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Bienvenidos a La Playlist del Yeyo

Bienvenid@ a mi rincón musical del siglo XX. Donde vive la magia.

Si decides navegar por estos mares, pronto descubrirás que me he quedado anclado en el siglo pasado. Y no podría estar más orgulloso. Este pequeño fondeadero, perdido en el vasto océano de internet, es un lugar donde las historias suenan y la música se cuenta. ¿O es al revés? El caso es que en sus publicaciones te narro relatos con banda sonora. ¡O quizá te convierto un disco en narrativa! ¡Bueno, no sé!

Tú decides si vienes por las historias o por las canciones. Este fondeadero abraza ambas cosas. En cualquier caso, aquí se combinan narrativa y buena música. La mejor música del siglo XX.
Publicado febrero 23, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

The Cure-Wish

Interpretación visual de Wish de The Cure-La Playlist del Yeyo


en un primer momento, me gustó su tono alegre, y para nada tenebroso, que era lo que yo recordaba de The Cure. Años mas tarde, cuando ya escuché el disco completo, en la época de las plataformas digitales ya metidos en el siglo XXI, me dí cuenta de que alternaba distintos estados de ánimo, igual estaba plenamente feliz, como a la canción siguiente te deprimía hasta dejarte hundido totalmente. Pero así son The Cure, así es Robert Smith. Quien lo ha seguido, lo sabe. Y yo lo acepté tal cual era.



Menú de Contenido:

  • 1. El Largo Viernes de Elisa (Narrativa)
  • 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

EL LARGO VIERNES DE ELISA

La ciudad de Stonebridge era, a las dos de la mañana, un cementerio de luces de neón reflejadas en el asfalto mojado. Desde el piso doce del edificio de Radio Nacional, la vista era una postal de melancolía urbana que bien podría haber servido de contraportada para cualquier single de la era post-punk. Dentro del estudio 4, el mundo se reducía a tres personas y un aura de luz rojiza que bañaba las consolas analógicas.

Elisa se pasó la mano por el pelo, desordenando aún más su melena oscura. Llevaba puesto un jersey de lana tres tallas más grande y unos auriculares que aislaban el zumbido de los acondicionadores de aire. Frente a ella, el micrófono, un Shure SM7B protegido por un filtro antipop, parecía una entidad viva esperando ser alimentada con palabras.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

—Treinta segundos, Elisa —la voz de Mario llegó a través del intercomunicador, densa y cargada de nicotina.

Al otro lado del cristal, en la pecera, Mario ajustaba los niveles con una precisión quirúrgica. Era un hombre que había visto pasar la era del vinilo, el CD y el MP3 sin perder su fe en el sonido puro. A su derecha, Diego, un joven redactor con ojeras que parecían tatuajes, tecleaba frenéticamente. Estaba encargado de monitorizar las redes de La Playlist del Yeyo, el blog que daba nombre al programa y que se había convertido en un refugio para los nostálgicos de la buena música del siglo XX.

—Elisa, el post del especial de hoy ya tiene dos mil visitas antes de empezar —susurró Diego, levantando el pulgar—. La gente tiene hambre de Robert Smith.

Elisa asintió. Se acercó al micro, sintiendo el calor del equipo. Mario le dio la señal.

El Podcast del Yeyo

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España

Reino Unido

—Buenas noches, buscadores de tesoros —comenzó Elisa, y su voz, una mezcla de terciopelo y humo, se deslizó por las ondas—. Estás escuchando La Playlist del Yeyo. Afuera, la lluvia insiste en recordarnos que estamos vivos, pero aquí dentro, el tiempo se ha detenido en 1992.

Hizo una pausa, dejando que el silencio de la radio, ese silencio que tiene peso, envolviera a los oyentes.

—Esta noche nos sumergimos en una obra que es, en sí misma, una paradoja. Hablo de Wish. El noveno disco de estudio de The Cure. Para muchos, fue el final de una era; para otros, la cima de un Everest emocional. Veníamos de la oscuridad absoluta de Disintegration, de esa lluvia de ceniza y luto. Y de pronto, Robert Smith nos regaló este disco. Wish es como mirar un caleidoscopio bajo un sol de invierno: brilla, tiene colores vibrantes, pero si lo tocas, el cristal está helado. Es un álbum que cabalga entre la psicodelia más luminosa y la depresión más sofisticada. Es el deseo que se cumple y, al cumplirse, te rompe el corazón.

Elisa en el estudio

Elisa hizo una breve pausa, deslizando una mirada casi imperceptible hacia la pantalla donde se mostraban las interacciones de los oyentes. La Playlist del Yeyo tenía su propia comunidad nocturna, y entre ellos, destacaba un perfil anónimo que se hacía llamar "El Coleccionista". Este oyente era habitual, sus mensajes siempre poéticos, crípticos, a veces incluso un poco obsesivos con la interpretación de las letras. Solía enviar extractos de poemas antiguos o teorías conspirativas sobre los significados ocultos de las canciones. Hasta ahora, lo había considerado un excéntrico más del éter, un inofensivo soñador de madrugada que compartía su pasión por The Cure. Sus intervenciones, a menudo, eran más un "análisis" profundo del disco que una mera petición musical. Una sonrisa tensa se dibujó en sus labios. A veces, la radio atraía a almas muy... particulares.

Elisa consultó sus notas, pero apenas las miraba. Conocía el disco de memoria.

—A menudo se critica a Wish por ser "demasiado comercial", pero qué error tan cínico. Hay una valentía tremenda en escribir himnos pop mientras tu alma sigue atrapada en una habitación oscura. Es un disco sobre la fragilidad del "ahora". Y por eso, vamos a empezar este viaje con la segunda canción del álbum. Una pieza que comienza con un carillón de guitarras que parecen campanadas en un sueño. Robert Smith dijo una vez que esta canción trata sobre ese instante en el que te sientes en la cima del mundo, sabiendo que la caída es inevitable. Elevémonos antes del impacto. Aquí está "High".

Mientras las primeras notas de la guitarra de doce cuerdas de Porl Thompson llenaban la cabina, Elisa se reclinó en su silla. Mario cerró los ojos, siguiendo el ritmo con un leve movimiento de cabeza.

—Es perfecta, ¿verdad? —dijo Elisa, fuera de antena, a través del canal interno—. Ese sonido es como si hubieran grabado el reflejo de la luz en el agua. Es psicodelia británica pura, heredera de Syd Barrett pero con esa capa de barniz gótico que solo ellos saben aplicar.

—Es el sonido del éxito, Elisa —respondió Diego sin apartar la vista de la pantalla—. Llegó al número uno en el Billboard Modern Rock. Pero fíjate en la letra... "When I see you as you are / I'll have to let you go". Es una despedida antes de empezar.

📊 DATOS CLAVE:Wish (1992) | #1 UK Albums Chart, #2 US Billboard 200 | Más de 1.2 millones de ventas en EE. UU. (Certificación Platino) | Sencillos clave: "High", "Friday I'm in Love", "A Letter to Elise" | Dato curioso: La demo de "Friday I'm in Love" fue tan perfecta que Robert Smith inicialmente dudó de su autoría, pensando que era un plagio accidental.

De pronto, un monitor de la redacción, el que estaba conectado a las frecuencias de emergencia de la ciudad, emitió un pitido agudo. Diego se puso los cascos de escucha policial y su expresión cambió. El color huyó de su rostro.

—Elisa... —la interrumpió Diego, con la voz quebrada—. Ha entrado un aviso en el Puente de los Suspiros. Un conductor dice que hay algo colgando de la estructura. Dice que parece una marioneta gigante... pero se mueve.

Elisa sintió que el aire se volvía denso. Puso cara de intriga. ¿Qué pasa? Se preguntaba. La canción "High" seguía sonando, dulce y expansiva, mientras Diego confirmaba los detalles por teléfono.

—Es una mujer —dijo Diego, mirando a Elisa a través del cristal—. Está suspendida a gran altura, envuelta en gasas blancas y amarillas. La policía dice que parece una crisálida. Y hay algo más... han encontrado un radiocassette portátil pegado a uno de los pilares del puente con cinta americana. Está reproduciendo la misma canción que nosotros, Elisa. Al mismo tiempo. Exactamente al mismo tiempo.

la crisalida

Elisa miró el reloj del estudio. El segundero avanzaba de forma implacable. El que hubiera hecho esto no solo estaba escuchando. Estaba coreografiando su programa.

El silencio en el estudio tras la confirmación de Diego era tan pesado que Elisa podía oír el latido de su propia sangre en los oídos. Miró el disco girando en el reproductor auxiliar. Wish. Un deseo. Pero los deseos, cuando se tuercen, se convierten en obsesiones.

—¿Elisa? —la voz de Mario sonó por el intercomunicador, rompiendo el trance—. La canción está terminando. Tienes que entrar.

Elisa se aclaró la garganta. La profesionalidad era su único ancla. Abrió el micro.

—Acabáis de escuchar "High". Un comienzo brillante para una noche que se está volviendo... inesperadamente compleja —dijo, midiendo cada palabra para no sembrar el pánico, aunque sus manos temblaban bajo la mesa—. Hablábamos de la elevación, de ese estado de gracia. Pero en Wish, cada subida tiene su caída. Robert Smith escribió este álbum en un momento de éxito masivo, tras el Prayer Tour, y sin embargo, la soledad parece filtrarse por cada grieta de las grabaciones en los estudios Manor.

Hizo una señal a Diego, quien le pasó una nota manuscrita: La policía ha acordonado el puente. La mujer está ilesa, pero no habla. Solo repite tu nombre: Elisa.

Ella cerró los ojos un instante. Respiró profundo.

—A veces —continuó Elisa para sus oyentes—, la distancia más larga no es la que se mide en millas, sino la que crece entre dos personas que están en la misma habitación. O en la misma ciudad. El siguiente tema es una de las baladas más desoladoras de la banda. Es el sonido de la desconexión total. Una crítica a la incapacidad de salvar al otro. Esto es "Apart".

Mientras la atmósfera fúnebre y lenta de "Apart" llenaba el estudio, Elisa se quitó los auriculares y se hundió en su silla. La canción era un ejercicio de minimalismo emocional: una batería lánguida, un sintetizador que lloraba y la voz de Smith arrastrando cada sílaba como si le pesara el alma.

—Es demoledora —susurró Mario desde la pecera—. Siempre he pensado que la producción de este tema es superior. Esa forma en que la voz está mezclada, tan cerca del micro que parece que Robert te está susurrando el fracaso al oído.

—Es una autopsia, Mario —respondió Elisa, mirando el reflejo de la luz roja en el cristal—. "Apart" es la respuesta lógica a "High". Si en la primera volabas, aquí te das cuenta de que siempre estuviste solo. La crítica de la época decía que era demasiado larga, demasiado lenta... pero es que la tristeza no tiene prisa.

Diego entró en la cabina de radio, rompiendo el protocolo. Su cara era de puro terror.

—Elisa, acaba de entrar otra llamada. No es por la línea de los oyentes. Ha entrado por el teléfono personal de la dirección. El técnico de centralita dice que el tipo ha hackeado el sistema. Quiere hablar contigo. Ahora. Durante el solo de sintetizador.

Elisa sintió un nudo en el estómago. Pulsó el botón de la línea privada.

el maniqui

—¿Elisa? —la voz era fría, casi clínica—. ¿Has sentido la distancia de la que hablas? ¿Esa "distancia incurable"? He dejado algo para ti en la estación central. Un homenaje a la letra: "He wait for her to call, but she never calls at all". He recreado esa espera. Pero ella ya no puede llamar, Elisa. No tiene dedos para marcar.

Elisa ahogó un grito.

—¿Qué ha hecho? ¿Quién es? —preguntó con un hilo de voz.

—He creado arte, Elisa. He separado lo que el tiempo no pudo separar. Ve a La Playlist del Yeyo. He colgado una foto en los comentarios de tu último post. Un adelanto para tus seguidores.

Elisa miró a Diego. Él ya estaba refrescando la página del blog. En la sección de comentarios, bajo un perfil anónimo, apareció una imagen que hizo que Mario apartara la vista.

El reloj digital del estudio marcó las 02:45. Elisa sentía que el aire de la cabina se había vuelto más pesado, casi sólido. La imagen del maniquí en la estación, publicada en La Playlist del Yeyo, estaba incendiando la sección de comentarios. Los oyentes creían que era una campaña de marketing agresiva, un "performance" extremo. Solo Elisa, Mario y Diego sabían que el sudor que empapaba sus ropas era real.

—La policía ha llegado a la estación —susurró Diego, sin soltar el teléfono—. Dicen que el maniquí está hecho con ropa de los años 20, pero lo inquietante es la peluca... Elisa, dicen que la peluca es de cabello humano real. Y tiene el mismo corte que el tuyo.

Elisa sintió una náusea repentina. Se obligó a mirar al frente, a ese micrófono que ahora parecía una boca abierta lista para tragarse su cordura. Mario le hizo una señal: "Apart" estaba muriendo en un desvanecimiento de sintetizadores tristes. Había que seguir.

—Esa era "Apart" —dijo Elisa, y su voz tembló apenas un milisegundo—. Una canción que nos recuerda que, a veces, el deseo no es suficiente para mantener a dos personas unidas. Es la cara B de la moneda de The Cure. Pero ahora... ahora vamos a girar esa moneda.

Inspiró profundamente. Tenía que introducir el mayor éxito del disco, la canción que Robert Smith escribió un viernes por la tarde y que, según él, fue un "accidente feliz".

—Si Wish tiene un corazón que late con fuerza, es este. Robert Smith quería escribir una canción pop perfecta, algo que pudieras cantar mientras saltas en los charcos sin preocuparte por el rímel corrido. Una crítica común hacia este tema es que es "demasiado alegre" para una banda gótica. Pero lo que pocos ven es la desesperación que oculta: la necesidad imperiosa de que llegue el viernes porque el resto de la semana es un infierno de lunes azules y jueves que no importan. Es una oda a la evasión. Vamos con el himno por excelencia. Mañana ya es viernes. Esto es "Friday I'm in Love".

Mientras el ritmo saltarín y las guitarras acústicas inundaban los auriculares, el contraste era casi insoportable. En el estudio, el silencio era sepulcral. Mario no bailaba. Diego estaba pálido.

—Elisa —dijo Diego de repente, con los ojos fijos en la pantalla del ordenador—. Ha vuelto a llamar. Pero no ha hablado con centralita. Ha dejado un mensaje de audio en el servidor del blog, en la entrada de "La Playlist del Yeyo".

Elisa se acercó a la pantalla. Diego pulsó play.

La música de "Friday I'm in Love" sonaba de fondo en la grabación, pero distorsionada, como si saliera de un altavoz roto en un túnel. Por encima, la voz sonaba eufórica.

¿No es maravilloso, Elisa? "I don't care if Monday's blue...". He decidido que la ciudad necesita un poco de ese color. He decorado la plaza del Ayuntamiento. He traído flores, muchas flores. Miles. Todas amarillas y rosas, como en el videoclip de Tim Pope. Pero las flores necesitan agua, ¿verdad? Ven a verme, Elisa. El viernes ya ha llegado para mi "obra maestra". Ven antes de que el sábado se lo lleve todo.

Elisa miró a Mario.

—Mario, abre el micro de Diego. Quiero que la audiencia oiga esto. Tenemos que denunciarlo en directo.

—¡Estás loca! —exclamó Mario—. Si le das publicidad, ganará él.

—Ya ha ganado, Mario —replicó Elisa con una lucidez gélida—. Está usando mi programa como banda sonora de su locura. Si no lo saco a la luz, seré su cómplice.

Abrió el micrófono general.

la fuente de colores

—Atención a todos los que nos escucháis en Stonebridge. Lo que está sucediendo esta noche no es parte del guion de La Playlist del Yeyo. Hay alguien ahí fuera... alguien que está convirtiendo la belleza de The Cure en algo... —se le quebró la voz— en algo grotesco. Diego, cuéntales lo que acaba de confirmar la patrulla en la plaza.

Diego se acercó al micro, con las manos entrelazadas para que no se viera el temblor.

—La plaza del Ayuntamiento... está inundada. El tipo ha bloqueado los desagües de la fuente monumental y ha vertido colorante rosa en el agua. Pero lo peor no es el agua. Hay cientos de ramos de flores flotando, y entre ellos... hay personas. Gente de la calle, indigentes, que han sido drogados y colocados en botes de plástico, flotando como ofrendas. Están vivos, pero están... decorados. Como si fueran parte de un escaparate.

Elisa sintió que el mundo se desmoronaba. La alegría de la canción que seguía sonando en sus oídos era ahora un martilleo sarcástico.

El estudio 4 se había convertido en un búnker. Mario había bloqueado la puerta de acceso con el pestillo electrónico, y Diego no dejaba de recibir alertas de prensa. La noticia de la "Plaza Rosa" estaba saltando a los telediarios nacionales. Pero dentro de la cabina, el sonido era lo único que importaba. "Friday I'm in Love" terminó con su última nota de guitarra acústica, dejando un silencio que dolía.

Elisa se acercó tanto al micrófono que el metal frío le rozó los labios.

—Hay momentos en los que la música deja de ser un refugio para convertirse en un espejo —dijo Elisa, y su voz sonaba ahora más profunda, casi espectral—. Robert Smith escribió la siguiente canción en un estado de vulnerabilidad absoluta. Se dice que es la pieza que más le costó grabar de todo el álbum, porque no había dónde esconderse. Sin capas de sintetizadores estridentes, sin ritmos bailables. Solo un piano, una línea de bajo que parece un latido cansado y una pregunta: "¿Realmente puedes confiar en mí?".

Hizo una pausa. En la pantalla, un nuevo mensaje parpadeaba. Solo una palabra: Mírame.

—En la crítica musical, "Trust" es citada a menudo como la joya oculta de Wish. Es una balada que disecciona la traición y la esperanza con la precisión de un escalpelo. Y esta noche, mientras la ciudad se convierte en un escenario que no hemos pedido, esta canción suena a súplica. Acompañadme en este descenso. Esto es "Trust".

Mientras el piano solemne de "Trust" llenaba el aire, Elisa se hundió en el asiento. Mario, al otro lado del cristal, se tapaba la cara con las manos.

—Diego —susurró Elisa por el canal interno—, llama a mi casa. Ahora mismo.

—¿A tu casa? Elisa, la policía está...

—¡Llama a mi casa! —ordenó ella, con los ojos inyectados en sangre.

Diego obedeció. El sonido del tono de llamada se filtró por los cascos de Elisa. Uno, dos, tres tonos... y entonces, alguien descolgó. No hubo un "hola". Solo se escuchó, de fondo, la misma canción que estaba sonando en el estudio. "Trust". Pero el sonido llegaba con el eco de un pasillo familiar. El pasillo de Elisa.

¿Sabes qué es lo mejor de esta canción, Elisa? —la voz del Coleccionista era ahora un susurro íntimo, casi cariñoso—. Es el piano. Tan limpio. Tan honesto. He estado mirando tus cosas. Tienes una edición original de este disco en vinilo... está un poco rayada en la cara B. Me he tomado la libertad de limpiar el polvo de tu mesilla de noche. Tienes un perfume que huele a violetas muertas. Me gusta.

Elisa sintió que el estudio empezaba a dar vueltas. La seguridad de la "pecera" de cristal se había roto. Él no estaba en la plaza. Él ya no estaba en la calle.

—Sal de mi casa —logró articular ella—. ¡Sal de allí ahora mismo! 

el coleccionista

Me voy, Elisa. Ya he terminado mi última obra. Solo falta el epílogo. La carta de despedida. Esa que Robert escribió para alguien que nunca llegó a existir. Te espero en el final de la frecuencia.

La llamada se cortó. Elisa miró a Diego.

—Está en mi casa —dijo ella, con una calma aterradora que era el preludio del colapso—. Está allí. Es el Coleccionista.

—He avisado a la patrulla —dijo Diego, levantándose de un salto—. Van para allá, Elisa. Quédate aquí. No te muevas de la emisora.

Pero Elisa ya estaba abriendo el micro para la última canción. Sus ojos estaban fijos en el reloj. Quedaban pocos minutos para que terminara su programa.

—Llegamos al final —dijo Elisa a la audiencia, ignorando las señas desesperadas de Mario para que cortara la emisión—. Wish termina con una de las canciones más hermosas y tristes jamás escritas. "A Letter to Elise". Inspirada en Kafka, en la imposibilidad de la comunicación, en las cartas que nunca se envían o que llegan demasiado tarde. Es una canción sobre el adiós a una versión de nosotros mismos que ya no existe. Robert Smith canta sobre promesas rotas... y yo... yo tengo que ir a leer mi propia carta. Gracias por estar en La Playlist del Yeyo. Esto es "A Letter to Elise".

La voz de Robert Smith se desvaneció con el último acorde de "A Letter to Elise", dejando un silencio sepulcral en el estudio. Elisa se quitó los auriculares, sintiendo el sudor frío pegado a las sienes. El aire parecía denso, cargado de las pesadillas de los últimos minutos.

—Hemos terminado —dijo Elisa, y su voz, ahora, era un eco hueco de la que había comenzado el programa—. Apaga los micros, Mario.

Mario la miró desde la pecera, sus ojos cansados llenos de preocupación. Diego, con el teléfono aún pegado a la oreja, se volvió hacia ella.

—La policía ya está en camino a tu apartamento, Elisa. No te muevas de aquí. Por favor.

Pero Elisa ya estaba de pie, con las piernas temblorosas. La adrenalina la impulsaba. No podía quedarse. No podía esperar. Aquella era su carta a Elise, su propio final.

—No. Tengo que ir —dijo con una resolución fría—. Tengo que ver qué ha dejado. Tengo que saber qué quiere. Es mi historia, ¿no?

Antes de que Mario o Diego pudieran detenerla, Elisa salió del estudio, cruzando los pasillos de hormigón con la sensación de que cada paso la llevaba más y más adentro de una pesadilla. La lluvia seguía cayendo sin tregua cuando salió al oscuro callejón trasero donde aparcaba su coche. Las sirenas de la policía a lo lejos eran un lamento fantasma.

El trayecto fue un borrón. Las calles de Stonebridge, antes un escenario de su locura, eran ahora un camino hacia su propio abismo. El disco Wish resonaba en su cabeza, cada nota una advertencia.

Llegó a su edificio. Las luces del coche de policía ya estaban parpadeando abajo. Dos agentes subían las escaleras a toda prisa, pero Elisa ya estaba en la puerta de su apartamento en el tercer piso. La cerradura estaba intacta. Nadie había forzado nada. Él tenía una llave. O la había tenido.

Abrió la puerta con manos temblorosas. El apartamento estaba sumido en una oscuridad total, rota solo por la luz de la calle que se filtraba por la ventana. El olor a ozono de la lluvia se mezclaba con una fragancia extraña, dulzona, a incienso. El corazón de Elisa latía como un tambor tribal.

Encendió la luz de su salón. Todo parecía normal. Demasiado normal. Avanzó, cada paso una tortura, hacia el pasillo que llevaba a su habitación. Fue entonces cuando lo vio.

En el pasillo, en la pared, alguien había pegado con cinta adhesiva cientos de fotografías Polaroid. Fotos de ella. De Elisa. Fotos que nunca se había hecho, o al menos, que no recordaba. Fotos durmiendo. Fotos bebiendo café. Fotos leyendo. Fotos sonriendo a la ventana. Un collage de su vida íntima, cada imagen una invasión. Algunas de las fotos tenían pequeños recortes de las letras de Wish pegados encima, frases como "I wish I'd never seen you" o "I never felt like this with anyone".

Elisa sintió que el aire le abandonaba los pulmones. Cruzó el umbral de su dormitorio. Las luces de las mesillas de noche estaban encendidas, proyectando sombras alargadas y distorsionadas.

Y allí estaba. La obra maestra final.

el dormitorio de Elisa

Sobre la cama, totalmente extendida, aunque con arrugas, estaba su sábana blanca de lino. Y sobre ella, formando un círculo macabro, sus prendas de lencería de encaje más delicadas, las que creía tener guardadas en el cajón más íntimo. Negras, rojas, color marfil. Todas dispuestas en una simetría aterradora.

En el centro de ese círculo, presidiendo la escena, no estaba el disco de vinilo, sino algo mucho más personal, mucho más brutal. Había un cuaderno, un diario viejo y desgastado, de tapas de cuero. Su diario. Ese que guardaba bajo llave y que contenía las "cartas a Elise" de su propia vida: sus miedos, sus deseos, sus fracasos amorosos, sus esperanzas secretas.

El diario estaba abierto. Y en la página central, con una letra limpia y elegante, el Coleccionista había escrito a mano el estribillo de "A Letter to Elise":

"Whatever I do, it's always to you / The letter always for you / I never get it right / So I just close my eyes / And dream you are here / Forever here."

Junto al diario, una pequeña caja de terciopelo. La abrió con manos temblorosas. Dentro, sobre un lecho de seda negra, descansaban un par de anillos de compromiso de plata. Los suyos. Los que le había regalado su expareja, y que Elisa guardaba en el fondo de un joyero, envueltos en un pañuelo, como reliquias de una promesa rota. Él los había encontrado. Los había expuesto.

En la mesilla de noche, junto a un vaso de vino medio lleno (el suyo), había una única rosa negra y una pequeña tarjeta de presentación. Una tarjeta sencilla, con solo una dirección web impresa. La URL de La Playlist del Yeyo. Y debajo, en una caligrafía perfecta, una última frase:

"Gracias por la emisión, Elisa. Ha sido el viernes que deseaba."

Los agentes entraron en ese momento, con las pistolas desenfundadas. Pero ya era tarde. El Coleccionista se había desvanecido como un fantasma, dejando atrás solo la fragancia de incienso, la imagen de un deseo retorcido y la certeza de que Elisa nunca volvería a sentirse segura en su propia casa. Ni en su propia piel.

La música de Wish había dejado de ser una banda sonora. Se había convertido en la crónica de su propia vida, grabada en vinilo, y ahora, en el aire.

Epílogo y Reseña

icono radio

Wish, el noveno álbum de estudio de The Cure, lanzado el 21 de abril de 1992, emergió de las sombras de su predecesor, el sombrío Disintegration, para entregar un disco que fue, paradójicamente, uno de sus mayores éxitos comerciales y a la vez una profunda exploración de la dualidad humana. Con sencillos icónicos como "High" y "Friday I'm in Love", el álbum vendió más de un millón de copias solo en Estados Unidos, alcanzando el número uno en las listas de Reino Unido y el número dos en el Billboard 200 estadounidense. 

epilogo wish

La crítica inicial lo recibió con división: algunos elogiaron su accesibilidad y su habilidad para fusionar el pop brillante con la melancolía gótica que definía a la banda, mientras otros lo consideraron un paso atrás en la oscuridad artística de sus trabajos anteriores, tildándolo de "demasiado comercial". Sin embargo, con el paso de los años, Wish ha sido reevaluado y hoy se considera una pieza fundamental en la discografía de The Cure, un álbum que demostró la madurez compositiva de Robert Smith para expresar el deseo inalcanzable, la frustración y la soledad con una belleza melódica que pocos han logrado igualar. Es el sonido de la esperanza y la desesperación en un mismo aliento, un testimonio de que incluso los sueños más brillantes pueden ocultar la más profunda de las tristezas, y que a veces, tenerlo todo, no es suficiente.


La Opinión del Yeyo

logo opinion

Para colocar Wish de The Cure, en su contexto, tengo que mirar el año en el que salió publicado. Año 1992, año de Expo, y de Olimpiadas en Barcelona. Era un verano cargadito. Estuve en Sevilla, pero no en Barcelona. Los Juegos, los ví por la tele. Fue un verano intenso, y muy alegre, o ese es el recuerdo que tengo. Estaba casado recientemente, y trabajaba en contabilidad en una comercial de abonos. Por eso me entró bien la parte alegre de Wish, temas como Friday I’m in Love, o High. Reconozco que me chocó el estilo tan diferente al que estaba acostumbrado de The Cure, pero yo estaba a otras cosas, y no le dí mas importancia. Pensé que era su evolución natural, y como todo, debía cambiar con los tiempos.

opinion yeyo

Wish, me pareció atractivo y tenía buen sonido, y los temas que escuché me gustaron, era lo nuevo de The Cure, una de mis bandas favoritas de los 80, e hiciera lo que hiciera, me gustaría. Pero no oí todo el disco, no me lo compré y me conformé con oír en la radio lo que editaban en singles. Debo decir que el último disco que me compré de la banda fue el Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me, del 87, y me gustó mucho. Pero desconecté de ellos, y en general de parte de la música de por aquel entonces, para centrarme en mi vida personal, que atravesaba tiempos difíciles e inciertos. Pero como dice el dicho, no hay mal que 100 años dure, y cuando salió este Wish, yo ya estaba en una fase más positiva y normalizada.

Quizá esos cambios vitales influyeron en mi gusto musical; el caso es que en este disco concretamente, en un primer momento, me gustó su tono alegre, y para nada tenebroso, que era lo que yo recordaba de The Cure. Años mas tarde, cuando ya escuché el disco completo, en la época de las plataformas digitales ya metidos en el siglo XXI, me dí cuenta de que alternaba distintos estados de ánimo, igual estaba plenamente feliz, como a la canción siguiente te deprimía hasta dejarte hundido totalmente. Pero así son The Cure, así es Robert Smith. Quien lo ha seguido, lo sabe. Y yo lo acepté tal cual era. Y eso que lo escuché entero, 20 años después, y me sonó muy bien, parecía muy actual, y me gustó. No es el mejor disco de la banda de Crawley, pero es bastante aceptable; seguía reconociendo a Smith, su tono melancólico, su guitarra, el bajo tan lánguido que es su sello particular; cerraba los ojos y volvía a mis adorados 80, y, por momentos, a los Cure tan descorazonadores, tétricos, y tenebrosos, de Seventeen Seconds, por ejemplo. La Playlist del Yeyo debe incorporar este álbum a su repertorio, porque es bueno, no el mejor, pero es bueno.

Si te consideras admirador, fan o simplemente quieres entretenerte un poco más con este maravilloso grupo británico tan luminosamente oscuro, que es The Cure te propongo que le eches un vistazo a estos nuevos post de La Playlist del Yeyo, que versan sobre algunos discos de la banda de Crawley, como por ejemplo, Seventeen SecondsWild Mood Swings, The Head on the Door

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Publicado febrero 16, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

U2-War

Interpretación visual de War de U2-La Playlist del Yeyo


"Este disco es uno de esos recuerdos que te marca la vida, que te graba a fuego la fotografía de tu vida en aquellos años en los que disfrutabas de sus canciones. No solo está Sunday Bloody Sunday, también está New Year’s Day, pedazo de tema, genial, apoteósico, que ha pasado a la historia de la música, del rock, y yo tengo la suerte y el orgullo de poder decir a mis nietos, que esa canción yo la vi nacer. Pero en conjunto el álbum es tremendamente bueno, enérgico, brusco, pero hermoso; si lo escuchas de principio a fin, disfrutas de una experiencia auditiva, sencillamente maravillosa, se te van los pies, te tienes que mover sí o sí. Escuchar esa voz de Bono, la guitarra de The Edge, realmente deliciosa, la batería de Mullen, tan estruendosa como siempre, o el bajo rítmico de Clayton, me da la vida, me produce una sensación de placer y de satisfacción tal, que forma parte de esos detalles que en pequeñas dosis, conforman la “Felicidad”, tal y como yo la entiendo".


📊 DATOS CLAVE:U2 | War (1983) | #1 UK Albums Chart, #12 Billboard 200 | Ventas superiores a 11 millones | "Sunday Bloody Sunday", "New Year's Day" | Grabado en Windmill Lane Studios con el sonido de batería capturado en un pasillo para lograr su icónica sequedad militar.

Menú de Contenido:

  • 1. Belfast: latidos de War (Narrativa)
  • 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

Belfast: Latidos de War

El cielo color plomo de Belfast

Belfast, marzo de 1983. El invierno no se marchaba de Irlanda del Norte; se quedaba estancado en los callejones de ladrillo rojo, mezclándose con el humo de las chimeneas de turba y el olor a caucho quemado de las barricadas de la noche anterior. Para Liam O’Donnell, la ciudad no era más que una escala de grises que intentaba capturar a través del visor de su Leica M3.

Liam no buscaba la gloria, buscaba la verdad en un lugar donde la verdad era un lujo que nadie podía permitirse. Trabajaba a tiempo parcial en un pequeño laboratorio fotográfico cerca de Donegall Square, pero sus mejores fotos —las que nunca publicaría por miedo a terminar en una zanja— estaban guardadas en cajas de zapatos bajo su cama. En su barrio, el sector obrero de Falls Road, la vida se medía según la distancia entre un control militar y el siguiente.

Aquel miércoles, la atmósfera estaba más cargada de lo habitual. Los muros hablaban a través de murales gigantescos: rostros de mártires con fusiles y palomas de la paz que parecían haber olvidado cómo volar.

- ¡Liam! ¿Vas a quedarte ahí mirando el aire o vas a ayudarme con esto? - la voz de Siobhan, su hermana pequeña, cortó el aire como un látigo.

Siobhan era todo lo que Liam no era: fuego frente a su hielo. A sus veinte años, sus ojos verdes destellaban con una rabia alimentada por años de ver a su padre ser humillado en los astilleros de Harland & Wolff solo por sus apellidos. Ella no creía en la neutralidad de una lente. Llevaba una bufanda de lana basta con los colores republicanos y repartía panfletos que hablaban de derechos civiles y resistencia obrera.

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- Hay una marcha bajando por Castle Street -continuó ella, ajustándose la chaqueta de cuero-. Los estibadores se han unido a los estudiantes. Dicen que el ejército ha bloqueado los accesos. Si no estás allí para retratar cómo nos empujan, nadie lo creerá.

Liam suspiró, sintiendo el peso de la cámara colgada al cuello. Sabía que la "algarabía", como la llamaban los periódicos londinenses, era en realidad un barril de pólvora a punto de estallar. Se encaminaron hacia el centro, sorteando las patrullas de soldados británicos que, con apenas dieciocho años y dedos nerviosos en el gatillo, vigilaban desde las esquinas.

Al llegar a la intersección principal, el estruendo era ensordecedor. No era música, eran gritos, silbatos y el metálico golpeteo de las amas de casa golpeando las tapas de los cubos de basura contra el suelo -el código ancestral de Belfast para avisar de que venían los "Tommies"-. En medio de la multitud, un grupo de jóvenes desafiantes ondeaba una sábana blanca donde alguien había pintado con spray negro un nombre que empezaba a sonar en todas las radios piratas de la ciudad: U2.

Liam y Siobhan

- ¿Has oído el nuevo disco que ha salido esta semana, Liam? -gritó Siobhan sobre el tumulto, mientras se encaraba a una línea de policías del RUC (Royal Ulster Constabulary)-. Se llama War. Dicen que esos chicos de Dublín por fin han tenido el valor de decir lo que pasa aquí.

Liam no respondió. Estaba demasiado ocupado encuadrando la escena: a un lado, la fuerza bruta del estado; al otro, la desesperación de un pueblo que ya no tenía nada que perder. En ese momento, un bote de gas lacrimógeno cruzó el cielo gris como un cometa de mal agüero. El estallido fue el inicio de algo más que un disturbio. Fue el redoble de batería que Liam llevaba escuchando en su cabeza toda la mañana.

Siobhan corrió hacia la primera línea, con la bufanda cubriéndole la boca. Liam apretó el disparador. Click. La historia estaba ocurriendo, y el sonido que la acompañaba era seco, marcial y urgente.

El eco de las botas

El primer estallido no fue una bomba, sino el sonido seco de un bote de gas lacrimógeno rebotando contra el pavimento mojado de Castle Street. Liam sintió el picor en los ojos antes de ver el humo blanco serpenteando entre la multitud. A su lado, Siobhan no retrocedió; se ajustó la bufanda sobre la nariz y levantó su pancarta como si fuera un escudo.

En ese instante, el caos encontró su ritmo. No era un desorden aleatorio. Era un redoble marcial, obsesivo, que parecía brotar de las entrañas de la ciudad. Liam, con el dedo pegado al disparador de su Leica, recordó el vinilo que había comprado esa misma mañana en una tienda de discos. La primera pista de War. Sunday Bloody Sunday

Ese redoble de Larry Mullen Jr. no era una invitación al baile, era una advertencia.

- ¡Liam, muévete! -gritó Siobhan, tirando de su chaqueta mientras un grupo de jóvenes empezaba a lanzar adoquines contra el blindado Saracen que avanzaba pesadamente.

Se refugiaron en un portal mientras la calle se convertía en un campo de batalla. Liam sacó el cassette de su bolsillo y lo miró como si buscara respuestas.

- Escucha esto, Siobhan -dijo él, poniéndose uno de los auriculares del Walkman y ofreciéndole el otro-. Es lo que está pasando ahí fuera.

Siobhan escuchó apenas unos segundos. La voz de Bono, herida y urgente clamaba: "I can't believe the news today".

- Es crudo -susurró ella, mientras el eco de los disparos de pelotas de goma puntuaba la canción-. Demasiado real.

- Es que es una crítica directa, Siobhan -explicó Liam, ajustando el enfoque de su cámara hacia un niño que lloraba frente a una pared grafiteada-. Steve Lillywhite, el productor, ha quitado todos los adornos. No hay sintetizadores brillantes ni atmósferas etéreas como en el disco anterior. Aquí el sonido es seco, casi militar. La batería suena como si estuviera grabada en el pasillo de una cárcel. Es un disco que no te deja escapar.

bandera blanca

Siobhan asintió, devolviéndole el auricular.

- "Sunday Bloody Sunday"... -repitió ella-. No es una canción rebelde, Liam. Es una canción de hartazgo. Bono está harto de que los domingos en esta isla se escriban con sangre.

Liam disparó una foto justo cuando una bandera blanca, improvisada con una sábana, se alzaba entre el humo. Era el contraste perfecto: la agresividad del post-punk de U2 contra el deseo desesperado de que todo terminara. El álbum War acababa de ser lanzado, pero en ese rincón de Belfast, parecía que siempre hubiera estado allí, narrando su propia tragedia en tiempo real.

El Reloj del Juicio Final

La noche cayó sobre Falls Road como una manta húmeda. Liam y Siobhan regresaron a su apartamento, un pequeño tercer piso donde el papel pintado se despegaba por la humedad y las ventanas estaban reforzadas con cinta aislante para evitar que estallaran con las ondas expansivas.

Liam dejó su Leica sobre la mesa y encendió el pequeño transistor. No buscaba noticias; buscaba evasión, pero el aire estaba tan cargado que incluso las ondas de radio parecían traer interferencias de misiles y amenazas lejanas. En 1983, el miedo no solo era el IRA o el ejército británico; era el fin del mundo. Reagan y Andropov jugaban al ajedrez con cabezas nucleares, y en Irlanda, nos sentíamos en el medio del tablero.

Siobhan sacó dos cervezas tibias y se sentó en el suelo, frente al tocadiscos donde ahora giraba la cara A de War.

- "Seconds" -dijo Liam, señalando el plato del giradiscos-. Escucha ese bajo de Adam Clayton. Es hipnótico, pero hay algo profundamente inquietante en él.

De repente, unas voces infantiles surgieron de los altavoces, contando hasta diez antes de una explosión imaginaria. Siobhan se estremeció.

- Es una crítica brillante al absurdo nuclear -comentó Liam, mientras limpiaba el objetivo de su cámara—. U2 aquí se aleja del conflicto local de Irlanda para mirar al mundo. Fíjate en cómo la voz de The Edge toma el relevo de Bono al principio. Es un tema que suena casi bailable, con ese ritmo funk-punk, pero la letra te está diciendo que solo hace falta un segundo para que todo desaparezca. "It takes a second to say goodbye".

Liam y Siobhan en casa

- Es lo que sentimos aquí cada vez que salimos de casa, ¿no? -respondió Siobhan con amargura-. Ese segundo entre ver un coche sospechoso y que el mundo salte por los aires.

- Exacto. Por eso el disco es tan cohesivo. No separa la guerra de las trincheras de la guerra de los despachos. En "Seconds", la banda demuestra que han madurado. Ya no solo son chicos de Dublín gritando sus penas; ahora analizan la psicosis colectiva de la década de los 80. La producción es tan minimalista que te obliga a escuchar cada palabra, cada amenaza.

El silencio que siguió a la canción fue roto por el sonido de un helicóptero Lynx sobrevolando su tejado. El haz de luz del buscador barrió el salón, filtrándose por las rendijas de las persianas y dibujando líneas de luz blanca sobre el rostro de Liam.

Siobhan se levantó y apagó la luz. La paranoia de la canción se había materializado en su cuarto. En Belfast, el tiempo no se medía en horas, sino en los segundos de paz que podías robarle al miedo.

La nieve sobre el muro

La helada llegó sin avisar, cubriendo Belfast con un manto blanco que parecía querer ocultar las cicatrices de la ciudad. Las calles, normalmente bulliciosas con gritos y sirenas, estaban extrañamente silenciosas, como si la nieve hubiera amortiguado el conflicto. Pero Liam sabía que la paz era solo una ilusión.

Una tarde, Siobhan regresó al apartamento con el rostro pálido y la mirada tensa. Llevaba un sobre de papel estraza bien sujeto bajo el brazo.

- Tengo que ir al sur -dijo, sin preámbulos, mientras Liam revelaba unas fotografías en el minúsculo cuarto de baño que usaba como cuarto oscuro. El olor a químicos flotaba en el aire. - ¿Al sur? ¿Ahora? Con esta nieve… -Liam salió del baño, secándose las manos en un trapo. - No es un encargo cualquiera. Necesitan que lleve esto a Dublín. Es información.

El sobre. Esas palabras siempre significaban problemas. Liam se acercó al tocadiscos y puso el siguiente tema de War.

El piano melancólico de "New Year's Day" llenó la pequeña sala. La voz de Bono, aunque potente, sonaba a la vez esperanzadora y desesperada.

- Es curioso -dijo Liam, bajando el volumen ligeramente-. Esta canción, "New Year's Day", la compusieron pensando en Lech Walesa y el movimiento Solidaridad en Polonia, después de que impusieran la ley marcial. Querían dar esperanza. Pero aquí, para nosotros, con la nieve y la separación de la isla… suena a otra cosa.

Siobhan se sentó en el alféizar de la ventana, mirando los copos de nieve caer sobre los tejados. - No es solo Polonia -murmuró ella-. Es cualquier lugar donde la gente lucha por la libertad contra un poder que los oprime. La esperanza del año nuevo, ¿sabes? Una nueva oportunidad. Pero aquí, el año nuevo solo significa que seguimos en el mismo lugar, o peor.

Liam se apoyó en el marco de la puerta, observando a su hermana. - Ese bajo constante de Adam Clayton… Es como la marcha de los tanques, pero el piano de The Edge es el lamento. Y la guitarra distorsionada, como el viento helado en un día de enero. Es la canción más melódica del álbum, pero no pierde la tensión de War.

Siobhan se marcha al sur

- "He leído esta mañana en la NME que estos chicos han logrado lo imposible -dijo Liam, señalando la portada de la revista sobre la mesa-. Dicen que han convertido lo que iba a ser una simple canción de amor para Ali, la mujer de Bono, en un himno político que va a retumbar en todo el mundo. Y escuchándola ahora, con esta nieve cayendo... me creo cada palabra."

- Quizás sea eso lo que necesitemos -dijo Siobhan, poniéndose de pie y recogiendo el sobre-. Un himno. O al menos, un viaje que nos recuerde que hay algo más allá de estos muros.

Liam la observó mientras se ponía su abrigo y se ajustaba la bufanda. - Ten cuidado, Siobhan. La nieve no solo oculta los pasos; también esconde las trampas.

Ella le dedicó una sonrisa cansada. - Ya lo sé, hermano. Siempre lo supe.

Y con el eco de "New Year's Day" resonando en la habitación, Siobhan se adentró en la fría noche, la nieve cayendo sin cesar, sus pasos pronto borrados por el nuevo manto blanco.

Sombras en la frontera

El vehículo, ese viejo furgón Ford Transit de color blanco sucio es propiedad de la familia O'Donnell. Lo usaba su padre para transportar chatarra y materiales de los astilleros, y ahora Liam lo utiliza para moverse por las zonas rurales a hacer fotos; huele a gasoil, tiene una abolladura en la puerta del copiloto y la radio a veces solo sintoniza frecuencias de la policía si no golpeas el salpicadero.

Siobhan con el refugiado

Pero en realidad es el vehículo que Siobhan "toma prestado" cuando la causa lo requiere; y en esta ocasión, la causa lo requería.

El viaje hacia el sur era una odisea de controles militares y carreteras secundarias donde el asfalto cedía paso al barro y al hielo. Siobhan no iba sola en el viejo furgón. En la parte trasera, oculto bajo unas mantas de lana sucia, se encontraba un hombre cuyos ojos reflejaban un tipo de miedo que Siobhan conocía bien, pero que hablaba un idioma diferente. Era un joven que había escapado de la guerra en El Salvador, un "invitado" de los canales clandestinos de la iglesia, que Siobhan había recogido para llevárselo al sur; buscaba refugio en una isla que apenas podía refugiarse a sí misma.

Para romper el silencio sepulcral y el miedo del polizón, Siobhan encendió la radio. La cinta que Liam le había grabado empezó a escupir un ritmo tribal, caótico y lleno de percusiones metálicas.

- Es "The Refugee" -susurró Siobhan, mirando por el retrovisor al hombre que temblaba en la penumbra-. El disco se llama War, y esta canción... parece escrita para ti.

El ritmo de la batería de Larry Mullen Jr. en este tema es casi primitivo, una marcha que evoca el desplazamiento forzoso de miles de personas. Mientras el furgón se acercaba a la frontera, Siobhan analizaba el sonido: era la pista más experimental del álbum. La guitarra de The Edge no buscaba la belleza de "New Year's Day", sino que rascaba, molestaba, creaba una atmósfera de urgencia y desorden.

- Mi hermano dice que este tema es la prueba de que U2 no solo mira su propio ombligo irlandés -continuó ella, aunque no sabía si el hombre la entendía-. Critican cómo las potencias juegan con las vidas de los que no tienen nada. "The Refugee" es una bofetada a la indiferencia. Es sucia, es ruidosa y no te pide permiso para sonar. Es el corazón roto de alguien que ha perdido su hogar, ya sea en San Salvador o en Derry.

Al llegar al puesto de control de Newry, el corazón de Siobhan martilleó al mismo ritmo que la batería de la canción. Un soldado británico con el rostro pintado de camuflaje golpeó el cristal con su fusil. Ella bajó la ventanilla, el aire gélido inundó la cabina y la música de U2 siguió sonando, desafiante, desde los altavoces rotos.


El soldado miró el interior, miró el sobre de estraza y luego la mirada firme de la chica. En ese momento, la canción llegó a su clímax de percusión. Fue un segundo eterno, un pulso entre la autoridad y la humanidad, bajo el eco de un disco que estaba redefiniendo lo que significaba ser un refugiado en un mundo en llamas.

El pulso de la sangre

Siobhan consiguió pasar el control de Newry. La suerte, o quizá la distracción del soldado ante la música atronadora, le permitió seguir camino por las carreteras secundarias del condado de Louth. Pero la adrenalina no bajaba. Al contrario, el motor del furgón parecía latir en sincronía con el bajo de Adam Clayton que ahora retumbaba en la cabina.

"Two Hearts Beat As One" inundó el espacio. Es, sin duda, la canción más bailable de War, pero en este contexto, el ritmo no invitaba a la fiesta, sino a la huida.

- ¿Escuchas eso? -le gritó Siobhan al joven oculto atrás, aunque sabía que él no hablaba inglés-. Es el latido de este disco. Todo el mundo piensa que U2 solo sabe dar sermones, pero aquí demuestran que tienen groove. Mi hermano Liam siempre dice que es la respuesta de Dublín al sonido de la Motown, pero pasada por el filtro de la angustia post-punk.

Siobhan pisó el acelerador. El furgón vibraba. La crítica musical que Liam le había soltado tantas veces en el apartamento cobraba sentido ahora: en este tema, la banda suena compacta, agresiva pero melódica. Es una canción de amor, sí, pero un amor de supervivencia, de "nosotros contra el mundo". La voz de Bono sube y baja, desesperada, mientras la guitarra de The Edge hace esos rasgueos funk tan afilados que parecen navajas.

persecución

- "I don't know which way to go" -canturreó Siobhan, siguiendo la letra.

Era irónico. Ella sabía exactamente a dónde iba, pero no sabía si llegaría. El furgón, ese pedazo de metal que era su único refugio, se sentía pequeño frente a la inmensidad de la noche irlandesa. La canción es un motor; es el momento del álbum donde War deja de mirar a las banderas y empieza a mirar a las personas, a los corazones que laten juntos por miedo o por pasión.

De repente, unas luces largas aparecieron en el retrovisor. Un coche oscuro se acercaba a gran velocidad. Siobhan apretó el volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. El pulso de la música y el de su propio corazón eran ahora uno solo.

Sombras en el retrovisor

Siobhan no podía apartar la vista del espejo. Los faros del Vauxhall Senator negro seguían allí, perforando la oscuridad y la lluvia, manteniéndose a una distancia tan precisa que resultaba insultante. No era un conductor agresivo; era un profesional de la vigilancia que la estaba dejando cocerse en su propia paranoia. Cada vez que Siobhan aceleraba en las rectas hacia las montañas de Dublín, la sombra negra replicaba el movimiento sin vacilar. Sabía que si no se libraba de ellos antes de llegar al punto de entrega en Temple Bar, todo el movimiento clandestino quedaría expuesto.

Apretó el volante a la derecha con tanta fuerza que le dolían los tendones. La adrenalina de "Two Hearts Beat As One" había mutado en algo más denso y oscuro, algo que necesitaba otro ritmo. Buscó en la guantera y metió la cinta que Liam le había grabado. El reproductor de cassette se conectó y empezó a sonar el penúltimo corte del álbum.

- "Surrender" -susurró Siobhan, como un mantra, mientras intentaba que su respiración se acompasara al ritmo sinuoso de la canción.

A diferencia de los ataques frontales de la cara A del disco, "Surrender" avanzaba con una elegancia nocturna. Mientras Siobhan maniobraba por curvas cerradas bajo la lluvia, la voz de Bono le hablaba de Sadie, una mujer atrapada en una vida al borde del abismo. "Es una crítica a la asfixia", pensó Siobhan. War no solo trataba de la guerra de trincheras, sino de la guerra contra el miedo constante que ella sentía ahora mismo.

Musicalmente, el tema es una pieza de orfebrería post-punk: la guitarra de The Edge no es un ataque aquí, es un brillo que aparece y desaparece entre las sombras, igual que los faros del coche de inteligencia que la acechaba. Los coros femeninos le daban un aire fantasmal, casi de película noir, elevando la tensión de la huida a algo casi espiritual.

maniobra de escape

En un movimiento desesperado, aprovechando un tramo donde la carretera se hundía bajo un puente de piedra, Siobhan apagó las luces del furgón durante un segundo eterno y giró violentamente hacia un camino de servicio oculto por la maleza de los Wicklow. El Vauxhall Senator, confiado en su trayectoria, pasó de largo a toda velocidad, sus luces rojas perdiéndose en la neblina hacia Glendalough.

Siobhan dejó caer la cabeza sobre el volante. Estaba empapada en sudor frío. La canción seguía sonando: "I'm not defenseless...".

U2 tenía razón en su propuesta estética para este tema: no siempre hace falta gritar para resistir. A veces, la mayor victoria es simplemente saber cuándo desaparecer. Había logrado salvar al refugiado y el sobre estaba a salvo, pero la sensación de ser una pieza en un tablero de ajedrez gigante nunca la abandonaría. La ciudad no se había rendido, pero ella, por esa noche, había conseguido su propia tregua.

Una nueva canción

Habían pasado tres días desde la huida en las montañas. Siobhan había regresado a Belfast bajo una lluvia fina y persistente que parecía querer lavar la sangre y el hollín de las calles. Liam la esperaba en el muelle de Portrush, lejos del bullicio de Falls Road, donde solo el graznido de las gaviotas y el batir de las olas contra las rocas negras rompían el aire.

Se sentaron en el capó del viejo furgón O'Donnell, que ahora descansaba con el motor frío. Liam sacó el pequeño reproductor y pulsó el play por última vez. La última canción de War comenzó a flotar sobre el Atlántico.

- "40" -susurró Liam-. Dicen que la grabaron en los últimos diez minutos de la sesión de grabación, cuando ya no les quedaba tiempo en el estudio. Bono simplemente abrió la Biblia por el Salmo 40 y empezó a cantar.

La música era distinta a todo lo anterior. No había redobles militares, solo una línea de bajo profunda y una guitarra con un delay infinito que parecía perderse en el horizonte.

- Es el final perfecto para un disco llamado Guerra -dijo Siobhan, mirando el sobre de estraza vacío que ahora era solo un papel arrugado en su bolsillo-. Después de toda la rabia de "Sunday Bloody Sunday" y la paranoia de "Seconds", U2 nos deja con una pregunta: "How long to sing this song?". ¿Cuánto tiempo más vamos a estar así, Liam?

relax frente al atlantico

Liam no respondió de inmediato. Sabía que la banda, con este álbum, no pretendía dar soluciones políticas, sino reflejar el cansancio espiritual de una generación. La crítica de la época calificó este cierre como un acto de "fe valiente" en medio del nihilismo post-punk. Mientras los otros grupos cantaban al vacío, estos cuatro chicos de Dublín se atrevían a pedir una "nueva canción".

- Lo triste es que la respuesta a esa pregunta no depende de una canción, Siobhan -respondió Liam finalmente-. Las aspiraciones de Bono son las mismas que las nuestras: poder caminar por la calle sin mirar atrás, que el coche negro del retrovisor sea solo un coche y no una sombra del Estado. Pero la realidad es este cielo gris. El disco termina, pero la guerra sigue ahí fuera.

Se quedaron en silencio mientras la voz de Bono se desvanecía repitiendo la pregunta una y otra vez. Era un final melancólico porque aceptaba la derrota del presente, pero realista porque mantenía la dignidad de la espera. Siobhan se ajustó su bufanda verde y naranja, que ya empezaba a deshilacharse.

Habían sobrevivido a una misión, habían escuchado el rugido de un disco que cambiaría la historia del rock, pero al levantarse del furgón para volver a casa, ambos sabían que mañana volverían a despertarse con el sonido de los helicópteros. La "nueva canción" todavía tendría que esperar.

Epílogo y Reseña

icono radio

Lanzado el 28 de febrero de 1983, War fue el álbum que catapultó a U2 al superestrellato mundial, logrando desbancar al mismísimo Thriller de Michael Jackson del número uno en las listas británicas. 

epilogo war

Fue una anomalía comercial: un disco crudo, sin apenas sintetizadores en plena era del synth-pop, grabado con un presupuesto ajustado y bajo la presión de una banda que se sentía al borde del abismo tras el tibio recibimiento de October.

Con más de 11 millones de copias vendidas, el disco transformó el conflicto irlandés en una preocupación global y estableció el sonido "marcial" de la batería de Larry Mullen y los ecos infinitos de The Edge como marcas registradas. La crítica de la época, aunque inicialmente dividida por la "mesianidad" de Bono, acabó rindiéndose ante la honestidad brutal de su propuesta. Hoy, décadas después, War es considerado el pilar sobre el que se construyó la épica del rock de estadio, un testamento sónico de una era de miedo nuclear y tensiones sociales que, desgraciadamente, nunca termina de sonar anticuado.


La Opinión del Yeyo

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Este maravilloso War de U2, me retrotrae a los años de mi mas tierna juventud. Cuando empezaba a salir con mis amigos de marcha, descubrimos un garito en el Carmen, de Valencia, cuando todavía no era el Carmen que es hoy en día. Ese garito era Calcatta, mi pub de referencia, y mi visita obligada todos los fines de semana. ¡Cuánta música he escuchado en ese local! ¡Y cuantos recuerdos me trae! Sunday Bloody Sunday, la escuché por primera vez allí. Y todos nos volviamos locos. Era la llamada a la pista, era la hora de moverse, de mostrar nuestras energías, nuestros bríos... Era la hora de la juventud.

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Ya no éramos críos, éramos adultos, o eso creíamos. Teníamos una ligera idea de que esta canción reflejaba la complicada situación de Irlanda del norte, y del Ulster, pero esa problemática nos quedaba lejos, la veíamos por la tele, si, pero bastantes problemas teníamos nosotros entonces, como para preocuparnos de los ajenos. Los estudios, el trabajo, la familia, los padres, y luego la modernización española que comenzó con Felipe González, la OTAN, la Unión Europea, ufff, eso era mucho para nuestras, aun verdes, cabezas adultas.

Este disco es uno de esos recuerdos que te marca la vida, que te graba a fuego la fotografía de tu vida en aquellos años en los que disfrutabas de sus canciones. He citado Sunday Bloody Sunday, pero también está New Year’s Day, pedazo de tema, genial, apoteósico, que ha pasado a la historia de la música, del rock, y yo tengo la suerte y el orgullo de poder decir a mis nietos, que esa canción yo la vi nacer. Pero en conjunto el álbum es tremendamente bueno, enérgico, brusco, pero hermoso; si lo escuchas de principio a fin, disfrutas de una experiencia auditiva, sencillamente maravillosa, se te van los pies, te tienes que mover sí o sí. Escuchar esa voz de Bono, esa guitarra de The Edge, realmente deliciosa, la batería de Mullen, tan estruendosa como siempre, o el bajo rítmico de Clayton, me da la vida, me produce una sensación de placer y de satisfacción tal, que forma parte de esos detalles que en pequeñas dosis, conforman la “Felicidad”, tal y como yo la entiendo.

Siempre me ha gustado U2, desde sus primeros inicios, y este War, confirmaba lo grande que era esta banda. Y La Playlist del Yeyo, lo corrobora incluyéndolo en su repertorio. 

Si te consideras admirador y fan de los U2, y tienes curiosidad por saber mas de esta magnífica banda irlandesa, en La Playlist del Yeyo, te propongo una forma original de mostrarte su música, y es disco a disco, y de forma divertida. Aquí tienes los discos de U2 que se incluyen de momento en La Playlist del YeyoBoyThe Unforgettable FireAchtung Baby

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