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Bienvenidos a La Playlist del Yeyo

Bienvenid@ a mi rincón musical del siglo XX. Donde vive la magia.

Si decides navegar por estos mares, pronto descubrirás que me he quedado anclado en el siglo pasado. Y no podría estar más orgulloso. Este pequeño fondeadero, perdido en el vasto océano de internet, es un lugar donde las historias suenan y la música se cuenta. ¿O es al revés? El caso es que en sus publicaciones te narro relatos con banda sonora. ¡O quizá te convierto un disco en narrativa! ¡Bueno, no sé!

Tú decides si vienes por las historias o por las canciones. Este fondeadero abraza ambas cosas. En cualquier caso, aquí se combinan narrativa y buena música. La mejor música del siglo XX.
Publicado abril 06, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

ELO-Eldorado

Interpretación visual de Eldorado de ELO-La Playlist del Yeyo


el conjunto de Eldorado de la ELO, es absolutamente genial, con una trama musical, absolutamente deliciosa, unas melodías y un ritmo, brutales, y una interpretación realmente magistral



Menú de Contenido:

  • 1. El Archivista de Sueños Tristes (Narrativa)
  • 2. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 3. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

El Archivista de Sueños Tristes

El Santuario de lo Olvidado

El Archivo Central de Ocre no era un edificio normal, era una herida en el tiempo. Situado en las entrañas de una ciudad donde el sol se había rendido hacía décadas, el archivo se extendía por kilómetros de galerías subterráneas excavadas en roca de pizarra. Allí, el aire olía a papel viejo, a humedad de cueva y a un eco metálico constante. Robert, el archivista jefe, se movía por los pasillos con la agilidad de un espectro que conoce cada grieta. Su escritorio era una balsa de madera de roble negro, sepultada bajo montañas de legajos, daguerrotipos que se borraban al mirarlos y cajas de música que solo emitían suspiros.

En Ocre, la magia se había escapado por las alcantarillas. Ya nadie recordaba el color rojo, excepto en los libros prohibidos. La gente vivía en un sepia perpetuo. Robert, sin embargo, tenía un don: podía "escuchar" los objetos. Sabía cuándo una pluma estilográfica tenía una historia de amor pendiente de escribir, o cuándo un reloj de bolsillo guardaba un minuto de pura felicidad.

El Podcast del Yeyo

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España

Reino Unido

Aquel día, la luz de su lámpara de aceite parpadeó con un tono violáceo inusual. Sobre su mesa, alguien, había depositado un envoltorio de terciopelo azul. Al abrirlo, Robert sintió un calambre que le recorrió la columna. No era un documento. Era un disco de vinilo, pero su superficie no era de policarbonato, sino de una sustancia que parecía obsidiana líquida. En el centro, una inscripción dorada brillaba con luz propia: ELECTRIC LIGHT ORCHESTRA - ELDORADO.

Robert, el archivista

—Esto no es de este mundo —susurró Robert, ajustándose sus gafas de montura de carey—. Esto es un mapa de salida.

Con manos temblorosas, Robert caminó hacia el rincón más oscuro del archivo, donde guardaba un gramófono de bocina inmensa que él mismo había restaurado. Al posar la aguja, el aire del archivo comenzó a vibrar. Las estanterías de piedra se volvieron translúcidas y el techo de pizarra desapareció, dejando paso a una cúpula de estrellas de neón que giraban al ritmo de la música.

El Despertar del Reino

La Eldorado Overture estalló en el archivo como una tormenta de luz. No fue solo música; fue una invasión sensorial. Las cuerdas de la orquesta, dirigidas por la mano invisible de Jeff Lynne, comenzaron a tejer una realidad alternativa. Los muros de Ocre se derrumbaron sin ruido, sustituidos por un valle de vegetación eléctrica, donde las hojas de los árboles eran de un verde tan intenso que dolía a la vista.

Robert cerró los ojos y, al abrirlos, ya no estaba en su sótano. Estaba en el umbral de un mundo de ensueño. La transición hacia Can't Get It Out of My Head fue tan suave como un suspiro en la oscuridad. La melodía flotaba sobre el valle como una bruma de plata. Una mujer, de piel de nácar y ojos que contenían galaxias, bailaba sobre un lago de mercurio a lo lejos.

—Es fascinante —dijo Robert en voz alta, aunque no había nadie allí para escucharle—. Lynne ha logrado aquí algo que la crítica de 1974 apenas empezó a vislumbrar: la fusión total del pop con la estructura de una sinfonía clásica. No son canciones pegadas; es un ecosistema sonoro. La melancolía de ese piano inicial en Can't Get It Out of My Head es la llave que abre la puerta de cualquier celda mental.

Mientras caminaba por el borde del lago, Robert se dio cuenta de que el disco no solo era una reseña de un mundo fantástico; era una crítica feroz a la realidad gris que él habitaba. "Eldorado" no era un lugar de oro físico, sino de oro emocional. El uso de la sección de cuerda no era un adorno, era el esqueleto mismo de este nuevo mundo. Pero, como todo sueño, tenía un precio: cuanto más dulce era la melodía, más se desvanecía el recuerdo de quién era él en el mundo real.

El Héroe de Juguete

Robert caminaba por el sendero de cristal líquido, dejando atrás el lago de mercurio. La música de la Obertura y de Can't Get It Out of My Head había dejado una estela de calma, pero la atmósfera de Eldorado estaba a punto de cambiar drásticamente. El aire, antes dulce, empezó a oler a azufre y a metal sobrecalentado. Las montañas de cristal que rodeaban el valle se volvieron dentadas, como hachas plateadas esperando el golpe.

Robert sintió una opresión en el pecho. No era una opresión física, sino el peso de una historia trágica que se avecinaba. Fue entonces cuando lo vio.

el caballero de hojalata

De detrás de una colina de cuarzo apareció un figura ridícula pero imponente. Era un caballero andante, pero su armadura no era de acero, sino de hojalata pintada de un azul cobalto tan vibrante que parecía tener luz propia. Llevaba un casco a juego con su armadura, y con la visera abierta, dejando ver su cara compungida. El caballero no cabalgaba, sino que se movía a trompicones, como un juguete de cuerda al que se le está acabando la energía.

En su pecho, una manivela de cobre giraba lentamente. Su expresión, pintada en la cara de hojalata, era de un heroísmo forzado y triste.

Robert se detuvo, fascinado. La canción Boy Blue arrancó con una fanfarria de sintetizadores que imitaban trompetas de juguete, seguidas de un ritmo pop directo, casi marcial, pero impregnado de esa melancolía que Jeff Lynne inyecta en cada acorde.

—"They call him Boy Blue because he's a true blue" (Le llaman Boy Blue porque es un azul verdadero)... —susurró Robert, repitiendo la letra que flotaba en el aire—. Es una genialidad lírica. Lynne no está cantando a un héroe medieval real; está cantando a la idea de un héroe de la infancia, a un juguete olvidado en el desván que sueña con su gloria pasada.

Mientras el caballero de cuerda intentaba desenvainar una espada de madera, la canción desplegaba toda su fuerza. Robert, como archivista, supo apreciar la ironía: Boy Blue es una crítica al concepto de la guerra y la heroicidad vacía, envuelta en una melodía pop irresistible y una orquestación que la eleva. Lynne muestra aquí su maestría para criticar mientras te hace mover el pie. La sección de cuerda, en lugar de ser solemne, suena aquí juguetona, casi burlona, acompañando el destino previsiblemente triste de este "héroe de juguete".

De pronto, un viento caliente sopló desde el este, trayendo el sonido de truenos. El caballero Boy Blue se detuvo en seco, su manivela dejó de girar y su color azul comenzó a agrietarse. Eldorado estaba cambiando de nuevo.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

El Viaje Hacia la Desolación

La figura desgastada del caballero Boy Blue se detuvo por completo. Su manivela de cobre dejó de girar con un clonc metálico final. El aire caliente soplaba más fuerte, trayendo un siseo estático. Robert, de pie a lo lejos sobre el sendero de cristal líquido, vio cómo una fisura se abría en el cielo azul eléctrico. El paisaje de cuarzo plateado comenzó a temblar. El sonido de truenos orquestales ya no era melancólico; era aterrador.

El cambio fue brutal. La canción Laredo Tornado irrumpió con un riff de sintetizador sintetizado, casi metálico, seguido de un ritmo pop directo pero cargado de tensión. La orquestación, que antes envolvía suavemente, se convirtió en ráfagas de viento y arena plateada. El sendero sobre el que Robert caminaba comenzó a agrietarse, transformándose en un desierto de ceniza.

A lo lejos, una columna de humo orquestal se elevaba, tomando la forma de un tornado que avanzaba hacia él.

—"Can you feel it? It's a Laredo Tornado, it's a cold, hard day..." (¿Puedes sentirlo? Es un Tornado Laredo, es un día frío y duro...) —cantó Robert para sí mismo, luchando contra el viento que intentaba arrancarle las gafas.

Mientras la orquesta de Lynne desplegaba su potencia, Robert no pudo evitar analizar la estructura: Laredo Tornado es un puente esencial en el álbum. Lynne utiliza aquí la potencia rítmica para sacudir al oyente y recordarle que Eldorado no es un paraíso estático. Es un sueño que se está corrompiendo. La crítica de la época quizás no apreció la audacia de mezclar ese sonido tan "tecnológico" de los Moog con los instrumentos de cuerda clásicos, pero para Robert, era la definición perfecta de la distopía que estaba viviendo: la tecnología (el tornado orquestal-sintetizado) devorando la belleza clásica del sueño. La canción no es solo un tornado; es la memoria de la realidad gris que invade la fantasía.

el tornado

El Laredo Tornado había arrasado con todo. El desierto de ceniza plateada era ahora un páramo monocromático, idéntico al Ocre que Robert había intentado dejar atrás. El sendero de cristal líquido se había evaporado, y el cielo violeta y negro se había asentado en un gris perpetuo. Robert yacía boca abajo, su chaqueta de pana raída y sus gafas perdidas en la ceniza. Se sentía, más que nunca, un intruso en su propio sueño.

La Miseria del Vagabundo

Robert se arrastró por la ceniza. Sus manos, antes rosadas por la magia de Eldorado, volvían a ser de un sepia pálido. La música de Poor Boy comenzó a sonar, pero no con la fanfarria de Boy Blue. Arrancó con un ritmo pop suave, casi tímido, liderado por un piano melancólico y una línea de bajo que sonaba como pasos arrastrados en la soledad.

A lo lejos, una figura desgarbada apareció. Un hombre con un traje de vagabundo, con remiendos multicolores que apenas brillaban en la penumbra. Llevaba una maleta hecha de cartón y notas musicales rotas.

—"Poor boy, I’m a poor boy, but I’m rich in my own right..." (Pobre chico, soy un pobre chico, pero soy rico a mi propia manera...) —susurró Robert, levantando la vista.

Robert analizó la pieza mientras el vagabundo pasaba de largo sin mirarle. Poor Boy es una de esas joyas ocultas en las que Jeff Lynne muestra su cara más humana y melancólica. La crítica lo calificó como "pop orquestal de cámara", y Robert supo por qué. El uso de la sección de cuerda aquí no es grandilocuente; es íntimo, casi como un cuarteto que acompaña el dolor del protagonista. Lynne demuestra que no siempre necesita un tornado orquestal para conmover; a veces, un piano desnudo y una melodía sincera son suficientes. Es la historia de alguien que, aunque lo ha perdido todo (como Robert en ese momento), se aferra a la idea de que su imaginación le pertenece y, por tanto, sigue siendo "rico". La canción, en sí misma, es una reseña de cómo la ELO puede pasar de la épica a la miseria humana en cuestión de segundos, sin perder su identidad sonora.

el vagabundo

Robert vio al vagabundo Poor Boy alejarse, y con él, se alejaron también los últimos vestigios de color de Eldorado. Se sentía, sin duda, un pobre diablo atrapado entre dos mundos. Pero en el horizonte, una luz dorada y antinatural, distinta a todo lo visto hasta ahora, comenzó a brillar. El Reino del Misterio lo estaba esperando.

Robert se quedó solo en el desierto de ceniza gris. Poor Boy había desaparecido, y con él, toda esperanza de redención. Pero la luz antinatural en el horizonte seguía brillando, atrayéndole. No era el oro de los conquistadores; era el oro alquímico de la ELO, un metal que se fundía con la música. Robert se levantó, sacudió la ceniza de su chaqueta de pana y caminó hacia el Reino del Misterio.

El Soberano de la Distorsión

Mister Kingdom

A medida que se acercaba, la estructura dorada y distorsionada se hizo más clara. Era una torre inmensa, construida con instrumentos de viento rotos y tubos de neón fundidos. El sonido de Mister Kingdom comenzó a sonar, arrancando con un ritmo pop potente y una línea de bajo pesada, casi amenazante. La orquestación, liderada por un sintetizador sintetizado, creaba una atmósfera densa y opresiva.

De la torre salió un hombre alto y delgado, vestido con un traje de oro líquido que se adaptaba a su cuerpo. Su rostro estaba oculto por una máscara dorada y distorsionada que reflejaba la luz de la torre. Llevaba un cetro hecho de un cable eléctrico fundido con un micrófono en el extremo.

—"Mister Kingdom, are you waiting for me?" (Mister Kingdom, ¿me estás esperando?) —cantó Robert, su voz resonando en el desierto.

Mister Kingdom es otra joya orquestal del álbum. La crítica lo calificó como "pop progresivo orquestal", y Robert supo por qué. El uso de la sección de cuerda aquí no es solo un adorno; es el esqueleto mismo de este nuevo mundo. Pero, como todo sueño, tiene un precio: cuanto más dulce era la melodía, más se desvanecía el recuerdo de quién era él en el mundo real. La canción, en sí misma, es una reseña de cómo la ELO puede pasar de la épica a la miseria humana en cuestión de segundos, sin perder su identidad sonora.

El Final del Sueño y el Despertar del Archivista

Robert estaba parado en el borde de un precipicio que no existía hacía diez minutos. El desierto de ceniza gris se cortaba abruptamente, abriéndose a un abismo que no contenía oscuridad, sino un vórtice de sonido y luz líquida. Ante él, la monumental y distorsionada estructura dorada de Mister Kingdom estaba colapsando sobre sí misma. No caía con estrépito, sino que se derretía, como cera expuesta a un sol nuclear, vertiendo cascadas de oro fundido y neones agonizantes hacia el abismo.

El aire vibraba con la penúltima canción del disco, Eldorado. La voz de Jeff Lynne sonaba más solemne que nunca, una elegía por un mundo que moría por exceso de belleza.

Mientras la estructura se desmoronaba, una figura emergió de entre las ruinas fundidas. No era el Rey de Oro con su máscara distorsionada, sino una entidad gigantesca y etérea, hecha de pura luz blanca y miles de notas musicales plateadas que giraban en torbellinos (la esencia misma de la ELO, la "Chica del Sueño" que Robert había perseguido desde el principio). Era aterradora y hermosa a la vez. La figura estiró una mano luminosa hacia Robert, invitándole.

—"Here it is, the end of the dream" —susurró Robert. Ya no tenía sus gafas de carey, perdidas en la tormenta, y su chaqueta de pana estaba hecha jirones. Su rostro, aunque marcado por la ceniza, no reflejaba miedo, sino una aceptación profunda.

Eldorado final

La música transicionó sin pausa hacia el Eldorado Finale. La orquesta estalló en un crescendo monumental, grandioso y trágico. Era el sonido de un universo entero plegándose sobre sí mismo.

Robert miró hacia atrás, hacia la nada gris de Ocre que asomaba a lo lejos. Luego miró la mano tendida de la entidad de luz y el abismo orquestal. Comprender Eldorado, integrar su reseña en su propia alma, significaba aceptar que la fantasía, aunque necesaria, es insostenible si niega la realidad. El disco no era un escape; era una advertencia. Lynne no cantaba a un lugar real, sino a la búsqueda inútil de la perfección. Quedarse en Eldorado era morir atrapado en una melodía bonita. Volver a Ocre era vivir en el gris, pero vivir al fin y al cabo.

—Prefiero recordar el color que convertirme en ceniza dorada —dijo Robert con firmeza.

Lentamente, Robert retrocedió un paso, alejándose del borde.

📊 DATOS CLAVE:Lanzado: 14 Septiembre 1974 | Primer Oro EE.UU. | "Can't Get It Out..." Top 10 Billboard | Mezcla pionera Moog/Orquesta | Grabado: De Lane Lea Studios | Producción: Jeff Lynne | Concepto: Fantasía vs. Realidad |

La entidad de luz pareció sonreír con tristeza antes de disolverse en una última explosión de notas musicales. La estructura de Mister Kingdom terminó de colapsar, arrastrando todo el color y la luz de Eldorado hacia el abismo. El vórtice orquestal se cerró con un acorde final, solemne y definitivo.

Finalmente, el mundo de fantasía se apagó.

Robert abrió los ojos con un jadeo. El Archivo Central de Ocre gótico y polvoriento volvió a rodearle. Estaba recostado sobre su escritorio de madera oscura, con dolor de cuello. La lámpara de aceite seguía emitiendo su luz violeta, pero el vinilo de Eldorado ya no brillaba sobre el gramófono; simplemente giraba, haciendo el sonido de ssshhh, ssshhh al llegar al final del surco.

regreso al archivo

Robert se ajustó las gafas y se frotó la cara. El olor a ozono y aventura había desaparecido, sustituido por el olor a papel viejo y humedad. Eldorado se había ido.

Sin embargo, al levantarse, algo cayó de su chaqueta de pana. Robert lo recogió. Era una pequeña manivela de cobre, idéntica a la que llevaba el caballero Boy Blue en el pecho.

Robert sonrió. Quizás el sueño había terminado, pero Eldorado había dejado una marca. Caminó hacia la estantería y colocó la manivela junto a una vieja placa de bronce que decía: "Propiedad de La Playlist del Yeyo".

La Playlist del Yeyo seguía sonando, incluso en el silencio del archivo.

Epílogo y Reseña

icono radio

"Eldorado" de la Electric Light Orchestra no es simplemente un álbum conceptual; es la declaración de intenciones más ambiciosa de Jeff Lynne, el momento en que dejó de imaginar cómo sonaría una orquesta en un disco de rock y simplemente lo hizo realidad. Publicado el 14 de Septiembre de 1974 en Estados Unidos y un mes después en el Reino Unido, el álbum llegó en un momento en que el rock progresivo empezaba a coquetear peligrosamente con la autoindulgencia. Lynne, sin embargo, tenía un plan diferente: fusionar la grandiosidad sinfónica con la accesibilidad del pop, una fórmula que muchos críticos de la época recibieron con escepticismo, calificándolo de "pretencioso" o "demasiado pulido".

epilogo eldorado

No obstante, el tiempo ha sido el mejor aliado de Eldorado. Lo que en 1974 se vio como un exceso, hoy se califica como una producción visionaria. Eldorado fue el primer disco de la ELO en alcanzar el estatus de Oro en EE.UU., impulsado por el éxito del single Can't Get It Out of My Head, que llegó al Top 10 del Billboard Hot 100. Pasados los años, el disco es considerado una obra maestra fundamental del rock orquestal y una influencia directa en bandas que buscan esa misma fusión de estilos. Es el sonido de una banda que encontró su identidad dorada en el equilibrio perfecto entre la rítmica del pop y la emoción de una sinfonía, un sueño que, al igual que el de Robert en nuestro archivo, sigue brillando con una luz antinatural y maravillosa.

La Opinión del Yeyo

logo opinion

Una vez metido en la vorágine de buscar discos de la ELO, allá por los primeros 80 a raíz del descubrimiento de Time, encontré este álbum, en las tiendas de discos de segunda mano, y en cuanto pude me lancé a por él. Este no fue el primero que me compré, antes vinieron otros, pero cuando llegó este, fue como una explosión de energía, de alegría, de emociones nunca vividas en mi corta vida musical hasta ese momento…

Eldorado de la Electric Light Orchestra, es un discazo, me emocionó desde la primera escucha, no podía creer que esa música tan preciosista, y tan orquestal, la pudiera hacer una banda de rock. Leí en los créditos que la orquesta que la acompañaba la dirigía un tal Louis Clark, al que ya conocía de antes por la televisión, pero me dió el dato que necesitaba para confirmar que la música que se contenía en este disco, era de muchos kilates. Efectivamente, así era…

opinion del yeyo

Era la primera vez que me daba cuenta de que la ELO consistía en la mezcla absolutamente maravillosa del rock y la música sinfónica. Pero no hacían partes separadas, no. No había un extracto de rock, y otro de sinfonía, era todo a la vez, todo junto, en una mezcla que sonaba como si lo hicieran los mismísimos ángeles del cielo. Era una obra maestra compositiva, esa música no la podía hacer un cualquiera. Tenía que ser un genio. No podía ser de otra manera. Y Jeff Lynne lo es. Es un genio componiendo, tocando, cantando, en fin, no hay mas palabras. Un genio con mayúsculas.

Las melodías de este discazo, son pura maestría tanto en su interpretación como en su composición. Entran por el oído de una manera sencillamente cautivadora, y a mi me embelesan y me agitan, al mismo tiempo. Tengo que reconocer que en privado, escucho la obertura inicial, y me pongo en modo Louis Clark, y dirijo la orquesta con una habilidad, que solo yo entiendo. Y luego llega la calma de Can’t Get It Out Of My Head, y me relajo. Pero el conjunto de Eldorado de la ELO, es absolutamente genial, con una trama musical, absolutamente deliciosa, unas melodías y un ritmo, brutales, y una interpretación realmente magistral.  

Ya he dicho en otros discos de la ELO, y lo diré siempre, que esta banda, fue la que me hizo descubrir lo hermosa que es la música, lo hermoso que es el rock, y gracias a ella, me enamoré primero de su música, y luego me abrí a otras, y descubrí la enorme belleza y atractivo que tiene la música de esas últimas décadas del siglo XX, y por las que vive La Playlist del Yeyo

Y esta maravillosa banda, la ELO, ocupa un lugar preferente en mi corazón, donde sólo residen las joyas más valiosas que he podido escuchar a lo largo de mi vida. Forma parte de mi playlist vital, y ocupa uno de los primeros puestos, sin ninguna duda.


Si te gusta esta maravillosa banda británica, y su deliciosa música, puedes encontrar aquí, en La Playlist del Yeyo, más discos, con más historias, y más música de la ELO, en los siguientes discos que te enumero: A New World Record, Out of the Blue, ELO

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Publicado marzo 30, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

The Beach Boys Today

Interpretación visual de The Beach Boys Today!-La Playlist del Yeyo


las preciosas armonías vocales, y los coros de los chicos de la playa, que son realmente maravillosos, y sobresalen y llaman la atención, en todas sus canciones. Aunque no debo descartar las maravillosas melodías que tiene, tan atractivas



Menú de Contenido:

  • 1. La balada del Cadillac azul (Narrativa)
  • 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo 

La Balada del Cadillac Azul

El taller de "Old" Mike no era un negocio; tampoco era un taller al uso; era un santuario de metal donde el tiempo se había quedado sin gasolina. Situado en un callejón sin salida de Santa Mónica, apenas a tres manzanas de donde las olas del Pacífico mueren contra los pilares de madera del muelle, el local era una cueva de Aladino para los amantes del motor.

El aire allí dentro tenía una textura casi sólida. Era una mezcla embriagadora de aceite de motor quemado, disolvente de pintura, caucho viejo y ese persistente aroma a salitre que la brisa marina depositaba sobre las herramientas cada vez que Mike abría la persiana metálica. El suelo de hormigón estaba tatuado con manchas oscuras, mapas de fugas de transmisiones que habían dejado de latir hace décadas. En las estanterías, junto a las llaves inglesas de cromo-vanadio, descansaban latas de cera para carrocería que conservaban el diseño de los años cincuenta, cubiertas por una fina capa de polvo que Mike se negaba a limpiar.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

Aquella mañana de martes, el sol de California entraba por los ventanales altos y sucios, proyectando columnas de luz donde bailaban motas de polvo y partículas de óxido. En el centro del taller, descansaba el Cadillac Series 62 Convertible de 1964. Era una ballena de acero de color azul pálido, pero su piel estaba picada por el "cáncer de la costa": el salitre se había merendado parte del cromo de las aletas traseras, esas que terminaban en puntas desafiantes, un último vestigio de la era espacial en el diseño automotriz.

Mike, con las manos curtidas, llenas de cicatrices que contaban historias de motores recalentados y dedos atrapados en correas de ventilador, se secó el sudor con un trapo de algodón que alguna vez fue blanco. Se quedó mirando el coche. Había algo en la curva del guardabarros que le recordaba a una mandíbula apretada.

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Reino Unido

—Tú y yo sabemos lo que es que nos olviden, ¿verdad? —susurró Mike, su voz era un ronquido áspero por el tabaco de mascar.

Al abrir la puerta del conductor, el cuero de los asientos exhaló un suspiro de aire atrapado desde hacía décadas. Era un olor dulce y rancio: perfume de mujer barato, laca para el pelo, arena seca y el recuerdo de muchos cigarrillos Lucky Strike. En la guantera, que se abrió con un quejido metálico, Mike no encontró los papeles del seguro. Encontró una entrada de cine para "Viva Las Vegas", un pintalabios reseco y una vieja cinta de casete grabada a mano. En el lomo de la cinta, con una caligrafía femenina, nerviosa y elegante, se leía:

The Beach Boys Today! – Para Steve, por si el verano se acaba.

Mike sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la corriente de aire. Conocía a Steve. Era el cliente que le había traído el coche a reparar, y a hacerle una puesta a punto. Aquel interior de coche antiguo tenía algo que le gustaba. Era como una especie de magia, una suerte de hechizo que le invitaba a cerrar los ojos, y a imaginar...

Mike el mecánico

El Verano que no quería morir

Julio de 1965. La arena de Malibú quemaba las plantas de los pies, obligando a los bañistas a correr hacia la orilla en una danza cómica. El chiringuito de madera de "Big Ed" era el epicentro del universo. Allí, el olor a hamburguesas a la parrilla y a aceite de coco de las chicas en bikini se mezclaba con el sonido de las olas rompiendo con una fuerza monótona.

Steve estaba apoyado en el Cadillac, con el pecho desnudo y el pantalón corto de algodón descolorido. Su tabla de surf, una "Longboard" de madera de balsa con una raya roja central, descansaba en el asiento trasero. Él no miraba al mar; la miraba a ella. Elena estaba sentada en el capó, con sus gafas de pasta blanca y un vestido de flores que parecía flotar con la brisa.

—Mi padre dice que el mes que viene volvemos a la ciudad —dijo Elena, trazando círculos invisibles en el cromo del capó—. Dice que las vacaciones son una distracción peligrosa para alguien que tiene que empezar la universidad.

Steve apretó la mandíbula. Odiaba la palabra "universidad". Para él, el futuro era una carretera que terminaba en el siguiente acantilado.

Steve y Elena

—Tu padre no entiende que aquí el tiempo no cuenta igual —respondió Steve—. Mira este disco que he conseguido. Es de los Beach Boys, pero no es como los anteriores. Brian Wilson se ha vuelto loco en el estudio. Dicen que ha usado orquestas, campanas, hasta instrumentos que no tienen nombre. Se llama Today!

Elena cogió la funda del disco. Sus dedos rozaron la foto de los cinco chicos con camisas de rayas.

—¿Por qué "Hoy"? —preguntó ella.

—Porque Brian sabe que el mañana es una estafa —dijo Steve con una seriedad impropia de sus diecinueve años—. Escucha la primera canción. Es una versión de una vieja canción de baile, pero suena como si el mundo se fuera a acabar y la única solución fuera agarrarse fuerte a alguien.

Steve se inclinó por la ventanilla, conectó el contacto y subió el volumen de la radio del coche al máximo. Las notas de la percusión estallaron, haciendo vibrar los cristales del Cadillac y silenciando, por un momento, el rugido del océano. Do You Wanna Dance?

La voz de Dennis Wilson, más ronca y urgente que la de sus hermanos, inundó la playa. No era el surf-pop inocente de un año atrás; había una densidad en la producción, un "muro de sonido" que envolvía a la pareja. Los coros eran perfectos, matemáticos, pero con un filo de desesperación. Mike, en el presente, mantenía los ojos cerrados y podía jurar que volvía a sentir el sol de 1965 en su cara.

En el taller, Mike dejó reposar la bayeta sobre el guardabarros. Se quedó mirando fijamente el bloque del motor. Para el ojo inexperto, era solo un amasijo de hierro y cables; para él, era un V8 de 429 pulgadas cúbicas, un corazón de hierro fundido que, cuando estaba a punto, emitía un ronroneo tan rítmico como la sección de viento de una orquesta.

—Marzo del 65... —mascó Mike, mientras vertía un poco de aceite nuevo en el cárter—. El mes que lo cambió todo.

El aceite caía con una densidad dorada, recordándole a Mike cómo el sol de aquel año parecía tener un peso distinto. En 1965, la sofisticación había llegado a Detroit y a los estudios de grabación de Los Ángeles. El Cadillac del 64 era el coche perfecto para ese momento: lo suficientemente moderno para ser rápido, lo suficientemente clásico para mantener la elegancia. Mike introdujo una llave de vaso para apretar los tornillos de la tapa de balancines. Cada giro era un recordatorio de la precisión que Brian Wilson exigía a sus músicos de sesión, los Wrecking Crew. Se decía que Brian podía escuchar una nota desafinada en medio de un muro de veinte instrumentos. Mike buscaba esa misma perfección en la combustión.

📊 DATOS CLAVE:Publicado el 8 de marzo de 1965 | Alcanzó el puesto #4 en el Billboard 200 y fue certificado Oro, marcando la transición de Brian Wilson hacia el pop barroco | Incluye los hits "When I Grow Up (To Be a Man)" y "Help Me, Rhonda" | La grabación destacó por el uso extensivo de The Wrecking Crew y la innovadora técnica de "muro de sonido" aplicada a las armonías vocales.

El Despertar de la Melancolía

Julio de 1965. La carretera de la costa estaba saturada de vapores de gasolina y el aire vibraba con el calor que emanaba del asfalto negro. Steve conducía con una mano en el volante y la otra buscando la rodilla de Elena. Ella estaba inusualmente silenciosa, mirando cómo los acantilados de roca arenisca pasaban a toda velocidad.

—Este coche ya no corre como antes, Steve —dijo ella, rompiendo el silencio—. O quizá es que el mundo va más rápido que nosotros.

Steve no respondió de inmediato. Redujo una marcha, sintiendo el tirón del motor, y sintonizó la emisora local. El locutor anunció con entusiasmo el nuevo sonido de los "chicos de la playa". No era una canción sobre tablas de surf; era algo que hablaba directamente de la angustia de crecer. When I Grow Up (To Be a Man)

La canción comenzó con ese punteo de clavicordio casi barroco, un sonido extrañamente elegante para una radio de coche. Mientras las armonías de Mike Love y los hermanos Wilson se entrelazaban, preguntándose si seguirían amando a sus chicas cuando tuvieran veinticinco años, Steve sintió un nudo en el estómago.

—Escucha eso, Elena —susurró Steve, subiendo el volumen hasta que los altavoces traseros del Cadillac empezaron a protestar—. Brian Wilson tiene nuestra edad y ya se está preguntando qué quedará de nosotros cuando seamos viejos. No es una canción de verano, es una advertencia.

—Es una crítica a la propia juventud —añadió Elena, con una madurez que asustaba a Steve—. El disco entero, Today!, es como si hubieran decidido dejar de jugar a ser niños. La primera cara todavía nos deja bailar, pero esta canción... esta canción nos está pidiendo cuentas.

El Cadillac devoraba las millas mientras la letra enumeraba las edades: dieciocho, diecinueve, veinte... Cada número sonaba como una losa. La producción era impecable, un laberinto de voces que demostraba que los Beach Boys ya no necesitaban la playa para ser relevantes; necesitaban la verdad. La crítica de la época no supo qué hacer con esto al principio; esperaban más diversión, pero se encontraron con un espejo.

El intruso de rojo

carrera de coches

De repente, un destello rojo apareció en el retrovisor. Era un Mustang GT 350, el nuevo juguete de Ford que estaba volviendo locos a los puristas. El coche se acercó tanto que Steve podía ver el reflejo de su propia aleta trasera en el capó del rival. El conductor del Mustang, un tipo de mandíbula cuadrada y gafas de sol de aviador, aceleró en vacío, provocando un estruendo que rompió la magia de las armonías de los Wilson.

Elena miró a Steve. Sabía que no podía evitarlo. El Cadillac era una dama de lujo, pero tenía músculo en las entrañas.

—No dejes que nos pise el orgullo, Steve —dijo Elena, ajustándose el pañuelo—. Si el verano se acaba, que sea con un estallido.

Steve pisó el acelerador a fondo. El carburador de cuatro cuerpos del Cadillac se abrió de par en par, aspirando aire y gasolina en una proporción perfecta. El coche dio un respingo, el morro se elevó ligeramente y la persecución comenzó justo cuando la radio anunciaba el siguiente éxito del álbum.

Cromo contra Fuego: El Duelo en la PCH

El Pacific Coast Highway, a las afueras de Malibú, no perdonaba los errores. A un lado, la pared de roca arenisca que amenazaba con desmoronarse; al otro, un precipicio directo hacia el océano que, a esa hora, absorbía los últimos rayos del sol en un abrazo dorado y sangriento. Steve sentía cómo el volante de nácar del Cadillac vibraba en sus manos, un organismo vivo exigiendo libertad. El Mustang rojo era una mancha de sangre en el retrovisor, insistente y feroz. Steve hundió el acelerador, sintiendo cómo el carburador de cuatro cuerpos del Cadillac tragaba aire con la avidez de un náufrago. El coche no solo corría; vibraba con una frecuencia que parecía venir de otra parte. Dance, Dance, Dance

—¡Escucha esa percusión, Elena! —gritó Steve mientras corregía la trayectoria con un golpe de volante. El ritmo de Hal Blaine golpeaba el habitáculo como una maza—. No es el típico golpe de batería de las canciones de surf. Brian ha metido cascabeles, cuerdas, capas de instrumentos que ni siquiera sé qué son. Es como si hubiera construido un motor dentro de la propia canción para que no deje de empujar.

Elena se aferró al asidero cromado, con el pelo castaño fustigándole la cara mientras el Mustang intentaba el adelantamiento por el exterior en la curva de Zuma Beach.

—Es una locura —respondió ella—. Los críticos dirán que es música para que las crías bailen en el porche, pero esto suena... pesado. Denso. Como si Brian Wilson estuviera intentando ocultar algo debajo de tanto ruido. ¡Cuidado con la curva!

Steve no soltó el gas. Sabía que "Dance, Dance, Dance" era la culminación de ese sonido comercial que los Beach Boys habían perfeccionado, pero percibía, como percibía el reglaje de sus válvulas, que la producción se estaba volviendo barroca, casi obsesiva. Aquello no era solo pop; era ingeniería acústica de precisión aplicada a la velocidad. El Cadillac, en un alarde de nobleza, mantuvo la trazada mientras el Mustang, demasiado ligero, sufrió un latigazo de la zaga que obligó a su conductor a levantar el pie un segundo. Un segundo. Eso fue todo lo que Steve necesitó para meter el morro azul en la recta de Point Dume y dejar al rival convertido en una miniatura roja en el espejo.

El reposo del guerrero: Point Dume

Cuando finalmente Steve detuvo el coche en el mirador de Point Dume, el motor emitía esos chasquidos metálicos tan característicos del enfriamiento rápido. El silencio que siguió al estruendo fue casi doloroso. El Mustang llegó poco después, pero no hubo burlas. El conductor se detuvo a unos metros, apagó las luces y se quedó allí, respetando la victoria de la vieja guardia. Steve sacó el brazo por la ventanilla, dejando que el aire frío de la noche le secara el sudor. En la radio, la energía de la carrera empezó a mutar en algo más melódico, más agridulce. Help me, Rhonda

—Al final, siempre se trata de una chica, ¿verdad? —dijo Steve, escuchando el piano saltarín y la voz de Al Jardine suplicando a una tal Rhonda que lo ayudara a olvidar a otra—. Brian se está haciendo experto en eso: disfrazar el dolor con melodías que podrías silbar mientras vas a por un batido.

—Es que este disco es un engaño, Steve —Elena se volvió hacia él, y por primera vez en toda la noche, sus ojos no brillaban por la velocidad, sino por algo parecido a la tristeza—. Esta cara del disco te hace creer que todo va bien, que seguimos siendo los reyes de la playa. Pero la crítica tiene razón cuando dice que Brian Wilson está empezando a mirar hacia adentro. Esta canción suena alegre, pero es la historia de un hombre roto.

Elena acarició el adhesivo de La Playlist del Yeyo que Steve había pegado en la guantera, un pequeño emblema de su club de amigos que amaban la música por encima de todo.

—Pronto será septiembre, Steve. Y Rhonda no va a venir a ayudarnos a nosotros.

A la luz de la luna

La herencia del aceite

En el Santa Mónica de hoy, Mike terminó de ajustar el distribuidor. Sus dedos estaban negros de grasa, una suciedad que ya formaba parte de su ADN. Al escuchar los últimos acordes de "Help Me Rhonda" en su viejo transistor, se dio cuenta de lo bien que había envejecido aquella producción. Lo que en el 65 parecía un exceso de instrumentación, ahora, con la perspectiva de los años, se revelaba como el primer paso hacia la genialidad absoluta de lo que vendría después con Pet Sounds.

Mike se subió al Cadillac. El cuero crujió bajo su peso como un viejo manuscrito. Introdujo la llave y, por un instante, cerró los ojos. Podía oler a Elena. Podía sentir el calor de aquella noche en Point Dume.

—Vamos, Brian —susurró, refiriéndose al coche como si fuera el propio Wilson—. Enséñales cómo suena la verdad.

Giró la llave. El V8 despertó con un bramido profundo, estable, sin un solo titubeo. Mike sonrió. Había logrado recuperar el latido, pero ahora venía la parte difícil: enfrentarse a la música que suena cuando el sol ya se ha puesto y las despedidas son inevitables.

El refugio de la medianoche

El calor del motor del Cadillac iba desapareciendo, sustituido por el frescor húmedo que subía desde el romper de las olas en la base del acantilado. El Mustang rojo finalmente se había marchado, dejando tras de sí un silencio que solo el océano se atrevía a romper. Steve y Elena no se habían movido del capó. El metal, todavía tibio, era su isla particular en medio de la oscuridad.

Steve estiró el brazo hacia el interior del coche y movió el dial de la radio. Buscaba algo que no fuera para bailar, algo que llenara el vacío que la victoria en la carretera no había podido colmar. De repente, una introducción de bajo y vibráfono, suave y nocturna, envolvió el mirador. Kiss Me, Baby

—Esta... —susurró Elena, dejando que su cabeza descansara en el hombro de Steve—. Esta es la que me hace querer llorar y sonreír al mismo tiempo.

Steve asintió. "Kiss Me, Baby" era otra de esas joyas de la cara B de Today! donde Brian Wilson exploraba las texturas del arrepentimiento y el deseo. Las armonías vocales aquí no eran un grito de alegría; eran un abrazo cálido, casi suplicante.

—Escucha los arreglos, Elena —dijo Steve en voz baja, casi para no romper la atmósfera—. Se nota que Brian ya no está escribiendo para el gran público. Está escribiendo para alguien que está en una habitación oscura, preguntándose si cometió un error. La crítica dice que es una de sus baladas más maduras, y tienen razón. Fíjate en cómo entran las voces de fondo... parecen fantasmas de amores pasados.

Elena se incorporó ligeramente y miró a Steve a los ojos. La luz de la luna convertía el azul del Cadillac en una sombra plateada y profunda.

—Prométeme una cosa, Steve —dijo ella, y su voz tembló un poco—. Prométeme que, pase lo que pase en septiembre, cuando la ciudad me atrape y la universidad me llene la cabeza de cosas que no son arena y sal, este coche seguirá siendo nuestro refugio.

Steve la tomó de las manos. Sus dedos olían a gasolina y a mar, una fragancia que Elena guardaría en su memoria como el perfume más caro del mundo.

El beso en la noche

—Te lo prometo por este motor y por cada nota de este disco —respondió Steve con una convicción que solo la juventud permite—. El verano puede terminar en el calendario, pero lo que hemos construido en este asiento, recorriendo la costa con los Beach Boys de fondo, no se va a borrar. Te querré siempre, Elena. Pase lo que pase.

Se besaron entonces. Fue un beso lento, que sabía a salitre y a la urgencia de quien sabe que el tiempo es un enemigo silencioso. Mientras sus labios se encontraban, las armonías de Brian Wilson alcanzaban su clímax, esa mezcla de melancolía y belleza que definía perfectamente lo que sentían: un amor eterno encerrado en un tiempo finito.

En el taller, Mike soltó el volante. Se había quedado allí sentado, en la penumbra de su local, dejando que el final de "Kiss Me, Baby" se desvaneciera en el aire cargado de aceite. Había algo en esa canción que siempre le recordaba la fragilidad de las promesas.

Acarició el salpicadero de cuero, justo donde todavía se veía la marca de aquel adhesivo de La Playlist del Yeyo. Mike sabía lo que Steve no podía saber aquella noche en Point Dume: que las promesas no siempre sobreviven al invierno, pero que el metal y la música son capaces de conservarlas, congeladas en el tiempo, esperando a que alguien vuelva a girar la llave.

—Lo prometiste, muchacho —susurró Mike a la oscuridad—. Y aquí sigue el coche, esperando a que ella vuelva a sentarse en él.

Septiembre en el Espejo

El último día de agosto no trajo lluvia, sino un viento frío del norte que agitaba las palmeras de Santa Mónica como si quisieran arrancarlas de la arena. El Cadillac azul estaba aparcado frente al motel "Sea Breeze", pero su brillo parecía apagado bajo el cielo plomizo. Steve estaba de pie junto a la puerta abierta, con las manos en los bolsillos, viendo cómo el padre de Elena cargaba las últimas maletas en el coche familiar, un sobrio sedán negro que parecía el coche fúnebre de su felicidad.

Elena salió por fin. No llevaba su vestido de flores, sino un traje de chaqueta gris, el uniforme de la chica que va a convertirse en mujer en una ciudad de cemento. Se acercó a Steve y, sin decir nada, se refugió en su pecho por última vez. Steve alargó la mano hacia el interior del Cadillac y pulsó el play por última vez. She Knows Me Too Well

La canción empezó con esas armonías complejas, casi disonantes, que reflejaban perfectamente la inseguridad de Steve. La voz de Brian Wilson subía hasta un falsete que sonaba a cristal rompiéndose.

—Escucha lo que dice, Elena —susurró Steve al oído de la chica—. Dice que ella me conoce demasiado bien, que sabe mis miedos. Tú eres la única que sabe quién soy realmente debajo de este coche y de esta fachada de surfero.

—Lo sé, Steve. Y por eso me duele tanto —respondió ella, separándose con los ojos anegados en lágrimas—. Brian Wilson compuso esto porque sabía que el amor es complicado, que no es solo bailar en la playa. Es esto: el nudo en la garganta cuando el motor del coche de mi padre arranque.

Brian estaba desnudando su alma, admitiendo sus celos y sus debilidades. Mientras los Beach Boys cantaban sobre la profundidad del conocimiento mutuo, el padre de Elena tocó el claxon. Fue un sonido seco, definitivo.

Elena le dio un último beso rápido, que sabía a sal y a despedida eterna, y se subió al sedán negro. Steve se quedó apoyado en el Cadillac, con los ojos llorosos, viendo cómo el coche se alejaba. En el espejo retrovisor del Cadillac, la imagen de Elena se fue haciendo pequeña hasta desaparecer en la bruma de la carretera. Steve entró en su coche, cerró la puerta y se quedó en silencio, con el eco de las armonías de Brian Wilson resonando en el cuero frío de los asientos. El verano se fué.

El Regreso del Capitán

despedida de los abuelos

En el taller, "Old" Mike dio el último toque de cera al capó del Cadillac. El coche brillaba ahora con una intensidad sobrenatural, como si el azul pálido hubiera recuperado la luz de aquel marzo de 1965. Mike se secó las manos y miró hacia la puerta.

Un taxi se detuvo fuera y de él bajó una pareja de ancianos. Él caminaba con la espalda algo encorvada pero con una elegancia que el tiempo no había podido doblegar; ella llevaba un pañuelo de seda al cuello que el viento de Santa Mónica agitaba con suavidad.

—¿Es éste? —preguntó la mujer, con una voz que conservaba un rastro de aquella dulzura de juventud.

—Si Elena —respondió el hombre, acercándose al Cadillac con los ojos brillantes—. Mike ha hecho un milagro.

Mike les entregó las llaves, sintiendo que estaba entregando el mando de una máquina del tiempo. El anciano se sentó al volante y, con una agilidad sorprendente, acarició el nácar del aro. Ella se sentó a su lado, y por un segundo, la luz que entraba por el ventanal del taller eliminó las arrugas de sus rostros, dejando ver a los jóvenes que una vez fueron.

—¿Todavía funciona la radio, Mike? —preguntó el hombre.

—Mejor que nunca —respondió Mike con un guiño.

Antes de arrancar, el hombre sacó del bolsillo una vieja cinta de casete con un adhesivo desgastado de La Playlist del Yeyo. La introdujo en la ranura. El V8 despertó con un ronquido poderoso, llenando el taller de ese olor a gasolina y promesa cumplida. Mientras el Cadillac salía lentamente del callejón hacia la luz del Pacífico, Mike pudo jurar que escuchaba las armonías finales de "Today!" perdiéndose en el tráfico moderno.

¿Eran ellos? Mike nunca lo preguntó. Pero mientras veía desaparecer la aleta azul en el horizonte, supo que, gracias a Brian Wilson y a ese bloque de acero, el verano de 1965 nunca tendría que terminar del todo.

Epílogo y Reseña

icono radio

El 8 de marzo de 1965 quedó marcado en el calendario de la industria musical como el día en que el surf perdió su inocencia para ganar un alma imperecedera. The Beach Boys Today! no fue un disco más; fue la respuesta de un Brian Wilson de tan solo veintidós años a la presión asfixiante de una industria que solo quería verle fabricar himnos para el verano. Tras un colapso nervioso que lo alejó de las giras, Brian se encerró en los Gold Star Studios de Los Ángeles para dar forma a una obra que alcanzaría el puesto número 4 en el Billboard 200 y se mantendría en las listas durante casi un año entero, logrando una certificación de Oro que hoy se queda corta ante su impacto cultural. Con canciones como "When I Grow Up (To Be a Man)", el grupo no solo vendía discos —que se contaron por millones— sino que planteaba las dudas existenciales de toda una generación que temía al futuro.

Epilogo Today

La crítica de la época se mostró dividida; mientras algunos medios celebraban la energía de la Cara A con éxitos como "Help Me, Rhonda" o la trepidante "Dance, Dance, Dance", otros se sintieron desconcertados por la desnudez emocional de la Cara B, donde las baladas orquestales anunciaban un cambio de paradigma. Sin embargo, con el paso de las décadas, la perspectiva histórica ha colocado a este álbum en un altar. Hoy es considerado el preludio necesario de Pet Sounds, el momento exacto en que Brian Wilson empezó a utilizar a los legendarios músicos de sesión de The Wrecking Crew para construir capas de sonido que desafiaban la tecnología de la época. La transición del vibráfono al clavicordio, la inclusión de percusiones exóticas y, sobre todo, ese tratamiento casi religioso de las armonías vocales, lo convierten en una obra maestra del pop barroco. Si en su momento fue visto como un disco de transición, hoy los académicos de la música lo califican como el punto de inflexión donde el pop dejó de ser un producto de consumo rápido para convertirse en arte de alta fidelidad. Es la crónica de un tiempo en el que California no solo era un lugar en el mapa, sino un estado mental donde el cromo de los Cadillac y la melancolía de un adiós en la playa podían convivir en el mismo surco de vinilo, recordándonos que, aunque el verano termine, la música es el único motor capaz de hacernos regresar a casa.

La Opinión del Yeyo

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Seguro que muchos de vosotros, amables lectores, sobre todo si peináis canas, recordaréis algunas de la películas de Hollywood, que tenían una temática similar a la historia que os he contado en este artículo, sobre las playas de Malibú, los surfistas, las carreras de coches de la época, y las historias de amor de verano. A me viene a la memoria un peliculón, American Graffiti, que toca precisamente toda esta ambientación. Esta historia no está basada en la película, pero podría haber salido tranquilamente de ella.

Este precioso disco, Today! de los Beach Boys, toca precisamente ese tema, la pérdida de la inocencia, el enfrentamiento con la realidad, con la vida. Y la misma banda, se da cuenta de que ya no es suficiente con hacer canciones sencillas y pegadizas. El propio Brian Wilson, toma nota, y empieza, ya en este álbum, a utilizar el estudio como un nuevo instrumento, como algo que aprovechar para sacar mejores canciones. Este disco, precisamente es el último de esa bendita inocencia, y ya en su siguiente trabajo, Pet Sounds, lo utiliza hasta la saciedad. El resultado es espectacular. Pero esa es otra historia.

Este disco, un trabajo bastante aceptable, de los Beach Boys, consiste en dos caras totalmente diferentes. La cara A, con la típica música playera, de los surfistas, bailable, muy animada, muy simpática, y que atrae a todo el mundo. Es absolutamente típica de los Beach Boys, y muy de Malibú. Son canciones muy digeribles, y muy atractivas al oído.

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Pero la cara B, cambia mucho la temática. No digo que sean canciones de peor calidad, ni peores, simplemente el estilo es distinto, son baladas, temas más lentos, y también menos conocidas. Pero siguen teniendo el componente playero, el de los surfistas, las historias de amor en un verano de los años 60. Pero ahora son vistos desde otro punto de vista. La historia de amor se torna romántica, cariñosa, tierna, el tono, y el tempo de las canciones, es bastante más lento, y te hace ablandarte un poco. A mí me vienen recuerdos de una pequeña historia de amor de verano, que tuve con una chiquilla en Cullera. Solo tuvimos un par de encuentros y nos mirábamos con mucho cariño, y sabíamos que había peeling, pero la cosa no fue a más, se quedó así. Pero fue mi primer amor de verano, y tengo un gran recuerdo de él.

De este Today!, yo destaco las preciosas armonías vocales, y los coros de los chicos de la playa, que son realmente maravillosos, y sobresalen y llaman la atención, en todas sus canciones. Aunque no debo descartar las maravillosas melodías que tiene, tan atractivas, y el ritmo que le imprimen en la cara A, aunque la cara B, también tiene un ritmo muy atractivo, pero en distinto registro.

En resumen, The Beach Boys Today! es un buen disco, quizá la segunda cara, baja un poco y no solo de revoluciones, pero en conjunto le doy una buena nota, y me merece un gran respeto, por ser la banda que es, y la evolución que empezó a tener. La Playlist del Yeyo lo incluye en su repertorio, con el convencimiento de que incluye bonitas y memorables canciones.

Si te gusta esta grandísima banda americana, los Beach Boys, y quieres ampliar algo mas tu discografía, te invito a que le eches un ojo al post que hay incluido en La Playlist del Yeyo, y que versa sobre un disco tan grande como es el Pet Sounds, que de lo mejor que se ha hecho en la historia de la música.

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Publicado marzo 23, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

Radiohead-Pablo Honey

Interpretación visual de Pablo Honey de Radiohead-La Playlist del Yeyo


"Tiene canciones muy bonitas, unas melodías ciertamente atractivas al oído, tienen ese punto de deriva melódica que atrae desde el primer momento; aunque hay que reconocer que no todas son igual de seductoras, también Pablo Honey, tiene cosas algo mas costosas de entender, y que bajan el nivel, y en mi caso, a veces prefiero pasarlas de largo, y cambiar de pista"



Menú de Contenido:

  • 1. La Frecuencia de los Inadaptados (Narrativa)
  • 2. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 3. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

La Frecuencia de los Inadaptados

El ático y el inicio de la noche

Afuera, la ciudad se desangraba en una lluvia fina y persistente que convertía el asfalto en un espejo negro, reflejando las luces de neón de los bares que empezaban a cerrar. Pero a tres pisos de altura, en el último reducto de un edificio industrial que en tiempos mejores había fabricado componentes eléctricos, el ambiente era distinto. Allí arriba, en el ático que servía de cuartel general para la emisora pirata, el aire estaba viciado, una mezcla densa de humo de tabaco barato, café más parecido a achicoria y el olor a ozono que desprendían los equipos electrónicos viejos y sobrecalentados.

Era un espacio diáfano, pero atestado. Las paredes, de ladrillo visto y pintadas de un gris industrial que se desconchaba, estaban cubiertas casi por completo. No había papel pintado, sino una caótica colección de carteles de conciertos, portadas de discos recortadas y fanzines fotocopiados, todo sujeto con chinchetas o cinta americana. Entre el caos, justo encima de la mesa de mezclas, destacaba un adhesivo de vinilo, desgastado pero orgulloso, con el logo de La Playlist del Yeyo. Era el único sello de autoridad en aquel desorden creativo.

El Podcast del Yeyo

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El centro neurálgico del ático era una mesa de madera contrachapada, curva y maltrecha, que parecía sostener el peso de todo el edificio. Sobre ella, una mesa de mezclas analógica, llena de potenciómetros desgastados y VU meter analógicos que bailaban al ritmo de una música que aún no se emitía. Dos platos de vinilo Technics, un reproductor de cassettes de doble pletina y un micrófono Shure SM7B, montado en un brazo articulado que chirriaba con cada movimiento, completaban el equipo. Una maraña de cables negros y rojos serpenteaba por el suelo como serpientes en celo, desapareciendo detrás de pilas de discos y equipos de transmisión caseros que zumbaban con un tono grave y constante.

Álex estaba sentado en una silla de oficina desvencijada, con los auriculares AKG de estudio, grandes y pesados, descansando sobre su cuello. Tenía veinticinco años, pero la fatiga de las noches en blanco le daba un aspecto más curtido. Vestía una camisa de franela a cuadros, abierta sobre una camiseta negra descolorida. Su mirada estaba fija en la gran ventana que daba a la calle. Las gotas de lluvia resbalaban por el cristal, deformando las luces de la ciudad y creando un patrón hipnótico que encajaba perfectamente con su estado de ánimo.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

En el centro del ventanal, un cartel de neón casero, que Álex había fabricado con tubos flexibles, proyectaba un resplandor amarillento y trémulo sobre la mesa de mezclas. No ponía nada, era solo una forma abstracta que recordaba a un girasol deforme, un guiño visual que él solo entendía. Al lado del plato de vinilo, descansaba una cinta de cassette con una etiqueta manuscrita que ponía: "Radiohead - Pablo Honey. Feb '93".

Álex suspiró, acercó el micrófono a su boca y se colocó los auriculares. Era medianoche. El momento de los inadaptados. El momento de empezar a pinchar.

Perfecto, amigos de La Playlist del Yeyo. Ajustamos los niveles, la luz roja de "On Air" parpadea y la aguja cae sobre el surco. Arrancamos el programa con la energía cruda de 1993—pensaba el presentador mientras se preparaba para la emisión.

Alex en la emisora

Álex acercó el dedo al botón de play del reproductor. Antes de pulsarlo, ajustó el volumen del monitor y habló por el micrófono con esa voz profunda y algo rasgada que solo se consigue tras años de fumar y pocas horas de sueño.

—Bienvenidos a la frecuencia de los que no tienen sitio —dijo, y su voz resonó en los receptores de los pocos coches que patrullaban la ciudad y en las habitaciones de estudiantes insomnes—. Esto es La Playlist del Yeyo, emitiendo desde algún lugar entre la lluvia y el asfalto. Esta noche no vamos a poner lo que os dicta la MTV. Vamos a pinchar un disco que acaba de aterrizar desde Oxford. Se llama Pablo Honey y es el debut de unos tipos llamados Radiohead. Si creéis que el rock ha muerto con el grunge, escuchad esto.

Pulsó el botón. El aire del ático se llenó instantáneamente con el riff de guitarra frenético y casi disonante de "Anyone Can Play Guitar".

Mientras la canción atronaba en los auriculares, Álex cerró los ojos y se dejó llevar por la crítica que ya estaba formulando en su mente. Para él, este tema era una declaración de intenciones. Era punk y grunge a la vez, pero con una capa de ironía británica que lo hacía diferente. "Destruye la guitarra, sé una estrella del rock", decía la letra. Álex sonrió para sus adentros; era una bofetada a la pomposidad de los años 80, una oda al nihilismo de quien sabe que el mundo se está acabando pero decide bailar sobre los escombros.

De repente, una de las líneas telefónicas de la mesa de mezclas se iluminó. Era una luz pequeña, naranja, que parpadeaba con una urgencia que no encajaba con el ritmo de la música. Álex pulsó el botón de la línea privada, aquella que no salía al aire, y mantuvo el micrófono de emisión cerrado.

La Playlist del Yeyo, ¿quién está ahí? —preguntó, bajando el tono.

Al otro lado del cable, solo se oía una respiración agitada y, de fondo, el eco de la propia canción que él estaba pinchando. Después de unos segundos que parecieron eternos, una voz femenina, suave, pero cargada de una tristeza que Álex reconoció al instante, rompió el silencio.

—¿De verdad crees que cualquiera puede tocar la guitarra? —preguntó ella.

Álex se reincorporó en su silla, interesado.

Elena en su cuarto

—Es lo que dice Thom Yorke. Pero creo que lo dice con mala leche. Lo que quiere decir es que cualquiera puede hacer ruido, pero no cualquiera puede transmitir este vacío que siento yo ahora mismo al escucharlos. ¿Cómo te llamas?

—No importa —respondió ella—. Me llamo Elena, si eso te sirve. Escucho tu programa todas las noches porque pareces el único que no intenta venderme que todo va a salir bien. Esa canción... suena a libertad, pero yo me siento en una celda.

Álex miró el VU meter. La canción estaba llegando a su clímax de distorsión.

—Elena, quédate ahí. No cuelgues. Voy a contarte por qué este disco es más importante de lo que parece, y luego, si quieres, me cuentas por qué sientes que tu habitación es una cárcel.

Abrió el micro de nuevo para la audiencia mientras el final caótico de "Anyone Can Play Guitar" se desvanecía en un mar de acoples.

—Acabáis de escuchar la ironía hecha ruido —dijo Álex al aire—. Radiohead nos está diciendo que la fama es una farsa, pero que el ruido es real. Y hablando de realidades... vamos con algo más directo, algo que golpea en el estómago. Se llama "How Do You".

—¿Sabes qué pasa con este tema, Elena? —le susurró Álex por la línea privada mientras el ritmo frenético de la canción llenaba el ambiente—. Es la canción más corta del disco, poco más de dos minutos, pero es pura bilis. Es una crítica feroz a los que se creen superiores, a los que te miran por encima del hombro.

—A mí me miran así todo el tiempo —respondió Elena con un hilo de voz—. En el espejo, sobre todo.

Álex se quedó en silencio un segundo, procesando el peso de esas palabras.

Después se frotó los ojos, sintiendo cómo la cafeína y la voz de Elena empezaban a mezclarse en un cóctel extraño. El ritmo de "How Do You" era un martilleo incesante, una estructura casi mod que recordaba a unos The Jam pasados por el filtro del desánimo de los noventa.

—Elena —dijo Álex, manteniendo la voz baja, casi en un susurro íntimo mientras la batería de Phil Selway golpeaba en los auriculares—, este tema es un ataque frontal. Es Radiohead diciendo: "Sé quién eres y me das asco". Pero me has dicho que tú te miras así en el espejo. ¿Por qué? ¿Qué es lo que ves que te hace querer gritar como lo hace Thom en esta pista?

Alex en plena conversacion

—Veo a alguien que no encaja en las portadas de las revistas que lee mi hermana —respondió ella, y Álex pudo oír el roce de unos dedos contra el auricular del teléfono—. Veo una cara que no tiene ángulos bonitos y un cuerpo que parece sobrar en todas partes. La gente... la gente es cruel, Álex. O peor aún, son indiferentes. Me miran y pasan de largo como si fuera una mancha en la pared. Por eso me gusta tu radio. Aquí soy solo una voz. Aquí no tengo que pedir perdón por mi aspecto.

Álex sintió un nudo en la garganta. Miró el cartel de La Playlist del Yeyo en la pared; aquel rincón del ático era, efectivamente, un refugio donde la estética no importaba, solo la vibración del aire. Y la música.

—Escucha, Elena. Este disco, Pablo Honey, fue apaleado por la crítica al principio. Decían que eran unos niños de Oxford jugando a ser Nirvana. Pero es precisamente esa falta de pulido, esa honestidad algo sucia, lo que lo hace real. La belleza perfecta es aburrida, es una mentira de plástico. Lo que importa es el cable que conecta lo que sientes con lo que dices.

Abrió el micro de nuevo, cortando la línea privada para dirigirse a la ciudad.

—Acabamos de despachar la rabia de "How Do You". Una bofetada de realidad de apenas dos minutos y doce segundos. Pero la vida no es solo gritar a los que nos odian; a veces es reconocer que estamos atados a algo que nos hace daño. Hay un cordón que nos une a nuestros miedos, y a veces, solo queremos cortarlo. Esto es "Ripcord".

Mientras la guitarra de Jonny Greenwood lanzaba esos acordes punzantes, Álex volvió a la línea privada.

—¿Alguna vez has sentido que estás cayendo y que el paracaídas no se abre, Elena? De eso trata esta canción. Es la ansiedad de los veinte años concentrada en tres minutos.

—Todas las mañanas al despertar —dijo ella, con una risa amarga—. Siento que el "cordón de apertura" se ha quedado en la mano de otra persona. Que no tengo el control.

—Nadie lo tiene —replicó Álex con firmeza—. Ni siquiera estos tíos de Oxford lo tenían cuando grabaron esto. Estaban asustados, perdidos, intentando encontrar un sonido en medio del ruido. Pero fíjate en la estructura: es directa, sin pretensiones. A veces, para sobrevivir, solo hay que seguir tocando, aunque creas que te vas a estrellar contra el suelo.

El momento acústico y la belleza desnuda

Álex quiso mirar la foto que Elena le había descrito indirectamente. Aunque no la estaba viendo, la atmósfera que ella creaba con su voz se materializaba en el ático de la emisora. Podía imaginarla en su desorden, aferrada a ese teléfono como si fuera su último salvavidas, con el espejo cubierto para no tener que enfrentarse a su propio juicio.

Era el momento de bajar las revoluciones. La rabia punk y la distorsión ya habían cumplido su función. Ahora tocaba hablar de lo que queda cuando te quitan la coraza.

—Acabáis de escuchar el estruendo de "Ripcord", el deseo de cortar amarras con la realidad —dijo Álex al aire, con una voz mucho más suave, casi íntima—. Pero a veces, la soledad no se grita. A veces se susurra. Y este disco tiene un momento que es una joya oculta de vulnerabilidad pura. Es Radiohead sin defensas. Solo una guitarra acústica y una voz que se quiebra. Esto es "Thinking About You".

Álex volvió inmediatamente a la línea privada. El silencio al otro lado era total, Elena parecía contener la respiración.

—Elena —dijo Álex, manteniendo el tono más bajo de la noche—, ¿sabes qué es lo más hermoso de esta canción? No es la letra, ni la melodía. Es el hecho de que no es perfecta. Se oye el roce de los dedos en las cuerdas de la guitarra, la voz de Thom Yorke no está procesada por ningún efecto de estudio. Está desnuda. Es como si él estuviera en tu habitación, cantando solo para ti, sin importar cómo vayas vestida o qué cara pongas.

—Ojalá —susurró ella, y Álex pudo oír el sonido de sus lágrimas—. Me siento tan sola, Álex. Me siento tan ridícula llorando por una canción en la radio.

—No hay nada ridículo en ello, Elena. No es por la canción; es por la honestidad. Nos pasamos la vida fingiendo ser más fuertes, más guapos, más felices de lo que somos. Lo que te pasa a ti, me pasa a mí, y le pasa a todos los inadaptados que nos están escuchando ahora mismo. Lo que te pasa a ti es lo que le pasa a este disco: es real. La imperfección es lo único que nos hace humanos.

Álex se detuvo un segundo. Sabía que se estaba jugando algo más que el programa.

—Elena, quiero pedirte un favor. Para. Solo para. Deja de juzgarte por un segundo. No necesitas ser una modelo en una revista para ser importante. Eres importante porque estás aquí, porque sientes, porque eres capaz de emocionarte con este sonido que estamos compartiendo en la oscuridad. Eres importante porque existes. Y para mí, eres "You". Eres la razón por la que hago esto.

Miró el VU meter. La canción acústica estaba llegando a su fin. Era el momento de dar el paso final.

—Elena, quédate ahí. No cuelgues. Voy a contarte cómo un grupo de inadaptados de Oxford le gritaron al mundo que ellos también existían.

Álex sintió que el aire en el ático se volvía eléctrico. La confesión de Elena había roto la última barrera. Ya no era un locutor hablando con una oyente; eran dos náufragos compartiendo una balsa hecha de ondas de radio.

—Escuchad bien esto —dijo Álex al aire, con una determinación que no había mostrado en toda la noche—. A veces, para que te vean, tienes que gritar. No desde el odio, sino desde la pura necesidad de existir. Este tema abre el disco, pero esta noche, es el puente que nos une a todos los que nos sentimos invisibles.

Pulsó el botón y el ático vibró con el inicio hipnótico y circular de "You".

—¿Oyes eso, Elena? —le dijo por la línea privada, casi con urgencia—. Es un ritmo de 6/8 que se siente desequilibrado, como si fuera a tropezar en cualquier momento, pero no lo hace. Así es como nos sentimos, ¿verdad? Caminando por la cuerda floja. Pero escucha la voz... escucha cómo Thom Yorke sube y sube hasta ese grito final que parece que le va a desgarrar la garganta.

—Es aterrador —susurró Elena, y Álex notó que su voz ya no sonaba quebrada, sino extrañamente calmada—. Pero es un terror hermoso. Como si él estuviera gritando por mí.

—Exacto. Él grita para que tú no tengas que hacerlo. Ese grito es la prueba de que el dolor, cuando se convierte en arte, deja de ser una carga para convertirse en una bandera. Elena, prométeme algo. Mañana, cuando te mires en ese espejo, no vas a ver a la chica que describen tus miedos. Vas a ver a la chica que ha sido capaz de conectar con este ruido en mitad de la noche. Vas a ver a alguien que es real.

Se hizo un silencio al otro lado. Solo la distorsión final de "You" llenaba el espacio. Entonces, ella habló con una voz firme que Álex no le conocía.

📊 DATOS CLAVE:Publicado el 22 de febrero de 1993 bajo el sello EMI/Parlophone | Alcanzó el puesto 22 en las listas del Reino Unido y el 32 en el Billboard 200 de EE. UU. gracias al fenómeno global de "Creep" | Disco de Platino en EE. UU., Reino Unido y Canadá con más de 1.5 millones de copias vendidas solo en territorio estadounidense | La producción a cargo de Sean Slade y Paul Q. Kolderie se centró en capturar el sonido crudo de las actuaciones en directo de la banda en Oxford.

—Álex... ¿Dónde estáis? ¿Dónde está el ático?

Álex sonrió por primera vez en toda la noche. Le dio la dirección. No era solo una invitación a una emisora pirata; era una invitación a salir de la oscuridad.

El himno de los raros

La ciudad parecía haberse detenido. La lluvia seguía cayendo, pero ahora el resplandor de las luces sobre el asfalto tenía un matiz distinto, casi mágico. Álex sabía que solo le quedaba una bala en el cargador. El disco estaba llegando a su fin y su turno también.

—Son las tres de la mañana —dijo al micro, con una calma solemne—. Hemos recorrido el ruido, la rabia, la soledad y el miedo. Pero no podemos irnos sin la canción que lo cambió todo. A veces, el éxito es una maldición, y para Radiohead, este tema fue una losa de la que tardaron años en liberarse. Pero esta noche, no es una losa. Es nuestra verdad.

Miró la puerta del ático por el rabillo del ojo mientras los primeros acordes de la guitarra y el arpegio melancólico empezaban a sonar. "Creep"

—Mucha gente dice que esta canción es sobre el autodesprecio —comentó Álex para sus oyentes, mientras el bajo de Colin Greenwood entraba con suavidad—. Pero se equivocan. Es sobre el anhelo. Es sobre desear ser especial, desear ser perfecto para alguien que brilla tanto que te deslumbra. Pero la verdad, la jodida verdad que nos enseña el Pablo Honey, es que no necesitamos ser especiales para los demás. Solo necesitamos ser reales para nosotros mismos.

De repente, el crujido mecánico de la distorsión de Jonny Greenwood —ese legendario chunk-chunk antes del estribillo— estalló en los altavoces. En ese mismo instante, la puerta metálica del ático se abrió con un quejido.

Elena estaba allí.

Elena y Alex juntos

Llevaba una chaqueta de lana grande, el pelo húmedo por la lluvia y los ojos rojos de haber llorado. No era la chica de las revistas, no. Era mejor. Tenía una luz en la mirada que ninguna cámara podría captar jamás. Álex se quitó los auriculares, dejando que la música llenara la habitación sin filtros.

Se miraron mientras el estribillo de "Creep" explotaba: "I'm a creep, I'm a weirdo...".

Álex se acercó a ella, sin dejar de mirarla. Elena bajó la cabeza un segundo, pero él le tomó la barbilla suavemente, obligándola a ver el reflejo de la radio, el reflejo de La Playlist del Yeyo y, finalmente, su propio reflejo en los ojos de él.

—Te lo dije —susurró Álex fuera de micro, mientras la canción llegaba a su fase final de piano y calma—. Eres jodidamente especial.

Elena sonrió. No era la sonrisa pulida de un anuncio: era la chispa viva de alguien que acaba de ganar su propia batalla. Y mientras la noche seguía rodando afuera, indiferente y húmeda, dentro de aquel ático industrial dos raros sintonizados en la misma onda acababan de encontrarse en la frecuencia exacta.

Epílogo y Reseña

icono radio

Para entender lo que supuso la irrupción de Pablo Honey el 22 de febrero de 1993, hay que situarse en el ojo del huracán de una industria musical que buscaba desesperadamente al "Nirvana británico". Bajo la producción de Sean Slade y Paul Q. Kolderie, Radiohead entregó un trabajo que, si bien hoy se ve como el peldaño más convencional de su carrera, en su momento fue un puñetazo de honestidad brutal. El álbum no fue un éxito instantáneo en su tierra natal, debutando discretamente en el puesto 22 de las listas del Reino Unido, pero su destino cambió cuando una emisora de radio en Israel empezó a pinchar "Creep" sin descanso. Aquella chispa saltó a la costa oeste de Estados Unidos y, de repente, la banda de Oxford se encontró en el número 32 del Billboard 200, logrando una certificación de Platino en EE. UU. con más de 1.5 millones de copias vendidas, una cifra que hoy supera los 3 millones a nivel mundial sumando los mercados de Canadá y Europa.

epilogo Pablo Honey

Hablar de este disco es, inevitablemente, hablar de "Creep". La canción estrella, que nació de una frustración real de Thom Yorke tras ser rechazado por una chica en la universidad, es un prodigio de dinámica musical: el contraste entre los versos limpios y el estallido de distorsión de la guitarra de Jonny Greenwood —esos dos golpes de ruido seco antes del estribillo que intentaban, originalmente, estropear la canción porque Jonny la odiaba— se convirtió en el sello de identidad de una generación. Aunque la crítica de 1993 fue despiadada, tildándolos de "cobardes" o "copias de segunda mano de los Pixies", el tiempo ha dictado una sentencia muy distinta. Hoy, "Creep" cuenta con más de 2.000 millones de reproducciones en plataformas digitales, consolidándose como uno de los himnos definitivos del rock alternativo.

La prensa especializada, que en su día calificó el álbum con tibieza (la revista NME le dio un 7/10 y Rolling Stone fue aún más escéptica), reconoce ahora en Pablo Honey la semilla de la genialidad. No es solo un disco de "grunge británico"; es el lugar donde escuchamos por primera vez la voz de un Yorke capaz de alcanzar falsetes imposibles y la química de una banda que, a pesar de la presión por repetir la fórmula de su hit, decidió evolucionar hacia la experimentación absoluta. Es el disco que permitió que existiera The Bends y OK Computer. Pasadas tres décadas, sigue siendo el refugio perfecto para los inadaptados, un recordatorio de que incluso el grupo más sofisticado del planeta empezó con tres guitarras, mucha rabia y el deseo desesperado de ser especial para alguien.

La Opinión del Yeyo

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Para muchísima gente, hablar de Radiohead, es hablar de Creep, una de las canciones mas escuchadas y valoradas en las plataformas musicales a lo largo de este siglo XXI. Y la verdad, no le quito ni un ápice de razón, porque la realidad es así. Pero por lo que respecta a este álbum, Pablo Honey, es algo más que eso. Tiene canciones muy bonitas, unas melodías ciertamente atractivas al oído, tienen ese punto de deriva melódica que atrae desde el primer momento; aunque hay que reconocer que no todas son igual de seductoras, también Pablo Honey, tiene cosas algo mas costosas de entender, y que bajan el nivel, y en mi caso, a veces prefiero pasarlas de largo, y cambiar de pista.

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En cuanto a su estilo, yo los tengo como una mezcla de grunge, que es de donde beben estos tíos su rock mas desganado, y también de punk, por lo básico de algunas composiciones, porque suenan eléctricos, básicos, son sota caballo y rey, guitarra, bajo y batería, y una velocidad vertiginosa, que les acerca mucho al punk, o al menos eso creo yo. Hay que tener en cuenta que es el disco debut de los Radiohead, y todavía no han tenido tiempo de encontrar su base, y su estilo; apuntan maneras, pero aun les falta. Pero curiosamente, su canción Creep, les hace mundialmente famosos, y les desvirtúa su álbum, que solo parece tener una canción válida. Y no es así. Invito a todo el mundo a que lo redescubra, que seguro que va a encontrar algunas joyas ocultas, que merecen mucho la pena.

Yo lo descubrí al poco de salir publicado, y lógicamente, como todo el mundo, me dejé arrastrar por la increíble fuerza y belleza de Creep. Digo arrastrar, porque fue como un tsunami, se escuchaba por todas partes; es de esas canciones que no te cansas de oírlas por lo buenas que son, por que es lo que te apetece oír; tiene ese punto de dureza justo, y ese equilibrio entre la tranquilidad que transmite en algunas fases de la canción, y la crudeza de sus guitarras distorsionadas que te vuelven loco y te animan a gritar de rabia. Es el mas puro grunge, la desesperación, la rabia contenida, y la única forma de desahogarse de aquella juventud de los 90, a la que yo pertenecí, aunque fuera en sus primeros años.

La Playlist del Yeyo, incluye este álbum de Radiohead, en su repertorio, pero no será el último de esta banda británica, pues lo que se viene aun será mejor. De momento este es el botón de muestra. La cosa promete.

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