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Bienvenidos a La Playlist del Yeyo

Bienvenid@ a mi rincón musical del siglo XX. Donde vive la magia.

Si decides navegar por estos mares, pronto descubrirás que me he quedado anclado en el siglo pasado. Y no podría estar más orgulloso. Este pequeño fondeadero, perdido en el vasto océano de internet, es un lugar donde las historias suenan y la música se cuenta. ¿O es al revés? El caso es que en sus publicaciones te narro relatos con banda sonora. ¡O quizá te convierto un disco en narrativa! ¡Bueno, no sé!

Tú decides si vienes por las historias o por las canciones. Este fondeadero abraza ambas cosas. En cualquier caso, aquí se combinan narrativa y buena música. La mejor música del siglo XX.
Publicado marzo 16, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

REM-Green

Interpretación visual de Green de R.E.M.-La Playlist del Yeyo


"este Green, ya se le van viendo hechuras, cositas, la mandolina, por ejemplo, la luz de algunas canciones, temas como Orange Crush, o Stand; y como todo proceso de cambio, pues también quedan temas mas clásicos y representativos de la idiosincrasia anterior de los REM, como es el caso de World Leader Pretend, o algún tema algo pesado, pero de mucha calidad, como es I Remember California"



Menú de Contenido:

  • 1. El color del tiempo (Narrativa)
  • 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

El Color del Tiempo

En el trastero de Julián el tiempo se había estancado. Tenía un aroma muy peculiar, una mezcla de cartón húmedo, naftalina y ese polvo grisáceo que, al ser perturbado por el haz de luz de la linterna, danzaba en el aire como partículas de una galaxia muerta. Julián tosió, sintiendo el cosquilleo en la garganta. Estaba buscando una caja de herramientas, pero el destino, que siempre tiene un sentido del humor retorcido, puso bajo su mano una vieja caja de zapatos de la marca Paredes.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

Al abrirla, una exhalación de nostalgia le golpeó el pecho. Allí, entre un llavero de un pub que ya no existía y un mechero Clipper sin gas, descansaba una cinta de cassette. La etiqueta, amarillenta y escrita con una caligrafía nerviosa, rezaba: R.E.M. – GREEN. Debajo, en un recordatorio que imponía respeto, decía: "Propiedad de Jose. No tocar".

Julián sonrió. Recordó a Jose, con su pelo siempre revuelto y su capacidad infinita para liar cigarrillos que olían a algo mucho más dulce y resinoso que el tabaco de estanco. Sus porros crearon escuela. Cerró los ojos y, de repente, el trastero desapareció. Como si fuera un agujero de gusano, que atraviesa el Yeyo, cuando viaja en el Delorean, a cualquier lugar en el tiempo.

El Podcast del Yeyo

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El Piso de la Calle del Desorden (1989)

El piso de estudiantes era un ecosistema en sí mismo. Las paredes del salón, que alguna vez fueron blancas, lucían ahora un tono crema nicotina. En la mesa del comedor nunca se comía; era el santuario donde Jose acumulaba cintas de casete, ceniceros desbordados y el viejo radiocasete Sanyo que era el corazón latente de la casa. El aire estaba cargado, denso por el humo de los porros de Jose que flotaba en suspensión, mezclándose con el olor a fritura de la cocina vecina y ese desorden masculino, casi geológico, de ropa amontonada en las sillas y platos con restos de pasta reseca.

el piso de los desubicados

Julián estaba sentado en el borde del sofá desvencijado, con un ejemplar de “Segunda Mano”, abierto por las páginas de empleo. El rotulador rojo apenas tenía tinta, pero seguía rodeando ofertas que parecían espejismos. Había dejado la comodidad de la casa de sus padres por Elena, por esa sensación de que el mundo se le quedaba pequeño, pero ahora, sin un duro y con el alquiler acechando, el mundo se sentía demasiado grande y frío.

—Tío, deja de estresarte con el periódico —dijo Jose, apareciendo desde la cocina con una nube de humo dulce escoltándolo—. Escucha esto. Es lo nuevo de R.E.M. Han dejado de ser unos oscuros de Athens para dar un puñetazo en la mesa. Se llama Green, pero la portada es naranja. Son unos genios del despiste.

Jose pulsó el botón de la pletina. El siseo previo de la cinta duró un segundo antes de que el primer acorde de "Pop Song 89" inundara la habitación, peleando por espacio entre el desorden y la incertidumbre. Julián escuchó la letra sobre el tiempo y el gobierno, y por un momento, la presión en su pecho aflojó. Había algo en la voz de Michael Stipe que le decía que no era el único que se sentía perdido en una conversación que no sabía cómo continuar.

La Llamada que no llega

Elena se sentó en el brazo del sofá, pasando una mano por el hombro de Julián. El contacto fue un bálsamo, pero Julián no pudo evitar encogerse un poco. Le pesaba el orgullo. Estaba allí, en un piso que olía a incienso barato y hachís, viviendo de los ahorros de ella mientras él se dedicaba a rodear con rojo promesas de sueldos mínimos en el periódico.

—He traído algo de cena —dijo ella suavemente, intentando romper el silencio que se tragaba la habitación cada vez que una canción terminaba—. Solo es algo de pasta, pero Jose dice que tiene una botella de vino que le regaló su padre.

desubicados y Elena

Jose, desde la penumbra de su rincón, asintió sin dejar de mirar el radiocassette. Pulsó el botón para que la cinta avanzara hasta el corte 5. El sonido de un teclado sombrío y una batería marcial empezó a retumbar. Era "World Leader Pretend".

—Esta canción es para ti, Julián —soltó Jose con una sonrisa cínica mientras exhalaba una nube de humo—. "I sit at my table and wage war on myself". Eso es lo que estás haciendo. Te crees el líder de un mundo que solo existe en tu cabeza mientras el mundo real te da la espalda. R.E.M. lo clavó aquí: es el primer tema del disco donde Stipe deja que leamos sus letras en el libreto. Ya no hay misterios, solo la cruda realidad de alguien que intenta gobernarse a sí mismo en medio del caos.

Julián escuchó la letra con una punzada en el estómago. "Esta es mi mesa, y esta es mi silla". Se sintió exactamente así: un gobernante de una silla desvencijada y una mesa llena de ceniza.

El Despertar de la Constancia

Los días pasaban como fotogramas de una película en blanco y negro. Julián se levantaba cada mañana con el sonido de la persiana metálica del local de abajo. Su ritual era siempre el mismo: un café amargo, la cinta de Jose ya puesta en el cassette y esa sensación de que el tiempo se le escapaba entre los dedos.

Pero un martes, algo cambió. Elena lo encontró en la cocina, limpiando las tazas acumuladas de tres días. Julián tenía la mandíbula apretada.

Julian y Elena en la cocina

—No voy a volver a casa de mis padres, Elena. Me da igual que Jose diga que soy un "líder de mentira". Voy a encontrar algo. Mañana voy a ir empresa por empresa, aunque sea para barrer los talleres.

En ese momento, desde el salón, el volumen del cassette subió de golpe. Jose había puesto "Get Up". La canción entró con ese ritmo saltarín, casi infantil pero urgente, con esos despertadores que suenan en mitad del tema.

—¡Escucha eso, Julián! —gritó Jose desde el pasillo—. "Dreams they complicate my life". ¡Deja de soñar y levántate! Si Michael Stipe dice que te levantes, tú te levantas.

Julián se rió por primera vez en una semana. El optimismo, ese que llevaba en el ADN, empezó a ganarle la partida a la melancolía del humo de Jose.

El Desembarco

A la mañana siguiente, Julián no esperó a que el sol terminara de desperezarse. Se vistió con la única camisa que Elena había planchado con esmero sobre la mesa de la cocina. Mientras se anudaba los cordones de las botas, Jose apareció por el pasillo, arrastrando los pies y con los ojos rojos de la noche anterior. Sin decir una palabra, se acercó al radiocasete y pulsó el play.

Esta vez no hubo introducciones. El ritmo de "Stand" llenó el salón, con ese aire de marcha optimista, casi desafiante.

—Si te vas a poner en pie, hazlo de verdad —murmuró Jose antes de volver a la cocina a por café.

Julián salió a la calle. Hacía frío, un frío seco que le cortaba la cara, pero la canción seguía martilleando en su cabeza: "Stand in the place where you live...". Aquel día recorrió tres polígonos industriales. En el primero le dijeron que no necesitaban a nadie; en el segundo, ni siquiera le dejaron pasar de la garita. Pero en el tercero, una pequeña empresa de suministros eléctricos, el dueño lo miró de arriba abajo.

—No tengo nada de oficina, chaval. Solo necesito a alguien que cargue furgonetas y mantenga el almacén sin que parezca que ha estallado una bomba —dijo el hombre, un tipo rudo con olor a tabaco de pipa.

—Soy su hombre —respondió Julián sin pestañear.

📊 DATOS CLAVE:Publicado 7 de Noviembre de 1988 | Doble platino en EE.UU. con más de 4 millones de copias vendidas a nivel mundial | Alcanzó el puesto #12 en el Billboard 200 y #6 en las listas del Reino Unido | Singles clave: "Orange Crush", "Stand" y "Pop Song 89" | Curiosidad: La banda cambió sus instrumentos habituales en varias canciones (Bill Berry al bajo, Peter Buck a la mandolina) para forzar una creatividad diferente durante la grabación.

El Sabor del Polvo

Las primeras semanas fueron un infierno de agujetas y polvo. El almacén era un lugar lúgubre, pero para Julián era el palacio que iba a pagar su libertad. Cada tarde regresaba al piso compartido con la espalda molida, pero con una sonrisa que Jose no terminaba de entender.

Un jueves de calor inusual, Julián llegó a casa y encontró a Jose con la mirada perdida, escuchando "Orange Crush" a un volumen que hacía vibrar los cristales. El sonido de los helicópteros que abre la canción parecía sobrevolar el salón desordenado.

—¿Sabes qué? —dijo Julián, tirando las llaves sobre la mesa llena de ceniza—. Me han dado un adelanto. El mes que viene, Elena y yo buscamos un estudio. Para nosotros solos.

Jose lo miró y, por primera vez, apagó el cigarrillo antes de terminarlo.

—Te vas, ¿eh? Te vas del mundo de los líderes de mentira.

—Me voy al mundo real, Jose. Donde las cosas se tocan.

La Despedida

La última noche en el piso tuvo un sabor agridulce. Las cajas de cartón estaban apiladas junto a la puerta. El olor a porro de Jose parecía más tenue, o quizás era Julián el que ya se estaba despidiendo de él. Elena estaba sentada en el suelo, envolviendo los pocos platos que tenían en papel de periódico.

De fondo, la cinta seguía avanzando. Sonaba "Hairshirt", con esa mandolina melancólica que parecía llorar por los días de incertidumbre que se quedaban entre aquellas paredes nicotínicas.

—¿Te vas a llevar la cinta? —preguntó Jose desde el marco de la puerta.

—No, es tuya. Quédatela. Siempre que escuche a R.E.M. me acordaré de este salón —respondió Julián, dándole un abrazo a su amigo.

—Suerte, Julián. Has tenido más temple del que yo creía. Después, en un sigiloso movimiento, deslizó la cinta en el bolsillo de la chaqueta de Julián, sin que este se diera cuenta.

El sonido de lo que no tiene Nombre

el nuevo comienzo

Treinta años después, en la penumbra del trastero, Julián soltó la cinta de cassette. El plástico crujió levemente entre sus dedos. Aquel pequeño apartamento de la pizza en el suelo, el estudio donde Elena y él empezaron todo, ya no existía; al menos no para ellos. La vida, con su inercia imparable, se lo había llevado por delante: las mudanzas, los empleos que vinieron después, las risas que se fueron apagando, el silencio que terminó por instalarse entre los dos, y el desamor.

Elena ya no estaba en su presente. A veces, la felicidad no es un destino donde uno se queda a vivir para siempre, sino una serie de estaciones por las que pasamos.

Julián insertó la cinta en una vieja grabadora que aún funcionaba y pulsó el play. No se dio cuenta de que estaba casi acabando, y la puso para que terminara. Y entonces, casi con timidez, empezó a sonar "Untitled". Esa batería constante, ese aire de despedida optimista pero bañada en una melancolía que te aprieta la garganta.

—"I've got a lot to learn..." —susurró Julián, siguiendo la letra de Stipe.

Se dio cuenta de que la felicidad no había sido el gran contrato, ni la casa propia, ni siquiera el final feliz de cuento de hadas que todos nos venden. La felicidad fue aquel desorden en el piso de Jose. Fue el olor a porro y café malo. Fue la mano de Elena sobre su hombro cuando no tenía nada que ofrecerle excepto un periódico marcado con rojo. Fue, en definitiva, el valor de haberlo intentado.

La felicidad es el rastro que dejan esos pequeños logros: el día que conseguiste cargar la primera furgoneta, la primera noche que no tuviste miedo al futuro. Son momentos sin título, como la canción, que no necesitan etiquetas para ser reales.

Julián apagó la grabadora. El polvo seguía bailando en el haz de luz de su trastero. Sonrió, guardó la cinta en la caja y cerró la puerta. Ya no le dolía el pasado, porque ahora comprendía que cada nota de aquel álbum verde había sido un peldaño necesario para llegar a ser el hombre que, en paz, caminaba ahora hacia la luz del pasillo.

Epílogo y Reseña

icono radio

El 7 de noviembre de 1988, mientras Estados Unidos elegía a George H.W. Bush como presidente, R.E.M. publicaba Green, un álbum que funcionaba como un manifiesto de independencia en mitad de un contrato millonario. Tras años siendo los abanderados del underground en el sello independiente I.R.S., su salto a Warner Bros. fue visto por los puristas como una traición, pero el grupo respondió con un disco que era, a la vez, su trabajo más accesible y uno de los más experimentales. Grabado en los estudios Ardent de Memphis, el álbum capturó un momento en el que la banda decidió "forzar" su creatividad intercambiando instrumentos: Bill Berry pasó al bajo y Peter Buck se obsesionó con la mandolina, un giro que más tarde daría frutos mundiales con "Losing My Religion".

epilogo green

En su lanzamiento, Green fue una explosión comercial necesaria. En Estados Unidos, el álbum alcanzó el puesto número 12 del Billboard 200, mientras que en el Reino Unido logró entrar con fuerza en el Top 15, consolidando su estatus de estrellas globales. El disco no tardó en certificar el Doble Platino en EE. UU., superando los dos millones de copias vendidas solo en su país de origen, y alcanzando cifras que hoy superan los 4 millones a nivel mundial. Singles como "Stand" se convirtieron en himnos de radio, llegando al número 6 del Billboard Hot 100, mientras que "Orange Crush" dominó las listas de Mainstream Rock Tracks durante semanas. La crítica de la época, aunque inicialmente desconcertada por el brillo pop de temas como "Pop Song 89", terminó por rendirse ante la profundidad de piezas como "World Leader Pretend", la primera canción en la que Michael Stipe permitió que se imprimieran las letras en el libreto, rompiendo un hermetismo de años. Con el paso de las décadas, la crítica actual ha revalorizado Green no solo como un éxito de ventas, sino como el puente perfecto; el momento exacto en que el rock universitario aprendió a hablar el lenguaje de los estadios sin perder su alma crítica, ecológica y profundamente humana. Es, en esencia, el disco donde R.E.M. dejó de ser un secreto para convertirse en la voz de una generación.

La Opinión del Yeyo

logo opinion

Este álbum, Green de los REM, es uno de esos discos que influyen en tu vida, de una manera crucial. Es de esos discos que se recuerdan por siempre, por la importancia que tuvieron en tu vida, y los recuerdos tan potentes que te trae cuando lo escuchas. Si a eso le añades que su contenido es brutal, el resultado es más que increíble. Alucinante.

A mi me pilló la publicación de este álbum, muy “verde”. Tenía 23 años, pero empezaba a afrontar la vida en esos instantes. No había trabajado nunca, no estaba preparado para afrontar la vida, pero tuve la suerte de que hubo una “Elena”, en mi vida que me ayudó mucho. Viví durante un curso escolar en un piso de estudiantes, y en ese piso, tenía un compañero, Jose, que era muy alternativo, y la música que le gustaba era bastante acorde con su estilo de vida, de vestir, y en general, de todo. Me cayó bien al instante. Le gustaban los Violent Femmes, y sonaban a todas horas, y acabé acostumbrándome a ellos y disfrutando de esas canciones tan “raras”, para la época. Pero el gran descubrimiento, el que ha afectado a mi vida de una manera tan brutal, fue Green.

opinion yeyo

Fue lo primero que escuché de REM, concretamente una joya que está incluida en el Joyero del Yeyo, Get Up. Es una de esas canciones que me marcaron esa época, y me reviven con todo lujo de detalle, momentos concretos de esos tiempos, que los recuerdo con el corazón, y los llevo bien metidos en mi disco duro, como si fueran archivos de sistema.

Fue un primer contacto con la música alternativa, esa música que en aquellos tiempos, me parecía muy extraña, muy distante, y cuando la escuchaba, lo hacía con prejuicios y gestos de desagrado, por lo diferentes que sonaban por aquel entonces. Pero esos prejuicios desaparecieron pronto. Empecé a conectar con esa música, Green me aportaba una buena cantidad de muestras de que tampoco estaba tan mal. Incluso me llegué a quedar prendado de ese disco. Tanto, que pocos años después me hice de una tacada con toda la discografía de REM. Y me enamoré de esta banda. Ya no me parecía tan alternativa. La disfrutaba tanto como cualquier otro de The Cure, The Chameleons, o los Psychedelic Furs, por poner algunos ejemplos.

En cuanto al disco en sí, me parece un nuevo paso de la banda hacia un destino que era el reconocimiento mundial, que les vendría con Out of Time. En este Green, ya se le van viendo hechuras, cositas, la mandolina, por ejemplo, la luz de algunas canciones, temas como Orange Crush, o Stand; y como todo proceso de cambio, pues también quedan temas mas clásicos y representativos de la idiosincrasia anterior de los REM, como es el caso de World Leader Pretend, o algún tema algo pesado, pero de mucha calidad, como es I Remember California. No quiero decir que la música anterior de REM, fuera mala, en absoluto, tiene algunos discos previos a este, que son buenísimos, aunque otros no tanto, pero es cuestión de gustos.

Pero todo el álbum en su conjunto es un compendio de buena música, buen rock, y una buena manera de anticipar el rock de los año 90, que al menos a mí, me dio la pista sobre lo que sería la música en los años siguientes.

La Playlist del Yeyo contiene, y seguirá incluyendo en su repertorio, música de esta maravillosa banda. REM, con este álbum, Green, es una de mis favoritas en este siglo XX, y así lo comprobarás si sigues este blog, y lo lees con asiduidad. 

Si te consideras admirador, fan o simplemente quieres entretenerte un poco más con este maravilloso grupo americano, te propongo que le eches un vistazo a estos nuevos post de La Playlist del Yeyo, que versan sobre algunos discos de los geniales REM, como por ejemplo, Out Of Time, Document

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Publicado marzo 09, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

David Bowie-Hunky Dory

Interpretación visual de Hunky Dory de David Bowie-La Playlist del Yeyo


"Me encanta y me llama poderosamente la atención, ese espectacular piano, con el que nos deleita Rick Wakeman, que casi diría que es la mitad del sonido del disco, pues se lleva buena parte del protagonismo. Pero sería injusto no citar al guitarra de la banda, Mike Ronson, que aporta casi la otra mitad del sonido de Bowie, sobre todo en esa genial Queen Bitch, en la que se inventa un riff seco y cortante, pero de terciopelo. Es como si estuviera de mala leche cuando lo toca, pero sobrado de clase"



Menú de Contenido:

  • 1. Los Impostores (Narrativa)
  • 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

LOS IMPOSTORES

Nueva York en enero del 72 no era una ciudad normal, era un animal herido que respiraba vapor por las alcantarillas. Se respiraba olor a gasoil, a perritos calientes de dos días y a ese aroma metálico que precede a la nieve. En la calle 47 Este, el portal de la Silver Factory era una excepción a la realidad. Al cruzar el umbral y subir en aquel ascensor destartalado, el olor cambiaba bruscamente: allí arriba el mundo olía a pintura de aerosol, a laca para el pelo de marca barata, a marihuana dulce y al sudor frío de quienes están dispuestos a todo por un destello de gloria.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

Julian ajustó el cuello de su gabardina, que en realidad era un saldo de una tienda de caridad en el Lower East Side. Se rascó la barbilla, sintiendo el picor de una barba de tres días que intentaba hacer pasar por "desidia aristocrática". A su lado, Nicolette parecía una aparición salida de un sueño de opio. Llevaba un vestido de satén verde agua, rescatado de un baúl de su vida anterior en Connecticut, y sus ojos estaban delineados con tanto kohl que parecían dos pozos de petróleo.

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—Recuerda —susurró Julian mientras las puertas del ascensor se abrían con un quejido agónico—, hoy no soy Julian el que pinta techos en Queens. Soy Julian de Valois. He pasado el verano en Haddon Hall, viviendo con el hombre que va a salvar el rock.

—¿Y yo? —preguntó ella, apretando contra su pecho una carpeta de cuero donde escondía, como un tesoro, el vinilo de Hunky Dory de David Bowie.

—Tú eres mi musa silenciosa. La razón por la que David entendió que el futuro pertenece a los que no encajan. ¿Comprendido? La pregunta quedó en el aire.

ambiente de la Factory

Al entrar, la luz les golpeó como un bofetón. Todo estaba forrado de papel de aluminio. Las paredes brillaban con un reflejo distorsionado, devolviendo la imagen de personajes que parecían sacados de un bestiario de lujo: drag queens con pelucas de platino que medían dos metros, poetas con camisas de seda desabrochadas hasta el ombligo y fotógrafos que disparaban flashes como si estuvieran en una ejecución pública. En una esquina, una figura pálida, con una peluca plateada perfectamente inerte y unas gafas oscuras que ocultaban cualquier rastro de humanidad, observaba el caos con una cámara Bolex en la mano. Era Andy.

De los altavoces, una melodía de piano saltarina, casi de vodevil pero con una profundidad existencial, empezó a abrirse paso entre el ruido de las copas de cristal y las risas histéricas.

Changes

"Todavía no sé qué estaba buscando...", cantaba la voz de Bowie, resonando en aquel hangar plateado. Julian cerró los ojos un segundo. Era la canción perfecta para su entrada. El tema central de "Hunky Dory" no era solo una crítica al pop estancado, sino un himno a la reinvención. Mientras caminaban entre la multitud, Julian se dio cuenta de que Bowie estaba haciendo con la música lo mismo que ellos hacían con sus vidas: mudar la piel. El disco, lanzado hace apenas unas semanas, era un manifiesto de libertad; un adiós a la psicodelia pesada para abrazar una sofisticación casi europea, llena de pianos brillantes (cortesía de un tal Rick Wakeman que Julian mencionaba como si fuera su primo) y letras que hablaban de la angustia de ser joven en un mundo que cambia demasiado rápido.

—Míralos —dijo Julian a un grupo de acólitos de Warhol que se acercaron, atraídos por su falso aura de importancia—. Escuchad el saxo de esa canción. David me decía siempre que los cambios no se piden, se arrebatan. Él sabía que el tiempo nos alcanzaría a todos, pero decidió correr más rápido.

A medida que avanzaba la noche, la mentira de Julian se volvía más espesa y dulce, como el licor de cereza que servían en vasos de plástico. Se encontraban en el centro de un corrillo. Nicolette, siguiendo el plan, se mantenía en un segundo plano, pero sus ojos no dejaban de analizar la estancia. Veía la vacuidad tras el brillo. Veía que Warhol no era un genio de la pintura, sino un genio de la ausencia.

—Andy es un espejo —sentenció Julian, elevando su vaso cuando empezó a sonar la siguiente pista del disco—. Por eso David le escribió esta canción. Porque Andy es el vacío que todos queremos llenar con nuestras propias proyecciones.

Oh! You Pretty Things

La canción llenó el espacio con su ritmo de piano machacón y su aire de profecía apocalíptica. "Haced paso para la raza superior", decía la letra. Los protagonistas de la historia participaban activamente en la disección del tema.

—¿No lo veis? —explicó Julian a una modelo que lo miraba con adoración—. Bowie no está hablando de marcianos. Habla de nosotros. De los "pretty things" que estamos aquí, gastando nuestras vidas en este teatro de plata mientras el mundo de nuestros padres se desmorona. Es una crítica feroz camuflada en una melodía pop perfecta. El disco es una obra maestra de la ambigüedad; te hace bailar mientras te dice que tu tiempo se ha acabado.

Nicolette se acercó a Julian y le susurró al oído, rompiendo por un momento su papel de musa muda:

—Julian, para. Ese tipo de la esquina te está mirando mucho. El de la chaqueta de cuero negra y las gafas de sol. Creo que es de la banda de Lou Reed.

📊 DATOS CLAVE:Publicado el 17 de diciembre de 1971 | Alcanzó el puesto #3 en el Reino Unido tras el éxito de Ziggy Stardust | Incluye himnos como 'Life on Mars?' y 'Changes' | Grabado en los estudios Trident, destaca por el piano de Rick Wakeman y una producción que fusiona el folk-pop con el art-rock conceptual más vanguardista.

Julian sintió un escalofrío, pero lo ocultó con una carcajada teatral. Sabía que si su farsa caía, no solo serían expulsados de la Factory, sino que la magia de aquel disco, que era lo único real que poseían, se mancharía con el ridículo.

El tipo de la chaqueta de cuero no era otro que uno de los técnicos de sonido de los viejos tiempos de la Velvet, un hombre llamado Billy cuya cara parecía un mapa de carreteras secundarias. Se acercó a Julian con la lentitud de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria. En la Factory, el silencio era una moneda cara, y Billy la estaba gastando toda en su mirada.

Justo antes de que el hombre de cuero abriera la boca, Julian interceptó una seña que uno de los fotógrafos le hizo desde la barra.

—¡Cuidado, "Valois"! —gritó el fotógrafo entre risas—. Billy el Sordo no tiene mucha paciencia con los nuevos genios. Es el que le limpia las botas a Lou Reed y el único que sabe dónde se guarda el opio de la Factory.

encuentro con Billy

Julian tomó nota mentalmente mientras el tal Billy se acercaba. Ahora el peligro tenía nombre, y el nombre pesaba como el plomo.

—Así que... —dijo Billy, con una voz que sonaba a lija y tabaco—. ¿Tú eres el que le sopló las letras al "Chico de Brixton"? Qué curioso. Yo estuve en Londres hace un mes y juraría que en los créditos del disco no sale tu nombre.

Julian sintió que el sudor le bajaba por la columna como una gota de mercurio. Miró a Nicolette. Ella, con una presencia de espíritu asombrosa, sacó el vinilo de su carpeta de cuero y lo puso sobre una de las mesas repletas de botes de pintura Campbell.

—Los créditos son para los abogados, Billy —dijo ella con una voz gélida que ni el propio Julian conocía—. La inspiración es para los que estuvimos allí.

En ese momento, como si el destino quisiera salvarles el cuello, el tocadiscos de la Factory dejó caer la aguja sobre el surco de la canción más grande que Bowie jamás escribiría. El murmullo de la fiesta se amortiguó.

Life on Mars?

El piano de Rick Wakeman barrió la sala como una marea alta. Era una melodía tan vasta, tan cinematográfica, que hizo que las paredes de papel de plata parecieran baratas y pequeñas. Julian aprovechó el trance colectivo.

—Escucha esto, Billy —susurró Julian, recuperando el control—. Esta canción es la respuesta de David al My Way de Sinatra, pero para los que no tenemos camino. ¿Ves esa letra? "Es una farsa de proporciones épicas". Habla de la chica con el pelo color ratón, pero en realidad habla de todos nosotros, atrapados en un cine viendo una película que no nos gusta. Hunky Dory es el primer disco que se atreve a decir que el sueño americano ha muerto y que lo único que queda es la fantasía de Marte.

Billy se quedó callado. Nadie podía discutir con la belleza de ese estribillo. La crítica era orgánica: el disco no era solo música, era una balsa de salvamento para los inadaptados de la calle 47.

Lograron zafarse de Billy cuando una drag queen especialmente escandalosa decidió que era el momento de bailar sobre una mesa. Julian y Nicolette se refugiaron en un rincón más tranquilo, cerca de donde las obras de Andy descansaban contra la pared. Allí, el ritmo del disco cambió. Se volvió más acústico, más íntimo, casi como una confesión entre amigos.

Kooks

—Esta es para nosotros —dijo Nicolette, apoyando la cabeza en el hombro de Julian—. David se la escribió a su hijo, pero me hace sentir que no pasa nada por ser un desastre. "Si te quedas con nosotros, serás un loco". Es lo más honesto que he oído en años.

—Es el corazón del disco —añadió Julian, bajando la guardia por primera vez—. Hunky Dory tiene esa dualidad: por un lado es una crítica intelectual feroz a la fama y al arte, como en la canción de Andy Warhol, y por otro es tan tierno que duele. Es el equilibrio perfecto entre el cerebro y el corazón.

Se quedaron allí, escuchando Fill Your Heart, dejando que la alegría optimista de la canción los limpiara del cinismo de la fiesta.

Fill Your Heart

Tras las notas de Fill Your Heart, se produjo uno de esos silencios magnéticos que solo ocurren en las fiestas de Warhol cuando el aire se satura de pretensión. Julian y Nicolette se apartaron hacia una de las ventanas que daban a la calle 47. Abajo, Nueva York era un río de luces frías y basura amontonada; arriba, el papel de plata intentaba convencerlos de que eran inmortales.

—¿Te das cuenta, Nicolette? —dijo Julian, acariciando el borde de su vaso de plástico—. El disco de Bowie es como este edificio. Por fuera parece una broma de music-hall, una colección de canciones de piano bonitas, pero por dentro es un laberinto de espejos. En Fill Your Heart, nos dice que echemos el miedo a un lado, pero lo dice con una urgencia que te hace sospechar que el miedo está justo detrás de la puerta.

—Es una máscara —respondió ella, mirando su propio reflejo distorsionado en una de las paredes—. Como este vestido, como tu acento. Bowie ha entendido que en los 70 nadie quiere la verdad, quieren una mentira mejor contada.

La conversación se vio interrumpida por un cambio brusco en la atmósfera. Un grupo de personas se apartó, dejando un pasillo humano. Al fondo, sentado en un sofá circular de terciopelo, Andy Warhol permanecía inmóvil. Alguien, con una ironía casi cruel, ajustó el volumen del tocadiscos. Los primeros acordes de la siguiente pista del álbum, crudos y acústicos empezaron a reptar por la sala.

Andy Warhol

La canción era un dardo envenenado. Julian observó cómo Andy ni siquiera parpadeaba mientras la letra de Bowie lo describía como una galería de arte en sí misma. Era el momento de la verdad. Julian sabía que si sobrevivía a este encuentro, su leyenda en la Factory sería eterna; si fallaba, dormiría en un banco del Central Park esa misma noche.

Pero la calma duró poco. De repente, la figura pálida de Andy Warhol se materializó frente a ellos. No dijo nada. Solo los miró a través de sus gafas oscuras. Alguien había puesto la canción que llevaba su nombre y el ambiente se volvió eléctrico.

El riff acústico, repetitivo y casi hipnótico, llenó el aire. "Andy Warhol, looks a shade de-luded...". Era una mofa y un tributo al mismo tiempo. Warhol se limitó a inclinar la cabeza hacia Julian.

Warhol simplemente levantó una mano pálida y señaló a Julian. —Tú —susurró el artista— ¿Es cierto que David me envió un mensaje a través de ti? Dice que soy un objeto. ¿Soy un objeto, Julian?

El sudor de Julian era ahora un incendio. Miró a Billy, que ya se relamía los labios esperando la orden para sacarlo a patadas. Nicolette comprendió que el juego había terminado. No esperó respuesta. Agarró a Julian de la mano y, con un movimiento rápido, volcó un bote de pintura plateada sobre la alfombra de piel de tigre.

—¡Corre! —gritó ella.

En ese instante, la aguja saltó a la pista más rockera, sucia y eléctrica del disco. La guitarra de Mick Ronson explotó como una granada.

Queen Bitch

Atravesaron la multitud mientras la canción, un homenaje descarado al estilo de la Velvet Underground, servía de banda sonora para su huida. Era la ironía final: estaban escapando del entorno de Lou Reed al ritmo de una canción que Bowie había escrito para sonar exactamente como Lou Reed. Saltaron sobre mesas, esquivaron flashes y salieron por la puerta de incendios justo cuando Billy y dos tipos más les pisaban los talones.

la huida

Bajaron los escalones de metal de dos en dos, con el frío de enero azotándoles la cara y la risa histérica de Nicolette mezclándose con los riffs de guitarra. Eran libres, eran veloces, y por un momento, se sintieron como las estrellas de rock que pretendían ser.

La adrenalina se evaporó dos manzanas más allá. El silencio de la madrugada neoyorquina, ese que solo rompen las sirenas lejanas y el viento entre los callejones, los envolvió como una mortaja.

Llegaron al sótano de la calle 42 donde vivía Nicolette. No había papel de plata aquí, solo tuberías que goteaban un agua herrumbrosa y el olor penetrante a palomitas rancias y humedad del cine porno que funcionaba arriba. Julian se dejó caer sobre un colchón raído, su gabardina de "aristócrata" estaba manchada de pintura y desgarrada en el hombro.

Se miraron a la luz de una única bombilla desnuda. La magia de la noche se había disuelto, dejando al descubierto la cruda realidad: no eran amigos de Bowie, no eran musas de la Factory. Eran dos parias en una ciudad que devoraba a los soñadores antes del desayuno.

Nicolette sacó el vinilo de Hunky Dory. Estaba rayado por el borde. Lo puso en un tocadiscos portátil que sonaba a lata. Mientras los últimos ecos de la música se desvanecían, Julian comprendió que el disco hablaba de ellos no por lo que fingían ser, sino por lo que realmente eran: dos pobres diablos intentando encontrar un sentido entre el polvo.

—Mañana tendré que volver a pintar techos en Queens —dijo Julian, con una voz que sonaba a derrota.

—Y yo tendré que limpiar las bobinas de Deep Throat —susurró ella, acurrucándose a su lado.

Se quedaron dormidos mientras el disco terminaba, con el sonido rítmico de la aguja golpeando el final del surco, un "clack-clack" constante que recordaba al latido de un corazón cansado. En la penumbra del sótano, entre el moho y las ratas, seguían siendo los "Kooks" de la canción: locos, pobres y terriblemente solos, pero con la melodía más hermosa del mundo grabada en la memoria, como un secreto que Nueva York nunca les podría quitar.

Epílogo y Reseña

icono radio
epilogo hunky dory

Lanzado a finales de 1971 por RCA Records, Hunky Dory es el disco donde David Bowie finalmente encontró su voz después de varios años de experimentación fallida. Aunque en su lanzamiento inicial las ventas fueron modestas y no generó un impacto inmediato en las listas de Estados Unidos (donde Bowie era casi un desconocido), el álbum es hoy considerado la piedra angular de su carrera. La crítica de la época, liderada por publicaciones como Rolling Stone, ya vislumbraba algo especial, calificándolo como el trabajo más "centrado" del artista hasta la fecha. 

Sin embargo, fue tras la explosión de Ziggy Stardust un año después cuando el público regresó a Hunky Dory, descubriendo que temas como "Changes" eran en realidad el manifiesto del cambio cultural que estaba por venir. Con el paso de las décadas, su estatus ha crecido hasta ser citado frecuentemente en las listas de los mejores discos de la historia. Es el álbum que nos dio a un Bowie vulnerable pero intelectualmente voraz, rindiendo homenajes explícitos a sus ídolos (Warhol, Dylan, Lou Reed) mientras se preparaba para devorarlos a todos y convertirse en el icono definitivo del siglo XX. Un disco que, como Julian y Nicolette, vive entre la elegancia del piano de cola y el polvo de los callejones.


La Opinión del Yeyo

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Cuando escuché Ziggy Stardust, pensé que había escuchado el mejor disco de Bowie en toda su discografía. Y efectivamente así es, en mi humilde opinión; por eso, cuando me iba a enfrentar con otro disco del talentoso y polifacético artista británico, pensé que después de aquel, no me iba a gustar tanto, e incluso me podría defraudar. Pero me equivocaba. He escuchado Hunky Dory, y me he quedado prendado, Me parece un álbum encantador, deslumbrante, embriagador. Me atrae como un imán, a los clips. No consigue la fuerza y la potencia del disco que publicaría un año después, pero en cuanto a belleza, y a majestuosidad, no le queda muy atrás. Es un álbum muy elegante, como es Bowie, tiene un sonido delicioso, cristalino, y maravilloso.

opinion yeyo

Me encanta y me llama poderosamente la atención, ese espectacular piano, con el que nos deleita Rick Wakeman, que casi diría que es la mitad del sonido del disco, pues se lleva buena parte del protagonismo. Pero sería injusto no citar al guitarra de la banda, Mike Ronson, que aporta casi la otra mitad del sonido de Bowie, sobre todo en esa genial Queen Bitch, en la que se inventa un riff seco y cortante, pero de terciopelo. Es como si estuviera de mala leche cuando lo toca, pero sobrado de clase. Esta canción es un homenaje a Lou Reed, y a su Velvet Underground, y sin duda la clava, suena a calles alternativas del Nueva York de los 70, a lo mas rancio de la Factory de Warhol, a quien también le dedica otra canción, por cierto.

En definitiva, este discazo, Hunky Dory de David Bowie, es un batiburrillo de estilos, sencillamente fantástico, toca folk, pop suave, o rock, incluso music hall, en ese comienzo deslumbrante y hermoso de Oh! You Pretty Things, que me tiene enamorado. Sin duda, es el álbum ideal de Bowie para preparar la llegada del grandísimo trabajo del alienígena Stardust, un año después. Y como empecé está reseña personal, la acabo, pero con el convencimiento de que este no es un disco cualquiera. No es mejor trabajo, en mi humilde opinión, que Ziggy, pero tampoco se le queda muy atrás. Es un discazo enorme, de lo mejorcito de la década de los 70, y sin duda, una profecía musical dignísima, de lo que estaba por llegar. La Playlist del Yeyo, se digna en anunciar la presencia de un gran disco entre su repertorio. Si queréis comprobarlo, visitar el ranking de los 70 y lo encontrareis en el tercer puesto.

Si te consideras admirador, fan o simplemente quieres entretenerte un poco más con este maravilloso y genial artista británico, tan polifacético y prolífico te propongo que le eches un vistazo a estos nuevos post de La Playlist del Yeyo, que versan sobre algunos discos de Bowie, como son, por ejemplo, Ziggy Stardust, Best of Bowie(70), Best of Bowie(80)

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Publicado marzo 02, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

Bob Dylan-Bringing It All Back Home

Interpretación visual de Bringing It All Back Home de Bob Dylan-La Playlist del Yeyo


He descubierto este discazo, que es una mezcla de folk y rock suave, y me he enamorado de él. Me encanta, tiene unas melodías, quizá poco comerciales, poco atractivas para el oído, pero si las escuchas con calma, y con oído abierto, te atrapan, te enganchan, te das cuenta de que lo que escuchas es diferente, es realmente bonito, muy hermoso. Aquí ya no te fijas tanto en la música, que también, sino en el mensaje, en la lírica, es bella, muy bonita, te das cuenta de que Dylan te está transmitiendo algo, lo captas, lo percibes... Y es en eso en lo que se basa la belleza de este poeta de asfalto.



Menú de Contenido:

  • 1. Crónica de un salto al vacío (Narrativa)
  • 2. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 3. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

CRÓNICA DE UN SALTO AL VACÍO

El aire en el Greenwich Village de marzo de 1965 no sonaba a revolución, sino a café quemado y a asfalto húmedo. Julian Vance subía las escaleras del apartamento de la Calle 4 con el corazón martilleando contra sus costillas, cargando un estuche rígido que pesaba más de lo normal. No era su vieja Gibson de madera gastada. Era algo nuevo. Algo metálico. Algo que iba a doler.

Al entrar, su hermano Elias estaba sentado en el suelo, rodeado de partituras y armónicas. Elias era el guardián de las esencias, el hombre que creía que una canción solo era honesta si podías escuchar el roce de los dedos contra las cuerdas de nailon.

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—Llegas tarde —dijo Elias sin levantar la vista—. He estado repasando los versos de "The Times They Are A-Changin'". Tenemos que sonar más... auténticos en el concierto de mañana.

Para entender a los hermanos Vance, hay que entender dónde estaban parados. El Greenwich Village de 1965 no era el barrio de lujo que es hoy; era un laberinto de calles estrechas y adoquinadas en el Bajo Manhattan que se negaba a seguir la cuadrícula perfecta del resto de la ciudad. Era el refugio de los que no encajaban: poetas beat, ajedrecistas de parque, pintores abstractos y, sobre todo, músicos que cargaban con sus estuches de guitarra como si fueran testamentos sagrados. El aire allí siempre tenía un matiz de carbón, gas de alcantarilla y el perfume barato de los clubes nocturnos como el Gerde's Folk City o el Gaslight Cafe.

El apartamento de la Calle 4 era un tercer piso sin ascensor, un "walk-up" que crujía con cada paso como si el edificio entero se quejara del peso de la historia. Al entrar, el espacio se abría en una estancia única donde la cocina y el salón compartían una tregua incómoda.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

Las paredes, de un ladrillo visto que soltaba un polvillo rojizo constante, estaban cubiertas por estanterías improvisadas con cajas de fruta. Allí no había lujos, pero sí tesoros: ejemplares manoseados de Rimbaud, mapas de carreteras de la Ruta 66 y una colección de vinilos que era el verdadero altar de la casa. En una esquina, junto a un ventanal que vibraba cada vez que un camión de basura giraba hacia la Sexta Avenida, descansaba el tocadiscos. Sobre él, siempre visible, un pequeño cartel de madera tallado a mano rezaba: La Playlist del Yeyo, el rincón donde los hermanos se sentaban a juzgar el mundo a través de los surcos del vinilo.

La luz de la tarde entraba por las persianas venecianas, dibujando rayas de tigre sobre el suelo de madera sin barnizar. Había ceniceros desbordantes, tazas de café con cercos oscuros y una manta de lana sobre el sofá que olía a perro mojado y a noches de insomnio compositivo. Era un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido en los años 30 de la Gran Depresión, hasta que Julián cruzó el umbral con aquel estuche rígido y negro que brillaba con una modernidad obscena.

guerra de guitarras

Precisamente Julián, abrió el estuche y la luz del atardecer, filtrada por las persianas, arrancó un destello negro de la laca de su nueva Fender Telecaster. El silencio que siguió fue más denso que el humo de los cigarrillos que siempre flotaba en La Playlist del Yeyo, aquel rincón musical que les servía de refugio.

—¿Qué es esa monstruosidad? —preguntó Elias, con la voz quebrada por la incredulidad.

—Es el futuro, hermano. He estado escuchando el nuevo disco de Bob Dylan. Se llama Bringing It All Back Home. Si él puede hacerlo, nosotros también.

Julian conectó la guitarra a un pequeño amplificador que había escondido en el armario. El zumbido de la electricidad llenó la habitación, una vibración que parecía conectar directamente con el pulso de la ciudad.

Dylan se ha vuelto loco, Julian. Ha metido una banda de rock. ¡Se ha vendido al ruido! —protestó Elias, poniéndose en pie.

—No es ruido, Elias. Es poesía con voltaje. Escucha esto.

Julian rasgueó un acorde de Mi mayor que resonó como un disparo. De repente, la narrativa de sus vidas, que hasta entonces había sido una suave balada acústica, se aceleró violentamente. Las palabras empezaron a salir de su boca con la velocidad de una ametralladora, crípticas, ácidas, urbanas. Estaba naciendo su propia versión de la cara eléctrica de Dylan. Subterranean Homesick Blues

La habitación parecía más pequeña mientras Julian marcaba el ritmo con el pie. La crítica de aquel disco no estaba en los periódicos, estaba en el aire que respiraban. El primer lado de Bringing It All Back Home era un desafío, una bofetada a los que esperaban que Bob siguiera siendo el profeta de la canción de protesta con la cara lavada.

—Es un caos —gritó Elias sobre el volumen de la guitarra—. ¡Ni siquiera se entiende lo que dice! "Johnny está en el sótano mezclando la medicina"... ¿Qué demonios significa eso?

—Significa que el mundo se mueve más rápido que tus baladas de tres acordes, Elias —respondió Julian, bajando el volumen pero manteniendo la tensión—. Dylan ha entendido que para hablar del Nueva York de hoy necesitas el rugido de la calle. Fíjate en la producción de Tom Wilson. Es cruda, casi descuidada, pero tiene una energía que te hace querer saltar por la ventana y correr hacia ninguna parte. No está intentando ser perfecto; está intentando estar vivo.

📊 DATOS CLAVE:Alcanzó el puesto #6 en el Billboard 200 y fue el primer top 10 de Dylan en EE. UU. | Certificado Platino por la RIAA con más de un millón de copias vendidas | Incluye clásicos como "Subterranean Homesick Blues" y "Mr. Tambourine Man" | Grabado en apenas tres días, el disco rompió con el purismo folk al introducir una sección rítmica eléctrica, alienando a los tradicionalistas pero redefiniendo el rock moderno

Julian se acercó a la ventana y miró hacia abajo. La gente caminaba deprisa, ajena a la ruptura que se estaba produciendo en aquel cuarto piso. Empezó a tocar un riff más melódico, algo que recordaba a una mujer que ambos conocían, una mujer que siempre parecía estar un paso por delante de cualquier hombre que intentara atraparla.

—Incluso cuando se pone eléctrico, sigue siendo él —continuó Julian, su voz ahora más suave mientras tocaba los acordes de una oda a la independencia femenina—. Ella no mira hacia atrás. Ella es como este disco: te guste o no, te deja atrás si no eres capaz de seguirle el ritmo. She Belongs to me

—Es narcisista —sentenció Elias, aunque sus dedos, inconscientemente, empezaban a tamborilear sobre la madera de su guitarra acústica—. Dylan ha pasado de preocuparse por los mineros y los derechos civiles a preocuparse por su propio ego y por mujeres que "le hacen favores pero no le dan las gracias".

—No, Elias. Ha pasado de lo general a lo particular. De la política a la psicología. Es una reseña de la condición humana, no de un boletín de noticias. Maggie's Farm no trata sobre una granja, trata sobre no querer trabajar más para el sistema, sea el que sea. Incluso para el sistema del folk que tú tanto defiendes.

Julian atacó las cuerdas con furia. La distorsión del amplificador empezó a toser. Era el sonido de la rebelión dentro de la rebelión.

Elias se tapó los oídos con el rostro desencajado por la distorsión que aún flotaba en el aire tras los últimos acordes de "Maggie's Farm". Para él, aquello no era música; era una profanación, era una traición personal. No podía ver que Dylan estaba salvando al rock and roll dotándolo de una inteligencia literaria que nunca antes había tenido. El álbum era una bisagra: una mitad para los que querían bailar y otra para los que querían pensar, aunque Julian sospechaba que, por primera vez, se podían hacer ambas cosas al mismo tiempo.

—Si quieres seguir ese camino, lo harás solo, Julian —dijo Elias con una frialdad que cortaba más que el invierno neoyorquino. Se agachó para recoger su armónica y su vieja Gibson, guardándolas con la ceremonia de quien recoge las cenizas de un incendio—. Yo no pienso formar parte de este circo eléctrico.

Elias ya tenía la mano en el pomo de la puerta cuando Julian, con un movimiento rápido, levantó la aguja y la posó en la siguiente pista. No quería que su hermano se fuera con el estruendo de la banda de rock en los oídos.

—Espera, Elias. Solo un minuto más. Escucha esto. Está justo aquí, en medio de todo este "ruido" que odias.

Empezaron a sonar los acordes cristalinos y la calidez de "Love Minus Zero/No Limit".

La habitación cambió de temperatura. La voz de Dylan se volvió suave, casi un susurro cómplice. Elias se detuvo, con el estuche de la guitarra aún en la mano. La sutileza de la canción era innegable, un remanso acústico incrustado en el corazón de la cara más salvaje del álbum.

—Ves, hermano... —susurró Julian—. Esta joya está aquí, rodeada de guitarras eléctricas, para recordarnos que la poesía no muere por cambiar de piel. "Mi amor habla como el silencio", dice. Es una reseña perfecta de la madurez: no necesita gritar para ser profunda. Es una balada de una elegancia matemática, pura, sin límites. Dylan no ha abandonado la belleza, solo la ha puesto a prueba.

Elias miró el cartel de La Playlist del Yeyo sobre el estante. Por un segundo, sus hombros se relajaron. Pero entonces, Julian volvió a subir el volumen justo cuando el disco continuaba hacia el resto de la cara A, recuperando el pulso rockero y caótico de la ciudad. El hechizo se rompió.

—Es hermosa, Julian. Pero es solo un espejismo. El resto del disco es un incendio y tú estás avivando las llamas con esa Fender —sentenció Elias antes de salir, ahora sí, definitivamente.

Julian se quedó solo mientras el resto de la cara A tronaba en el apartamento. Esperó a que terminara el último delirio eléctrico de "Bob Dylan's 115th Dream" y, solo entonces, con las manos temblorosas, dio la vuelta al vinilo.

Era el momento de la Cara B. El momento de la introspección absoluta.

La aguja bajó y el aire se llenó de la magia mística de "Mr. Tambourine Man".

Caminó hacia el balcón mientras la canción lo envolvía. La reseña orgánica del tema se escribía sola en su mente: Dylan ya no era un cantante de protesta, era un chamán. Aquellos cinco minutos y medio, eran una invitación a perderse en los callejones brumosos de la conciencia. La guitarra de doce cuerdas de Bruce Langhorne tintineaba como estrellas lejanas. Julian comprendió que Elias se equivocaba: no era ruido, era una expansión del universo.

Horas más tarde, incapaz de estar solo con sus pensamientos, Julian caminó hacia los muelles del Hudson. Sabía dónde encontraría a su hermano. Allí estaba, sentado en un banco bajo una farola mortecina, mirando el agua oscura.

No hubo abrazos ni perdones. Solo dos hombres derrotados por la evolución del arte. En ese instante, desde la radio de un barco cercano, empezó a sonar la última despedida del álbum. It's All Over Now, Baby Blue

Julian se sentó al lado de su hermano en aquel banco de madera desconchada. El viento que soplaba desde el Hudson traía un olor a salitre y a metal frío, una mezcla que parecía encajar perfectamente con la armónica final de "It’s All Over Now, Baby Blue". Elías, sacó su armónica e imitó ese sonido maravilloso.

—¿Cómo lo has sabido, Elias? —preguntó Julian en voz baja—. Hace unas horas querías quemar este disco.

Elias soltó un suspiro que se convirtió en una nube de vapor en el aire de la noche. Sacó de su bolsillo un recorte arrugado del Village Voice y lo miró con una mezcla de derrota y respeto.

—Después de irme del apartamento, me refugié en el Kettle of Fish. Allí estaba Phil Ochs, sentado en la barra con una copia del álbum. Ya sabes cómo es Phil... si Dylan estornuda, él analiza la frecuencia del sonido. Me obligó a escucharlo entero en la gramola del fondo, sin el ruido de los coches ni nuestras discusiones de por medio. 

hermanos en el muelle

Me dijo algo que me dejó desarmado: "Elias, Bob no está tocando rock para las masas; está usando el rock para que la poesía deje de ser algo que se lee en libros polvorientos y se convierta en algo que te golpea en el estómago".

Elias hizo una pausa, escuchando los últimos compases de la canción que salía de la radio del marinero.

—Y luego sonó esta última pista, Julian. "Baby Blue". Escuché esa frase: "Olvida los muertos que has dejado atrás". Y comprendí que el muerto era yo. Mi terquedad, mi miedo a que el mundo se mueva más rápido que mis dedos sobre la acústica. Dylan no nos ha traicionado; nos ha tendido un puente. Simplemente... me daba miedo cruzarlo.

Julian apoyó una mano en el hombro de su hermano. La melancolía no era por la música, sino por el fin de una era. Los Vance Brothers ya no serían los mismos, pero al menos ahora hablaban el mismo idioma.

—Es un disco de despedida, Elias —añadió Julian—. Dylan se despide de nosotros, de sus fans de los festivales, de su propia sombra. Y nos deja aquí, en el muelle, con estas canciones para que no tengamos tanto frío.

Se quedaron allí un largo rato, viendo las luces de Nueva York reflejadas en el agua negra, comprendiendo que "Bringing It All Back Home" no era solo un título; era una profecía. La música, por muy eléctrica o ruidosa que fuera, siempre encontraba el camino de vuelta a casa, a ese lugar donde la emoción y la verdad se dan la mano.

En la penumbra del muelle, la voz de Dylan se apagó, pero en sus cabezas, el eco de La Playlist del Yeyo seguía girando, recordándoles que, a veces, hay que romperlo todo para poder empezar de nuevo.

Epílogo y Reseña

icono radio

"Bringing It All Back Home" fue publicado el 22 de marzo de 1965, marcando un antes y un después no solo en la carrera de Bob Dylan, sino en la historia de la música popular. El álbum alcanzó cifras astronómicas para la época, llegando al puesto número 6 en las listas de Billboard y al número 1 en el Reino Unido, consolidando a Dylan como una estrella transatlántica.

epilogo Bringing It All Back Home

En su momento, la crítica fue feroz y dividida; los puristas del folk lo abuchearon en el festival de Newport poco después de su lanzamiento, acusándolo de traidor por "electrificarse". Sin embargo, publicaciones como Rolling Stone lo califican hoy como uno de los mejores álbumes de todos los tiempos, destacando cómo logró casar la profundidad literaria de la poesía beat con el vigor del rock and roll. Fue el disco que dio permiso a los músicos para ser inteligentes y ruidosos al mismo tiempo, vendiendo millones de copias y alcanzando el estatus de Disco de Platino.

Pasados los años, se le reconoce como el primer paso de la trilogía sagrada de Dylan, un trabajo que, incluso décadas después, sigue sonando tan fresco, cínico y visionario como el día en que se abrieron las persianas de aquel apartamento en la Calle 4.


La Opinión del Yeyo

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He descubierto muy tarde a Bob Dylan, tanto, que llevo escuchándolo apenas unos meses. Es una gran suerte, que haya tanta buena música a lo largo del siglo XX, que aun hoy, pueda seguir “descubriendo” grandes discos. Y este es uno de ellos. Bringing It All Back Home. Al parecer, es el disco en el que Dylan rompe con todo lo que hacía antes, y evoluciona. Y lo hace hacia el rock. Electrifica su guitarra, y te compone unas canciones enormes. En este disco, Dylan se convierte en un cronista del caos.

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Reconozco que no era fan de Dylan, aunque he oído hablar de él muchas veces, incluso he disfrutado de alguna canción suya en los finales años 70, Slow Train Coming, por ejemplo, o el cambio de guardia. También lo gozé con los Traveling Wilburys, a principios de los 90, cuando escuché aquel Vol. 1. Pero no he tenido la tentación de aventurarme a escuchar su música con tranquilidad, y paciencia. Hasta ahora...

He descubierto este discazo, que es una mezcla de folk y rock suave, y me he enamorado de él. Me encanta, tiene unas melodías, quizá poco comerciales, poco atractivas para el oído, pero si las escuchas con calma, y con oído abierto, te atrapan, te enganchan, te das cuenta de que lo que escuchas es diferente, es realmente bonito, muy hermoso. Aquí ya no te fijas tanto en la música, que también, sino en el mensaje, en la lírica, es bella, muy bonita, te das cuenta de que Dylan te está transmitiendo algo, lo captas, lo percibes... Y es en eso en lo que se basa la belleza de este poeta de asfalto. Con el tiempo, vendrán mas discos de este gran ilusionista de la palabra. Y La Playlist del Yeyo, siempre estará abierta a tipos como Dylan.

Si te gusta Bob Dylan, y quieres buscar algo mas sobre el, aquí en La Playlist del Yeyo, te invito a que le eches un vistazo al post que versa sobre los Traveling Wilburys, con su álbum Vol. 1 en el que participa nuestro poeta del asfalto, Bob Dylan.

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