las preciosas armonías vocales, y los coros de los chicos de la playa, que son realmente maravillosos, y sobresalen y llaman la atención, en todas sus canciones. Aunque no debo descartar las maravillosas melodías que tiene, tan atractivas
Menú de Contenido:
- 1. La balada del Cadillac azul (Narrativa)
- 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
- 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
- 4. Epílogo y Reseña técnica
-
5. La Opinión del Yeyo
La Balada del Cadillac Azul
El taller de "Old" Mike no era un negocio; tampoco era un taller al uso; era un santuario de metal donde el tiempo se había quedado sin gasolina. Situado en un callejón sin salida de Santa Mónica, apenas a tres manzanas de donde las olas del Pacífico mueren contra los pilares de madera del muelle, el local era una cueva de Aladino para los amantes del motor.
El aire allí dentro tenía una textura casi sólida. Era una mezcla embriagadora de aceite de motor quemado, disolvente de pintura, caucho viejo y ese persistente aroma a salitre que la brisa marina depositaba sobre las herramientas cada vez que Mike abría la persiana metálica. El suelo de hormigón estaba tatuado con manchas oscuras, mapas de fugas de transmisiones que habían dejado de latir hace décadas. En las estanterías, junto a las llaves inglesas de cromo-vanadio, descansaban latas de cera para carrocería que conservaban el diseño de los años cincuenta, cubiertas por una fina capa de polvo que Mike se negaba a limpiar.
El Archivo Multimedia
Aquella mañana de martes, el sol de California entraba por los ventanales altos y sucios, proyectando columnas de luz donde bailaban motas de polvo y partículas de óxido. En el centro del taller, descansaba el Cadillac Series 62 Convertible de 1964. Era una ballena de acero de color azul pálido, pero su piel estaba picada por el "cáncer de la costa": el salitre se había merendado parte del cromo de las aletas traseras, esas que terminaban en puntas desafiantes, un último vestigio de la era espacial en el diseño automotriz.
Mike, con las manos curtidas, llenas de cicatrices que contaban historias de motores recalentados y dedos atrapados en correas de ventilador, se secó el sudor con un trapo de algodón que alguna vez fue blanco. Se quedó mirando el coche. Había algo en la curva del guardabarros que le recordaba a una mandíbula apretada.
El Podcast del Yeyo
—Tú y yo sabemos lo que es que nos olviden, ¿verdad? —susurró Mike, su voz era un ronquido áspero por el tabaco de mascar.
Al abrir la puerta del conductor, el cuero de los asientos exhaló un suspiro de aire atrapado desde hacía décadas. Era un olor dulce y rancio: perfume de mujer barato, laca para el pelo, arena seca y el recuerdo de muchos cigarrillos Lucky Strike. En la guantera, que se abrió con un quejido metálico, Mike no encontró los papeles del seguro. Encontró una entrada de cine para "Viva Las Vegas", un pintalabios reseco y una vieja cinta de casete grabada a mano. En el lomo de la cinta, con una caligrafía femenina, nerviosa y elegante, se leía:
The Beach Boys Today! – Para Steve, por si el verano se acaba.
Mike sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la corriente de aire. Conocía a Steve. Era el cliente que le había traído el coche a reparar, y a hacerle una puesta a punto. Aquel interior de coche antiguo tenía algo que le gustaba. Era como una especie de magia, una suerte de hechizo que le invitaba a cerrar los ojos, y a imaginar...
El Verano que no quería morir
Julio de 1965. La arena de Malibú quemaba las plantas de los pies, obligando a los bañistas a correr hacia la orilla en una danza cómica. El chiringuito de madera de "Big Ed" era el epicentro del universo. Allí, el olor a hamburguesas a la parrilla y a aceite de coco de las chicas en bikini se mezclaba con el sonido de las olas rompiendo con una fuerza monótona.
Steve estaba apoyado en el Cadillac, con el pecho desnudo y el pantalón corto de algodón descolorido. Su tabla de surf, una "Longboard" de madera de balsa con una raya roja central, descansaba en el asiento trasero. Él no miraba al mar; la miraba a ella. Elena estaba sentada en el capó, con sus gafas de pasta blanca y un vestido de flores que parecía flotar con la brisa.
—Mi padre dice que el mes que viene volvemos a la ciudad —dijo Elena, trazando círculos invisibles en el cromo del capó—. Dice que las vacaciones son una distracción peligrosa para alguien que tiene que empezar la universidad.
Steve apretó la mandíbula. Odiaba la palabra "universidad". Para él, el futuro era una carretera que terminaba en el siguiente acantilado.
—Tu padre no entiende que aquí el tiempo no cuenta igual —respondió Steve—. Mira este disco que he conseguido. Es de los Beach Boys, pero no es como los anteriores. Brian Wilson se ha vuelto loco en el estudio. Dicen que ha usado orquestas, campanas, hasta instrumentos que no tienen nombre. Se llama Today!
Elena cogió la funda del disco. Sus dedos rozaron la foto de los cinco chicos con camisas de rayas.
—¿Por qué "Hoy"? —preguntó ella.
—Porque Brian sabe que el mañana es una estafa —dijo Steve con una seriedad impropia de sus diecinueve años—. Escucha la primera canción. Es una versión de una vieja canción de baile, pero suena como si el mundo se fuera a acabar y la única solución fuera agarrarse fuerte a alguien.
Steve se inclinó por la ventanilla, conectó el contacto y subió el volumen de la radio del coche al máximo. Las notas de la percusión estallaron, haciendo vibrar los cristales del Cadillac y silenciando, por un momento, el rugido del océano. Do You Wanna Dance?
La voz de Dennis Wilson, más ronca y urgente que la de sus hermanos, inundó la playa. No era el surf-pop inocente de un año atrás; había una densidad en la producción, un "muro de sonido" que envolvía a la pareja. Los coros eran perfectos, matemáticos, pero con un filo de desesperación. Mike, en el presente, mantenía los ojos cerrados y podía jurar que volvía a sentir el sol de 1965 en su cara.
En el taller, Mike dejó reposar la bayeta sobre el guardabarros. Se quedó mirando fijamente el bloque del motor. Para el ojo inexperto, era solo un amasijo de hierro y cables; para él, era un V8 de 429 pulgadas cúbicas, un corazón de hierro fundido que, cuando estaba a punto, emitía un ronroneo tan rítmico como la sección de viento de una orquesta.
—Marzo del 65... —mascó Mike, mientras vertía un poco de aceite nuevo en el cárter—. El mes que lo cambió todo.
El aceite caía con una densidad dorada, recordándole a Mike cómo el sol de aquel año parecía tener un peso distinto. En 1965, la sofisticación había llegado a Detroit y a los estudios de grabación de Los Ángeles. El Cadillac del 64 era el coche perfecto para ese momento: lo suficientemente moderno para ser rápido, lo suficientemente clásico para mantener la elegancia. Mike introdujo una llave de vaso para apretar los tornillos de la tapa de balancines. Cada giro era un recordatorio de la precisión que Brian Wilson exigía a sus músicos de sesión, los Wrecking Crew. Se decía que Brian podía escuchar una nota desafinada en medio de un muro de veinte instrumentos. Mike buscaba esa misma perfección en la combustión.
El Despertar de la Melancolía
Julio de 1965. La carretera de la costa estaba saturada de vapores de gasolina y el aire vibraba con el calor que emanaba del asfalto negro. Steve conducía con una mano en el volante y la otra buscando la rodilla de Elena. Ella estaba inusualmente silenciosa, mirando cómo los acantilados de roca arenisca pasaban a toda velocidad.
—Este coche ya no corre como antes, Steve —dijo ella, rompiendo el silencio—. O quizá es que el mundo va más rápido que nosotros.
Steve no respondió de inmediato. Redujo una marcha, sintiendo el tirón del motor, y sintonizó la emisora local. El locutor anunció con entusiasmo el nuevo sonido de los "chicos de la playa". No era una canción sobre tablas de surf; era algo que hablaba directamente de la angustia de crecer. When I Grow Up (To Be a Man)
La canción comenzó con ese punteo de clavicordio casi barroco, un sonido extrañamente elegante para una radio de coche. Mientras las armonías de Mike Love y los hermanos Wilson se entrelazaban, preguntándose si seguirían amando a sus chicas cuando tuvieran veinticinco años, Steve sintió un nudo en el estómago.
—Escucha eso, Elena —susurró Steve, subiendo el volumen hasta que los altavoces traseros del Cadillac empezaron a protestar—. Brian Wilson tiene nuestra edad y ya se está preguntando qué quedará de nosotros cuando seamos viejos. No es una canción de verano, es una advertencia.
—Es una crítica a la propia juventud —añadió Elena, con una madurez que asustaba a Steve—. El disco entero, Today!, es como si hubieran decidido dejar de jugar a ser niños. La primera cara todavía nos deja bailar, pero esta canción... esta canción nos está pidiendo cuentas.
El Cadillac devoraba las millas mientras la letra enumeraba las edades: dieciocho, diecinueve, veinte... Cada número sonaba como una losa. La producción era impecable, un laberinto de voces que demostraba que los Beach Boys ya no necesitaban la playa para ser relevantes; necesitaban la verdad. La crítica de la época no supo qué hacer con esto al principio; esperaban más diversión, pero se encontraron con un espejo.
El intruso de rojo
De repente, un destello rojo apareció en el retrovisor. Era un Mustang GT 350, el nuevo juguete de Ford que estaba volviendo locos a los puristas. El coche se acercó tanto que Steve podía ver el reflejo de su propia aleta trasera en el capó del rival. El conductor del Mustang, un tipo de mandíbula cuadrada y gafas de sol de aviador, aceleró en vacío, provocando un estruendo que rompió la magia de las armonías de los Wilson.
Elena miró a Steve. Sabía que no podía evitarlo. El Cadillac era una dama de lujo, pero tenía músculo en las entrañas.
—No dejes que nos pise el orgullo, Steve —dijo Elena, ajustándose el pañuelo—. Si el verano se acaba, que sea con un estallido.
Steve pisó el acelerador a fondo. El carburador de cuatro cuerpos del Cadillac se abrió de par en par, aspirando aire y gasolina en una proporción perfecta. El coche dio un respingo, el morro se elevó ligeramente y la persecución comenzó justo cuando la radio anunciaba el siguiente éxito del álbum.
Cromo contra Fuego: El Duelo en la PCH
El Pacific Coast Highway, a las afueras de Malibú, no perdonaba los errores. A un lado, la pared de roca arenisca que amenazaba con desmoronarse; al otro, un precipicio directo hacia el océano que, a esa hora, absorbía los últimos rayos del sol en un abrazo dorado y sangriento. Steve sentía cómo el volante de nácar del Cadillac vibraba en sus manos, un organismo vivo exigiendo libertad. El Mustang rojo era una mancha de sangre en el retrovisor, insistente y feroz. Steve hundió el acelerador, sintiendo cómo el carburador de cuatro cuerpos del Cadillac tragaba aire con la avidez de un náufrago. El coche no solo corría; vibraba con una frecuencia que parecía venir de otra parte. Dance, Dance, Dance
—¡Escucha esa percusión, Elena! —gritó Steve mientras corregía la trayectoria con un golpe de volante. El ritmo de Hal Blaine golpeaba el habitáculo como una maza—. No es el típico golpe de batería de las canciones de surf. Brian ha metido cascabeles, cuerdas, capas de instrumentos que ni siquiera sé qué son. Es como si hubiera construido un motor dentro de la propia canción para que no deje de empujar.
Elena se aferró al asidero cromado, con el pelo castaño fustigándole la cara mientras el Mustang intentaba el adelantamiento por el exterior en la curva de Zuma Beach.
—Es una locura —respondió ella—. Los críticos dirán que es música para que las crías bailen en el porche, pero esto suena... pesado. Denso. Como si Brian Wilson estuviera intentando ocultar algo debajo de tanto ruido. ¡Cuidado con la curva!
Steve no soltó el gas. Sabía que "Dance, Dance, Dance" era la culminación de ese sonido comercial que los Beach Boys habían perfeccionado, pero percibía, como percibía el reglaje de sus válvulas, que la producción se estaba volviendo barroca, casi obsesiva. Aquello no era solo pop; era ingeniería acústica de precisión aplicada a la velocidad. El Cadillac, en un alarde de nobleza, mantuvo la trazada mientras el Mustang, demasiado ligero, sufrió un latigazo de la zaga que obligó a su conductor a levantar el pie un segundo. Un segundo. Eso fue todo lo que Steve necesitó para meter el morro azul en la recta de Point Dume y dejar al rival convertido en una miniatura roja en el espejo.
El reposo del guerrero: Point Dume
Cuando finalmente Steve detuvo el coche en el mirador de Point Dume, el motor emitía esos chasquidos metálicos tan característicos del enfriamiento rápido. El silencio que siguió al estruendo fue casi doloroso. El Mustang llegó poco después, pero no hubo burlas. El conductor se detuvo a unos metros, apagó las luces y se quedó allí, respetando la victoria de la vieja guardia. Steve sacó el brazo por la ventanilla, dejando que el aire frío de la noche le secara el sudor. En la radio, la energía de la carrera empezó a mutar en algo más melódico, más agridulce. Help me, Rhonda
—Al final, siempre se trata de una chica, ¿verdad? —dijo Steve, escuchando el piano saltarín y la voz de Al Jardine suplicando a una tal Rhonda que lo ayudara a olvidar a otra—. Brian se está haciendo experto en eso: disfrazar el dolor con melodías que podrías silbar mientras vas a por un batido.
—Es que este disco es un engaño, Steve —Elena se volvió hacia él, y por primera vez en toda la noche, sus ojos no brillaban por la velocidad, sino por algo parecido a la tristeza—. Esta cara del disco te hace creer que todo va bien, que seguimos siendo los reyes de la playa. Pero la crítica tiene razón cuando dice que Brian Wilson está empezando a mirar hacia adentro. Esta canción suena alegre, pero es la historia de un hombre roto.
Elena acarició el adhesivo de La Playlist del Yeyo que Steve había pegado en la guantera, un pequeño emblema de su club de amigos que amaban la música por encima de todo.
—Pronto será septiembre, Steve. Y Rhonda no va a venir a ayudarnos a nosotros.
La herencia del aceite
En el Santa Mónica de hoy, Mike terminó de ajustar el distribuidor. Sus dedos estaban negros de grasa, una suciedad que ya formaba parte de su ADN. Al escuchar los últimos acordes de "Help Me Rhonda" en su viejo transistor, se dio cuenta de lo bien que había envejecido aquella producción. Lo que en el 65 parecía un exceso de instrumentación, ahora, con la perspectiva de los años, se revelaba como el primer paso hacia la genialidad absoluta de lo que vendría después con Pet Sounds.
Mike se subió al Cadillac. El cuero crujió bajo su peso como un viejo manuscrito. Introdujo la llave y, por un instante, cerró los ojos. Podía oler a Elena. Podía sentir el calor de aquella noche en Point Dume.
—Vamos, Brian —susurró, refiriéndose al coche como si fuera el propio Wilson—. Enséñales cómo suena la verdad.
Giró la llave. El V8 despertó con un bramido profundo, estable, sin un solo titubeo. Mike sonrió. Había logrado recuperar el latido, pero ahora venía la parte difícil: enfrentarse a la música que suena cuando el sol ya se ha puesto y las despedidas son inevitables.
El refugio de la medianoche
El calor del motor del Cadillac iba desapareciendo, sustituido por el frescor húmedo que subía desde el romper de las olas en la base del acantilado. El Mustang rojo finalmente se había marchado, dejando tras de sí un silencio que solo el océano se atrevía a romper. Steve y Elena no se habían movido del capó. El metal, todavía tibio, era su isla particular en medio de la oscuridad.
Steve estiró el brazo hacia el interior del coche y movió el dial de la radio. Buscaba algo que no fuera para bailar, algo que llenara el vacío que la victoria en la carretera no había podido colmar. De repente, una introducción de bajo y vibráfono, suave y nocturna, envolvió el mirador. Kiss Me, Baby
—Esta... —susurró Elena, dejando que su cabeza descansara en el hombro de Steve—. Esta es la que me hace querer llorar y sonreír al mismo tiempo.
Steve asintió. "Kiss Me, Baby" era otra de esas joyas de la cara B de Today! donde Brian Wilson exploraba las texturas del arrepentimiento y el deseo. Las armonías vocales aquí no eran un grito de alegría; eran un abrazo cálido, casi suplicante.
—Escucha los arreglos, Elena —dijo Steve en voz baja, casi para no romper la atmósfera—. Se nota que Brian ya no está escribiendo para el gran público. Está escribiendo para alguien que está en una habitación oscura, preguntándose si cometió un error. La crítica dice que es una de sus baladas más maduras, y tienen razón. Fíjate en cómo entran las voces de fondo... parecen fantasmas de amores pasados.
Elena se incorporó ligeramente y miró a Steve a los ojos. La luz de la luna convertía el azul del Cadillac en una sombra plateada y profunda.
—Prométeme una cosa, Steve —dijo ella, y su voz tembló un poco—. Prométeme que, pase lo que pase en septiembre, cuando la ciudad me atrape y la universidad me llene la cabeza de cosas que no son arena y sal, este coche seguirá siendo nuestro refugio.
Steve la tomó de las manos. Sus dedos olían a gasolina y a mar, una fragancia que Elena guardaría en su memoria como el perfume más caro del mundo.
—Te lo prometo por este motor y por cada nota de este disco —respondió Steve con una convicción que solo la juventud permite—. El verano puede terminar en el calendario, pero lo que hemos construido en este asiento, recorriendo la costa con los Beach Boys de fondo, no se va a borrar. Te querré siempre, Elena. Pase lo que pase.
Se besaron entonces. Fue un beso lento, que sabía a salitre y a la urgencia de quien sabe que el tiempo es un enemigo silencioso. Mientras sus labios se encontraban, las armonías de Brian Wilson alcanzaban su clímax, esa mezcla de melancolía y belleza que definía perfectamente lo que sentían: un amor eterno encerrado en un tiempo finito.
En el taller, Mike soltó el volante. Se había quedado allí sentado, en la penumbra de su local, dejando que el final de "Kiss Me, Baby" se desvaneciera en el aire cargado de aceite. Había algo en esa canción que siempre le recordaba la fragilidad de las promesas.
Acarició el salpicadero de cuero, justo donde todavía se veía la marca de aquel adhesivo de La Playlist del Yeyo. Mike sabía lo que Steve no podía saber aquella noche en Point Dume: que las promesas no siempre sobreviven al invierno, pero que el metal y la música son capaces de conservarlas, congeladas en el tiempo, esperando a que alguien vuelva a girar la llave.
—Lo prometiste, muchacho —susurró Mike a la oscuridad—. Y aquí sigue el coche, esperando a que ella vuelva a sentarse en él.
Septiembre en el Espejo
El último día de agosto no trajo lluvia, sino un viento frío del norte que agitaba las palmeras de Santa Mónica como si quisieran arrancarlas de la arena. El Cadillac azul estaba aparcado frente al motel "Sea Breeze", pero su brillo parecía apagado bajo el cielo plomizo. Steve estaba de pie junto a la puerta abierta, con las manos en los bolsillos, viendo cómo el padre de Elena cargaba las últimas maletas en el coche familiar, un sobrio sedán negro que parecía el coche fúnebre de su felicidad.
Elena salió por fin. No llevaba su vestido de flores, sino un traje de chaqueta gris, el uniforme de la chica que va a convertirse en mujer en una ciudad de cemento. Se acercó a Steve y, sin decir nada, se refugió en su pecho por última vez. Steve alargó la mano hacia el interior del Cadillac y pulsó el play por última vez. She Knows Me Too Well
La canción empezó con esas armonías complejas, casi disonantes, que reflejaban perfectamente la inseguridad de Steve. La voz de Brian Wilson subía hasta un falsete que sonaba a cristal rompiéndose.
—Escucha lo que dice, Elena —susurró Steve al oído de la chica—. Dice que ella me conoce demasiado bien, que sabe mis miedos. Tú eres la única que sabe quién soy realmente debajo de este coche y de esta fachada de surfero.
—Lo sé, Steve. Y por eso me duele tanto —respondió ella, separándose con los ojos anegados en lágrimas—. Brian Wilson compuso esto porque sabía que el amor es complicado, que no es solo bailar en la playa. Es esto: el nudo en la garganta cuando el motor del coche de mi padre arranque.
Brian estaba desnudando su alma, admitiendo sus celos y sus debilidades. Mientras los Beach Boys cantaban sobre la profundidad del conocimiento mutuo, el padre de Elena tocó el claxon. Fue un sonido seco, definitivo.
Elena le dio un último beso rápido, que sabía a sal y a despedida eterna, y se subió al sedán negro. Steve se quedó apoyado en el Cadillac, con los ojos llorosos, viendo cómo el coche se alejaba. En el espejo retrovisor del Cadillac, la imagen de Elena se fue haciendo pequeña hasta desaparecer en la bruma de la carretera. Steve entró en su coche, cerró la puerta y se quedó en silencio, con el eco de las armonías de Brian Wilson resonando en el cuero frío de los asientos. El verano se fué.
El Regreso del Capitán
En el taller, "Old" Mike dio el último toque de cera al capó del Cadillac. El coche brillaba ahora con una intensidad sobrenatural, como si el azul pálido hubiera recuperado la luz de aquel marzo de 1965. Mike se secó las manos y miró hacia la puerta.
Un taxi se detuvo fuera y de él bajó una pareja de ancianos. Él caminaba con la espalda algo encorvada pero con una elegancia que el tiempo no había podido doblegar; ella llevaba un pañuelo de seda al cuello que el viento de Santa Mónica agitaba con suavidad.
—¿Es éste? —preguntó la mujer, con una voz que conservaba un rastro de aquella dulzura de juventud.
—Si Elena —respondió el hombre, acercándose al Cadillac con los ojos brillantes—. Mike ha hecho un milagro.
Mike les entregó las llaves, sintiendo que estaba entregando el mando de una máquina del tiempo. El anciano se sentó al volante y, con una agilidad sorprendente, acarició el nácar del aro. Ella se sentó a su lado, y por un segundo, la luz que entraba por el ventanal del taller eliminó las arrugas de sus rostros, dejando ver a los jóvenes que una vez fueron.
—¿Todavía funciona la radio, Mike? —preguntó el hombre.
—Mejor que nunca —respondió Mike con un guiño.
Antes de arrancar, el hombre sacó del bolsillo una vieja cinta de casete con un adhesivo desgastado de La Playlist del Yeyo. La introdujo en la ranura. El V8 despertó con un ronquido poderoso, llenando el taller de ese olor a gasolina y promesa cumplida. Mientras el Cadillac salía lentamente del callejón hacia la luz del Pacífico, Mike pudo jurar que escuchaba las armonías finales de "Today!" perdiéndose en el tráfico moderno.
¿Eran ellos? Mike nunca lo preguntó. Pero mientras veía desaparecer la aleta azul en el horizonte, supo que, gracias a Brian Wilson y a ese bloque de acero, el verano de 1965 nunca tendría que terminar del todo.
Epílogo y Reseña
El 8 de marzo de 1965 quedó marcado en el calendario de la industria musical como el día en que el surf perdió su inocencia para ganar un alma imperecedera. The Beach Boys Today! no fue un disco más; fue la respuesta de un Brian Wilson de tan solo veintidós años a la presión asfixiante de una industria que solo quería verle fabricar himnos para el verano. Tras un colapso nervioso que lo alejó de las giras, Brian se encerró en los Gold Star Studios de Los Ángeles para dar forma a una obra que alcanzaría el puesto número 4 en el Billboard 200 y se mantendría en las listas durante casi un año entero, logrando una certificación de Oro que hoy se queda corta ante su impacto cultural. Con canciones como "When I Grow Up (To Be a Man)", el grupo no solo vendía discos —que se contaron por millones— sino que planteaba las dudas existenciales de toda una generación que temía al futuro.
La crítica de la época se mostró dividida; mientras algunos medios celebraban la energía de la Cara A con éxitos como "Help Me, Rhonda" o la trepidante "Dance, Dance, Dance", otros se sintieron desconcertados por la desnudez emocional de la Cara B, donde las baladas orquestales anunciaban un cambio de paradigma. Sin embargo, con el paso de las décadas, la perspectiva histórica ha colocado a este álbum en un altar. Hoy es considerado el preludio necesario de Pet Sounds, el momento exacto en que Brian Wilson empezó a utilizar a los legendarios músicos de sesión de The Wrecking Crew para construir capas de sonido que desafiaban la tecnología de la época. La transición del vibráfono al clavicordio, la inclusión de percusiones exóticas y, sobre todo, ese tratamiento casi religioso de las armonías vocales, lo convierten en una obra maestra del pop barroco. Si en su momento fue visto como un disco de transición, hoy los académicos de la música lo califican como el punto de inflexión donde el pop dejó de ser un producto de consumo rápido para convertirse en arte de alta fidelidad. Es la crónica de un tiempo en el que California no solo era un lugar en el mapa, sino un estado mental donde el cromo de los Cadillac y la melancolía de un adiós en la playa podían convivir en el mismo surco de vinilo, recordándonos que, aunque el verano termine, la música es el único motor capaz de hacernos regresar a casa.
La Opinión del Yeyo
Seguro que muchos de vosotros, amables lectores, sobre todo si peináis canas, recordaréis algunas de la películas de Hollywood, que tenían una temática similar a la historia que os he contado en este artículo, sobre las playas de Malibú, los surfistas, las carreras de coches de la época, y las historias de amor de verano. A me viene a la memoria un peliculón, American Graffiti, que toca precisamente toda esta ambientación. Esta historia no está basada en la película, pero podría haber salido tranquilamente de ella.
Este precioso disco, Today! de los Beach Boys, toca precisamente ese tema, la pérdida de la inocencia, el enfrentamiento con la realidad, con la vida. Y la misma banda, se da cuenta de que ya no es suficiente con hacer canciones sencillas y pegadizas. El propio Brian Wilson, toma nota, y empieza, ya en este álbum, a utilizar el estudio como un nuevo instrumento, como algo que aprovechar para sacar mejores canciones. Este disco, precisamente es el último de esa bendita inocencia, y ya en su siguiente trabajo, Pet Sounds, lo utiliza hasta la saciedad. El resultado es espectacular. Pero esa es otra historia.
Este disco, un trabajo bastante aceptable, de los Beach Boys, consiste en dos caras totalmente diferentes. La cara A, con la típica música playera, de los surfistas, bailable, muy animada, muy simpática, y que atrae a todo el mundo. Es absolutamente típica de los Beach Boys, y muy de Malibú. Son canciones muy digeribles, y muy atractivas al oído.
Pero la cara B, cambia mucho la temática. No digo que sean canciones de peor calidad, ni peores, simplemente el estilo es distinto, son baladas, temas más lentos, y también menos conocidas. Pero siguen teniendo el componente playero, el de los surfistas, las historias de amor en un verano de los años 60. Pero ahora son vistos desde otro punto de vista. La historia de amor se torna romántica, cariñosa, tierna, el tono, y el tempo de las canciones, es bastante más lento, y te hace ablandarte un poco. A mí me vienen recuerdos de una pequeña historia de amor de verano, que tuve con una chiquilla en Cullera. Solo tuvimos un par de encuentros y nos mirábamos con mucho cariño, y sabíamos que había peeling, pero la cosa no fue a más, se quedó así. Pero fue mi primer amor de verano, y tengo un gran recuerdo de él.
De este Today!, yo destaco las preciosas armonías vocales, y los coros de los chicos de la playa, que son realmente maravillosos, y sobresalen y llaman la atención, en todas sus canciones. Aunque no debo descartar las maravillosas melodías que tiene, tan atractivas, y el ritmo que le imprimen en la cara A, aunque la cara B, también tiene un ritmo muy atractivo, pero en distinto registro.
En resumen, The Beach Boys Today! es un buen disco, quizá la segunda cara, baja un poco y no solo de revoluciones, pero en conjunto le doy una buena nota, y me merece un gran respeto, por ser la banda que es, y la evolución que empezó a tener. La Playlist del Yeyo lo incluye en su repertorio, con el convencimiento de que incluye bonitas y memorables canciones.
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