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Bienvenidos a La Playlist del Yeyo

Bienvenid@ a mi rincón musical del siglo XX. Donde vive la magia.

Si decides navegar por estos mares, pronto descubrirás que me he quedado anclado en el siglo pasado. Y no podría estar más orgulloso. Este pequeño fondeadero, perdido en el vasto océano de internet, es un lugar donde las historias suenan y la música se cuenta. ¿O es al revés? El caso es que en sus publicaciones te narro relatos con banda sonora. ¡O quizá te convierto un disco en narrativa! ¡Bueno, no sé!

Tú decides si vienes por las historias o por las canciones. Este fondeadero abraza ambas cosas. En cualquier caso, aquí se combinan narrativa y buena música. La mejor música del siglo XX.
Publicado marzo 09, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

David Bowie-Hunky Dory

Interpretación visual de Hunky Dory de David Bowie-La Playlist del Yeyo


"Me encanta y me llama poderosamente la atención, ese espectacular piano, con el que nos deleita Rick Wakeman, que casi diría que es la mitad del sonido del disco, pues se lleva buena parte del protagonismo. Pero sería injusto no citar al guitarra de la banda, Mike Ronson, que aporta casi la otra mitad del sonido de Bowie, sobre todo en esa genial Queen Bitch, en la que se inventa un riff seco y cortante, pero de terciopelo. Es como si estuviera de mala leche cuando lo toca, pero sobrado de clase"



Menú de Contenido:

  • 1. Los Impostores (Narrativa)
  • 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

LOS IMPOSTORES

Nueva York en enero del 72 no era una ciudad normal, era un animal herido que respiraba vapor por las alcantarillas. Se respiraba olor a gasoil, a perritos calientes de dos días y a ese aroma metálico que precede a la nieve. En la calle 47 Este, el portal de la Silver Factory era una excepción a la realidad. Al cruzar el umbral y subir en aquel ascensor destartalado, el olor cambiaba bruscamente: allí arriba el mundo olía a pintura de aerosol, a laca para el pelo de marca barata, a marihuana dulce y al sudor frío de quienes están dispuestos a todo por un destello de gloria.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

Julian ajustó el cuello de su gabardina, que en realidad era un saldo de una tienda de caridad en el Lower East Side. Se rascó la barbilla, sintiendo el picor de una barba de tres días que intentaba hacer pasar por "desidia aristocrática". A su lado, Nicolette parecía una aparición salida de un sueño de opio. Llevaba un vestido de satén verde agua, rescatado de un baúl de su vida anterior en Connecticut, y sus ojos estaban delineados con tanto kohl que parecían dos pozos de petróleo.

El Podcast del Yeyo

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—Recuerda —susurró Julian mientras las puertas del ascensor se abrían con un quejido agónico—, hoy no soy Julian el que pinta techos en Queens. Soy Julian de Valois. He pasado el verano en Haddon Hall, viviendo con el hombre que va a salvar el rock.

—¿Y yo? —preguntó ella, apretando contra su pecho una carpeta de cuero donde escondía, como un tesoro, el vinilo de Hunky Dory de David Bowie.

—Tú eres mi musa silenciosa. La razón por la que David entendió que el futuro pertenece a los que no encajan. ¿Comprendido? La pregunta quedó en el aire.

ambiente de la Factory

Al entrar, la luz les golpeó como un bofetón. Todo estaba forrado de papel de aluminio. Las paredes brillaban con un reflejo distorsionado, devolviendo la imagen de personajes que parecían sacados de un bestiario de lujo: drag queens con pelucas de platino que medían dos metros, poetas con camisas de seda desabrochadas hasta el ombligo y fotógrafos que disparaban flashes como si estuvieran en una ejecución pública. En una esquina, una figura pálida, con una peluca plateada perfectamente inerte y unas gafas oscuras que ocultaban cualquier rastro de humanidad, observaba el caos con una cámara Bolex en la mano. Era Andy.

De los altavoces, una melodía de piano saltarina, casi de vodevil pero con una profundidad existencial, empezó a abrirse paso entre el ruido de las copas de cristal y las risas histéricas.

Changes

"Todavía no sé qué estaba buscando...", cantaba la voz de Bowie, resonando en aquel hangar plateado. Julian cerró los ojos un segundo. Era la canción perfecta para su entrada. El tema central de "Hunky Dory" no era solo una crítica al pop estancado, sino un himno a la reinvención. Mientras caminaban entre la multitud, Julian se dio cuenta de que Bowie estaba haciendo con la música lo mismo que ellos hacían con sus vidas: mudar la piel. El disco, lanzado hace apenas unas semanas, era un manifiesto de libertad; un adiós a la psicodelia pesada para abrazar una sofisticación casi europea, llena de pianos brillantes (cortesía de un tal Rick Wakeman que Julian mencionaba como si fuera su primo) y letras que hablaban de la angustia de ser joven en un mundo que cambia demasiado rápido.

—Míralos —dijo Julian a un grupo de acólitos de Warhol que se acercaron, atraídos por su falso aura de importancia—. Escuchad el saxo de esa canción. David me decía siempre que los cambios no se piden, se arrebatan. Él sabía que el tiempo nos alcanzaría a todos, pero decidió correr más rápido.

A medida que avanzaba la noche, la mentira de Julian se volvía más espesa y dulce, como el licor de cereza que servían en vasos de plástico. Se encontraban en el centro de un corrillo. Nicolette, siguiendo el plan, se mantenía en un segundo plano, pero sus ojos no dejaban de analizar la estancia. Veía la vacuidad tras el brillo. Veía que Warhol no era un genio de la pintura, sino un genio de la ausencia.

—Andy es un espejo —sentenció Julian, elevando su vaso cuando empezó a sonar la siguiente pista del disco—. Por eso David le escribió esta canción. Porque Andy es el vacío que todos queremos llenar con nuestras propias proyecciones.

Oh! You Pretty Things

La canción llenó el espacio con su ritmo de piano machacón y su aire de profecía apocalíptica. "Haced paso para la raza superior", decía la letra. Los protagonistas de la historia participaban activamente en la disección del tema.

—¿No lo veis? —explicó Julian a una modelo que lo miraba con adoración—. Bowie no está hablando de marcianos. Habla de nosotros. De los "pretty things" que estamos aquí, gastando nuestras vidas en este teatro de plata mientras el mundo de nuestros padres se desmorona. Es una crítica feroz camuflada en una melodía pop perfecta. El disco es una obra maestra de la ambigüedad; te hace bailar mientras te dice que tu tiempo se ha acabado.

Nicolette se acercó a Julian y le susurró al oído, rompiendo por un momento su papel de musa muda:

—Julian, para. Ese tipo de la esquina te está mirando mucho. El de la chaqueta de cuero negra y las gafas de sol. Creo que es de la banda de Lou Reed.

📊 DATOS CLAVE:Publicado el 17 de diciembre de 1971 | Alcanzó el puesto #3 en el Reino Unido tras el éxito de Ziggy Stardust | Incluye himnos como 'Life on Mars?' y 'Changes' | Grabado en los estudios Trident, destaca por el piano de Rick Wakeman y una producción que fusiona el folk-pop con el art-rock conceptual más vanguardista.

Julian sintió un escalofrío, pero lo ocultó con una carcajada teatral. Sabía que si su farsa caía, no solo serían expulsados de la Factory, sino que la magia de aquel disco, que era lo único real que poseían, se mancharía con el ridículo.

El tipo de la chaqueta de cuero no era otro que uno de los técnicos de sonido de los viejos tiempos de la Velvet, un hombre llamado Billy cuya cara parecía un mapa de carreteras secundarias. Se acercó a Julian con la lentitud de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria. En la Factory, el silencio era una moneda cara, y Billy la estaba gastando toda en su mirada.

Justo antes de que el hombre de cuero abriera la boca, Julian interceptó una seña que uno de los fotógrafos le hizo desde la barra.

—¡Cuidado, "Valois"! —gritó el fotógrafo entre risas—. Billy el Sordo no tiene mucha paciencia con los nuevos genios. Es el que le limpia las botas a Lou Reed y el único que sabe dónde se guarda el opio de la Factory.

encuentro con Billy

Julian tomó nota mentalmente mientras el tal Billy se acercaba. Ahora el peligro tenía nombre, y el nombre pesaba como el plomo.

—Así que... —dijo Billy, con una voz que sonaba a lija y tabaco—. ¿Tú eres el que le sopló las letras al "Chico de Brixton"? Qué curioso. Yo estuve en Londres hace un mes y juraría que en los créditos del disco no sale tu nombre.

Julian sintió que el sudor le bajaba por la columna como una gota de mercurio. Miró a Nicolette. Ella, con una presencia de espíritu asombrosa, sacó el vinilo de su carpeta de cuero y lo puso sobre una de las mesas repletas de botes de pintura Campbell.

—Los créditos son para los abogados, Billy —dijo ella con una voz gélida que ni el propio Julian conocía—. La inspiración es para los que estuvimos allí.

En ese momento, como si el destino quisiera salvarles el cuello, el tocadiscos de la Factory dejó caer la aguja sobre el surco de la canción más grande que Bowie jamás escribiría. El murmullo de la fiesta se amortiguó.

Life on Mars?

El piano de Rick Wakeman barrió la sala como una marea alta. Era una melodía tan vasta, tan cinematográfica, que hizo que las paredes de papel de plata parecieran baratas y pequeñas. Julian aprovechó el trance colectivo.

—Escucha esto, Billy —susurró Julian, recuperando el control—. Esta canción es la respuesta de David al My Way de Sinatra, pero para los que no tenemos camino. ¿Ves esa letra? "Es una farsa de proporciones épicas". Habla de la chica con el pelo color ratón, pero en realidad habla de todos nosotros, atrapados en un cine viendo una película que no nos gusta. Hunky Dory es el primer disco que se atreve a decir que el sueño americano ha muerto y que lo único que queda es la fantasía de Marte.

Billy se quedó callado. Nadie podía discutir con la belleza de ese estribillo. La crítica era orgánica: el disco no era solo música, era una balsa de salvamento para los inadaptados de la calle 47.

Lograron zafarse de Billy cuando una drag queen especialmente escandalosa decidió que era el momento de bailar sobre una mesa. Julian y Nicolette se refugiaron en un rincón más tranquilo, cerca de donde las obras de Andy descansaban contra la pared. Allí, el ritmo del disco cambió. Se volvió más acústico, más íntimo, casi como una confesión entre amigos.

Kooks

—Esta es para nosotros —dijo Nicolette, apoyando la cabeza en el hombro de Julian—. David se la escribió a su hijo, pero me hace sentir que no pasa nada por ser un desastre. "Si te quedas con nosotros, serás un loco". Es lo más honesto que he oído en años.

—Es el corazón del disco —añadió Julian, bajando la guardia por primera vez—. Hunky Dory tiene esa dualidad: por un lado es una crítica intelectual feroz a la fama y al arte, como en la canción de Andy Warhol, y por otro es tan tierno que duele. Es el equilibrio perfecto entre el cerebro y el corazón.

Se quedaron allí, escuchando Fill Your Heart, dejando que la alegría optimista de la canción los limpiara del cinismo de la fiesta.

Fill Your Heart

Tras las notas de Fill Your Heart, se produjo uno de esos silencios magnéticos que solo ocurren en las fiestas de Warhol cuando el aire se satura de pretensión. Julian y Nicolette se apartaron hacia una de las ventanas que daban a la calle 47. Abajo, Nueva York era un río de luces frías y basura amontonada; arriba, el papel de plata intentaba convencerlos de que eran inmortales.

—¿Te das cuenta, Nicolette? —dijo Julian, acariciando el borde de su vaso de plástico—. El disco de Bowie es como este edificio. Por fuera parece una broma de music-hall, una colección de canciones de piano bonitas, pero por dentro es un laberinto de espejos. En Fill Your Heart, nos dice que echemos el miedo a un lado, pero lo dice con una urgencia que te hace sospechar que el miedo está justo detrás de la puerta.

—Es una máscara —respondió ella, mirando su propio reflejo distorsionado en una de las paredes—. Como este vestido, como tu acento. Bowie ha entendido que en los 70 nadie quiere la verdad, quieren una mentira mejor contada.

La conversación se vio interrumpida por un cambio brusco en la atmósfera. Un grupo de personas se apartó, dejando un pasillo humano. Al fondo, sentado en un sofá circular de terciopelo, Andy Warhol permanecía inmóvil. Alguien, con una ironía casi cruel, ajustó el volumen del tocadiscos. Los primeros acordes de la siguiente pista del álbum, crudos y acústicos empezaron a reptar por la sala.

Andy Warhol

La canción era un dardo envenenado. Julian observó cómo Andy ni siquiera parpadeaba mientras la letra de Bowie lo describía como una galería de arte en sí misma. Era el momento de la verdad. Julian sabía que si sobrevivía a este encuentro, su leyenda en la Factory sería eterna; si fallaba, dormiría en un banco del Central Park esa misma noche.

Pero la calma duró poco. De repente, la figura pálida de Andy Warhol se materializó frente a ellos. No dijo nada. Solo los miró a través de sus gafas oscuras. Alguien había puesto la canción que llevaba su nombre y el ambiente se volvió eléctrico.

El riff acústico, repetitivo y casi hipnótico, llenó el aire. "Andy Warhol, looks a shade de-luded...". Era una mofa y un tributo al mismo tiempo. Warhol se limitó a inclinar la cabeza hacia Julian.

Warhol simplemente levantó una mano pálida y señaló a Julian. —Tú —susurró el artista— ¿Es cierto que David me envió un mensaje a través de ti? Dice que soy un objeto. ¿Soy un objeto, Julian?

El sudor de Julian era ahora un incendio. Miró a Billy, que ya se relamía los labios esperando la orden para sacarlo a patadas. Nicolette comprendió que el juego había terminado. No esperó respuesta. Agarró a Julian de la mano y, con un movimiento rápido, volcó un bote de pintura plateada sobre la alfombra de piel de tigre.

—¡Corre! —gritó ella.

En ese instante, la aguja saltó a la pista más rockera, sucia y eléctrica del disco. La guitarra de Mick Ronson explotó como una granada.

Queen Bitch

Atravesaron la multitud mientras la canción, un homenaje descarado al estilo de la Velvet Underground, servía de banda sonora para su huida. Era la ironía final: estaban escapando del entorno de Lou Reed al ritmo de una canción que Bowie había escrito para sonar exactamente como Lou Reed. Saltaron sobre mesas, esquivaron flashes y salieron por la puerta de incendios justo cuando Billy y dos tipos más les pisaban los talones.

la huida

Bajaron los escalones de metal de dos en dos, con el frío de enero azotándoles la cara y la risa histérica de Nicolette mezclándose con los riffs de guitarra. Eran libres, eran veloces, y por un momento, se sintieron como las estrellas de rock que pretendían ser.

La adrenalina se evaporó dos manzanas más allá. El silencio de la madrugada neoyorquina, ese que solo rompen las sirenas lejanas y el viento entre los callejones, los envolvió como una mortaja.

Llegaron al sótano de la calle 42 donde vivía Nicolette. No había papel de plata aquí, solo tuberías que goteaban un agua herrumbrosa y el olor penetrante a palomitas rancias y humedad del cine porno que funcionaba arriba. Julian se dejó caer sobre un colchón raído, su gabardina de "aristócrata" estaba manchada de pintura y desgarrada en el hombro.

Se miraron a la luz de una única bombilla desnuda. La magia de la noche se había disuelto, dejando al descubierto la cruda realidad: no eran amigos de Bowie, no eran musas de la Factory. Eran dos parias en una ciudad que devoraba a los soñadores antes del desayuno.

Nicolette sacó el vinilo de Hunky Dory. Estaba rayado por el borde. Lo puso en un tocadiscos portátil que sonaba a lata. Mientras los últimos ecos de la música se desvanecían, Julian comprendió que el disco hablaba de ellos no por lo que fingían ser, sino por lo que realmente eran: dos pobres diablos intentando encontrar un sentido entre el polvo.

—Mañana tendré que volver a pintar techos en Queens —dijo Julian, con una voz que sonaba a derrota.

—Y yo tendré que limpiar las bobinas de Deep Throat —susurró ella, acurrucándose a su lado.

Se quedaron dormidos mientras el disco terminaba, con el sonido rítmico de la aguja golpeando el final del surco, un "clack-clack" constante que recordaba al latido de un corazón cansado. En la penumbra del sótano, entre el moho y las ratas, seguían siendo los "Kooks" de la canción: locos, pobres y terriblemente solos, pero con la melodía más hermosa del mundo grabada en la memoria, como un secreto que Nueva York nunca les podría quitar.

Epílogo y Reseña

icono radio
epilogo hunky dory

Lanzado a finales de 1971 por RCA Records, Hunky Dory es el disco donde David Bowie finalmente encontró su voz después de varios años de experimentación fallida. Aunque en su lanzamiento inicial las ventas fueron modestas y no generó un impacto inmediato en las listas de Estados Unidos (donde Bowie era casi un desconocido), el álbum es hoy considerado la piedra angular de su carrera. La crítica de la época, liderada por publicaciones como Rolling Stone, ya vislumbraba algo especial, calificándolo como el trabajo más "centrado" del artista hasta la fecha. 

Sin embargo, fue tras la explosión de Ziggy Stardust un año después cuando el público regresó a Hunky Dory, descubriendo que temas como "Changes" eran en realidad el manifiesto del cambio cultural que estaba por venir. Con el paso de las décadas, su estatus ha crecido hasta ser citado frecuentemente en las listas de los mejores discos de la historia. Es el álbum que nos dio a un Bowie vulnerable pero intelectualmente voraz, rindiendo homenajes explícitos a sus ídolos (Warhol, Dylan, Lou Reed) mientras se preparaba para devorarlos a todos y convertirse en el icono definitivo del siglo XX. Un disco que, como Julian y Nicolette, vive entre la elegancia del piano de cola y el polvo de los callejones.


La Opinión del Yeyo

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Cuando escuché Ziggy Stardust, pensé que había escuchado el mejor disco de Bowie en toda su discografía. Y efectivamente así es, en mi humilde opinión; por eso, cuando me iba a enfrentar con otro disco del talentoso y polifacético artista británico, pensé que después de aquel, no me iba a gustar tanto, e incluso me podría defraudar. Pero me equivocaba. He escuchado Hunky Dory, y me he quedado prendado, Me parece un álbum encantador, deslumbrante, embriagador. Me atrae como un imán, a los clips. No consigue la fuerza y la potencia del disco que publicaría un año después, pero en cuanto a belleza, y a majestuosidad, no le queda muy atrás. Es un álbum muy elegante, como es Bowie, tiene un sonido delicioso, cristalino, y maravilloso.

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Me encanta y me llama poderosamente la atención, ese espectacular piano, con el que nos deleita Rick Wakeman, que casi diría que es la mitad del sonido del disco, pues se lleva buena parte del protagonismo. Pero sería injusto no citar al guitarra de la banda, Mike Ronson, que aporta casi la otra mitad del sonido de Bowie, sobre todo en esa genial Queen Bitch, en la que se inventa un riff seco y cortante, pero de terciopelo. Es como si estuviera de mala leche cuando lo toca, pero sobrado de clase. Esta canción es un homenaje a Lou Reed, y a su Velvet Underground, y sin duda la clava, suena a calles alternativas del Nueva York de los 70, a lo mas rancio de la Factory de Warhol, a quien también le dedica otra canción, por cierto.

En definitiva, este discazo, Hunky Dory de David Bowie, es un batiburrillo de estilos, sencillamente fantástico, toca folk, pop suave, o rock, incluso music hall, en ese comienzo deslumbrante y hermoso de Oh! You Pretty Things, que me tiene enamorado. Sin duda, es el álbum ideal de Bowie para preparar la llegada del grandísimo trabajo del alienígena Stardust, un año después. Y como empecé está reseña personal, la acabo, pero con el convencimiento de que este no es un disco cualquiera. No es mejor trabajo, en mi humilde opinión, que Ziggy, pero tampoco se le queda muy atrás. Es un discazo enorme, de lo mejorcito de la década de los 70, y sin duda, una profecía musical dignísima, de lo que estaba por llegar. La Playlist del Yeyo, se digna en anunciar la presencia de un gran disco entre su repertorio. Si queréis comprobarlo, visitar el ranking de los 70.

Si te consideras admirador, fan o simplemente quieres entretenerte un poco más con este maravilloso y genial artista británico, tan polifacético y prolífico te propongo que le eches un vistazo a estos nuevos post de La Playlist del Yeyo, que versan sobre algunos discos de Bowie, como son, por ejemplo, Ziggy Stardust, Best of Bowie(70), Best of Bowie(80)

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