Las Joyas del Yeyo
Un archivo vivo de tesoros musicales del Siglo XX
Abriendo el joyero...
Un archivo vivo de tesoros musicales del Siglo XX
Abriendo el joyero...
El viento aullaba como un lamento ancestral sobre las Cumbres Quebradas, llevando consigo el aroma de la roca húmeda y el recuerdo de tiempos inmemoriales. Ardan, un joven explorador de los Clanes del Cénit, se aferraba a la estrecha cornisa, con sus ojos fijos en la neblina que envolvía el Abismo del Lamento. No era miedo lo que lo impulsaba, sino una sed insaciable de conocimiento, una búsqueda de las viejas verdades que se susurraban en las canciones olvidadas. El mundo había cambiado, se decía, desde que el Corazón de Piedra de Aerthos había dejado de latir. La magia se había retirado como la marea, dejando a los reinos sumidos en una penumbra gris, una era de susurros y sombras.
Los Clanes del Cénit eran un pueblo esculpido por la austeridad del granito y la disciplina del fuego. Habitantes de las ciudades-colmena incrustadas en las laderas más altas, su cultura se basaba en el 'Culto al Silencio'. Para un habitante del Cénit, la perfección se encontraba en el golpe rítmico, pero sordo, del martillo sobre el yunque; cualquier sonido innecesario era considerado una distracción del alma. Eran maestros metalúrgicos, capaces de forjar acero que nunca perdía su filo, pero vivían en una sobriedad emocional que rozaba lo gélido. En sus grandes salones de piedra, los banquetes se celebraban en una calma sepulcral, apenas rota por el susurro de las túnicas de lana basta. Ardan, sin embargo, siempre había sentido que ese silencio no era paz, sino un vacío que pedía ser llenado. Mientras sus hermanos admiraban la quietud de una montaña, él buscaba la vibración de las tormentas, sospechando que el verdadero poder de sus ancestros no residía en la forja callada, sino en el estruendo que esta era capaz de provocar.
Ardan no era como los demás jóvenes de su clan, que se contentaban con la forja y la caza. Él escuchaba los viejos mitos, aquellos que hablaban de una época dorada donde la música no solo entretenía, sino que modelaba la realidad, y los bardos eran más poderosos que los reyes. Su abuelo, un viejo y sabio chamán, le había entregado antes de morir un pequeño amuleto de obsidiana, liso por el tiempo y grabado con un símbolo que Ardan aún no comprendía del todo: un dragón alado que parecía danzar sobre un rayo. "Cuando Aerthos despierte de nuevo", le decía su abuelo con voz ronca, "el Corazón de Piedra resonará con el Trueno de los Ancestros. Búscalo, Ardan. Búscalo y libera el Amor Ilimitado que guarda."
De pronto, en aquel Abismo del Lamento, un trueno distante, más profundo que cualquier tormenta que hubiera escuchado, retumbó en el valle. No era un trueno de la naturaleza, sino uno que vibraba en sus huesos, en la propia tierra. Una fisura de luz carmesí se abrió en la base de una montaña lejana, liberando una ráfaga de energía que lo hizo tambalear. El amuleto de obsidiana se calentó en su pecho, latiendo al ritmo de su corazón acelerado.
Aquella luz carmesí era una señal, no había duda. El Corazón de Piedra.
Ardan sintió una oleada de adrenalina. Era una sensación que lo quemaba por dentro, un "Whole Lotta Love" por lo desconocido, por la aventura que acababa de nacer. El aire se llenó de una electricidad palpable, como si los acordes de una guitarra distorsionada se hubieran materializado en el viento. Era un sonido crudo, potente, un rugido de la tierra misma que le decía que lo que buscaba no era pacífico, ni amable, sino una fuerza indomable.
El camino hacia la grieta era traicionero, lleno de desprendimientos y puentes naturales carcomidos por el tiempo. Pero Ardan avanzaba con una determinación renovada. El amuleto vibraba con más intensidad a cada paso, guiándolo. La energía que emanaba de la fisura era magnética, casi embriagadora. Le recordaba a las historias que había escuchado sobre los antiguos juglares, capaces de invocar pasiones y desatar tormentas con sus instrumentos. "Dicen que los viejos bardos podían sentir la música como una extensión de su propia alma," había musitado su abuelo una vez, "y el disco Led Zeppelin II es un testamento moderno a esa misma magia."
Reflexionó sobre esto mientras sorteaba una cascada congelada. El disco, decía su abuelo, era como un compendio de hechizos. "Cada pista," continuaba el hombre, "es una puerta a una emoción diferente, una prueba de la versatilidad y la fuerza de los maestros de la melodía." Ardan, que apenas conocía la música de los "tiempos antiguos" más allá de los cánticos de su clan, sintió una curiosidad renovada. Si esa música era tan poderosa como la energía que ahora lo atraía, entonces el mundo estaba a punto de cambiar de nuevo.
Mientras se acercaba, la fisura se hizo más grande, revelando una entrada a una caverna monumental. El interior brillaba con una luz extraña y pulsante, y el eco de los truenos se había transformado en un zumbido profundo, casi un canto. El aire era pesado con la esencia de algo antiguo y poderoso, algo que había estado durmiendo durante eones y que ahora, por fin, comenzaba a despertar.
Ardan no sabía qué encontraría dentro, pero su corazón latía al ritmo de aquel sonido, una percusión primitiva que le decía que su destino, y quizás el destino de Aerthos, estaba ligado a la poderosa resonancia del Corazón de Piedra.
El interior de la caverna era un laberinto de cristal y sombra, sus paredes pulidas por la fricción de eones. El aire era denso, cargado con el olor a azufre y metal, y una resonancia profunda vibraba en la roca, el latido del Corazón de Piedra que Ardan buscaba. El amuleto en su pecho ardía ahora, emitiendo un pulso cálido que lo guiaba a través de la oscuridad como un faro. A medida que se adentraba, el brillo carmesí de la fisura se atenuaba, reemplazado por una luz azulada y fantasmal que emanaba de las vetas de cristal incrustadas en el techo.
"Dicen que los Cristales Cantores de Aerthos podían retener la esencia de la música," recordaba las palabras de su abuelo, "y que en ellos se grababan los grandes acontecimientos. Cada acorde, cada melodía, una memoria petrificada." Los cristales aquí eran diferentes, más grandes, más vibrantes. Parecían capturar la luz de una estrella lejana y reflejarla en un patrón intrincado, casi como la intrincada estructura de una compleja partitura.
El camino descendía en espiral, y el zumbido se hacía más fuerte, más envolvente. Ardan tropezó con un saliente y se apoyó en una pared de roca, sintiendo cómo una corriente armónica le recorría el brazo. No era solo un sonido, era una sensación, una vibración que parecía comunicarse directamente con su alma. Era el tipo de sentimiento que su abuelo le describía cuando hablaba de la "música de los grandes", la que te sacudía hasta los cimientos y te hacía ver el mundo de una forma nueva.
Mientras Ardan avanzaba, escuchó un leve murmullo, una voz suave que parecía flotar en el éter. Era una melodía melancólica, pero llena de una profunda fortaleza, como una promesa susurrada en la oscuridad.
La voz, clara y dulce, cantaba una balada de gratitud, un "Thank You" a un amor perdido, a un camino recorrido. Era una canción de despedida, sí, pero también de una fortaleza silenciosa, de la belleza que se encuentra incluso en la pérdida. Ardan se detuvo, embelesado. Nunca había escuchado algo así. La música de su clan era rítmica y funcional, pero esta... esta era pura emoción, pura alma.
Siguió la voz, que lo llevó a una gran cámara subterránea, un anfiteatro natural donde la luz azulada se concentraba en el centro. Allí, sobre un pedestal de obsidiana, flotaba lo que solo podía ser el Corazón de Piedra: un orbe pulsante de energía, translúcido y brillante, del tamaño de un pequeño escudo. De su superficie emanaban patrones rítmicos de luz, como ondas sonoras que se extendían por la cámara.
Pero no estaba solo. Sentado junto al pedestal, un anciano de cabello blanco y ropas raídas tocaba una especie de laúd rústico, del que emanaba la melodía. Sus ojos, profundos y llenos de una sabiduría milenaria, se fijaron en Ardan.
"Veo que el Trueno te ha traído aquí, joven del Cenit," dijo el anciano con voz suave, dejando de tocar. "Mi nombre es Elara. Soy el Guardián de la Última Canción."
Ardan, aun recuperándose de la conmoción de la música y la revelación del Corazón, apenas pudo articular una pregunta: "¿Qué es este lugar? ¿Y qué es este orbe?"
Elara sonrió con tristeza. "Este es el Santuario del Eco, el corazón latente de Aerthos. Y el orbe... es el Corazón de Piedra, el receptáculo de la Gran Armonía, la fuente de toda magia y vida en nuestro mundo. Hace eones, el Corazón fue silenciado por la Disarmonía, una fuerza oscura que buscó apagar toda belleza. Desde entonces, Aerthos ha languidecido."
Señaló el orbe. "Tu amuleto, joven, es una astilla del Corazón de Piedra. Te ha respondido porque el orbe está despertando. La Disarmonía se fortalece, pero también lo hace la vieja música. La canción que has escuchado, esa balada de 'Thank You', es una de las pocas melodías que la Disarmonía no pudo corromper. Es el lamento y la esperanza de los antiguos bardos."
"Pero no basta," continuó Elara, su mirada fija en el orbe. "El Corazón de Piedra necesita ser alimentado con más que lamentos. Necesita el Trueno, la furia, la pasión... necesita la Gran Armonía para latir con fuerza de nuevo."
Ardan sentía que sus venas se llenaban de la misma energía que fluía por el Corazón de Piedra. La historia del anciano resonaba con los susurros de su abuelo. La "Disarmonía" era el eco de la "sombra" de la que tanto hablaba, y el Corazón, la fuente del "Amor Ilimitado".
"Mi abuelo me habló del 'Trueno de los Ancestros', y del disco Led Zeppelin II como una clave para desatarlo," dijo Ardan, mostrando el amuleto. "Dijo que ese álbum, como este Corazón, es un manantial inagotable de emociones y sonidos. Que tiene la rabia, la melodía, la fuerza bruta y la delicadeza para sanar cualquier herida. Es un caleidoscopio sónico, una verdadera obra maestra del rock clásico que abarca desde los riffs más incendiarios hasta las baladas más conmovedoras, un testimonio de la destreza musical de la banda."
Elara lo miró con sorpresa, sus ojos brillando. "Tu abuelo era más sabio de lo que imaginaba. Esas son las palabras exactas que he estado esperando escuchar. El Led Zeppelin II... es una de las "Llaves del Ritmo", un artefacto auditivo que puede canalizar las energías del Corazón. Pero necesitarás más que una llave para reavivarlo por completo. Necesitarás el espíritu indomable, la fuerza de corazón para desatar el 'Heartbreaker'."
El Corazón de Piedra pulsó con más intensidad, y un tenue rayo de luz azul golpeó el amuleto de Ardan, haciendo que la marca del dragón alado brillara con una fuerza renovada. Elara extendió su mano. "Tu viaje, joven Ardan, apenas ha comenzado. Debes encontrar los ecos perdidos de la Gran Armonía, las otras "Llaves del Ritmo", antes de que la Disarmonía ahogue toda luz."
Ardan abandonó el Santuario del Eco con el amuleto ardiendo contra su pecho. Elara le había advertido: la Disarmonía no se quedaría de brazos cruzados mientras el Corazón de Piedra intentaba recuperar su latido. El joven explorador descendió por las faldas de las Cumbres Quebradas, pero el paisaje había cambiado. Una niebla espesa y aceitosa se arrastraba por el suelo, y los árboles, una vez majestuosos, ahora parecían garras retorcidas que intentaban atrapar el cielo.
De repente, el silencio fue quebrado por un sonido estridente, un chirrido de metal contra piedra. De entre las sombras surgieron los Engendros del Vacío: criaturas sin rostro, hechas de estática y silencio absoluto, cuya misión era devorar cualquier rastro de sonido. Ardan desenvainó su vieja daga de hierro, pero sabía que el acero convencional poco podía hacer contra la nada.
En ese instante, el amuleto liberó una descarga. Un solo de guitarra imaginario, rápido y agresivo, resonó en su mente, otorgándole una velocidad sobrehumana. Era el espíritu de "Heartbreaker", un ataque directo y punzante que cortaba la niebla. Ardan se movió como un relámpago, esquivando los ataques de los engendros. Cada vez que su daga chocaba con ellos, se escuchaba un "bend" de cuerda estirada al límite, una energía que desintegraba a los enemigos.
—¡Eso es! —gritó Ardan para sí mismo, sintiendo la rabia y el virtuosismo de la canción fluyendo por sus brazos—. ¡No podéis silenciar el trueno!
Tras la batalla, jadeante, Ardan se sentó sobre una roca. La adrenalina empezaba a bajar, dejando paso a una reflexión profunda. Miró el amuleto y pensó en lo que Elara le había dicho sobre este disco. "Es un álbum de contrastes", se dijo. "Pasa de la violencia técnica de un solo que te rompe el alma a la ligereza más absoluta en un abrir y cerrar de ojos". Realmente, Led Zeppelin II era la banda sonora perfecta para este mundo bipolar en el que vivía: un lugar capaz de la belleza más sublime y de la oscuridad más aterradora.
A pocos kilómetros de las Tierras Sombrías, Ardan encontró una posada que parecía resistir el avance de la Disarmonía. Allí, una mujer de cabellos dorados y armadura ligera manejaba el lugar con una energía envidiable. Se llamaba Lyra, y aunque parecía una simple posadera, en sus ojos brillaba la chispa de una antigua guerrera.
Lyra no era alguien a quien se pudiera ignorar. Era una "Living Loving Maid", una mujer con una personalidad arrolladora que no aceptaba un "no" por respuesta. Mientras le servía a Ardan una jarra de hidromiel, ella tarareaba un ritmo pegadizo, uno que hacía que los clientes se sintieran, por un momento, a salvo de la oscuridad exterior.
—Has pasado por las Cumbres, muchacho —dijo ella, apoyando sus manos callosas en la mesa—. Tienes el aroma del rayo. Pero cuidado, el camino hacia las Tierras Bajas es largo y está lleno de distracciones.
—Debo seguir —respondió Ardan—. El Corazón de Piedra depende de ello.
—Entonces debes prepararte para un "Ramble On", un viaje sin descanso —añadió ella con una sonrisa cómplice—. Como dicen los antiguos textos de La Playlist del Yeyo, para alcanzar la gloria hay que caminar por senderos que nadie más se atreve a pisar.
Ardan se despidió de Lyra al alba. Ella le entregó una pequeña bolsa con suministros y un consejo: "Este disco, Led Zeppelin II, nos enseña que la estructura es importante, pero la improvisación es vital. No sigas siempre el camino marcado; a veces, el riff más extraño es el que te salva la vida". Ardan asintió, comprendiendo que la técnica depurada de Jimmy Page y la base rítmica de hierro de la banda eran metáforas de la disciplina y la pasión necesarias para su misión.
El camino se extendía ante él. Ardan caminaba al ritmo de un bajo hipnótico, sintiendo que cada paso lo alejaba de su hogar pero lo acercaba a la salvación de Aerthos. Las hojas crujían bajo sus botas, y en su mente, la letra de la canción hablaba de Gollum y el Señor Oscuro, recordándole que no era el primero en enfrentarse a una odisea fantástica. "Tengo que seguir adelante", pensó, "por la música, por mi abuelo, por el mundo".
El gigante de piedra y vapor, al que los antiguos llamaban "El Tronador de Bonham", no se detuvo tras los primeros compases. Sus martillos de granito no solo golpeaban el suelo, sino que rasgaban el tejido mismo de la realidad. Cada golpe de "Moby Dick" creaba ondas de choque que convertían el aire en algo sólido, una barrera de sonido puro que Ardan debía atravesar.
Ardan no solo corría; danzaba en una agonía de esfuerzo físico. La percusión era tan potente que sus oídos sangraban, pero su espíritu, alimentado por la esencia de Led Zeppelin II, encontraba el ritmo oculto entre el caos. Comprendió que el solo de batería no era una simple exhibición, sino un código geométrico. Si fallaba un paso, si perdía el tempo un solo milisegundo, los martillos lo aplastarían contra la eternidad.
—¡Es la fuerza bruta contra la voluntad! —gritó Ardan, mientras saltaba sobre un fragmento de montaña que flotaba por la vibración.
Al llegar al centro del estruendo, Ardan no encontró una baqueta de oro, sino algo mucho más inquietante: un vacío en forma de cilindro que absorbía toda la luz. Al tocarlo, el gigante se desintegró en una lluvia de ceniza y notas musicales suspendidas en el aire. El joven regresó al Santuario del Eco, pero el silencio que lo rodeaba ahora era pesado, antinatural.
Al insertar el cilindro en el Corazón de Piedra, la explosión no fue solo de luz. Fue una amalgama de visiones. Vio a cuatro figuras sombrías en lo alto de un dirigible de plata cruzando cielos de fuego; escuchó gritos de éxtasis y llanto. La Disarmonía retrocedió, sí, pero no desapareció. Se transformó en algo más delgado, más sutil.
—Está hecho... —susurró Elara, el Guardián, aunque su rostro no mostraba alegría, sino un terror reverencial.
El Corazón de Piedra comenzó a latir con un tono dorado, pero en su centro, una pequeña mancha negra, como una gota de tinta en un océano de luz, comenzó a expandirse rítmicamente. Ardan miró sus manos: las venas brillaban con una luz eléctrica, pero sus dedos empezaban a volverse de piedra.
—¿Qué está pasando? —preguntó Ardan, sintiendo un frío gélido.
—Has despertado el Trueno —respondió Elara, retrocediendo hacia las sombras—. Pero el Trueno siempre viene antes de la Tormenta Final. El disco no era solo una cura, muchacho. Era un aviso. Has liberado el Amor Ilimitado, pero también has abierto la puerta a aquello que habita en las frecuencias que ningún hombre debería escuchar.
De repente, una vibración baja, un subgrave que no pertenecía a ninguna canción conocida, hizo que el santuario temblara. El amuleto de Ardan se quebró en dos. En la pared de la cueva, las runas que formaban el nombre de La Playlist del Yeyo brillaron con un rojo intenso y luego se apagaron.
Ardan se giró hacia la salida, pero la entrada de la cueva ya no daba a las Cumbres Quebradas. Ante él se extendía un océano de nubes de plomo y, a lo lejos, el sonido de una guitarra quejumbrosa empezaba a dibujar una melodía que no pertenecía a este disco, sino a algo que estaba por venir.
¿Había salvado Aerthos o simplemente había acelerado su metamorfosis hacia algo más peligroso? Ardan dio un paso hacia el vacío, y justo antes de que la oscuridad lo envolviera por completo, una voz femenina —quizás la de Lyra, quizás la de una musa olvidada— susurró en su oído: "El viaje no termina con el eco, Ardan. El eco es solo el principio del siguiente riff".
Y entonces, el silencio absoluto volvió a reinar. Pero era un silencio que aguardaba... un silencio que respiraba.
Publicado el 22 de octubre de 1969, Led Zeppelin II no fue simplemente la continuación de un debut exitoso; fue el terremoto que terminó de dar forma al hard rock y al heavy metal tal como los conocemos. Grabado en plena gira, en diversos estudios de Europa y Norteamérica, el álbum destila una urgencia y una energía salvaje que lo llevaron directamente al puesto número 1 de las listas de éxitos tanto en el Reino Unido como en los Estados Unidos, desbancando nada menos que al Abbey Road de los Beatles. Con ventas que superan los 12 millones de copias solo en EE. UU. (Certificación de Diamante), este disco es un monumento a la producción de Jimmy Page y al virtuosismo de sus cuatro integrantes.
En su momento, la crítica fue mixta: algunos puristas del blues no entendían la potencia eléctrica de su sonido, pero con el paso de las décadas, la percepción ha cambiado radicalmente. Hoy en día es calificado unánimemente como una de las obras cumbre de la historia de la música, una amalgama perfecta de blues-rock psicodélico y pasajes acústicos que sentó las bases para generaciones de guitarristas y bateristas. Es, en esencia, el disco que demostró que el rock podía ser tan pesado como un zeppelin de plomo y tan etéreo como un sueño de Tolkien.
Como habréis comprobado todos aquellos que seguís La Playlist del Yeyo, no he incluido hasta el momento, ningún disco de hard rock, o heavy metal, o simplemente rock duro, como lo conocíamos entonces. Y no los he incluido porque por aquellos finales de los 70 y años 80, ese tipo de rock me parecía pesado, difícil de entrar, me costaba digerirlo. Lo que hacía entonces era, dejarlo de lado, no seguirlo. Me centraba en otro tipo de música, mas alternativa, mas “suave” y digerible a mis oídos.
Cuando llegaron los 90, y apareció el grunge, y posteriormente el britpop, es cuando descubrí el verdadero sonido de las guitarras distorsionadas, y potentes. Y es cuando se me abre un mundo entero de rock distorsionado, duro, y le abro mi mente al hard, al heavy, y al metal. Pero ojo, no a todo, solo a algunas bandas, y de ellas, a algunos discos concretos, que me parecen verdaderas obras de arte. Es el caso de Led Zeppelin. Ya con internet, y con mucho mas fácil acceso a la música, empiezo a bucear por estos estilos y como no, empiezo, pues por donde debo empezar, por los padres del hard, y del heavy. Empiezo por Led Zeppelin. Y este es el primer gran descubrimiento de esa búsqueda. El Led Zeppelin II. Lo digo como lo sentí en su momento: “lo flipé”
Si lo que quería era disfrutar de un buen rasgueo de guitarra, aquí lo encontré. Sin duda la protagonista del Led Zeppelin II es la guitarra, y estos tios la tocan como los ángeles. Pero no vayas a pensar que todo es guitarra en el disco, aunque sea la principal protagonista, hay unas melodías verdaderamente preciosas, y tampoco es tan duro como puede parecer en un primer momento, si te fijas detenidamente en su escucha, hay momentos muy delicados, e incluso elegantes, a pesar de su dureza. Incluso te puedes encontrar un solo de batería, si, de batería. Este álbum, es una verdadera joya, y escucharlo te da la medida de lo que eres capaz de soportar. Si lo disfrutas, el hard es lo tuyo. Si no, no sigas buscando, no encontrarás nada que te guste. En mi humilde opinión, este pedazo de álbum es la puerta de entrada al hard rock. Y La Playlist del Yeyo, ha cruzado su umbral. Larga vida.
Podeis visitar la página de La Playlist del Yeyo, en la que están ubicados todos los videos colgados en el blog, a modo de playlist, incluidos los de Led Zeppelin, para que los disfruteis todos juntos, y en el orden que querais. También teneis una página con el Catálogo que contiene todos los discos que tiene relatados y analizados, La Playlist del Yeyo. Y si buscas una canción o un video que no está en La Playlist del Yeyo, lo puedes localizar en el Buscador del Yeyo, procurando especificar bien el video o canción que quieres localizar.
¡¡Hasta la próxima!!
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El aire en Alcorcón se sentía pesado, cargado de esa mezcla de polución y derrota que solo las ciudades dormitorio de los noventa sabían destilar. En el interior de aquel garaje, el olor a humedad se mezclaba con el aroma a café recalentado y tabaco barato. Cristina Llanos dejó caer su Fender Stratocaster con un golpe seco. El silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier acople de amplificador.
No está ahí, Amparo. No suena -dijo Cristina, pasándose una mano por el pelo corto, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño.
Amparo, su hermana, la miró desde el otro lado del local. Ella era el ancla, la técnica, pero incluso sus dedos parecían entumecidos. Habían sacado un disco pero el mundo les había respondido con un bostezo. Eran una banda de rock cantando en inglés en la España de los cantautores. Eran extrañas en su propia tierra.
Mañana saldrá -respondió Amparo sin mucha convicción-. Vámonos a casa.
Jesús y Álvaro ya habían recogido. Las luces del polígono se apagaban una a una. Pero Cristina se quedó. Necesitaba esa "chispa" que los separaba de la mediocridad. Cuando la puerta metálica se cerró, el silencio se volvió absoluto. Fue entonces cuando la sombra comenzó a despegarse de la pared.
No hubo fuego. Solo un descenso brusco de la temperatura. Una figura, vestida con un traje de corte impecable pero de un color negro que parecía absorber la poca luz, estaba sentada sobre un amplificador Marshall. Sus ojos eran, simplemente, dos huecos hacia el vacío.
Darías lo que fuera, ¿verdad? -la voz era un susurro que vibraba directamente en los huesos de Cristina.
¿Quién eres? -logró articular ella, medio asustada.
Soy el que trae el fuego cuando el invierno es demasiado largo. He oído tu música. Es correcta. Pero le falta el hambre. Le falta el peligro. Yo puedo darte eso. Serás la reina de un imperio de distorsión. Vuestra música será un incendio que nadie podrá apagar. Llenaréis estadios, vuestros nombres serán leyenda.
Cristina dio un paso adelante, hipnotizada-. ¿A cambio de qué?
El extraño sonrió, y fue la visión más aterradora que Cristina había tenido jamás-. A cambio de algo que ahora no echarás de menos. Un pequeño fragmento de tu arquitectura espiritual. Un hilo que me permitirá observar a través de tus ojos cuando la gloria sea insoportable. No lo entenderías hoy. Pero el contrato lo firmarás con la primera nota que logres tocar de aquella canción.
El extraño señaló la guitarra. Cristina la colgó de su hombro. Sus dedos se movieron con una agilidad sobrenatural. Un riff oscuro, circular y endiablado nació de las cuerdas. Devil Came To Me
Cuando terminó el último acorde, el garaje estaba vacío. Pero la energía era distinta. Amparo entró corriendo, atraída por el sonido.
¡Cris! ¿Qué ha sido eso? -exclamó Amparo, asustada-. Ese riff... suena auténtico, crudo, como si el grunge de Seattle hubiera bajado a este sótano y se hubiera vuelto loco. Es directo, estrofa, estribillo, estrofa... sin tonterías. ¡Es jodidamente perfecto para abrir el disco!
Cristina no respondió. Tenía la mirada perdida en la esquina donde la sombra se había desvanecido.
Las semanas siguientes fueron un torbellino febril. La banda entró al estudio con una confianza que rozaba la arrogancia. Jesús, el batería, sudaba frío cada vez que terminaban una toma.
No sé qué os pasa a las dos -dijo Jesús mientras limpiaba sus platos-, pero estas canciones tienen una "mala leche" que no es normal. Mirad esta, "Loli Jackson". Es como si quisiéramos salir corriendo de aquí a toda velocidad.
Es que esa es la idea, Jesús -respondió Cristina, con una voz que sonaba un tono más grave que de costumbre-. Es el alma rebelde de todo esto. Tiene que sonar internacional, tiene que sonar como si estuviéramos en Londres o Los Ángeles, aunque estemos en Madrid. Fíjate en ese ritmo, es pura libertad peligrosa. Es rock de garaje, pero sin sonar a aficionado.
Amparo asentía, repasando las mezclas.
-Es verdad. No necesita artificios. Solo nuestras guitarras chocando entre sí. Es una canción redonda para los que se sienten fuera de sitio.
Pero mientras grababan, la "deuda", se cobraba sus primeras piezas. Cristina empezó a sentir un frío glacial en la garganta cada vez que se acercaba al micrófono. Sentía que su voz ya no le pertenecía del todo.
Llegó el momento de registrar el tema que Cristina sabía que era el núcleo del pacto. Una mañana, apareció con una melodía que era, a la vez, una súplica y una exigencia.
Se llama "Serenade" -dijo simplemente.
Al terminar de grabarla, el productor se quedó en silencio tras el cristal.
¡Es el hit! -susurró-. Esa intro de bajo, la entrada de la batería... tiene esa melancolía que te engancha, pero luego te pega un puñetazo en el estómago cuando entran las guitarras. Es la canción que va a hacer que este disco lo escuche todo el mundo, no solo cuatro melenudos en un club.
Cristina sonrió débilmente. Sentía que con cada nota de esa "Serenata", el hilo invisible que la unía al extraño se tensaba un poco más.
Con el disco casi terminado, la tensión en la banda era palpable. No era una tensión mala, era el vértigo de saber que tenían algo gigantesco entre manos. Sin embargo, en los momentos de soledad, Cristina se sentía vacía.
Un tarde de lluvia, Amparo encontró a Cristina tocando una melodía lenta, casi invernal.
¿Qué es eso? -preguntó Amparo.
Una canción sobre el frío que hace aquí dentro -respondió Cristina sin mirarla-. "Winter Song".
Me gusta -dijo Amparo suavemente-. Le da profundidad al álbum. No todo puede ser distorsión a mil por hora. Este tema demuestra que también sabemos transmitir desolación. Es una cara más madura, Cris. Es necesaria para que el disco respire.
No sé si quiero que respire -murmuró Cristina-. Siento que cuanto más cerca estamos, más me congelo por dentro.
A pocos días de lanzar el álbum, la percepción de la realidad para Cristina empezó a cambiar. Veía el mundo con colores extraños, como si estuviera atrapada en un espectro de luz que nadie más percibía.
Mirad el amplificador -decía a sus compañeros-, ¿no veis cómo vibra el aire a su alrededor?
De esa sensación nació otra descarga de adrenalina pura. "Spectrum"
¡Esto es puro punk americano! -gritó Álvaro, el bajista, tras terminar de ensayar-. Es corta, directa, en vena. Es el motor del disco, la que mantiene la tensión arriba. Si alguien piensa que nos hemos vuelto blandos con las baladas, esta canción les va a reventar los oídos.
Cristina no le escuchaba. Estaba mirando al fondo del pasillo del estudio. Allí, apoyado contra la pared, el hombre del traje negro la saludaba con un leve movimiento de cabeza. El tiempo se acababa.
La última canción de esta ficción fue la que puso el sello final al contrato. Una letra que hablaba de decepción, de sospecha, de lo que significa sentirse traicionado por la propia suerte. "Judas"
"Judas" es el cierre perfecto -comentó el técnico de sonido mientras ajustaba los niveles de la batería-. Tiene una fuerza rítmica que te deja sin aliento. Es como un golpe sobre la mesa. Deja al oyente con ganas de volver a empezar con ella de nuevo. Es una traición al silencio.
Cuando se apagaron las luces del estudio y la cinta dejó de girar, Cristina se quedó sola en la cabina. El hombre del traje negro apareció a su lado. No hubo palabras. Él simplemente puso su mano sobre el hombro de ella y, por un instante, Cristina no sintió su propio peso.
¡Ya está hecho! -susurró el extraño-. El disco está fuera. El mundo es tuyo. Disfruta de la ovación, Cristina. Yo estaré sentado en la primera fila de cada concierto, observando cómo florece mi inversión.
¿Qué has ganado tú con esto? -preguntó ella con un hilo de voz.
El extraño sonrió y se desvaneció, dejando solo el eco de una carcajada que se confundía con la retroalimentación de las guitarras.
Tras la salida de Devil Came to Me, el país pareció despertar de un letargo. Lo que empezó en un garaje de Alcorcón se transformó en un incendio forestal que saltó de las radios independientes a las listas de los 40 Principales. Dover ya no era una banda; era un vendaval.
Las hermanas Llanos se vieron catapultadas a escenarios que antes solo habitaban en sus sueños. La gira fue una sucesión de noches eléctricas donde el sudor y la distorsión lo inundaban todo. En el Festimad, ante una masa humana que coreaba cada sílaba en inglés como si fuera su propia lengua materna, Cristina sintió por primera vez el peso real de la corona. Los aplausos no eran simples palmadas; eran un rugido oceánico, una energía que las elevaba por encima del suelo.
Fueron a Alemania, a México, a Francia. En cada festival, la crítica se rendía ante la evidencia: cuatro españoles estaban dando una lección de grunge y honestidad al mundo entero. Eran ovacionadas hasta la extenuación, con bises que se prolongaban bajo cielos estrellados y focos cegadores. Amparo, a la guitarra, era un metrónomo de pura rabia, y Cristina, frente al micro, cerraba los ojos y dejaba que esa voz —que ya no sentía del todo suya— desgarrara el aire.
Pero en el cenit de la última gran noche de la gira, con el estadio aun vibrando y los gritos de "¡otra, otra!" retumbando en los camerinos, el silencio volvió a encontrar a Cristina. Estaba sola, frente al espejo, quitándose los restos de maquillaje. Por el reflejo, vio la puerta abrirse. No fue Amparo, ni ninguno de los chicos.
El hombre del traje negro entró con la parsimonia de quien es dueño de todo el tiempo del mundo. No aplaudía, pero su sonrisa era más elocuente que cualquier ovación.
¡Ha sido un espectáculo magnífico, Cristina! -dijo, apoyándose en la pared-. Habéis tenido los festivales, el reconocimiento, el respeto de vuestros ídolos. El mundo os pertenece.
Cristina se giró lentamente, con el corazón martilleando contra sus costillas.
¡Ya está! Hemos cumplido. ¿Qué quieres ahora? ¿Cuándo se acaba esto?
El extraño se acercó hasta quedar a pocos centímetros de su rostro. El frío que emanaba era capaz de congelar el alma.
¿Acabarse? Esto es solo el principio. Pero recuerda nuestro trato. El éxito tiene un sabor que solo yo puedo digerir a través de ti. Cada vez que sientas el calor del aplauso, recuerda que una parte de esa alegría no te pertenece. Me la guardo yo. Y llegará un día en que mi parte sea mayor que la tuya.
Se dio la vuelta y, antes de salir, dejó caer una última frase que quedó flotando en el camerino como una maldición:
¡Disfruta de la cima, Cristina! Pero no olvides que yo soy el que sostiene la montaña... y puedo decidir cuándo convertirla en un abismo.
Cristina se quedó inmóvil. Fuera, la multitud seguía gritando su nombre, pero ella solo podía escuchar el eco de ese silencio absoluto. El éxito estaba allí, brillante y masivo, pero la sombra del pacto se proyectaba ahora sobre cada disco, cada canción y cada aplauso futuro en La Playlist del Yeyo, dejando una inquietud que ni la distorsión más fuerte lograría jamás acallar.
Contextualizar Devil Came to Me, de Dover, es hablar de un fenómeno sociológico más que meramente musical. Publicado el 21 de abril de 1997 bajo el sello independiente Subterfuge Records, este trabajo supuso la mayoría de edad del rock alternativo en España. Hasta ese momento, el mercado estaba dominado por el pop comercial y el rock en castellano; que una banda madrileña lograra el éxito masivo cantando en inglés fue una anomalía absoluta que rompió todos los techos de cristal de la industria.
Logró un hito histórico al vender más de 800.000 copias en España, convirtiéndose en el primer disco de una banda independiente en alcanzar el Disco de Diamante. Ganó el premio al Mejor Artista Español en los MTV Europe Music Awards de 1997. Contiene los himnos generacionales "Serenade", "Loli Jackson" y el tema homónimo "Devil Came to Me". Un detalle curioso es que el álbum se grabó en apenas 20 días con un presupuesto de 80.000 pesetas (unos 500 euros actuales), una cifra irrisoria para el impacto cultural que generó. Hoy es considerado el álbum más importante del rock alternativo nacional de los 90, habiendo envejecido como un trabajo crudo, honesto y técnicamente impecable que rompió las barreras del idioma en el mercado nacional.
La recepción inicial de la crítica fue de asombro y entusiasmo, llegando a calificarlo como “milagro grunge español”. Se destacó la crudeza de su sonido, heredero directo del espíritu de Seattle, y de Nirvana con su Nevermind, pero con una inmediatez melódica que los hacía irresistibles. Con el paso de los años, el disco ha pasado de ser un "éxito del momento" a un clásico de culto y referencia obligada. Hoy se califica como el álbum que profesionalizó la escena indie española, demostrando que se podía tener una producción de bajo coste y una actitud auténtica sin renunciar a las ventas millonarias. Es, sin duda, el pilar sobre el que se construyó gran parte de la música alternativa nacional del siglo XXI.
Recuerdo cuando salió este disco, que me enganchó totalmente, me lo compré en CD, en El Corte Inglés de Alicante, y lo escuché con avidez. Me encantó, tiene una fuerza, increíble. Para entonces, en España, era raro que unas chicas tuvieran tanta fuerza y tanto desparpajo, a la hora de tocar rock. Y precisamente eso fue lo que me atrajo. Eran valientes las hermanas Llanos, y hacían una música muy potente, y muy atractiva. Me encantaba escuchar esas guitarras distorsionadas, con la voz rabiosa de Cristina Llanos al frente. No era una banda única y exclusiva de chicas, pero ellas eran las protagonistas absolutas. Me recuerda mucho al grunge de Nirvana, de hecho se dejaron llevar por sus influencias a la hora de componer música. Eso, y el hecho de que siendo madrileños los Dover, y cantaran en inglés, me acabó de enganchar. No tengo nada contra el español, es más, hay mucha música en español que me gusta, pero el inglés, en la música pop del siglo XX, para mi es mi debilidad.
En cuanto a este fantástico disco, no solo contiene sus tres grandes canciones, que salieron como singles, es mucho más. Tiene joyas escondidas, que merece la pena descubrir, es el caso de temazos como Judas, o Rain of the Times, que son maravillosas y poderosas canciones, con una fuerza inmensa.
Y poco más tengo que decir, me gusta este álbum de Dover, me engancha su fuerza, y no puedo evitar disfrutar el CD cuando tengo oportunidad. La Playlist del Yeyo se congratula de incluir este discazo en su contenido. ¡Grande!
Podeis visitar la página de La Playlist del Yeyo, en la que están ubicados todos los videos colgados en el blog, a modo de playlist, incluidos los de Dover, para que los disfruteis todos juntos, y en el orden que querais. También teneis una página con el Catálogo que contiene todos los discos que tiene relatados y analizados, La Playlist del Yeyo. Y si buscas una canción o un video que no está en La Playlist del Yeyo, lo puedes localizar en el Buscador del Yeyo, procurando especificar bien el video o canción que quieres localizar.
¡¡Hasta la próxima!!
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El invierno de 1981 se había instalado en París como un invitado que no sabe cuándo marcharse, tiñendo las avenidas de un gris plomizo que parecía filtrado por la lente de una cámara antigua. Julian Vane subió el cuello de su gabardina mientras cruzaba el Pont de Neuilly, sintiendo cómo el viento gélido del Sena buscaba cualquier resquicio en su ropa para recordarle que era un extraño en una ciudad que solo hablaba el lenguaje de la indiferencia. Julian no era un turista, ni tampoco un exiliado romántico de los que pululaban por el Barrio Latino; era un cazador de geometrías, un fotógrafo obsesionado con la frialdad de los nuevos centros urbanos que estaban redibujando Europa. En su bolso de lona, junto a los carretes de película de alto contraste, descansaba un objeto que se había convertido en su brújula moral y artística: un cassette de cromo donde había grabado, con pulcritud casi obsesiva, las pistas de un álbum que parecía haber sido compuesto exclusivamente para ser escuchado entre el hormigón y el cristal.
Aquel disco, Sister Feelings Call, poseía una cualidad que Julian no encontraba en las producciones más amables de la época. Era una obra desgajada, un gemelo oscuro que Simple Minds había dejado respirar por sí solo, lejos de la sombra de su hermano mayor. Para Julian, la música de Jim Kerr y los suyos en aquel momento no era solo pop vanguardista; era una arquitectura de sonido que reflejaba la paranoia y la modernidad de una década que acababa de nacer. Mientras caminaba hacia el complejo de La Défense, el joven fotógrafo sacó un pequeño cuaderno de notas de su bolsillo. En la primera página, bajo un sello circular que rezaba "La Playlist del Yeyo: Notas de un náufrago urbano", había escrito una frase que resumía su estado de ánimo: "Hay discos que se escuchan y discos que se habitan. Este es una ciudad en sí mismo".
Julian se detuvo frente a un escaparate apagado, observando su propio reflejo distorsionado en el vidrio. La ciudad, a esa hora en que la luz del día se rinde ante los fluorescentes, se sentía como un organismo vivo, mecánico y un tanto peligroso. Fue entonces cuando ajustó los auriculares de su Walkman y pulsó la tecla "Play". El mecanismo giró, el siseo de la cinta desapareció y, de repente, el mundo exterior perdió su sonido ambiente para ser sustituido por una pulsación rítmica que parecía emanar directamente del asfalto. No era una melodía amable; era una declaración de intenciones, un bajo que caminaba con la seguridad de quien conoce todos los callejones oscuros de la metrópolis.
El análisis que Julian solía hacer de este inicio era siempre el mismo: el grupo de Glasgow había logrado capturar el "zeitgeist" europeo sin decir una sola palabra. La ausencia de voz en el arranque del álbum no era una carencia, sino una elección estética radical. En sus notas para el blog, Julian destacaba cómo Derek Forbes, el bajista, lograba crear una tensión constante que servía de cimiento para que los sintetizadores de Mick MacNeil dibujaran estelas de luz, como los faros de los coches cruzando un bulevar bajo la lluvia. Era el sonido de la eficiencia, de la alienación y, paradójicamente, de una extraña libertad que solo se encuentra cuando uno decide ser un observador anónimo en una ciudad de millones de almas.
Theme for Great Cities
Justo cuando el tema alcanzaba su clímax hipnótico, el ojo de Julian, entrenado para detectar cualquier anomalía estética, se fijó en un movimiento inusual cerca de la boca del metro de Esplanade de La Défense. Un hombre con un maletín de cuero oscuro se apoyaba contra una columna, mirando nerviosamente hacia los lados. Segundos después, una mujer de apariencia aristocrática, vestida con un abrigo de piel sintética que brillaba bajo las luces de vapor de sodio, se acercó a él. No hubo palabras. Solo un intercambio rápido, un roce de manos que Julian capturó instintivamente con su Leica. El clic del obturador fue silenciado por el ritmo de la música en sus oídos.
Julian sintió una descarga de adrenalina. Aquello no parecía un encuentro amoroso, sino algo mucho más aséptico y profesional. Decidió seguirlos a una distancia prudencial, dejando que el pulso del post-punk guiara sus pasos por los pasillos de baldosas blancas del metro.
La mujer se detuvo frente a un mapa del metro, pero no parecía buscar una dirección. Julian se colocó a unos metros, fingiendo revisar su cámara. En ese momento, ella se giró y sus miradas se cruzaron. No había miedo en sus ojos, sino una curiosidad gélida, casi metálica.
—Esa cinta que escuchas... —dijo ella, con un acento francés que cortaba el aire como una cuchilla— es demasiado moderna para alguien que usa una cámara tan vieja.
Julian, sorprendido de que ella hubiera notado su Walkman en medio del silencio del pasillo, respondió bajándose los auriculares:
—Es Sister Feelings Call. Es el sonido de lo que viene, aunque haya sido grabado en el pasado reciente. Es crudo, directo... como esta ciudad.
—Un disco de transición —replicó ella con una sonrisa enigmática—. Simple Minds está dejando de ser una banda de club para convertirse en algo más, pero en este álbum todavía tienen el barro de Glasgow en las botas. Me gusta. Es... honesto.
Ella se presentó como Isabelle. No trabajaba para el gobierno ni para ninguna embajada, o al menos eso dijo. Trabajaba para una corporación interesada en "limpiar" el futuro. Mientras caminaban hacia la superficie, la conversación derivó de forma natural hacia la crítica musical, como si el peligro que Julian acababa de fotografiar fuera secundario frente a la importancia de un buen sintetizador.
—"The American" es la clave —dijo Isabelle mientras salían a la Place de la Concorde—. Es la canción donde admiten que Europa está siendo seducida por el brillo de Estados Unidos, pero lo hacen con una melancolía que solo un europeo puede entender. Es una crítica envuelta en una melodía pop perfecta.
Pasaron por delante de un bar, e Isabelle le hizo un gesto con la cabeza, invitándolo a tomar algo en el. Julian, asintió, y entraron. Localizaron una mesa vacía junto a la ventana y se sentaron.
The American
La música de The American inundó la mente de Julian mientras observaba a Isabelle. Esa canción era el eje central del disco. Analizándola con detenimiento, uno podía percibir la dualidad de la banda: el deseo de ser masivos y la necesidad de seguir siendo vanguardistas. La letra, críptica y evocadora, hablaba de una identidad que se desvanece ante el empuje cultural del otro lado del Atlántico. En el contexto de su aventura, Julian sentía que él mismo era ese "Americano" metafórico, un extraño tratando de descifrar un código que no le pertenecía.
—Lo que fotografiaste en La Défense no era un secreto de estado, Julian —confesó Isabelle, bajando la voz mientras el camarero servía dos copas de vino tinto—. Eran los planos de la nueva red de fibra que conectará los bancos de Europa. Información que vale millones. Pero lo que importa no es el dato, sino quién tiene el control del flujo. Como en la música: no importa la nota, sino el ritmo que la sostiene.
De repente, un coche negro frenó en seco frente al café. Dos hombres con gafas de sol, a pesar de la oscuridad de la noche, bajaron con paso decidido, pero no para que subieran ellos.
Isabelle no esperó a que se acercaran. Agarró a Julian por la manga de su gabardina con una fuerza inesperada y le gritó al oído por encima del estruendo de los sintetizadores que aún tronaban en su Walkman:
—Es hora de ver si tu juventud es tan maravillosa como dicen los Simple Minds en la cuarta pista del disco —dijo ella, agarrando a Julian por el brazo—. ¡Corre!
La persecución comenzó. No por calles estrechas, sino por los amplios bulevares que permitían alcanzar velocidades suicidas. Julian sentía el viento golpeando su rostro mientras subían al Citroën de Isabelle. El motor rugió, y él volvió a ponerse los auriculares. Necesitaba esa última dosis de energía, esa mezcla de optimismo y urgencia que solo una canción podía darle en ese momento de caos.
Wonderful in Young Life
La canción estalló en sus oídos. Wonderful in Young Life era, para Julian, la pieza más subestimada del álbum. Tenía esa luminosidad que contrastaba con la oscuridad de los temas anteriores, una celebración de la vitalidad en medio de un mundo que se volvía cada vez más frío y tecnológico. Mientras Isabelle esquivaba el tráfico, Julian sentía que la música le daba una invulnerabilidad momentánea. La crítica solía decir que este tema era el puente hacia el sonido más comercial que la banda abrazaría después, pero en aquel coche, rodeados de sombras y luces de neón, sonaba como un himno de resistencia.
Lograron perder a sus perseguidores en el laberinto de calles cerca de Montmartre. El coche se detuvo en un mirador desde donde se dominaba todo París. El sol empezaba a asomar tímidamente, tiñendo de rosa los tejados de zinc. Isabelle respiraba agitada, pero mantenía esa elegancia imperturbable.
—Lo hemos logrado —susurró ella—. Tienes las fotos. El mundo sabrá quién está construyendo las jaulas de cristal del futuro.
Julian miró su cámara. Sabía que aquellas imágenes terminarían en la redacción de su revista, pero también sabía que la verdadera historia, la que importaba, era la que acababa de vivir al ritmo de Sister Feelings Call. Había sido una noche de revelaciones, donde la música y la vida se habían fundido de forma orgánica, demostrando que un disco puede ser mucho más que una colección de canciones: puede ser la banda sonora de una revolución personal.
Isabelle le dio un beso fugaz en la mejilla, montó en su citroen y desapareció entre los callejones antes de que él pudiera decir nada. Julian se quedó solo, viendo cómo París despertaba. Abrió su cuaderno, pasó a la última página de su crónica y escribió: "A veces, la respuesta no está en lo que vemos, sino en lo que escuchamos mientras miramos". Debajo, dibujó una vez más el logo de La Playlist del Yeyo, cerrando el capítulo de una noche que nunca olvidaría.
Publicado originalmente el 7 de septiembre de 1981, Sister Feelings Call no nació como un álbum independiente, sino como un disco de acompañamiento que se entregaba gratuitamente con las primeras copias del álbum de estudio Sons and Fascination. Sin embargo, la fuerza de sus composiciones era tal que la discográfica Virgin decidió publicarlo por separado apenas unos meses después, reconociendo que contenía algunas de las piezas más innovadoras de la carrera de Simple Minds. En términos de ventas, aunque su naturaleza inicial de "bonus disc" dificultó que alcanzara las cifras millonarias de sus sucesores, el conjunto de ambos discos llegó al puesto número 11 en las listas del Reino Unido, consolidando a la banda como los nuevos líderes de la vanguardia británica.
La crítica de la época recibió el disco con una mezcla de desconcierto y fascinación; medios como NME y Melody Maker destacaron la transición hacia un sonido más europeo y electrónico, alejándose del punk para abrazar el krautrock y la experimentación. Con el paso de las décadas, la valoración de Sister Feelings Call solo ha crecido. Hoy es considerado un disco de culto esencial, un momento de libertad creativa absoluta antes de que la banda se convirtiera en un fenómeno de estadios con "Don't You (Forget About Me)". Se le califica actualmente como una obra maestra del post-punk y la New Wave, un ejercicio de atmósfera y ritmo que sigue sonando tan moderno y relevante como la noche en que Julian Vane caminó por las sombras de París buscándose a sí mismo.
Este pedazo de disco, según mi humilde punto de vista, es un homenaje a la experimentación con el sonido. Creo recordar por aquellos entonces, en los años 80, las bandas querían sorprender a sus fans y al resto, con nuevos sonidos, utilizando sintes, cajas de ritmos, o esas famosas guitarras de teclados, keytars, que se extendieron mucho por aquella maravillosa década de los 80. Pues los Simple Minds, en estos primeros 80’s, fueron unos grandes creadores, no fueron los precursores, pues ya se había inventado, pero ellos llevaron esa experimentación a unos niveles realmente increíbles, y este Sister Feelings Call, tiene unos temas deliciosamente innovadores para aquellos años.
Su sonido era raro, muy vanguardista para lo que sonaba entonces, pero a mi me encantaba. Y para muestra, un botón. Me he dejado este video con esta canción para esta sección de mi opinión, para mostraros mi idea. Es Sound in 70 Cities y en mi opinión, refleja a la perfección, esa visión experimental que tenían los Simple Minds, y los sonidos nuevos que creaban, y con los que nos sorprendían. Aun recuerdo que en este tema, el sonido repetitivo que suena parece el mugir de una vaca, y cuando lo escuchábamos mis amigos y yo, en aquel tiempo, nos reíamos mucho. Pero nos encantaba.
Por lo demás, quiero destacar esa primera canción del álbum, Theme for Great Cities, que es la estrella del disco, y se ha convertido en uno de los temas mas destacados de la banda escocesa, y mas queridos por sus fans, entre los que me incluyo. Es un maravilloso despliegue de técnica, de electrónica, es realmente una explosión de sonido, vanguardista, innovadora, y espectacular, para aquellos años. Tiene un ritmo vibrante, trepidante, que quiere mostrar el ritmo de la vida urbana, de las ciudades, y a fe mía que lo consigue. Si me apuras, incluso te pone nervioso, es estresante, como la propia dinámica urbana. Pero demoledor. Rotundo, y grandioso.
Pero el resto de temas del álbum, no baja el nivel, son diferentes, sin duda, pero si te gusta escuchar música innovadora, vanguardista, y novedosa para aquellos años, este disco es una opción muy válida. Te aseguro que escucharla detenidamente, te ofrecerá sensaciones muy sugerentes y fascinantes. Canciones como League of Nations, o Careful in Career, aparte de las ya citadas en la trama de este post, te van a aportar nuevas emociones, y sensaciones, que no habrás vivido en aquellos años 80, si es que los viviste. Y si no los viviste, te darán una muestra de la motivación que tenían muchos artistas para innovar y revolucionar el mundo de la música, por aquellos años.
La Playlist del Yeyo, debe incluir este pedazo de disco en su contenido, por lo valioso y extraordinario de sus argumentos. Sin duda lo merece.
Si te consideras admirador, fan o simplemente quieres entretenerte un poco más con esta banda escocesa, que es Simple Minds, te propongo que le eches un vistazo a estos nuevos post de La Playlist del Yeyo, que versan sobre algunos discos de las Mentes Simples, como por ejemplo, New Gold Dream(81-82-83-84), o Empires & Dance
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