en un primer momento, me gustó su tono alegre, y para nada tenebroso, que era lo que yo recordaba de The Cure. Años mas tarde, cuando ya escuché el disco completo, en la época de las plataformas digitales ya metidos en el siglo XXI, me dí cuenta de que alternaba distintos estados de ánimo, igual estaba plenamente feliz, como a la canción siguiente te deprimía hasta dejarte hundido totalmente. Pero así son The Cure, así es Robert Smith. Quien lo ha seguido, lo sabe. Y yo lo acepté tal cual era.
Menú de Contenido:
- 1. El Largo Viernes de Elisa (Narrativa)
- 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
- 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
- 4. Epílogo y Reseña técnica
- 5. La Opinión del Yeyo
EL LARGO VIERNES DE ELISA
La ciudad de Stonebridge era, a las dos de la mañana, un cementerio de luces de neón reflejadas en el asfalto mojado. Desde el piso doce del edificio de Radio Nacional, la vista era una postal de melancolía urbana que bien podría haber servido de contraportada para cualquier single de la era post-punk. Dentro del estudio 4, el mundo se reducía a tres personas y un aura de luz rojiza que bañaba las consolas analógicas.
Elisa se pasó la mano por el pelo, desordenando aún más su melena oscura. Llevaba puesto un jersey de lana tres tallas más grande y unos auriculares que aislaban el zumbido de los acondicionadores de aire. Frente a ella, el micrófono, un Shure SM7B protegido por un filtro antipop, parecía una entidad viva esperando ser alimentada con palabras.
El Archivo Multimedia
—Treinta segundos, Elisa —la voz de Mario llegó a través del intercomunicador, densa y cargada de nicotina.
Al otro lado del cristal, en la pecera, Mario ajustaba los niveles con una precisión quirúrgica. Era un hombre que había visto pasar la era del vinilo, el CD y el MP3 sin perder su fe en el sonido puro. A su derecha, Diego, un joven redactor con ojeras que parecían tatuajes, tecleaba frenéticamente. Estaba encargado de monitorizar las redes de La Playlist del Yeyo, el blog que daba nombre al programa y que se había convertido en un refugio para los nostálgicos de la buena música del siglo XX.
—Elisa, el post del especial de hoy ya tiene dos mil visitas antes de empezar —susurró Diego, levantando el pulgar—. La gente tiene hambre de Robert Smith.
Elisa asintió. Se acercó al micro, sintiendo el calor del equipo. Mario le dio la señal.
El Podcast del Yeyo
—Buenas noches, buscadores de tesoros —comenzó Elisa, y su voz, una mezcla de terciopelo y humo, se deslizó por las ondas—. Estás escuchando La Playlist del Yeyo. Afuera, la lluvia insiste en recordarnos que estamos vivos, pero aquí dentro, el tiempo se ha detenido en 1992.
Hizo una pausa, dejando que el silencio de la radio, ese silencio que tiene peso, envolviera a los oyentes.
—Esta noche nos sumergimos en una obra que es, en sí misma, una paradoja. Hablo de Wish. El noveno disco de estudio de The Cure. Para muchos, fue el final de una era; para otros, la cima de un Everest emocional. Veníamos de la oscuridad absoluta de Disintegration, de esa lluvia de ceniza y luto. Y de pronto, Robert Smith nos regaló este disco. Wish es como mirar un caleidoscopio bajo un sol de invierno: brilla, tiene colores vibrantes, pero si lo tocas, el cristal está helado. Es un álbum que cabalga entre la psicodelia más luminosa y la depresión más sofisticada. Es el deseo que se cumple y, al cumplirse, te rompe el corazón.
Elisa hizo una breve pausa, deslizando una mirada casi imperceptible hacia la pantalla donde se mostraban las interacciones de los oyentes. La Playlist del Yeyo tenía su propia comunidad nocturna, y entre ellos, destacaba un perfil anónimo que se hacía llamar "El Coleccionista". Este oyente era habitual, sus mensajes siempre poéticos, crípticos, a veces incluso un poco obsesivos con la interpretación de las letras. Solía enviar extractos de poemas antiguos o teorías conspirativas sobre los significados ocultos de las canciones. Hasta ahora, lo había considerado un excéntrico más del éter, un inofensivo soñador de madrugada que compartía su pasión por The Cure. Sus intervenciones, a menudo, eran más un "análisis" profundo del disco que una mera petición musical. Una sonrisa tensa se dibujó en sus labios. A veces, la radio atraía a almas muy... particulares.
Elisa consultó sus notas, pero apenas las miraba. Conocía el disco de memoria.
—A menudo se critica a Wish por ser "demasiado comercial", pero qué error tan cínico. Hay una valentía tremenda en escribir himnos pop mientras tu alma sigue atrapada en una habitación oscura. Es un disco sobre la fragilidad del "ahora". Y por eso, vamos a empezar este viaje con la segunda canción del álbum. Una pieza que comienza con un carillón de guitarras que parecen campanadas en un sueño. Robert Smith dijo una vez que esta canción trata sobre ese instante en el que te sientes en la cima del mundo, sabiendo que la caída es inevitable. Elevémonos antes del impacto. Aquí está "High".
Mientras las primeras notas de la guitarra de doce cuerdas de Porl Thompson llenaban la cabina, Elisa se reclinó en su silla. Mario cerró los ojos, siguiendo el ritmo con un leve movimiento de cabeza.
—Es perfecta, ¿verdad? —dijo Elisa, fuera de antena, a través del canal interno—. Ese sonido es como si hubieran grabado el reflejo de la luz en el agua. Es psicodelia británica pura, heredera de Syd Barrett pero con esa capa de barniz gótico que solo ellos saben aplicar.
—Es el sonido del éxito, Elisa —respondió Diego sin apartar la vista de la pantalla—. Llegó al número uno en el Billboard Modern Rock. Pero fíjate en la letra... "When I see you as you are / I'll have to let you go". Es una despedida antes de empezar.
De pronto, un monitor de la redacción, el que estaba conectado a las frecuencias de emergencia de la ciudad, emitió un pitido agudo. Diego se puso los cascos de escucha policial y su expresión cambió. El color huyó de su rostro.
—Elisa... —la interrumpió Diego, con la voz quebrada—. Ha entrado un aviso en el Puente de los Suspiros. Un conductor dice que hay algo colgando de la estructura. Dice que parece una marioneta gigante... pero se mueve.
Elisa sintió que el aire se volvía denso. Puso cara de intriga. ¿Qué pasa? Se preguntaba. La canción "High" seguía sonando, dulce y expansiva, mientras Diego confirmaba los detalles por teléfono.
—Es una mujer —dijo Diego, mirando a Elisa a través del cristal—. Está suspendida a gran altura, envuelta en gasas blancas y amarillas. La policía dice que parece una crisálida. Y hay algo más... han encontrado un radiocassette portátil pegado a uno de los pilares del puente con cinta americana. Está reproduciendo la misma canción que nosotros, Elisa. Al mismo tiempo. Exactamente al mismo tiempo.
Elisa miró el reloj del estudio. El segundero avanzaba de forma implacable. El que hubiera hecho esto no solo estaba escuchando. Estaba coreografiando su programa.
El silencio en el estudio tras la confirmación de Diego era tan pesado que Elisa podía oír el latido de su propia sangre en los oídos. Miró el disco girando en el reproductor auxiliar. Wish. Un deseo. Pero los deseos, cuando se tuercen, se convierten en obsesiones.
—¿Elisa? —la voz de Mario sonó por el intercomunicador, rompiendo el trance—. La canción está terminando. Tienes que entrar.
Elisa se aclaró la garganta. La profesionalidad era su único ancla. Abrió el micro.
—Acabáis de escuchar "High". Un comienzo brillante para una noche que se está volviendo... inesperadamente compleja —dijo, midiendo cada palabra para no sembrar el pánico, aunque sus manos temblaban bajo la mesa—. Hablábamos de la elevación, de ese estado de gracia. Pero en Wish, cada subida tiene su caída. Robert Smith escribió este álbum en un momento de éxito masivo, tras el Prayer Tour, y sin embargo, la soledad parece filtrarse por cada grieta de las grabaciones en los estudios Manor.
Hizo una señal a Diego, quien le pasó una nota manuscrita: La policía ha acordonado el puente. La mujer está ilesa, pero no habla. Solo repite tu nombre: Elisa.
Ella cerró los ojos un instante. Respiró profundo.
—A veces —continuó Elisa para sus oyentes—, la distancia más larga no es la que se mide en millas, sino la que crece entre dos personas que están en la misma habitación. O en la misma ciudad. El siguiente tema es una de las baladas más desoladoras de la banda. Es el sonido de la desconexión total. Una crítica a la incapacidad de salvar al otro. Esto es "Apart".
Mientras la atmósfera fúnebre y lenta de "Apart" llenaba el estudio, Elisa se quitó los auriculares y se hundió en su silla. La canción era un ejercicio de minimalismo emocional: una batería lánguida, un sintetizador que lloraba y la voz de Smith arrastrando cada sílaba como si le pesara el alma.
—Es demoledora —susurró Mario desde la pecera—. Siempre he pensado que la producción de este tema es superior. Esa forma en que la voz está mezclada, tan cerca del micro que parece que Robert te está susurrando el fracaso al oído.
—Es una autopsia, Mario —respondió Elisa, mirando el reflejo de la luz roja en el cristal—. "Apart" es la respuesta lógica a "High". Si en la primera volabas, aquí te das cuenta de que siempre estuviste solo. La crítica de la época decía que era demasiado larga, demasiado lenta... pero es que la tristeza no tiene prisa.
Diego entró en la cabina de radio, rompiendo el protocolo. Su cara era de puro terror.
—Elisa, acaba de entrar otra llamada. No es por la línea de los oyentes. Ha entrado por el teléfono personal de la dirección. El técnico de centralita dice que el tipo ha hackeado el sistema. Quiere hablar contigo. Ahora. Durante el solo de sintetizador.
Elisa sintió un nudo en el estómago. Pulsó el botón de la línea privada.
—¿Elisa? —la voz era fría, casi clínica—. ¿Has sentido la distancia de la que hablas? ¿Esa "distancia incurable"? He dejado algo para ti en la estación central. Un homenaje a la letra: "He wait for her to call, but she never calls at all". He recreado esa espera. Pero ella ya no puede llamar, Elisa. No tiene dedos para marcar.
Elisa ahogó un grito.
—¿Qué ha hecho? ¿Quién es? —preguntó con un hilo de voz.
—He creado arte, Elisa. He separado lo que el tiempo no pudo separar. Ve a La Playlist del Yeyo. He colgado una foto en los comentarios de tu último post. Un adelanto para tus seguidores.
Elisa miró a Diego. Él ya estaba refrescando la página del blog. En la sección de comentarios, bajo un perfil anónimo, apareció una imagen que hizo que Mario apartara la vista.
El reloj digital del estudio marcó las 02:45. Elisa sentía que el aire de la cabina se había vuelto más pesado, casi sólido. La imagen del maniquí en la estación, publicada en La Playlist del Yeyo, estaba incendiando la sección de comentarios. Los oyentes creían que era una campaña de marketing agresiva, un "performance" extremo. Solo Elisa, Mario y Diego sabían que el sudor que empapaba sus ropas era real.
—La policía ha llegado a la estación —susurró Diego, sin soltar el teléfono—. Dicen que el maniquí está hecho con ropa de los años 20, pero lo inquietante es la peluca... Elisa, dicen que la peluca es de cabello humano real. Y tiene el mismo corte que el tuyo.
Elisa sintió una náusea repentina. Se obligó a mirar al frente, a ese micrófono que ahora parecía una boca abierta lista para tragarse su cordura. Mario le hizo una señal: "Apart" estaba muriendo en un desvanecimiento de sintetizadores tristes. Había que seguir.
—Esa era "Apart" —dijo Elisa, y su voz tembló apenas un milisegundo—. Una canción que nos recuerda que, a veces, el deseo no es suficiente para mantener a dos personas unidas. Es la cara B de la moneda de The Cure. Pero ahora... ahora vamos a girar esa moneda.
Inspiró profundamente. Tenía que introducir el mayor éxito del disco, la canción que Robert Smith escribió un viernes por la tarde y que, según él, fue un "accidente feliz".
—Si Wish tiene un corazón que late con fuerza, es este. Robert Smith quería escribir una canción pop perfecta, algo que pudieras cantar mientras saltas en los charcos sin preocuparte por el rímel corrido. Una crítica común hacia este tema es que es "demasiado alegre" para una banda gótica. Pero lo que pocos ven es la desesperación que oculta: la necesidad imperiosa de que llegue el viernes porque el resto de la semana es un infierno de lunes azules y jueves que no importan. Es una oda a la evasión. Vamos con el himno por excelencia. Mañana ya es viernes. Esto es "Friday I'm in Love".
Mientras el ritmo saltarín y las guitarras acústicas inundaban los auriculares, el contraste era casi insoportable. En el estudio, el silencio era sepulcral. Mario no bailaba. Diego estaba pálido.
—Elisa —dijo Diego de repente, con los ojos fijos en la pantalla del ordenador—. Ha vuelto a llamar. Pero no ha hablado con centralita. Ha dejado un mensaje de audio en el servidor del blog, en la entrada de "La Playlist del Yeyo".
Elisa se acercó a la pantalla. Diego pulsó play.
La música de "Friday I'm in Love" sonaba de fondo en la grabación, pero distorsionada, como si saliera de un altavoz roto en un túnel. Por encima, la voz sonaba eufórica.
—¿No es maravilloso, Elisa? "I don't care if Monday's blue...". He decidido que la ciudad necesita un poco de ese color. He decorado la plaza del Ayuntamiento. He traído flores, muchas flores. Miles. Todas amarillas y rosas, como en el videoclip de Tim Pope. Pero las flores necesitan agua, ¿verdad? Ven a verme, Elisa. El viernes ya ha llegado para mi "obra maestra". Ven antes de que el sábado se lo lleve todo.
Elisa miró a Mario.
—Mario, abre el micro de Diego. Quiero que la audiencia oiga esto. Tenemos que denunciarlo en directo.
—¡Estás loca! —exclamó Mario—. Si le das publicidad, ganará él.
—Ya ha ganado, Mario —replicó Elisa con una lucidez gélida—. Está usando mi programa como banda sonora de su locura. Si no lo saco a la luz, seré su cómplice.
Abrió el micrófono general.
—Atención a todos los que nos escucháis en Stonebridge. Lo que está sucediendo esta noche no es parte del guion de La Playlist del Yeyo. Hay alguien ahí fuera... alguien que está convirtiendo la belleza de The Cure en algo... —se le quebró la voz— en algo grotesco. Diego, cuéntales lo que acaba de confirmar la patrulla en la plaza.
Diego se acercó al micro, con las manos entrelazadas para que no se viera el temblor.
—La plaza del Ayuntamiento... está inundada. El tipo ha bloqueado los desagües de la fuente monumental y ha vertido colorante rosa en el agua. Pero lo peor no es el agua. Hay cientos de ramos de flores flotando, y entre ellos... hay personas. Gente de la calle, indigentes, que han sido drogados y colocados en botes de plástico, flotando como ofrendas. Están vivos, pero están... decorados. Como si fueran parte de un escaparate.
Elisa sintió que el mundo se desmoronaba. La alegría de la canción que seguía sonando en sus oídos era ahora un martilleo sarcástico.
El estudio 4 se había convertido en un búnker. Mario había bloqueado la puerta de acceso con el pestillo electrónico, y Diego no dejaba de recibir alertas de prensa. La noticia de la "Plaza Rosa" estaba saltando a los telediarios nacionales. Pero dentro de la cabina, el sonido era lo único que importaba. "Friday I'm in Love" terminó con su última nota de guitarra acústica, dejando un silencio que dolía.
Elisa se acercó tanto al micrófono que el metal frío le rozó los labios.
—Hay momentos en los que la música deja de ser un refugio para convertirse en un espejo —dijo Elisa, y su voz sonaba ahora más profunda, casi espectral—. Robert Smith escribió la siguiente canción en un estado de vulnerabilidad absoluta. Se dice que es la pieza que más le costó grabar de todo el álbum, porque no había dónde esconderse. Sin capas de sintetizadores estridentes, sin ritmos bailables. Solo un piano, una línea de bajo que parece un latido cansado y una pregunta: "¿Realmente puedes confiar en mí?".
Hizo una pausa. En la pantalla, un nuevo mensaje parpadeaba. Solo una palabra: Mírame.
—En la crítica musical, "Trust" es citada a menudo como la joya oculta de Wish. Es una balada que disecciona la traición y la esperanza con la precisión de un escalpelo. Y esta noche, mientras la ciudad se convierte en un escenario que no hemos pedido, esta canción suena a súplica. Acompañadme en este descenso. Esto es "Trust".
Mientras el piano solemne de "Trust" llenaba el aire, Elisa se hundió en el asiento. Mario, al otro lado del cristal, se tapaba la cara con las manos.
—Diego —susurró Elisa por el canal interno—, llama a mi casa. Ahora mismo.
—¿A tu casa? Elisa, la policía está...
—¡Llama a mi casa! —ordenó ella, con los ojos inyectados en sangre.
Diego obedeció. El sonido del tono de llamada se filtró por los cascos de Elisa. Uno, dos, tres tonos... y entonces, alguien descolgó. No hubo un "hola". Solo se escuchó, de fondo, la misma canción que estaba sonando en el estudio. "Trust". Pero el sonido llegaba con el eco de un pasillo familiar. El pasillo de Elisa.
—¿Sabes qué es lo mejor de esta canción, Elisa? —la voz del Coleccionista era ahora un susurro íntimo, casi cariñoso—. Es el piano. Tan limpio. Tan honesto. He estado mirando tus cosas. Tienes una edición original de este disco en vinilo... está un poco rayada en la cara B. Me he tomado la libertad de limpiar el polvo de tu mesilla de noche. Tienes un perfume que huele a violetas muertas. Me gusta.
Elisa sintió que el estudio empezaba a dar vueltas. La seguridad de la "pecera" de cristal se había roto. Él no estaba en la plaza. Él ya no estaba en la calle.
—Sal de mi casa —logró articular ella—. ¡Sal de allí ahora mismo!
—Me voy, Elisa. Ya he terminado mi última obra. Solo falta el epílogo. La carta de despedida. Esa que Robert escribió para alguien que nunca llegó a existir. Te espero en el final de la frecuencia.
La llamada se cortó. Elisa miró a Diego.
—Está en mi casa —dijo ella, con una calma aterradora que era el preludio del colapso—. Está allí. Es el Coleccionista.
—He avisado a la patrulla —dijo Diego, levantándose de un salto—. Van para allá, Elisa. Quédate aquí. No te muevas de la emisora.
Pero Elisa ya estaba abriendo el micro para la última canción. Sus ojos estaban fijos en el reloj. Quedaban pocos minutos para que terminara su programa.
—Llegamos al final —dijo Elisa a la audiencia, ignorando las señas desesperadas de Mario para que cortara la emisión—. Wish termina con una de las canciones más hermosas y tristes jamás escritas. "A Letter to Elise". Inspirada en Kafka, en la imposibilidad de la comunicación, en las cartas que nunca se envían o que llegan demasiado tarde. Es una canción sobre el adiós a una versión de nosotros mismos que ya no existe. Robert Smith canta sobre promesas rotas... y yo... yo tengo que ir a leer mi propia carta. Gracias por estar en La Playlist del Yeyo. Esto es "A Letter to Elise".
La voz de Robert Smith se desvaneció con el último acorde de "A Letter to Elise", dejando un silencio sepulcral en el estudio. Elisa se quitó los auriculares, sintiendo el sudor frío pegado a las sienes. El aire parecía denso, cargado de las pesadillas de los últimos minutos.
—Hemos terminado —dijo Elisa, y su voz, ahora, era un eco hueco de la que había comenzado el programa—. Apaga los micros, Mario.
Mario la miró desde la pecera, sus ojos cansados llenos de preocupación. Diego, con el teléfono aún pegado a la oreja, se volvió hacia ella.
—La policía ya está en camino a tu apartamento, Elisa. No te muevas de aquí. Por favor.
Pero Elisa ya estaba de pie, con las piernas temblorosas. La adrenalina la impulsaba. No podía quedarse. No podía esperar. Aquella era su carta a Elise, su propio final.
—No. Tengo que ir —dijo con una resolución fría—. Tengo que ver qué ha dejado. Tengo que saber qué quiere. Es mi historia, ¿no?
Antes de que Mario o Diego pudieran detenerla, Elisa salió del estudio, cruzando los pasillos de hormigón con la sensación de que cada paso la llevaba más y más adentro de una pesadilla. La lluvia seguía cayendo sin tregua cuando salió al oscuro callejón trasero donde aparcaba su coche. Las sirenas de la policía a lo lejos eran un lamento fantasma.
El trayecto fue un borrón. Las calles de Stonebridge, antes un escenario de su locura, eran ahora un camino hacia su propio abismo. El disco Wish resonaba en su cabeza, cada nota una advertencia.
Llegó a su edificio. Las luces del coche de policía ya estaban parpadeando abajo. Dos agentes subían las escaleras a toda prisa, pero Elisa ya estaba en la puerta de su apartamento en el tercer piso. La cerradura estaba intacta. Nadie había forzado nada. Él tenía una llave. O la había tenido.
Abrió la puerta con manos temblorosas. El apartamento estaba sumido en una oscuridad total, rota solo por la luz de la calle que se filtraba por la ventana. El olor a ozono de la lluvia se mezclaba con una fragancia extraña, dulzona, a incienso. El corazón de Elisa latía como un tambor tribal.
Encendió la luz de su salón. Todo parecía normal. Demasiado normal. Avanzó, cada paso una tortura, hacia el pasillo que llevaba a su habitación. Fue entonces cuando lo vio.
En el pasillo, en la pared, alguien había pegado con cinta adhesiva cientos de fotografías Polaroid. Fotos de ella. De Elisa. Fotos que nunca se había hecho, o al menos, que no recordaba. Fotos durmiendo. Fotos bebiendo café. Fotos leyendo. Fotos sonriendo a la ventana. Un collage de su vida íntima, cada imagen una invasión. Algunas de las fotos tenían pequeños recortes de las letras de Wish pegados encima, frases como "I wish I'd never seen you" o "I never felt like this with anyone".
Elisa sintió que el aire le abandonaba los pulmones. Cruzó el umbral de su dormitorio. Las luces de las mesillas de noche estaban encendidas, proyectando sombras alargadas y distorsionadas.
Y allí estaba. La obra maestra final.
Sobre la cama, totalmente extendida, aunque con arrugas, estaba su sábana blanca de lino. Y sobre ella, formando un círculo macabro, sus prendas de lencería de encaje más delicadas, las que creía tener guardadas en el cajón más íntimo. Negras, rojas, color marfil. Todas dispuestas en una simetría aterradora.
En el centro de ese círculo, presidiendo la escena, no estaba el disco de vinilo, sino algo mucho más personal, mucho más brutal. Había un cuaderno, un diario viejo y desgastado, de tapas de cuero. Su diario. Ese que guardaba bajo llave y que contenía las "cartas a Elise" de su propia vida: sus miedos, sus deseos, sus fracasos amorosos, sus esperanzas secretas.
El diario estaba abierto. Y en la página central, con una letra limpia y elegante, el Coleccionista había escrito a mano el estribillo de "A Letter to Elise":
"Whatever I do, it's always to you / The letter always for you / I never get it right / So I just close my eyes / And dream you are here / Forever here."
Junto al diario, una pequeña caja de terciopelo. La abrió con manos temblorosas. Dentro, sobre un lecho de seda negra, descansaban un par de anillos de compromiso de plata. Los suyos. Los que le había regalado su expareja, y que Elisa guardaba en el fondo de un joyero, envueltos en un pañuelo, como reliquias de una promesa rota. Él los había encontrado. Los había expuesto.
En la mesilla de noche, junto a un vaso de vino medio lleno (el suyo), había una única rosa negra y una pequeña tarjeta de presentación. Una tarjeta sencilla, con solo una dirección web impresa. La URL de La Playlist del Yeyo. Y debajo, en una caligrafía perfecta, una última frase:
"Gracias por la emisión, Elisa. Ha sido el viernes que deseaba."
Los agentes entraron en ese momento, con las pistolas desenfundadas. Pero ya era tarde. El Coleccionista se había desvanecido como un fantasma, dejando atrás solo la fragancia de incienso, la imagen de un deseo retorcido y la certeza de que Elisa nunca volvería a sentirse segura en su propia casa. Ni en su propia piel.
La música de Wish había dejado de ser una banda sonora. Se había convertido en la crónica de su propia vida, grabada en vinilo, y ahora, en el aire.
Epílogo y Reseña
Wish, el noveno álbum de estudio de The Cure, lanzado el 21 de abril de 1992, emergió de las sombras de su predecesor, el sombrío Disintegration, para entregar un disco que fue, paradójicamente, uno de sus mayores éxitos comerciales y a la vez una profunda exploración de la dualidad humana. Con sencillos icónicos como "High" y "Friday I'm in Love", el álbum vendió más de un millón de copias solo en Estados Unidos, alcanzando el número uno en las listas de Reino Unido y el número dos en el Billboard 200 estadounidense.
La crítica inicial lo recibió con división: algunos elogiaron su accesibilidad y su habilidad para fusionar el pop brillante con la melancolía gótica que definía a la banda, mientras otros lo consideraron un paso atrás en la oscuridad artística de sus trabajos anteriores, tildándolo de "demasiado comercial". Sin embargo, con el paso de los años, Wish ha sido reevaluado y hoy se considera una pieza fundamental en la discografía de The Cure, un álbum que demostró la madurez compositiva de Robert Smith para expresar el deseo inalcanzable, la frustración y la soledad con una belleza melódica que pocos han logrado igualar. Es el sonido de la esperanza y la desesperación en un mismo aliento, un testimonio de que incluso los sueños más brillantes pueden ocultar la más profunda de las tristezas, y que a veces, tenerlo todo, no es suficiente.
La Opinión del Yeyo
Para colocar Wish de The Cure, en su contexto, tengo que mirar el año en el que salió publicado. Año 1992, año de Expo, y de Olimpiadas en Barcelona. Era un verano cargadito. Estuve en Sevilla, pero no en Barcelona. Los Juegos, los ví por la tele. Fue un verano intenso, y muy alegre, o ese es el recuerdo que tengo. Estaba casado recientemente, y trabajaba en contabilidad en una comercial de abonos. Por eso me entró bien la parte alegre de Wish, temas como Friday I’m in Love, o High. Reconozco que me chocó el estilo tan diferente al que estaba acostumbrado de The Cure, pero yo estaba a otras cosas, y no le dí mas importancia. Pensé que era su evolución natural, y como todo, debía cambiar con los tiempos.
Wish, me pareció atractivo y tenía buen sonido, y los temas que escuché me gustaron, era lo nuevo de The Cure, una de mis bandas favoritas de los 80, e hiciera lo que hiciera, me gustaría. Pero no oí todo el disco, no me lo compré y me conformé con oír en la radio lo que editaban en singles. Debo decir que el último disco que me compré de la banda fue el Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me, del 87, y me gustó mucho. Pero desconecté de ellos, y en general de parte de la música de por aquel entonces, para centrarme en mi vida personal, que atravesaba tiempos difíciles e inciertos. Pero como dice el dicho, no hay mal que 100 años dure, y cuando salió este Wish, yo ya estaba en una fase más positiva y normalizada.
Quizá esos cambios vitales influyeron en mi gusto musical; el caso es que en este disco concretamente, en un primer momento, me gustó su tono alegre, y para nada tenebroso, que era lo que yo recordaba de The Cure. Años mas tarde, cuando ya escuché el disco completo, en la época de las plataformas digitales ya metidos en el siglo XXI, me dí cuenta de que alternaba distintos estados de ánimo, igual estaba plenamente feliz, como a la canción siguiente te deprimía hasta dejarte hundido totalmente. Pero así son The Cure, así es Robert Smith. Quien lo ha seguido, lo sabe. Y yo lo acepté tal cual era. Y eso que lo escuché entero, 20 años después, y me sonó muy bien, parecía muy actual, y me gustó. No es el mejor disco de la banda de Crawley, pero es bastante aceptable; seguía reconociendo a Smith, su tono melancólico, su guitarra, el bajo tan lánguido que es su sello particular; cerraba los ojos y volvía a mis adorados 80, y, por momentos, a los Cure tan descorazonadores, tétricos, y tenebrosos, de Seventeen Seconds, por ejemplo. La Playlist del Yeyo debe incorporar este álbum a su repertorio, porque es bueno, no el mejor, pero es bueno.
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