era de agitación social y personal. Si en su lanzamiento original la prensa musical se maravilló ante la capacidad de Elvis para sonar relevante de nuevo, la crítica contemporánea lo sitúa sistemáticamente en las listas de los mejores álbumes de la historia, destacando que fue aquí donde el hombre derrotó al mito para sobrevivir. Las cifras de ventas, que se dispararon gracias a singles que definieron una época, no son más que el reflejo comercial de un milagro creativo: el momento exacto en el que Elvis decidió que prefería ser un músico hambriento de verdad antes que un producto de marketing. Este álbum no solo salvó su carrera, sino que redibujó el mapa de la música americana, demostrando que incluso cuando caminas bajo la lluvia de Kentucky o te pierdes en los callejones del olvido, siempre existe la posibilidad de volver a casa si tienes el valor de cantar desde las entrañas.

La Opinión del Yeyo

logo opinion

Cuando murió Elvis, yo solo tenía 12 años, pero sí había oido por aquellos entonces alguna canción suelta del Rey, como son los casos de In The Ghetto, o Suspicious Minds. Pero como siempre digo, con esa edad, aún no era consciente de lo que escuchaba, aunque lo almacenaba en mi disco duro, y cuando posteriormente lo volvía a oir, sí recordaba esa música. Y me servía para decir, “esto ya lo había oído antes”. Cuando ya en este siglo XXI me puse a escuchar a Elvis, es cuando empecé a valorar el enorme criterio musical que tiene, y a descubrir las grandísimas canciones que compuso, y los motivos por los que le llamaban el Rey del Rock and Roll. 

Opinion Yeyo

Este discazo From Elvis in Memphis, es considerado por los expertos, uno de los mejores trabajos que ha compuesto, y yo, conociendo ese dato, me puse a escucharlo, y he descubierto un pedazo de cantante, compositor, y una música realmente excepcional. Concretamente, este From Elvis in Memphis, me parece una verdadera obra de arte, realmente espectacular, y de una belleza extraordinaria. Combina maravillosamente bien el soul, con el gospel, y con el rock, de forma que esos coros gospel, elevan la voz del Rey, a unos tonos casi espirituales y angelicales. El resultado es sencillamente magistral.

La voz indiscutible e inimitable de Elvis, envuelve y se apodera de todo el disco, se nota que es una voz madura, elegante, grave y poderosa, pero suave, y algodonosa, a la vez. Es una voz que ha sufrido, que tiene daño, pero se ha levantado. Y ha vuelto. Con más fuerza que nunca. Y esos coros gospel, tan profundamente americanos, me ponen los pelos de punta, y me envuelven en un aura mágica y sobrenatural, que me enganchan y me retienen hasta el final de cada canción… El sonido de la Memphis Boys, es deliciosamente sutil, y delicado… acompañan a Elvis, y lo enriquecen si cabe…aunque sin opacarlo, ¡cualquiera se atreve…! Lo imitó El Principe Gitano, con el temazo In The Ghetto, y así le salió…

Este disco de Elvis, es una joya deliciosa, contiene unas canciones muy bonitas, muy tiernas, se nota que Elvis se está desnudando y nos está ofreciendo lo mejor de si mismo...Nos transmite paz, dolor, pasión por el trabajo bien hecho, y sobre todo, mucha tranquilidad, y mucha calma. Es un compendio de preciosas canciones, muy serenas, muy tranquilas, y que en mis auriculares suenan a musica celestial, y nunca mejor dicho, cuando escuchas esos coros gospel tan religiosos, y tan apasionados... Este From Elvis in Memphis, de Elvis Presley, es una escucha muy recomendada, para todos los amantes del soul, del gospel, incluso del country, porque en el van a encontrar lo mejor, del mejor en esto. Pero también cualquiera puede oir esta maravilla musical, que seguro que no le va a dejar indiferente. Sin duda este disco va a alcanzar una gran posición en El Ranking del Yeyo de los años 60.

La Playlist del Yeyo se enorgullece de tener entre su repertorio este pedazo de disco, con un Rey como autor, cantante, y compositor, y que no deja indiferente a nadie. Y ese Rey no es otro que el mismísimo Elvis Presley. Todo un lujazo. Ahí es nada…

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