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Bienvenidos a La Playlist del Yeyo

Bienvenid@ a mi rincón musical del siglo XX. Donde vive la magia.

Si decides navegar por estos mares, pronto descubrirás que me he quedado anclado en el siglo pasado. Y no podría estar más orgulloso. Este pequeño fondeadero, perdido en el vasto océano de internet, es un lugar donde las historias suenan y la música se cuenta. ¿O es al revés? El caso es que en sus publicaciones te narro relatos con banda sonora. ¡O quizá te convierto un disco en narrativa! ¡Bueno, no sé!

Tú decides si vienes por las historias o por las canciones. Este fondeadero abraza ambas cosas. En cualquier caso, aquí se combinan narrativa y buena música. La mejor música del siglo XX.
Publicado marzo 23, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

Radiohead-Pablo Honey

Interpretación visual de Pablo Honey de Radiohead-La Playlist del Yeyo


"Tiene canciones muy bonitas, unas melodías ciertamente atractivas al oído, tienen ese punto de deriva melódica que atrae desde el primer momento; aunque hay que reconocer que no todas son igual de seductoras, también Pablo Honey, tiene cosas algo mas costosas de entender, y que bajan el nivel, y en mi caso, a veces prefiero pasarlas de largo, y cambiar de pista"



Menú de Contenido:

  • 1. La Frecuencia de los Inadaptados (Narrativa)
  • 2. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 3. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

La Frecuencia de los Inadaptados

El ático y el inicio de la noche

Afuera, la ciudad se desangraba en una lluvia fina y persistente que convertía el asfalto en un espejo negro, reflejando las luces de neón de los bares que empezaban a cerrar. Pero a tres pisos de altura, en el último reducto de un edificio industrial que en tiempos mejores había fabricado componentes eléctricos, el ambiente era distinto. Allí arriba, en el ático que servía de cuartel general para la emisora pirata, el aire estaba viciado, una mezcla densa de humo de tabaco barato, café más parecido a achicoria y el olor a ozono que desprendían los equipos electrónicos viejos y sobrecalentados.

Era un espacio diáfano, pero atestado. Las paredes, de ladrillo visto y pintadas de un gris industrial que se desconchaba, estaban cubiertas casi por completo. No había papel pintado, sino una caótica colección de carteles de conciertos, portadas de discos recortadas y fanzines fotocopiados, todo sujeto con chinchetas o cinta americana. Entre el caos, justo encima de la mesa de mezclas, destacaba un adhesivo de vinilo, desgastado pero orgulloso, con el logo de La Playlist del Yeyo. Era el único sello de autoridad en aquel desorden creativo.

El Podcast del Yeyo

Logo Spotify

España

Reino Unido

El centro neurálgico del ático era una mesa de madera contrachapada, curva y maltrecha, que parecía sostener el peso de todo el edificio. Sobre ella, una mesa de mezclas analógica, llena de potenciómetros desgastados y VU meter analógicos que bailaban al ritmo de una música que aún no se emitía. Dos platos de vinilo Technics, un reproductor de cassettes de doble pletina y un micrófono Shure SM7B, montado en un brazo articulado que chirriaba con cada movimiento, completaban el equipo. Una maraña de cables negros y rojos serpenteaba por el suelo como serpientes en celo, desapareciendo detrás de pilas de discos y equipos de transmisión caseros que zumbaban con un tono grave y constante.

Álex estaba sentado en una silla de oficina desvencijada, con los auriculares AKG de estudio, grandes y pesados, descansando sobre su cuello. Tenía veinticinco años, pero la fatiga de las noches en blanco le daba un aspecto más curtido. Vestía una camisa de franela a cuadros, abierta sobre una camiseta negra descolorida. Su mirada estaba fija en la gran ventana que daba a la calle. Las gotas de lluvia resbalaban por el cristal, deformando las luces de la ciudad y creando un patrón hipnótico que encajaba perfectamente con su estado de ánimo.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

En el centro del ventanal, un cartel de neón casero, que Álex había fabricado con tubos flexibles, proyectaba un resplandor amarillento y trémulo sobre la mesa de mezclas. No ponía nada, era solo una forma abstracta que recordaba a un girasol deforme, un guiño visual que él solo entendía. Al lado del plato de vinilo, descansaba una cinta de cassette con una etiqueta manuscrita que ponía: "Radiohead - Pablo Honey. Feb '93".

Álex suspiró, acercó el micrófono a su boca y se colocó los auriculares. Era medianoche. El momento de los inadaptados. El momento de empezar a pinchar.

Perfecto, amigos de La Playlist del Yeyo. Ajustamos los niveles, la luz roja de "On Air" parpadea y la aguja cae sobre el surco. Arrancamos el programa con la energía cruda de 1993—pensaba el presentador mientras se preparaba para la emisión.

Alex en la emisora

Álex acercó el dedo al botón de play del reproductor. Antes de pulsarlo, ajustó el volumen del monitor y habló por el micrófono con esa voz profunda y algo rasgada que solo se consigue tras años de fumar y pocas horas de sueño.

—Bienvenidos a la frecuencia de los que no tienen sitio —dijo, y su voz resonó en los receptores de los pocos coches que patrullaban la ciudad y en las habitaciones de estudiantes insomnes—. Esto es La Playlist del Yeyo, emitiendo desde algún lugar entre la lluvia y el asfalto. Esta noche no vamos a poner lo que os dicta la MTV. Vamos a pinchar un disco que acaba de aterrizar desde Oxford. Se llama Pablo Honey y es el debut de unos tipos llamados Radiohead. Si creéis que el rock ha muerto con el grunge, escuchad esto.

Pulsó el botón. El aire del ático se llenó instantáneamente con el riff de guitarra frenético y casi disonante de "Anyone Can Play Guitar".

Mientras la canción atronaba en los auriculares, Álex cerró los ojos y se dejó llevar por la crítica que ya estaba formulando en su mente. Para él, este tema era una declaración de intenciones. Era punk y grunge a la vez, pero con una capa de ironía británica que lo hacía diferente. "Destruye la guitarra, sé una estrella del rock", decía la letra. Álex sonrió para sus adentros; era una bofetada a la pomposidad de los años 80, una oda al nihilismo de quien sabe que el mundo se está acabando pero decide bailar sobre los escombros.

De repente, una de las líneas telefónicas de la mesa de mezclas se iluminó. Era una luz pequeña, naranja, que parpadeaba con una urgencia que no encajaba con el ritmo de la música. Álex pulsó el botón de la línea privada, aquella que no salía al aire, y mantuvo el micrófono de emisión cerrado.

La Playlist del Yeyo, ¿quién está ahí? —preguntó, bajando el tono.

Al otro lado del cable, solo se oía una respiración agitada y, de fondo, el eco de la propia canción que él estaba pinchando. Después de unos segundos que parecieron eternos, una voz femenina, suave, pero cargada de una tristeza que Álex reconoció al instante, rompió el silencio.

—¿De verdad crees que cualquiera puede tocar la guitarra? —preguntó ella.

Álex se reincorporó en su silla, interesado.

Elena en su cuarto

—Es lo que dice Thom Yorke. Pero creo que lo dice con mala leche. Lo que quiere decir es que cualquiera puede hacer ruido, pero no cualquiera puede transmitir este vacío que siento yo ahora mismo al escucharlos. ¿Cómo te llamas?

—No importa —respondió ella—. Me llamo Elena, si eso te sirve. Escucho tu programa todas las noches porque pareces el único que no intenta venderme que todo va a salir bien. Esa canción... suena a libertad, pero yo me siento en una celda.

Álex miró el VU meter. La canción estaba llegando a su clímax de distorsión.

—Elena, quédate ahí. No cuelgues. Voy a contarte por qué este disco es más importante de lo que parece, y luego, si quieres, me cuentas por qué sientes que tu habitación es una cárcel.

Abrió el micro de nuevo para la audiencia mientras el final caótico de "Anyone Can Play Guitar" se desvanecía en un mar de acoples.

—Acabáis de escuchar la ironía hecha ruido —dijo Álex al aire—. Radiohead nos está diciendo que la fama es una farsa, pero que el ruido es real. Y hablando de realidades... vamos con algo más directo, algo que golpea en el estómago. Se llama "How Do You".

—¿Sabes qué pasa con este tema, Elena? —le susurró Álex por la línea privada mientras el ritmo frenético de la canción llenaba el ambiente—. Es la canción más corta del disco, poco más de dos minutos, pero es pura bilis. Es una crítica feroz a los que se creen superiores, a los que te miran por encima del hombro.

—A mí me miran así todo el tiempo —respondió Elena con un hilo de voz—. En el espejo, sobre todo.

Álex se quedó en silencio un segundo, procesando el peso de esas palabras.

Después se frotó los ojos, sintiendo cómo la cafeína y la voz de Elena empezaban a mezclarse en un cóctel extraño. El ritmo de "How Do You" era un martilleo incesante, una estructura casi mod que recordaba a unos The Jam pasados por el filtro del desánimo de los noventa.

—Elena —dijo Álex, manteniendo la voz baja, casi en un susurro íntimo mientras la batería de Phil Selway golpeaba en los auriculares—, este tema es un ataque frontal. Es Radiohead diciendo: "Sé quién eres y me das asco". Pero me has dicho que tú te miras así en el espejo. ¿Por qué? ¿Qué es lo que ves que te hace querer gritar como lo hace Thom en esta pista?

Alex en plena conversacion

—Veo a alguien que no encaja en las portadas de las revistas que lee mi hermana —respondió ella, y Álex pudo oír el roce de unos dedos contra el auricular del teléfono—. Veo una cara que no tiene ángulos bonitos y un cuerpo que parece sobrar en todas partes. La gente... la gente es cruel, Álex. O peor aún, son indiferentes. Me miran y pasan de largo como si fuera una mancha en la pared. Por eso me gusta tu radio. Aquí soy solo una voz. Aquí no tengo que pedir perdón por mi aspecto.

Álex sintió un nudo en la garganta. Miró el cartel de La Playlist del Yeyo en la pared; aquel rincón del ático era, efectivamente, un refugio donde la estética no importaba, solo la vibración del aire. Y la música.

—Escucha, Elena. Este disco, Pablo Honey, fue apaleado por la crítica al principio. Decían que eran unos niños de Oxford jugando a ser Nirvana. Pero es precisamente esa falta de pulido, esa honestidad algo sucia, lo que lo hace real. La belleza perfecta es aburrida, es una mentira de plástico. Lo que importa es el cable que conecta lo que sientes con lo que dices.

Abrió el micro de nuevo, cortando la línea privada para dirigirse a la ciudad.

—Acabamos de despachar la rabia de "How Do You". Una bofetada de realidad de apenas dos minutos y doce segundos. Pero la vida no es solo gritar a los que nos odian; a veces es reconocer que estamos atados a algo que nos hace daño. Hay un cordón que nos une a nuestros miedos, y a veces, solo queremos cortarlo. Esto es "Ripcord".

Mientras la guitarra de Jonny Greenwood lanzaba esos acordes punzantes, Álex volvió a la línea privada.

—¿Alguna vez has sentido que estás cayendo y que el paracaídas no se abre, Elena? De eso trata esta canción. Es la ansiedad de los veinte años concentrada en tres minutos.

—Todas las mañanas al despertar —dijo ella, con una risa amarga—. Siento que el "cordón de apertura" se ha quedado en la mano de otra persona. Que no tengo el control.

—Nadie lo tiene —replicó Álex con firmeza—. Ni siquiera estos tíos de Oxford lo tenían cuando grabaron esto. Estaban asustados, perdidos, intentando encontrar un sonido en medio del ruido. Pero fíjate en la estructura: es directa, sin pretensiones. A veces, para sobrevivir, solo hay que seguir tocando, aunque creas que te vas a estrellar contra el suelo.

El momento acústico y la belleza desnuda

Álex quiso mirar la foto que Elena le había descrito indirectamente. Aunque no la estaba viendo, la atmósfera que ella creaba con su voz se materializaba en el ático de la emisora. Podía imaginarla en su desorden, aferrada a ese teléfono como si fuera su último salvavidas, con el espejo cubierto para no tener que enfrentarse a su propio juicio.

Era el momento de bajar las revoluciones. La rabia punk y la distorsión ya habían cumplido su función. Ahora tocaba hablar de lo que queda cuando te quitan la coraza.

—Acabáis de escuchar el estruendo de "Ripcord", el deseo de cortar amarras con la realidad —dijo Álex al aire, con una voz mucho más suave, casi íntima—. Pero a veces, la soledad no se grita. A veces se susurra. Y este disco tiene un momento que es una joya oculta de vulnerabilidad pura. Es Radiohead sin defensas. Solo una guitarra acústica y una voz que se quiebra. Esto es "Thinking About You".

Álex volvió inmediatamente a la línea privada. El silencio al otro lado era total, Elena parecía contener la respiración.

—Elena —dijo Álex, manteniendo el tono más bajo de la noche—, ¿sabes qué es lo más hermoso de esta canción? No es la letra, ni la melodía. Es el hecho de que no es perfecta. Se oye el roce de los dedos en las cuerdas de la guitarra, la voz de Thom Yorke no está procesada por ningún efecto de estudio. Está desnuda. Es como si él estuviera en tu habitación, cantando solo para ti, sin importar cómo vayas vestida o qué cara pongas.

—Ojalá —susurró ella, y Álex pudo oír el sonido de sus lágrimas—. Me siento tan sola, Álex. Me siento tan ridícula llorando por una canción en la radio.

—No hay nada ridículo en ello, Elena. No es por la canción; es por la honestidad. Nos pasamos la vida fingiendo ser más fuertes, más guapos, más felices de lo que somos. Lo que te pasa a ti, me pasa a mí, y le pasa a todos los inadaptados que nos están escuchando ahora mismo. Lo que te pasa a ti es lo que le pasa a este disco: es real. La imperfección es lo único que nos hace humanos.

Álex se detuvo un segundo. Sabía que se estaba jugando algo más que el programa.

—Elena, quiero pedirte un favor. Para. Solo para. Deja de juzgarte por un segundo. No necesitas ser una modelo en una revista para ser importante. Eres importante porque estás aquí, porque sientes, porque eres capaz de emocionarte con este sonido que estamos compartiendo en la oscuridad. Eres importante porque existes. Y para mí, eres "You". Eres la razón por la que hago esto.

Miró el VU meter. La canción acústica estaba llegando a su fin. Era el momento de dar el paso final.

—Elena, quédate ahí. No cuelgues. Voy a contarte cómo un grupo de inadaptados de Oxford le gritaron al mundo que ellos también existían.

Álex sintió que el aire en el ático se volvía eléctrico. La confesión de Elena había roto la última barrera. Ya no era un locutor hablando con una oyente; eran dos náufragos compartiendo una balsa hecha de ondas de radio.

—Escuchad bien esto —dijo Álex al aire, con una determinación que no había mostrado en toda la noche—. A veces, para que te vean, tienes que gritar. No desde el odio, sino desde la pura necesidad de existir. Este tema abre el disco, pero esta noche, es el puente que nos une a todos los que nos sentimos invisibles.

Pulsó el botón y el ático vibró con el inicio hipnótico y circular de "You".

—¿Oyes eso, Elena? —le dijo por la línea privada, casi con urgencia—. Es un ritmo de 6/8 que se siente desequilibrado, como si fuera a tropezar en cualquier momento, pero no lo hace. Así es como nos sentimos, ¿verdad? Caminando por la cuerda floja. Pero escucha la voz... escucha cómo Thom Yorke sube y sube hasta ese grito final que parece que le va a desgarrar la garganta.

—Es aterrador —susurró Elena, y Álex notó que su voz ya no sonaba quebrada, sino extrañamente calmada—. Pero es un terror hermoso. Como si él estuviera gritando por mí.

—Exacto. Él grita para que tú no tengas que hacerlo. Ese grito es la prueba de que el dolor, cuando se convierte en arte, deja de ser una carga para convertirse en una bandera. Elena, prométeme algo. Mañana, cuando te mires en ese espejo, no vas a ver a la chica que describen tus miedos. Vas a ver a la chica que ha sido capaz de conectar con este ruido en mitad de la noche. Vas a ver a alguien que es real.

Se hizo un silencio al otro lado. Solo la distorsión final de "You" llenaba el espacio. Entonces, ella habló con una voz firme que Álex no le conocía.

📊 DATOS CLAVE:Publicado el 22 de febrero de 1993 bajo el sello EMI/Parlophone | Alcanzó el puesto 22 en las listas del Reino Unido y el 32 en el Billboard 200 de EE. UU. gracias al fenómeno global de "Creep" | Disco de Platino en EE. UU., Reino Unido y Canadá con más de 1.5 millones de copias vendidas solo en territorio estadounidense | La producción a cargo de Sean Slade y Paul Q. Kolderie se centró en capturar el sonido crudo de las actuaciones en directo de la banda en Oxford.

—Álex... ¿Dónde estáis? ¿Dónde está el ático?

Álex sonrió por primera vez en toda la noche. Le dio la dirección. No era solo una invitación a una emisora pirata; era una invitación a salir de la oscuridad.

El himno de los raros

La ciudad parecía haberse detenido. La lluvia seguía cayendo, pero ahora el resplandor de las luces sobre el asfalto tenía un matiz distinto, casi mágico. Álex sabía que solo le quedaba una bala en el cargador. El disco estaba llegando a su fin y su turno también.

—Son las tres de la mañana —dijo al micro, con una calma solemne—. Hemos recorrido el ruido, la rabia, la soledad y el miedo. Pero no podemos irnos sin la canción que lo cambió todo. A veces, el éxito es una maldición, y para Radiohead, este tema fue una losa de la que tardaron años en liberarse. Pero esta noche, no es una losa. Es nuestra verdad.

Miró la puerta del ático por el rabillo del ojo mientras los primeros acordes de la guitarra y el arpegio melancólico empezaban a sonar. "Creep"

—Mucha gente dice que esta canción es sobre el autodesprecio —comentó Álex para sus oyentes, mientras el bajo de Colin Greenwood entraba con suavidad—. Pero se equivocan. Es sobre el anhelo. Es sobre desear ser especial, desear ser perfecto para alguien que brilla tanto que te deslumbra. Pero la verdad, la jodida verdad que nos enseña el Pablo Honey, es que no necesitamos ser especiales para los demás. Solo necesitamos ser reales para nosotros mismos.

De repente, el crujido mecánico de la distorsión de Jonny Greenwood —ese legendario chunk-chunk antes del estribillo— estalló en los altavoces. En ese mismo instante, la puerta metálica del ático se abrió con un quejido.

Elena estaba allí.

Elena y Alex juntos

Llevaba una chaqueta de lana grande, el pelo húmedo por la lluvia y los ojos rojos de haber llorado. No era la chica de las revistas, no. Era mejor. Tenía una luz en la mirada que ninguna cámara podría captar jamás. Álex se quitó los auriculares, dejando que la música llenara la habitación sin filtros.

Se miraron mientras el estribillo de "Creep" explotaba: "I'm a creep, I'm a weirdo...".

Álex se acercó a ella, sin dejar de mirarla. Elena bajó la cabeza un segundo, pero él le tomó la barbilla suavemente, obligándola a ver el reflejo de la radio, el reflejo de La Playlist del Yeyo y, finalmente, su propio reflejo en los ojos de él.

—Te lo dije —susurró Álex fuera de micro, mientras la canción llegaba a su fase final de piano y calma—. Eres jodidamente especial.

Elena sonrió. No era la sonrisa pulida de un anuncio: era la chispa viva de alguien que acaba de ganar su propia batalla. Y mientras la noche seguía rodando afuera, indiferente y húmeda, dentro de aquel ático industrial dos raros sintonizados en la misma onda acababan de encontrarse en la frecuencia exacta.

Epílogo y Reseña

icono radio

Para entender lo que supuso la irrupción de Pablo Honey el 22 de febrero de 1993, hay que situarse en el ojo del huracán de una industria musical que buscaba desesperadamente al "Nirvana británico". Bajo la producción de Sean Slade y Paul Q. Kolderie, Radiohead entregó un trabajo que, si bien hoy se ve como el peldaño más convencional de su carrera, en su momento fue un puñetazo de honestidad brutal. El álbum no fue un éxito instantáneo en su tierra natal, debutando discretamente en el puesto 22 de las listas del Reino Unido, pero su destino cambió cuando una emisora de radio en Israel empezó a pinchar "Creep" sin descanso. Aquella chispa saltó a la costa oeste de Estados Unidos y, de repente, la banda de Oxford se encontró en el número 32 del Billboard 200, logrando una certificación de Platino en EE. UU. con más de 1.5 millones de copias vendidas, una cifra que hoy supera los 3 millones a nivel mundial sumando los mercados de Canadá y Europa.

epilogo Pablo Honey

Hablar de este disco es, inevitablemente, hablar de "Creep". La canción estrella, que nació de una frustración real de Thom Yorke tras ser rechazado por una chica en la universidad, es un prodigio de dinámica musical: el contraste entre los versos limpios y el estallido de distorsión de la guitarra de Jonny Greenwood —esos dos golpes de ruido seco antes del estribillo que intentaban, originalmente, estropear la canción porque Jonny la odiaba— se convirtió en el sello de identidad de una generación. Aunque la crítica de 1993 fue despiadada, tildándolos de "cobardes" o "copias de segunda mano de los Pixies", el tiempo ha dictado una sentencia muy distinta. Hoy, "Creep" cuenta con más de 2.000 millones de reproducciones en plataformas digitales, consolidándose como uno de los himnos definitivos del rock alternativo.

La prensa especializada, que en su día calificó el álbum con tibieza (la revista NME le dio un 7/10 y Rolling Stone fue aún más escéptica), reconoce ahora en Pablo Honey la semilla de la genialidad. No es solo un disco de "grunge británico"; es el lugar donde escuchamos por primera vez la voz de un Yorke capaz de alcanzar falsetes imposibles y la química de una banda que, a pesar de la presión por repetir la fórmula de su hit, decidió evolucionar hacia la experimentación absoluta. Es el disco que permitió que existiera The Bends y OK Computer. Pasadas tres décadas, sigue siendo el refugio perfecto para los inadaptados, un recordatorio de que incluso el grupo más sofisticado del planeta empezó con tres guitarras, mucha rabia y el deseo desesperado de ser especial para alguien.

La Opinión del Yeyo

logo opinion

Para muchísima gente, hablar de Radiohead, es hablar de Creep, una de las canciones mas escuchadas y valoradas en las plataformas musicales a lo largo de este siglo XXI. Y la verdad, no le quito ni un ápice de razón, porque la realidad es así. Pero por lo que respecta a este álbum, Pablo Honey, es algo más que eso. Tiene canciones muy bonitas, unas melodías ciertamente atractivas al oído, tienen ese punto de deriva melódica que atrae desde el primer momento; aunque hay que reconocer que no todas son igual de seductoras, también Pablo Honey, tiene cosas algo mas costosas de entender, y que bajan el nivel, y en mi caso, a veces prefiero pasarlas de largo, y cambiar de pista.

opinion yeyo

En cuanto a su estilo, yo los tengo como una mezcla de grunge, que es de donde beben estos tíos su rock mas desganado, y también de punk, por lo básico de algunas composiciones, porque suenan eléctricos, básicos, son sota caballo y rey, guitarra, bajo y batería, y una velocidad vertiginosa, que les acerca mucho al punk, o al menos eso creo yo. Hay que tener en cuenta que es el disco debut de los Radiohead, y todavía no han tenido tiempo de encontrar su base, y su estilo; apuntan maneras, pero aun les falta. Pero curiosamente, su canción Creep, les hace mundialmente famosos, y les desvirtúa su álbum, que solo parece tener una canción válida. Y no es así. Invito a todo el mundo a que lo redescubra, que seguro que va a encontrar algunas joyas ocultas, que merecen mucho la pena.

Yo lo descubrí al poco de salir publicado, y lógicamente, como todo el mundo, me dejé arrastrar por la increíble fuerza y belleza de Creep. Digo arrastrar, porque fue como un tsunami, se escuchaba por todas partes; es de esas canciones que no te cansas de oírlas por lo buenas que son, por que es lo que te apetece oír; tiene ese punto de dureza justo, y ese equilibrio entre la tranquilidad que transmite en algunas fases de la canción, y la crudeza de sus guitarras distorsionadas que te vuelven loco y te animan a gritar de rabia. Es el mas puro grunge, la desesperación, la rabia contenida, y la única forma de desahogarse de aquella juventud de los 90, a la que yo pertenecí, aunque fuera en sus primeros años.

La Playlist del Yeyo, incluye este álbum de Radiohead, en su repertorio, pero no será el último de esta banda británica, pues lo que se viene aun será mejor. De momento este es el botón de muestra. La cosa promete.

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Publicado marzo 16, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

REM-Green

Interpretación visual de Green de R.E.M.-La Playlist del Yeyo


"este Green, ya se le van viendo hechuras, cositas, la mandolina, por ejemplo, la luz de algunas canciones, temas como Orange Crush, o Stand; y como todo proceso de cambio, pues también quedan temas mas clásicos y representativos de la idiosincrasia anterior de los REM, como es el caso de World Leader Pretend, o algún tema algo pesado, pero de mucha calidad, como es I Remember California"



Menú de Contenido:

  • 1. El color del tiempo (Narrativa)
  • 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

El Color del Tiempo

En el trastero de Julián el tiempo se había estancado. Tenía un aroma muy peculiar, una mezcla de cartón húmedo, naftalina y ese polvo grisáceo que, al ser perturbado por el haz de luz de la linterna, danzaba en el aire como partículas de una galaxia muerta. Julián tosió, sintiendo el cosquilleo en la garganta. Estaba buscando una caja de herramientas, pero el destino, que siempre tiene un sentido del humor retorcido, puso bajo su mano una vieja caja de zapatos de la marca Paredes.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

Al abrirla, una exhalación de nostalgia le golpeó el pecho. Allí, entre un llavero de un pub que ya no existía y un mechero Clipper sin gas, descansaba una cinta de cassette. La etiqueta, amarillenta y escrita con una caligrafía nerviosa, rezaba: R.E.M. – GREEN. Debajo, en un recordatorio que imponía respeto, decía: "Propiedad de Jose. No tocar".

Julián sonrió. Recordó a Jose, con su pelo siempre revuelto y su capacidad infinita para liar cigarrillos que olían a algo mucho más dulce y resinoso que el tabaco de estanco. Sus porros crearon escuela. Cerró los ojos y, de repente, el trastero desapareció. Como si fuera un agujero de gusano, que atraviesa el Yeyo, cuando viaja en el Delorean, a cualquier lugar en el tiempo.

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España

Reino Unido

El Piso de la Calle del Desorden (1989)

El piso de estudiantes era un ecosistema en sí mismo. Las paredes del salón, que alguna vez fueron blancas, lucían ahora un tono crema nicotina. En la mesa del comedor nunca se comía; era el santuario donde Jose acumulaba cintas de casete, ceniceros desbordados y el viejo radiocasete Sanyo que era el corazón latente de la casa. El aire estaba cargado, denso por el humo de los porros de Jose que flotaba en suspensión, mezclándose con el olor a fritura de la cocina vecina y ese desorden masculino, casi geológico, de ropa amontonada en las sillas y platos con restos de pasta reseca.

el piso de los desubicados

Julián estaba sentado en el borde del sofá desvencijado, con un ejemplar de “Segunda Mano”, abierto por las páginas de empleo. El rotulador rojo apenas tenía tinta, pero seguía rodeando ofertas que parecían espejismos. Había dejado la comodidad de la casa de sus padres por Elena, por esa sensación de que el mundo se le quedaba pequeño, pero ahora, sin un duro y con el alquiler acechando, el mundo se sentía demasiado grande y frío.

—Tío, deja de estresarte con el periódico —dijo Jose, apareciendo desde la cocina con una nube de humo dulce escoltándolo—. Escucha esto. Es lo nuevo de R.E.M. Han dejado de ser unos oscuros de Athens para dar un puñetazo en la mesa. Se llama Green, pero la portada es naranja. Son unos genios del despiste.

Jose pulsó el botón de la pletina. El siseo previo de la cinta duró un segundo antes de que el primer acorde de "Pop Song 89" inundara la habitación, peleando por espacio entre el desorden y la incertidumbre. Julián escuchó la letra sobre el tiempo y el gobierno, y por un momento, la presión en su pecho aflojó. Había algo en la voz de Michael Stipe que le decía que no era el único que se sentía perdido en una conversación que no sabía cómo continuar.

La Llamada que no llega

Elena se sentó en el brazo del sofá, pasando una mano por el hombro de Julián. El contacto fue un bálsamo, pero Julián no pudo evitar encogerse un poco. Le pesaba el orgullo. Estaba allí, en un piso que olía a incienso barato y hachís, viviendo de los ahorros de ella mientras él se dedicaba a rodear con rojo promesas de sueldos mínimos en el periódico.

—He traído algo de cena —dijo ella suavemente, intentando romper el silencio que se tragaba la habitación cada vez que una canción terminaba—. Solo es algo de pasta, pero Jose dice que tiene una botella de vino que le regaló su padre.

desubicados y Elena

Jose, desde la penumbra de su rincón, asintió sin dejar de mirar el radiocassette. Pulsó el botón para que la cinta avanzara hasta el corte 5. El sonido de un teclado sombrío y una batería marcial empezó a retumbar. Era "World Leader Pretend".

—Esta canción es para ti, Julián —soltó Jose con una sonrisa cínica mientras exhalaba una nube de humo—. "I sit at my table and wage war on myself". Eso es lo que estás haciendo. Te crees el líder de un mundo que solo existe en tu cabeza mientras el mundo real te da la espalda. R.E.M. lo clavó aquí: es el primer tema del disco donde Stipe deja que leamos sus letras en el libreto. Ya no hay misterios, solo la cruda realidad de alguien que intenta gobernarse a sí mismo en medio del caos.

Julián escuchó la letra con una punzada en el estómago. "Esta es mi mesa, y esta es mi silla". Se sintió exactamente así: un gobernante de una silla desvencijada y una mesa llena de ceniza.

El Despertar de la Constancia

Los días pasaban como fotogramas de una película en blanco y negro. Julián se levantaba cada mañana con el sonido de la persiana metálica del local de abajo. Su ritual era siempre el mismo: un café amargo, la cinta de Jose ya puesta en el cassette y esa sensación de que el tiempo se le escapaba entre los dedos.

Pero un martes, algo cambió. Elena lo encontró en la cocina, limpiando las tazas acumuladas de tres días. Julián tenía la mandíbula apretada.

Julian y Elena en la cocina

—No voy a volver a casa de mis padres, Elena. Me da igual que Jose diga que soy un "líder de mentira". Voy a encontrar algo. Mañana voy a ir empresa por empresa, aunque sea para barrer los talleres.

En ese momento, desde el salón, el volumen del cassette subió de golpe. Jose había puesto "Get Up". La canción entró con ese ritmo saltarín, casi infantil pero urgente, con esos despertadores que suenan en mitad del tema.

—¡Escucha eso, Julián! —gritó Jose desde el pasillo—. "Dreams they complicate my life". ¡Deja de soñar y levántate! Si Michael Stipe dice que te levantes, tú te levantas.

Julián se rió por primera vez en una semana. El optimismo, ese que llevaba en el ADN, empezó a ganarle la partida a la melancolía del humo de Jose.

El Desembarco

A la mañana siguiente, Julián no esperó a que el sol terminara de desperezarse. Se vistió con la única camisa que Elena había planchado con esmero sobre la mesa de la cocina. Mientras se anudaba los cordones de las botas, Jose apareció por el pasillo, arrastrando los pies y con los ojos rojos de la noche anterior. Sin decir una palabra, se acercó al radiocasete y pulsó el play.

Esta vez no hubo introducciones. El ritmo de "Stand" llenó el salón, con ese aire de marcha optimista, casi desafiante.

—Si te vas a poner en pie, hazlo de verdad —murmuró Jose antes de volver a la cocina a por café.

Julián salió a la calle. Hacía frío, un frío seco que le cortaba la cara, pero la canción seguía martilleando en su cabeza: "Stand in the place where you live...". Aquel día recorrió tres polígonos industriales. En el primero le dijeron que no necesitaban a nadie; en el segundo, ni siquiera le dejaron pasar de la garita. Pero en el tercero, una pequeña empresa de suministros eléctricos, el dueño lo miró de arriba abajo.

—No tengo nada de oficina, chaval. Solo necesito a alguien que cargue furgonetas y mantenga el almacén sin que parezca que ha estallado una bomba —dijo el hombre, un tipo rudo con olor a tabaco de pipa.

—Soy su hombre —respondió Julián sin pestañear.

📊 DATOS CLAVE:Publicado 7 de Noviembre de 1988 | Doble platino en EE.UU. con más de 4 millones de copias vendidas a nivel mundial | Alcanzó el puesto #12 en el Billboard 200 y #6 en las listas del Reino Unido | Singles clave: "Orange Crush", "Stand" y "Pop Song 89" | Curiosidad: La banda cambió sus instrumentos habituales en varias canciones (Bill Berry al bajo, Peter Buck a la mandolina) para forzar una creatividad diferente durante la grabación.

El Sabor del Polvo

Las primeras semanas fueron un infierno de agujetas y polvo. El almacén era un lugar lúgubre, pero para Julián era el palacio que iba a pagar su libertad. Cada tarde regresaba al piso compartido con la espalda molida, pero con una sonrisa que Jose no terminaba de entender.

Un jueves de calor inusual, Julián llegó a casa y encontró a Jose con la mirada perdida, escuchando "Orange Crush" a un volumen que hacía vibrar los cristales. El sonido de los helicópteros que abre la canción parecía sobrevolar el salón desordenado.

—¿Sabes qué? —dijo Julián, tirando las llaves sobre la mesa llena de ceniza—. Me han dado un adelanto. El mes que viene, Elena y yo buscamos un estudio. Para nosotros solos.

Jose lo miró y, por primera vez, apagó el cigarrillo antes de terminarlo.

—Te vas, ¿eh? Te vas del mundo de los líderes de mentira.

—Me voy al mundo real, Jose. Donde las cosas se tocan.

La Despedida

La última noche en el piso tuvo un sabor agridulce. Las cajas de cartón estaban apiladas junto a la puerta. El olor a porro de Jose parecía más tenue, o quizás era Julián el que ya se estaba despidiendo de él. Elena estaba sentada en el suelo, envolviendo los pocos platos que tenían en papel de periódico.

De fondo, la cinta seguía avanzando. Sonaba "Hairshirt", con esa mandolina melancólica que parecía llorar por los días de incertidumbre que se quedaban entre aquellas paredes nicotínicas.

—¿Te vas a llevar la cinta? —preguntó Jose desde el marco de la puerta.

—No, es tuya. Quédatela. Siempre que escuche a R.E.M. me acordaré de este salón —respondió Julián, dándole un abrazo a su amigo.

—Suerte, Julián. Has tenido más temple del que yo creía. Después, en un sigiloso movimiento, deslizó la cinta en el bolsillo de la chaqueta de Julián, sin que este se diera cuenta.

El sonido de lo que no tiene Nombre

el nuevo comienzo

Treinta años después, en la penumbra del trastero, Julián soltó la cinta de cassette. El plástico crujió levemente entre sus dedos. Aquel pequeño apartamento de la pizza en el suelo, el estudio donde Elena y él empezaron todo, ya no existía; al menos no para ellos. La vida, con su inercia imparable, se lo había llevado por delante: las mudanzas, los empleos que vinieron después, las risas que se fueron apagando, el silencio que terminó por instalarse entre los dos, y el desamor.

Elena ya no estaba en su presente. A veces, la felicidad no es un destino donde uno se queda a vivir para siempre, sino una serie de estaciones por las que pasamos.

Julián insertó la cinta en una vieja grabadora que aún funcionaba y pulsó el play. No se dio cuenta de que estaba casi acabando, y la puso para que terminara. Y entonces, casi con timidez, empezó a sonar "Untitled". Esa batería constante, ese aire de despedida optimista pero bañada en una melancolía que te aprieta la garganta.

—"I've got a lot to learn..." —susurró Julián, siguiendo la letra de Stipe.

Se dio cuenta de que la felicidad no había sido el gran contrato, ni la casa propia, ni siquiera el final feliz de cuento de hadas que todos nos venden. La felicidad fue aquel desorden en el piso de Jose. Fue el olor a porro y café malo. Fue la mano de Elena sobre su hombro cuando no tenía nada que ofrecerle excepto un periódico marcado con rojo. Fue, en definitiva, el valor de haberlo intentado.

La felicidad es el rastro que dejan esos pequeños logros: el día que conseguiste cargar la primera furgoneta, la primera noche que no tuviste miedo al futuro. Son momentos sin título, como la canción, que no necesitan etiquetas para ser reales.

Julián apagó la grabadora. El polvo seguía bailando en el haz de luz de su trastero. Sonrió, guardó la cinta en la caja y cerró la puerta. Ya no le dolía el pasado, porque ahora comprendía que cada nota de aquel álbum verde había sido un peldaño necesario para llegar a ser el hombre que, en paz, caminaba ahora hacia la luz del pasillo.

Epílogo y Reseña

icono radio

El 7 de noviembre de 1988, mientras Estados Unidos elegía a George H.W. Bush como presidente, R.E.M. publicaba Green, un álbum que funcionaba como un manifiesto de independencia en mitad de un contrato millonario. Tras años siendo los abanderados del underground en el sello independiente I.R.S., su salto a Warner Bros. fue visto por los puristas como una traición, pero el grupo respondió con un disco que era, a la vez, su trabajo más accesible y uno de los más experimentales. Grabado en los estudios Ardent de Memphis, el álbum capturó un momento en el que la banda decidió "forzar" su creatividad intercambiando instrumentos: Bill Berry pasó al bajo y Peter Buck se obsesionó con la mandolina, un giro que más tarde daría frutos mundiales con "Losing My Religion".

epilogo green

En su lanzamiento, Green fue una explosión comercial necesaria. En Estados Unidos, el álbum alcanzó el puesto número 12 del Billboard 200, mientras que en el Reino Unido logró entrar con fuerza en el Top 15, consolidando su estatus de estrellas globales. El disco no tardó en certificar el Doble Platino en EE. UU., superando los dos millones de copias vendidas solo en su país de origen, y alcanzando cifras que hoy superan los 4 millones a nivel mundial. Singles como "Stand" se convirtieron en himnos de radio, llegando al número 6 del Billboard Hot 100, mientras que "Orange Crush" dominó las listas de Mainstream Rock Tracks durante semanas. La crítica de la época, aunque inicialmente desconcertada por el brillo pop de temas como "Pop Song 89", terminó por rendirse ante la profundidad de piezas como "World Leader Pretend", la primera canción en la que Michael Stipe permitió que se imprimieran las letras en el libreto, rompiendo un hermetismo de años. Con el paso de las décadas, la crítica actual ha revalorizado Green no solo como un éxito de ventas, sino como el puente perfecto; el momento exacto en que el rock universitario aprendió a hablar el lenguaje de los estadios sin perder su alma crítica, ecológica y profundamente humana. Es, en esencia, el disco donde R.E.M. dejó de ser un secreto para convertirse en la voz de una generación.

La Opinión del Yeyo

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Este álbum, Green de los REM, es uno de esos discos que influyen en tu vida, de una manera crucial. Es de esos discos que se recuerdan por siempre, por la importancia que tuvieron en tu vida, y los recuerdos tan potentes que te trae cuando lo escuchas. Si a eso le añades que su contenido es brutal, el resultado es más que increíble. Alucinante.

A mi me pilló la publicación de este álbum, muy “verde”. Tenía 23 años, pero empezaba a afrontar la vida en esos instantes. No había trabajado nunca, no estaba preparado para afrontar la vida, pero tuve la suerte de que hubo una “Elena”, en mi vida que me ayudó mucho. Viví durante un curso escolar en un piso de estudiantes, y en ese piso, tenía un compañero, Jose, que era muy alternativo, y la música que le gustaba era bastante acorde con su estilo de vida, de vestir, y en general, de todo. Me cayó bien al instante. Le gustaban los Violent Femmes, y sonaban a todas horas, y acabé acostumbrándome a ellos y disfrutando de esas canciones tan “raras”, para la época. Pero el gran descubrimiento, el que ha afectado a mi vida de una manera tan brutal, fue Green.

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Fue lo primero que escuché de REM, concretamente una joya que está incluida en el Joyero del Yeyo, Get Up. Es una de esas canciones que me marcaron esa época, y me reviven con todo lujo de detalle, momentos concretos de esos tiempos, que los recuerdo con el corazón, y los llevo bien metidos en mi disco duro, como si fueran archivos de sistema.

Fue un primer contacto con la música alternativa, esa música que en aquellos tiempos, me parecía muy extraña, muy distante, y cuando la escuchaba, lo hacía con prejuicios y gestos de desagrado, por lo diferentes que sonaban por aquel entonces. Pero esos prejuicios desaparecieron pronto. Empecé a conectar con esa música, Green me aportaba una buena cantidad de muestras de que tampoco estaba tan mal. Incluso me llegué a quedar prendado de ese disco. Tanto, que pocos años después me hice de una tacada con toda la discografía de REM. Y me enamoré de esta banda. Ya no me parecía tan alternativa. La disfrutaba tanto como cualquier otro de The Cure, The Chameleons, o los Psychedelic Furs, por poner algunos ejemplos.

En cuanto al disco en sí, me parece un nuevo paso de la banda hacia un destino que era el reconocimiento mundial, que les vendría con Out of Time. En este Green, ya se le van viendo hechuras, cositas, la mandolina, por ejemplo, la luz de algunas canciones, temas como Orange Crush, o Stand; y como todo proceso de cambio, pues también quedan temas mas clásicos y representativos de la idiosincrasia anterior de los REM, como es el caso de World Leader Pretend, o algún tema algo pesado, pero de mucha calidad, como es I Remember California. No quiero decir que la música anterior de REM, fuera mala, en absoluto, tiene algunos discos previos a este, que son buenísimos, aunque otros no tanto, pero es cuestión de gustos.

Pero todo el álbum en su conjunto es un compendio de buena música, buen rock, y una buena manera de anticipar el rock de los año 90, que al menos a mí, me dio la pista sobre lo que sería la música en los años siguientes.

La Playlist del Yeyo contiene, y seguirá incluyendo en su repertorio, música de esta maravillosa banda. REM, con este álbum, Green, es una de mis favoritas en este siglo XX, y así lo comprobarás si sigues este blog, y lo lees con asiduidad. 

Si te consideras admirador, fan o simplemente quieres entretenerte un poco más con este maravilloso grupo americano, te propongo que le eches un vistazo a estos nuevos post de La Playlist del Yeyo, que versan sobre algunos discos de los geniales REM, como por ejemplo, Out Of Time, Document

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Visita las fichas exclusivas de mis joyas musicales en: El Joyero del Yeyo

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Publicado marzo 09, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

David Bowie-Hunky Dory

Interpretación visual de Hunky Dory de David Bowie-La Playlist del Yeyo


"Me encanta y me llama poderosamente la atención, ese espectacular piano, con el que nos deleita Rick Wakeman, que casi diría que es la mitad del sonido del disco, pues se lleva buena parte del protagonismo. Pero sería injusto no citar al guitarra de la banda, Mike Ronson, que aporta casi la otra mitad del sonido de Bowie, sobre todo en esa genial Queen Bitch, en la que se inventa un riff seco y cortante, pero de terciopelo. Es como si estuviera de mala leche cuando lo toca, pero sobrado de clase"



Menú de Contenido:

  • 1. Los Impostores (Narrativa)
  • 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

LOS IMPOSTORES

Nueva York en enero del 72 no era una ciudad normal, era un animal herido que respiraba vapor por las alcantarillas. Se respiraba olor a gasoil, a perritos calientes de dos días y a ese aroma metálico que precede a la nieve. En la calle 47 Este, el portal de la Silver Factory era una excepción a la realidad. Al cruzar el umbral y subir en aquel ascensor destartalado, el olor cambiaba bruscamente: allí arriba el mundo olía a pintura de aerosol, a laca para el pelo de marca barata, a marihuana dulce y al sudor frío de quienes están dispuestos a todo por un destello de gloria.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

Julian ajustó el cuello de su gabardina, que en realidad era un saldo de una tienda de caridad en el Lower East Side. Se rascó la barbilla, sintiendo el picor de una barba de tres días que intentaba hacer pasar por "desidia aristocrática". A su lado, Nicolette parecía una aparición salida de un sueño de opio. Llevaba un vestido de satén verde agua, rescatado de un baúl de su vida anterior en Connecticut, y sus ojos estaban delineados con tanto kohl que parecían dos pozos de petróleo.

El Podcast del Yeyo

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España

Reino Unido

—Recuerda —susurró Julian mientras las puertas del ascensor se abrían con un quejido agónico—, hoy no soy Julian el que pinta techos en Queens. Soy Julian de Valois. He pasado el verano en Haddon Hall, viviendo con el hombre que va a salvar el rock.

—¿Y yo? —preguntó ella, apretando contra su pecho una carpeta de cuero donde escondía, como un tesoro, el vinilo de Hunky Dory de David Bowie.

—Tú eres mi musa silenciosa. La razón por la que David entendió que el futuro pertenece a los que no encajan. ¿Comprendido? La pregunta quedó en el aire.

ambiente de la Factory

Al entrar, la luz les golpeó como un bofetón. Todo estaba forrado de papel de aluminio. Las paredes brillaban con un reflejo distorsionado, devolviendo la imagen de personajes que parecían sacados de un bestiario de lujo: drag queens con pelucas de platino que medían dos metros, poetas con camisas de seda desabrochadas hasta el ombligo y fotógrafos que disparaban flashes como si estuvieran en una ejecución pública. En una esquina, una figura pálida, con una peluca plateada perfectamente inerte y unas gafas oscuras que ocultaban cualquier rastro de humanidad, observaba el caos con una cámara Bolex en la mano. Era Andy.

De los altavoces, una melodía de piano saltarina, casi de vodevil pero con una profundidad existencial, empezó a abrirse paso entre el ruido de las copas de cristal y las risas histéricas.

Changes

"Todavía no sé qué estaba buscando...", cantaba la voz de Bowie, resonando en aquel hangar plateado. Julian cerró los ojos un segundo. Era la canción perfecta para su entrada. El tema central de "Hunky Dory" no era solo una crítica al pop estancado, sino un himno a la reinvención. Mientras caminaban entre la multitud, Julian se dio cuenta de que Bowie estaba haciendo con la música lo mismo que ellos hacían con sus vidas: mudar la piel. El disco, lanzado hace apenas unas semanas, era un manifiesto de libertad; un adiós a la psicodelia pesada para abrazar una sofisticación casi europea, llena de pianos brillantes (cortesía de un tal Rick Wakeman que Julian mencionaba como si fuera su primo) y letras que hablaban de la angustia de ser joven en un mundo que cambia demasiado rápido.

—Míralos —dijo Julian a un grupo de acólitos de Warhol que se acercaron, atraídos por su falso aura de importancia—. Escuchad el saxo de esa canción. David me decía siempre que los cambios no se piden, se arrebatan. Él sabía que el tiempo nos alcanzaría a todos, pero decidió correr más rápido.

A medida que avanzaba la noche, la mentira de Julian se volvía más espesa y dulce, como el licor de cereza que servían en vasos de plástico. Se encontraban en el centro de un corrillo. Nicolette, siguiendo el plan, se mantenía en un segundo plano, pero sus ojos no dejaban de analizar la estancia. Veía la vacuidad tras el brillo. Veía que Warhol no era un genio de la pintura, sino un genio de la ausencia.

—Andy es un espejo —sentenció Julian, elevando su vaso cuando empezó a sonar la siguiente pista del disco—. Por eso David le escribió esta canción. Porque Andy es el vacío que todos queremos llenar con nuestras propias proyecciones.

Oh! You Pretty Things

La canción llenó el espacio con su ritmo de piano machacón y su aire de profecía apocalíptica. "Haced paso para la raza superior", decía la letra. Los protagonistas de la historia participaban activamente en la disección del tema.

—¿No lo veis? —explicó Julian a una modelo que lo miraba con adoración—. Bowie no está hablando de marcianos. Habla de nosotros. De los "pretty things" que estamos aquí, gastando nuestras vidas en este teatro de plata mientras el mundo de nuestros padres se desmorona. Es una crítica feroz camuflada en una melodía pop perfecta. El disco es una obra maestra de la ambigüedad; te hace bailar mientras te dice que tu tiempo se ha acabado.

Nicolette se acercó a Julian y le susurró al oído, rompiendo por un momento su papel de musa muda:

—Julian, para. Ese tipo de la esquina te está mirando mucho. El de la chaqueta de cuero negra y las gafas de sol. Creo que es de la banda de Lou Reed.

📊 DATOS CLAVE:Publicado el 17 de diciembre de 1971 | Alcanzó el puesto #3 en el Reino Unido tras el éxito de Ziggy Stardust | Incluye himnos como 'Life on Mars?' y 'Changes' | Grabado en los estudios Trident, destaca por el piano de Rick Wakeman y una producción que fusiona el folk-pop con el art-rock conceptual más vanguardista.

Julian sintió un escalofrío, pero lo ocultó con una carcajada teatral. Sabía que si su farsa caía, no solo serían expulsados de la Factory, sino que la magia de aquel disco, que era lo único real que poseían, se mancharía con el ridículo.

El tipo de la chaqueta de cuero no era otro que uno de los técnicos de sonido de los viejos tiempos de la Velvet, un hombre llamado Billy cuya cara parecía un mapa de carreteras secundarias. Se acercó a Julian con la lentitud de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria. En la Factory, el silencio era una moneda cara, y Billy la estaba gastando toda en su mirada.

Justo antes de que el hombre de cuero abriera la boca, Julian interceptó una seña que uno de los fotógrafos le hizo desde la barra.

—¡Cuidado, "Valois"! —gritó el fotógrafo entre risas—. Billy el Sordo no tiene mucha paciencia con los nuevos genios. Es el que le limpia las botas a Lou Reed y el único que sabe dónde se guarda el opio de la Factory.

encuentro con Billy

Julian tomó nota mentalmente mientras el tal Billy se acercaba. Ahora el peligro tenía nombre, y el nombre pesaba como el plomo.

—Así que... —dijo Billy, con una voz que sonaba a lija y tabaco—. ¿Tú eres el que le sopló las letras al "Chico de Brixton"? Qué curioso. Yo estuve en Londres hace un mes y juraría que en los créditos del disco no sale tu nombre.

Julian sintió que el sudor le bajaba por la columna como una gota de mercurio. Miró a Nicolette. Ella, con una presencia de espíritu asombrosa, sacó el vinilo de su carpeta de cuero y lo puso sobre una de las mesas repletas de botes de pintura Campbell.

—Los créditos son para los abogados, Billy —dijo ella con una voz gélida que ni el propio Julian conocía—. La inspiración es para los que estuvimos allí.

En ese momento, como si el destino quisiera salvarles el cuello, el tocadiscos de la Factory dejó caer la aguja sobre el surco de la canción más grande que Bowie jamás escribiría. El murmullo de la fiesta se amortiguó.

Life on Mars?

El piano de Rick Wakeman barrió la sala como una marea alta. Era una melodía tan vasta, tan cinematográfica, que hizo que las paredes de papel de plata parecieran baratas y pequeñas. Julian aprovechó el trance colectivo.

—Escucha esto, Billy —susurró Julian, recuperando el control—. Esta canción es la respuesta de David al My Way de Sinatra, pero para los que no tenemos camino. ¿Ves esa letra? "Es una farsa de proporciones épicas". Habla de la chica con el pelo color ratón, pero en realidad habla de todos nosotros, atrapados en un cine viendo una película que no nos gusta. Hunky Dory es el primer disco que se atreve a decir que el sueño americano ha muerto y que lo único que queda es la fantasía de Marte.

Billy se quedó callado. Nadie podía discutir con la belleza de ese estribillo. La crítica era orgánica: el disco no era solo música, era una balsa de salvamento para los inadaptados de la calle 47.

Lograron zafarse de Billy cuando una drag queen especialmente escandalosa decidió que era el momento de bailar sobre una mesa. Julian y Nicolette se refugiaron en un rincón más tranquilo, cerca de donde las obras de Andy descansaban contra la pared. Allí, el ritmo del disco cambió. Se volvió más acústico, más íntimo, casi como una confesión entre amigos.

Kooks

—Esta es para nosotros —dijo Nicolette, apoyando la cabeza en el hombro de Julian—. David se la escribió a su hijo, pero me hace sentir que no pasa nada por ser un desastre. "Si te quedas con nosotros, serás un loco". Es lo más honesto que he oído en años.

—Es el corazón del disco —añadió Julian, bajando la guardia por primera vez—. Hunky Dory tiene esa dualidad: por un lado es una crítica intelectual feroz a la fama y al arte, como en la canción de Andy Warhol, y por otro es tan tierno que duele. Es el equilibrio perfecto entre el cerebro y el corazón.

Se quedaron allí, escuchando Fill Your Heart, dejando que la alegría optimista de la canción los limpiara del cinismo de la fiesta.

Fill Your Heart

Tras las notas de Fill Your Heart, se produjo uno de esos silencios magnéticos que solo ocurren en las fiestas de Warhol cuando el aire se satura de pretensión. Julian y Nicolette se apartaron hacia una de las ventanas que daban a la calle 47. Abajo, Nueva York era un río de luces frías y basura amontonada; arriba, el papel de plata intentaba convencerlos de que eran inmortales.

—¿Te das cuenta, Nicolette? —dijo Julian, acariciando el borde de su vaso de plástico—. El disco de Bowie es como este edificio. Por fuera parece una broma de music-hall, una colección de canciones de piano bonitas, pero por dentro es un laberinto de espejos. En Fill Your Heart, nos dice que echemos el miedo a un lado, pero lo dice con una urgencia que te hace sospechar que el miedo está justo detrás de la puerta.

—Es una máscara —respondió ella, mirando su propio reflejo distorsionado en una de las paredes—. Como este vestido, como tu acento. Bowie ha entendido que en los 70 nadie quiere la verdad, quieren una mentira mejor contada.

La conversación se vio interrumpida por un cambio brusco en la atmósfera. Un grupo de personas se apartó, dejando un pasillo humano. Al fondo, sentado en un sofá circular de terciopelo, Andy Warhol permanecía inmóvil. Alguien, con una ironía casi cruel, ajustó el volumen del tocadiscos. Los primeros acordes de la siguiente pista del álbum, crudos y acústicos empezaron a reptar por la sala.

Andy Warhol

La canción era un dardo envenenado. Julian observó cómo Andy ni siquiera parpadeaba mientras la letra de Bowie lo describía como una galería de arte en sí misma. Era el momento de la verdad. Julian sabía que si sobrevivía a este encuentro, su leyenda en la Factory sería eterna; si fallaba, dormiría en un banco del Central Park esa misma noche.

Pero la calma duró poco. De repente, la figura pálida de Andy Warhol se materializó frente a ellos. No dijo nada. Solo los miró a través de sus gafas oscuras. Alguien había puesto la canción que llevaba su nombre y el ambiente se volvió eléctrico.

El riff acústico, repetitivo y casi hipnótico, llenó el aire. "Andy Warhol, looks a shade de-luded...". Era una mofa y un tributo al mismo tiempo. Warhol se limitó a inclinar la cabeza hacia Julian.

Warhol simplemente levantó una mano pálida y señaló a Julian. —Tú —susurró el artista— ¿Es cierto que David me envió un mensaje a través de ti? Dice que soy un objeto. ¿Soy un objeto, Julian?

El sudor de Julian era ahora un incendio. Miró a Billy, que ya se relamía los labios esperando la orden para sacarlo a patadas. Nicolette comprendió que el juego había terminado. No esperó respuesta. Agarró a Julian de la mano y, con un movimiento rápido, volcó un bote de pintura plateada sobre la alfombra de piel de tigre.

—¡Corre! —gritó ella.

En ese instante, la aguja saltó a la pista más rockera, sucia y eléctrica del disco. La guitarra de Mick Ronson explotó como una granada.

Queen Bitch

Atravesaron la multitud mientras la canción, un homenaje descarado al estilo de la Velvet Underground, servía de banda sonora para su huida. Era la ironía final: estaban escapando del entorno de Lou Reed al ritmo de una canción que Bowie había escrito para sonar exactamente como Lou Reed. Saltaron sobre mesas, esquivaron flashes y salieron por la puerta de incendios justo cuando Billy y dos tipos más les pisaban los talones.

la huida

Bajaron los escalones de metal de dos en dos, con el frío de enero azotándoles la cara y la risa histérica de Nicolette mezclándose con los riffs de guitarra. Eran libres, eran veloces, y por un momento, se sintieron como las estrellas de rock que pretendían ser.

La adrenalina se evaporó dos manzanas más allá. El silencio de la madrugada neoyorquina, ese que solo rompen las sirenas lejanas y el viento entre los callejones, los envolvió como una mortaja.

Llegaron al sótano de la calle 42 donde vivía Nicolette. No había papel de plata aquí, solo tuberías que goteaban un agua herrumbrosa y el olor penetrante a palomitas rancias y humedad del cine porno que funcionaba arriba. Julian se dejó caer sobre un colchón raído, su gabardina de "aristócrata" estaba manchada de pintura y desgarrada en el hombro.

Se miraron a la luz de una única bombilla desnuda. La magia de la noche se había disuelto, dejando al descubierto la cruda realidad: no eran amigos de Bowie, no eran musas de la Factory. Eran dos parias en una ciudad que devoraba a los soñadores antes del desayuno.

Nicolette sacó el vinilo de Hunky Dory. Estaba rayado por el borde. Lo puso en un tocadiscos portátil que sonaba a lata. Mientras los últimos ecos de la música se desvanecían, Julian comprendió que el disco hablaba de ellos no por lo que fingían ser, sino por lo que realmente eran: dos pobres diablos intentando encontrar un sentido entre el polvo.

—Mañana tendré que volver a pintar techos en Queens —dijo Julian, con una voz que sonaba a derrota.

—Y yo tendré que limpiar las bobinas de Deep Throat —susurró ella, acurrucándose a su lado.

Se quedaron dormidos mientras el disco terminaba, con el sonido rítmico de la aguja golpeando el final del surco, un "clack-clack" constante que recordaba al latido de un corazón cansado. En la penumbra del sótano, entre el moho y las ratas, seguían siendo los "Kooks" de la canción: locos, pobres y terriblemente solos, pero con la melodía más hermosa del mundo grabada en la memoria, como un secreto que Nueva York nunca les podría quitar.

Epílogo y Reseña

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Lanzado a finales de 1971 por RCA Records, Hunky Dory es el disco donde David Bowie finalmente encontró su voz después de varios años de experimentación fallida. Aunque en su lanzamiento inicial las ventas fueron modestas y no generó un impacto inmediato en las listas de Estados Unidos (donde Bowie era casi un desconocido), el álbum es hoy considerado la piedra angular de su carrera. La crítica de la época, liderada por publicaciones como Rolling Stone, ya vislumbraba algo especial, calificándolo como el trabajo más "centrado" del artista hasta la fecha. 

Sin embargo, fue tras la explosión de Ziggy Stardust un año después cuando el público regresó a Hunky Dory, descubriendo que temas como "Changes" eran en realidad el manifiesto del cambio cultural que estaba por venir. Con el paso de las décadas, su estatus ha crecido hasta ser citado frecuentemente en las listas de los mejores discos de la historia. Es el álbum que nos dio a un Bowie vulnerable pero intelectualmente voraz, rindiendo homenajes explícitos a sus ídolos (Warhol, Dylan, Lou Reed) mientras se preparaba para devorarlos a todos y convertirse en el icono definitivo del siglo XX. Un disco que, como Julian y Nicolette, vive entre la elegancia del piano de cola y el polvo de los callejones.


La Opinión del Yeyo

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Cuando escuché Ziggy Stardust, pensé que había escuchado el mejor disco de Bowie en toda su discografía. Y efectivamente así es, en mi humilde opinión; por eso, cuando me iba a enfrentar con otro disco del talentoso y polifacético artista británico, pensé que después de aquel, no me iba a gustar tanto, e incluso me podría defraudar. Pero me equivocaba. He escuchado Hunky Dory, y me he quedado prendado, Me parece un álbum encantador, deslumbrante, embriagador. Me atrae como un imán, a los clips. No consigue la fuerza y la potencia del disco que publicaría un año después, pero en cuanto a belleza, y a majestuosidad, no le queda muy atrás. Es un álbum muy elegante, como es Bowie, tiene un sonido delicioso, cristalino, y maravilloso.

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Me encanta y me llama poderosamente la atención, ese espectacular piano, con el que nos deleita Rick Wakeman, que casi diría que es la mitad del sonido del disco, pues se lleva buena parte del protagonismo. Pero sería injusto no citar al guitarra de la banda, Mike Ronson, que aporta casi la otra mitad del sonido de Bowie, sobre todo en esa genial Queen Bitch, en la que se inventa un riff seco y cortante, pero de terciopelo. Es como si estuviera de mala leche cuando lo toca, pero sobrado de clase. Esta canción es un homenaje a Lou Reed, y a su Velvet Underground, y sin duda la clava, suena a calles alternativas del Nueva York de los 70, a lo mas rancio de la Factory de Warhol, a quien también le dedica otra canción, por cierto.

En definitiva, este discazo, Hunky Dory de David Bowie, es un batiburrillo de estilos, sencillamente fantástico, toca folk, pop suave, o rock, incluso music hall, en ese comienzo deslumbrante y hermoso de Oh! You Pretty Things, que me tiene enamorado. Sin duda, es el álbum ideal de Bowie para preparar la llegada del grandísimo trabajo del alienígena Stardust, un año después. Y como empecé está reseña personal, la acabo, pero con el convencimiento de que este no es un disco cualquiera. No es mejor trabajo, en mi humilde opinión, que Ziggy, pero tampoco se le queda muy atrás. Es un discazo enorme, de lo mejorcito de la década de los 70, y sin duda, una profecía musical dignísima, de lo que estaba por llegar. La Playlist del Yeyo, se digna en anunciar la presencia de un gran disco entre su repertorio. Si queréis comprobarlo, visitar el ranking de los 70 y lo encontrareis en el tercer puesto.

Si te consideras admirador, fan o simplemente quieres entretenerte un poco más con este maravilloso y genial artista británico, tan polifacético y prolífico te propongo que le eches un vistazo a estos nuevos post de La Playlist del Yeyo, que versan sobre algunos discos de Bowie, como son, por ejemplo, Ziggy Stardust, Best of Bowie(70), Best of Bowie(80)

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¡¡Hasta la próxima!!


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