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Bienvenidos a La Playlist del Yeyo

Bienvenid@ a mi rincón musical del siglo XX. Donde vive la magia.

Si decides navegar por estos mares, pronto descubrirás que me he quedado anclado en el siglo pasado. Y no podría estar más orgulloso. Este pequeño fondeadero, perdido en el vasto océano de internet, es un lugar donde las historias suenan y la música se cuenta. ¿O es al revés? El caso es que en sus publicaciones te narro relatos con banda sonora. ¡O quizá te convierto un disco en narrativa! ¡Bueno, no sé!

Tú decides si vienes por las historias o por las canciones. Este fondeadero abraza ambas cosas. En cualquier caso, aquí se combinan narrativa y buena música. La mejor música del siglo XX.
Publicado mayo 25, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

Elvis Presley-From Elvis in Memphis

Interpretación visual de From Elvis in Memphis de Elvis Prestley-La Playlist del Yeyo


Combina maravillosamente bien el soul, con el gospel, y con el rock, de forma que esos coros gospel, elevan la voz del Rey, a unos tonos casi espirituales y angelicales. El resultado es, sencillamente, genial.



Menú de Contenido:

  • 1. El Método de Memphis (Narrativa)
  • 2. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 3. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

EL MÉTODO DE MEMPHIS

PARTE I

El apartamento 4B de la calle O'Neil no era un hogar; era un mausoleo dedicado a lo que pudo ser y no fue. El aire allí dentro tenía una consistencia casi física, una mezcla viciada de tabaco Chesterfield rancio, el vaho metálico de una estufa de gas que siseaba como una serpiente moribunda, y ese aroma dulzón y podrido de las derrotas prolongadas que se pegan a las cortinas. Julian Vane, el hombre que una vez hizo que el público de la Royal Shakespeare Company se pusiera en pie durante diez minutos ininterrumpidos, estaba desparramado en un sillón de skay marrón cuyas costuras reventadas escupían trozos de espuma amarillenta, como si el mueble mismo estuviera perdiendo las entrañas ante el peso de su dueño.

Julian tenía la piel del color del pergamino viejo. Su barba de tres días era un mapa de canas y descuido, y sus ojos, hundidos en cuencas violáceas, evitaban sistemáticamente el espejo del pasillo. En ese espejo ya no habitaba el galán que enamoró a Hollywood en cintas de autor; solo quedaba un náufrago de más de sesenta años que vestía una bata de seda manchada de café, un vestigio patético de sus años de gloria.

El Podcast del Yeyo

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Sobre la mesa coja, entre cajas de pizza con bordes de grasa endurecida y guiones de anuncios de detergente que nunca llegó a rodar, descansaba un sobre arrugado. Era una invitación del centro cultural de un barrio castigado por la desidia. Querían que "el gran Julian Vane" dirigiera y protagonizara una pequeña obra de teatro amateur en un escenario de madera carcomida, frente a un público que buscaba refugio del frío de la calle.

—Basura —gruñó Julian, y su voz sonó como si alguien arrastrara una cadena por un suelo de grava—. ¿Yo? ¿Haciendo teatro en un gimnasio de barrio con gente que no sabe ni ponerse en pie? Prefiero que me embarguen hasta los calcetines.

Se levantó con un quejido sordo. La apatía le pesaba más que los años. Había perdido a su mujer, Claire, en un divorcio que los tabloides devoraron con la crueldad de una jauría, y a sus hijos... ellos eran ahora solo voces distantes al otro lado de un teléfono que cada vez sonaba menos. Su vida era una película de serie B de la que no podía escapar.

Entonces, tres golpes secos y rítmicos retumbaron en la puerta. Julian no esperaba a nadie. Los cobradores no golpeaban así; ellos dejaban notas amarillas por debajo de la puerta o gritaban desde el rellano. Al abrir, se encontró con una figura que contrastaba con la penumbra de su pasillo. Era el Yeyo.

El Yeyo vestía una chaqueta de cuero gastada y lucía esa media sonrisa de quien conoce el final de la película antes de que empiece. Bajo el brazo, protegía un vinilo con una reverencia casi religiosa. Entró sin esperar invitación, apartando un montón de periódicos viejos para dejar el disco sobre la mesa.

Julián y El Yeyo

—Tienes un aspecto horrible, Vane —dijo el Yeyo, echando un vistazo al desastre que reinaba en el salón—. Huele a podrido aquí dentro.

—Vete al diablo, Yeyo. No estoy de humor para sermones sobre la "magia del escenario" ni para la caridad de viejos amigos.

—No vengo por caridad. Vengo por supervivencia —respondió el Yeyo con calma—. He traído a alguien que sabe exactamente cómo te sientes. Alguien que también estuvo en este mismo pozo de irrelevancia y purpurina barata antes de 1969.

El Yeyo se acercó al viejo tocadiscos Garrard que Julian conservaba por pura inercia. La aguja bajó con un chasquido eléctrico, un crujido que cortó el silencio sepulcral del apartamento. De repente, una explosión de vientos y un coro gospel que parecía descender directamente del techo llenó el cuarto. Era el sonido de la redención. Wearin' That Loved on Look

—Escucha ese inicio, Julian —dijo el Yeyo, subiendo el volumen mientras la voz de Elvis entraba con una garra que no se le escuchaba desde sus años en Sun Records—. Ese es Elvis en enero del 69. El mundo lo daba por muerto. Pensaban que era un chiste, un producto de marketing atrapado en películas ridículas y camisas de flores. Estaba hundido, Julian. Estaba donde estás tú ahora: siendo una parodia de sí mismo. Pero se fue a Memphis, se quitó el traje de seda y grabó esta maravilla. Es gospel, es soul, es la verdad desnuda.

Julian se quedó inmóvil, con el vaso de agua temblando en su mano. Era una pieza de soul sureño vibrante y musculosa, con una instrumentación orgánica y directa. El ritmo de Wearin' That Loved on Look era crudo, cargado de una espiritualidad que pedía perdón y guerra al mismo tiempo. Era el sonido de un hombre que se ha quitado la máscara y ha decidido pelear en el barro.

📊 DATOS CLAVE:Publicado en junio de 1969 por RCA Victor | Alcanzó el puesto #13 en el Billboard 200 y fue certificado Platino por la RIAA | Contiene hitos como "In the Ghetto" y las sesiones de "Suspicious Minds", marcando el regreso de Elvis al Soul-Gospel tras años de bandas sonoras | Grabado en American Sound Studio con la producción de Chips Moman y el legendario grupo de músicos "The Memphis Boys".

—Elvis se largó de Hollywood y volvió a Memphis —continuó el Yeyo, marcando el compás con los dedos—. Se encerró en un estudio humilde, con músicos que no le tenían miedo. Se olvidó del "Rey" y volvió a ser el chico que cantaba desde las tripas en la iglesia. Este disco, From Elvis in Memphis, no fue un regreso; fue una resurrección. Y ese teatro de barrio, Julian... ese es tu American Sound Studio. Es el lugar donde vas a dejar de ser un fantasma para volver a ser un actor.

Julian miró la portada del disco que el Yeyo había traído. El diseño le recordaba que hubo un tiempo en que él también tuvo esa intensidad en la mirada.

—Mi mujer ya no me reconoce, Yeyo —susurró Julian, y por primera vez en años, su voz no era de método, era la de un hombre roto—. He tocado fondo tantas veces que ya, hasta me gusta el frío del suelo.

—Entonces deja que Elvis te enseñe cómo se sale de ahí. Escucha cómo se rompe —dijo el Yeyo, mientras la aguja avanzaba hacia el siguiente corte, una balada que parecía escrita con lágrimas y bourbon barato. After Loving You

La voz de Elvis en After Loving You inundó la estancia con una honestidad brutal. Cada nota era una confesión, una crítica orgánica a una vida de excesos y soledad. Julian cerró los ojos. Por un momento, el olor a tabaco rancio fue sustituido por el aroma del estudio de grabación, por la electricidad de la creación pura. El tema sonaba a arrepentimiento, el mismo arrepentimiento que Julian sentía al pensar en su familia perdida.

—Mañana a las ocho, en el centro cultural —dijo el Yeyo, dirigiéndose a la puerta—. No lleves tu currículum ni tus premios. Lleva este disco en la cabeza. Y Julian... aféitate. El Rey no salía al escenario con esa cara de derrota.

PARTE II

La mañana siguiente en el centro cultural de "Hell’s Kitchen" no tenía nada de glamurosa. El edificio era una mole de ladrillo visto con el eco de los años cincuenta atrapado en sus pasillos de linóleo desconchado. Julian Vane llegó a las ocho en punto. Se había afeitado, sí, pero su piel irritada por la cuchilla vieja y sus manos ligeramente temblorosas delataban que el proceso de resurrección no iba a ser fácil.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

En el escenario, un grupo de cinco personas lo esperaba con una mezcla de reverencia y escepticismo. Eran aficionados, gente del barrio: un cartero jubilado, una joven camarera con sueños de Broadway y un par de vecinos que solo buscaban no estar solos. Julian subió los escalones de madera, que gimieron bajo su peso. El olor allí era distinto al de su apartamento; olía a cera para suelos, a polvo acumulado y a la ansiedad de los que esperan un milagro.

En la última fila de las butacas, casi oculto por las sombras del anfiteatro, el Yeyo estaba sentado con los brazos cruzados. No dijo nada, pero su presencia era un recordatorio constante de que no había marcha atrás. Sobre el piano de cola, el Yeyo había dejado el disco de Elvis, como si fuera el guión sagrado que debían seguir.

—Empecemos —dijo Julian, con una voz que intentaba recuperar su antigua autoridad—. No quiero ver técnica. No quiero ver poses de actor. Quiero ver la verdad.

Pero la verdad no llegaba. Los ensayos eran torpes, mecánicos. Julian sentía que se ahogaba. El cinismo empezó a filtrarse de nuevo por sus poros. "Es una pérdida de tiempo", pensó. Justo cuando estaba a punto de tirar la toalla y marcharse para siempre a su sillón de skay, el Yeyo se levantó. Caminó con paso firme hacia el tocadiscos portátil que habían llevado para los ensayos y dejó caer la aguja. Any Day Now

La melodía de Any Day Now inundó el gimnasio. Esa canción no era solo música; era una advertencia. La voz de Elvis, profunda y llena de una urgencia casi desesperada, hablaba de la espera del final, de ese momento en que el amor —o la gloria— se escapa entre los dedos.

—Escuchad eso —interrumpió el Yeyo, mirando fijamente a Julian—. Elvis sabía que el tiempo se le acababa. Esta canción en Memphis no fue un relleno; fue su manera de decir que el mañana no está garantizado. Julian, tú estás esperando que alguien te devuelva tu vida de antes, pero tu vida ahora es este escenario podrido. Cualquier día de estos, el telón bajará de verdad. ¿Vas a dejar que baje mientras finges ser alguien que ya no eres?

Julian miró al cartero, que intentaba interpretar a un rey caído, y luego miró al Yeyo. El sutil arreglo de cuerdas de la canción parecía estar cosiendo los pedazos rotos de su propia voluntad. Any Day Now funcionaba en la trama como un espejo: el disco de Memphis le recordaba que Elvis también tuvo que enfrentarse al miedo de ser irrelevante. La reseña del álbum se escribía sola en el ambiente: era un trabajo donde Elvis no buscaba el aplauso fácil, sino la redención a través de la vulnerabilidad.

ensayos de la obra

—Otra vez —ordenó Julian, pero esta vez su voz no salió de la garganta, sino del estómago—. Desde el principio. Y tú, muchacha, deja de sonreír. Estás perdiendo lo que más quieres. Siéntelo como Elvis siente cada sílaba de este tema.

El ensayo cambió de tono. La densidad se volvió real. Ya no eran aficionados y un actor acabado; eran náufragos agarrándose a una balsa.

Horas después, cuando el sol empezaba a ponerse tras los edificios de New York, el cansancio era absoluto. Los actores se marcharon, dejando a Julian y al Yeyo solos en el escenario. Julian se sentó en el borde, con los pies colgando hacia el foso.

—Lo están consiguiendo, Yeyo —susurró Julian—. Pero yo no sé si puedo. Me falta algo. Me falta el alma.

El Yeyo no respondió con palabras. Caminó hacia el piano y puso la canción que Julian más temía. La canción que hablaba de los que nacen sin oportunidad, de los que el mundo decide ignorar. In The Ghetto

Mientras sonaba la voz profunda de Elvis, el Yeyo se sentó al lado de Julian.

—Esta canción salvó a Elvis, Julian. La crítica se burlaba de él, decían que ya no tenía conciencia social, que era un muñeco de feria. Y entonces grabó esto en Memphis. Sin gritos, con una contención que duele. Es la mejor reseña que se puede hacer de su madurez: saber cuándo callar para que la historia hable por ti.

Julian escuchó la letra sobre el niño que nace en el ghetto de Chicago y cómo el círculo de la pobreza y la violencia se repite. Pensó en su propio ghetto: ese apartamento 4B, su soledad autoimpuesta, su orgullo ciego.

—Tú eres ese niño, Julian —dijo el Yeyo, inculcando la crítica del disco en la piel del actor—. Has nacido en el privilegio y ahora estás en el barro. Pero si no sientes el hambre de los que no tienen nada, nunca podrás volver a actuar. Elvis bajó al ghetto para volver a lo más alto de las listas. Tú tienes que bajar a este teatro de barrio para volver a ser humano.

Julian agachó la cabeza. Una lágrima solitaria surcó el rastro de la cuchilla de afeitar. El final de la canción, con ese coro repitiendo "in the ghetto" mientras otro niño nace para sufrir el mismo destino, dejó un silencio ensordecedor en la sala.

—Mañana traemos el vestuario —dijo el Yeyo, levantándose y dejando que el vinilo siguiera girando en el vacío—. No me falles, Julian. El público del barrio no perdona la mentira.

PARTE III

en el camerino

Faltaban solo dos días para el estreno. El centro cultural se había transformado en una olla a presión de nervios y cables mal tirados. Julian Vane estaba sentado en el "camerino", un cuarto de limpieza con un espejo roto y un olor persistente a serrín y lejía. Se miraba las manos; ya no temblaban tanto, pero el miedo que sentía era diferente. No era el miedo al fracaso comercial; era el pánico a no estar a la altura de la honestidad que el Yeyo le exigía.

El Yeyo entró sin llamar, dejando una estela de aire frío tras su chaqueta de cuero. Traía dos cafés en vasos de cartón y esa mirada que no admite excusas.

—El cartero no llega al tono emocional del segundo acto —dijo Julian, con la voz quebrada—. Y la chica... la chica tiene talento, pero nos falta el pegamento. Esa sensación de que todo puede romperse en cualquier momento.

—Es que estáis actuando con sospecha, Julian. Os miráis como si tuvierais miedo de que el otro os falle —respondió el Yeyo con calma—. Os falta lo que Elvis encontró en los American Sound Studios: la capacidad de confiar en el instinto cuando todo lo demás se desmorona.

El Yeyo se acercó al tocadiscos portátil. La aguja bajó y el aire se cargó de una electricidad casi insoportable. El riff de guitarra y el bajo se deslizaron en el ambiente con una delicadeza punzante, pero con la resonancia suficiente para hacer vibrar los botes de pintura del cuarto. Suspicious Minds

—Escucha esto —dijo el Yeyo subiendo el volumen—. Elvis grabó esto en una sesión maratoniana, entre las cuatro y las siete de la mañana. Estaba agotado, pero sabía que tenía oro entre las manos. Esta canción es la definición de tu obra, Julian. "Estamos atrapados en una trampa, no podemos salir porque sospechamos demasiado el uno del otro". Eso es lo que te pasa con Claire, y eso es lo que te pasa con tu carrera.

Julian escuchó el cambio de ritmo, ese puente donde la canción parece desvanecerse para luego volver con una fuerza redentora. Se vio reflejado en esa estructura: un hombre que ha muerto mil veces y que, justo cuando parece acabado, regresa con más fuerza. La crítica del disco se hacía carne en la habitación: Suspicious Minds no era solo un hit, era la prueba de que Elvis podía manejar la complejidad emocional sin perder el alma popular.

—Tienes razón —susurró Julian, levantándose—. Estamos atrapados en la sospecha.

Salieron al escenario. Julian detuvo el ensayo en seco. Miró a sus actores amateurs, gente humilde de New Jersey que le miraba con ojos de esperanza.

—Olvidad el guión —ordenó Julian—. Mirados a los ojos. Sentid que si el de al lado cae, vosotros caéis con él. No somos extraños, somos una cadena.

El ensayo fluyó con una energía nueva, pero el cansancio hizo mella cuando empezó a llover con fuerza sobre el techo de chapa del gimnasio. El sonido del agua golpeando el metal creó una atmósfera de melancolía absoluta. Julian se sentó en un taburete, agotado, viendo cómo el agua se filtraba por una grieta en la pared.

—Me recuerda a Kentucky —dijo Julian de repente, con la voz perdida en el pasado—. Allí la lluvia suena igual. Fría y solitaria.

El Yeyo, aprovechando el momento, buscó la última pista del día. La balada que cerraba el círculo de la nostalgia. Kentucky Rain

—Siete días caminando bajo la lluvia de Kentucky —recitó el Yeyo mientras la voz de Elvis, cargada de un patetismo noble, llenaba el teatro—. Esta canción es el epílogo de la soledad, Julian. Elvis aquí no es un Dios, es un hombre desesperado buscando a alguien que ha perdido. Es la madurez definitiva del disco de Memphis: aceptar que a veces, por mucho que camines bajo la lluvia, no encuentras lo que buscas... a menos que aprendas a perdonarte a ti mismo.

Julian cerró los ojos. La elegancia de Kentucky Rain y la forma en que Elvis fraseaba el dolor le golpearon más fuerte que cualquier crítica de teatro. Pensó en su exmujer, Claire, y en los siete días —o siete años— que llevaba él mismo caminando bajo su propia tormenta de orgullo.

—Mañana es el estreno, Julian —sentenció el Yeyo, apagando el equipo—. Ya no eres un actor de método. Eres un hombre bajo la lluvia. Mañana, asegúrate de que el público sienta el frío en los huesos, pero también el calor de esa nota final.

Julian se quedó solo en el escenario, escuchando el eco de la lluvia de Kentucky mezclándose con la de New Jersey. Por primera vez en décadas, no tenía miedo. Tenía una historia que contar.

PARTE IV

entrega del mechero

La noche del estreno, el aire en el centro cultural de Hell’s Kitchen se podía cortar con un cuchillo. No había alfombras rojas ni focos cegadores, solo un par de bombillas mortecinas que iluminaban el cartel escrito a mano: "Julian Vane en: Los Últimos Días del Galán". Julian, tras la cortina de terciopelo raído, escuchaba el murmullo de un público compuesto por vecinos, curiosos y, en la fila cuatro, una mujer de mirada triste y abrigo elegante: Claire.

El Yeyo apareció entre las sombras del backstage. No llevaba traje, solo su chaqueta de cuero clásica, como si fuera el único ancla de realidad en un mundo de cartón piedra. Sin decir palabra, le entregó a Julian un pequeño objeto: un encendedor Zippo grabado con el logo de "La Playlist del Yeyo".

—Haz que arda, Julian —susurró el Yeyo—. Recuerda lo que aprendimos de Memphis: la perfección es aburrida; lo que importa es el alma.

La obra comenzó. Julian no actuó; simplemente existió sobre las tablas. Su voz, ahora áspera y profunda, llenaba cada rincón del gimnasio. El clímax llegó cuando su personaje debe confesar que ha pasado años fingiendo ser quien no es. Julian se detuvo. Miró directamente a Claire y luego a la oscuridad donde sabía que el Yeyo le observaba. El silencio fue eterno.

En ese momento, Julian comprendió la verdadera lección de las sesiones de Memphis de 1969. Elvis no volvió a la cima porque recuperara su juventud o su peinado, sino porque tuvo el valor de desnudarse emocionalmente, de dejar que la vulnerabilidad y el sudor mancharan su leyenda. Julian hizo lo mismo. Dejó caer la máscara del "actor de método" y mostró al hombre roto, al que teme la soledad, al que camina bajo una lluvia interna que no cesa.

la representacion teatral

La ovación final fue un rugido de redención. No era el aplauso cortés de un gran teatro, era el grito de un barrio que se había visto reflejado en la verdad de un náufrago.

Media hora después, con el teatro ya vacío, Julian y el Yeyo se quedaron solos en el proscenio. Julian sostenía una nota que Claire le había dejado: "He vuelto a ver al hombre que amé. Hablemos mañana".

—Lo has logrado, Vane —dijo el Yeyo, encendiendo un cigarrillo cuya luz era el único faro en la penumbra—. Has hecho tu particular "Memphis Sessions" en el salón de un centro social. Has vuelto a casa.

La conclusión de este viaje era clara, grabada a fuego entre los surcos del vinilo que los había acompañado: el talento es un músculo que se atrofia con el orgullo, pero que revive con la humildad. Así como aquel álbum demostró que un artista puede renacer de sus cenizas si vuelve a sus raíces más puras —al soul, al gospel, a la verdad del barrio—, Julian había aprendido que nunca es tarde para dar la mejor función de tu vida, siempre que estés dispuesto a caminar por el barro para alcanzar el escenario.

—Gracias, Yeyo —dijo Julian—. Por el disco. Y por recordarme que, incluso cuando el mundo te da por muerto, siempre queda una última canción que cantar.

El Yeyo asintió, se subió el cuello de la chaqueta y salió a la noche de New Jersey, dejando a Julian Vane con una nueva luz en la mirada, una que ningún foco de Hollywood podría igualar jamás. 

Epílogo y Reseña

icono radio

La publicación de From Elvis in Memphis en junio de 1969 supuso mucho más que el regreso de una estrella a las listas de éxitos; fue el acta de capitulación de un artista que aceptaba, por fin, que su verdadera fuerza residía en el barro del Soul y el Gospel sureño. Tras años de naufragio en bandas sonoras mediocres que amenazaban con convertir su legado en una caricatura, Elvis Presley se encerró en los American Sound Studios bajo la batuta de un Chips Moman que no le permitió ni un solo atisbo de autocomplacencia. 

epilogo Elvis en menphis

La crítica de la época, que lo había dado por muerto artísticamente tras la invasión británica, se vio obligada a rectificar ante un trabajo que alcanzó el puesto #13 en el Billboard 200 y el #1 en el Reino Unido, certificándose rápidamente como Disco de Platino. Aquellas sesiones, grabadas con una banda de músicos de estudio que no se dejaban amedrentar por la corona del Rey, produjeron un sonido orgánico, denso y profundamente honesto que hoy, pasadas las décadas, sigue siendo calificado por expertos como el punto álgido de la carrera de Elvis, superando incluso su impacto cultural de los años cincuenta por la madurez vocal y la sofisticación interpretativa que demostró.

Hoy en día, el disco es reverenciado como una piedra angular del "Blue-eyed soul", una obra donde canciones como In the Ghetto o Long Black Limousine sirven de testimonio de una era de agitación social y personal. Si en su lanzamiento original la prensa musical se maravilló ante la capacidad de Elvis para sonar relevante de nuevo, la crítica contemporánea lo sitúa sistemáticamente en las listas de los mejores álbumes de la historia, destacando que fue aquí donde el hombre derrotó al mito para sobrevivir. Las cifras de ventas, que se dispararon gracias a singles que definieron una época, no son más que el reflejo comercial de un milagro creativo: el momento exacto en el que Elvis decidió que prefería ser un músico hambriento de verdad antes que un producto de marketing. Este álbum no solo salvó su carrera, sino que redibujó el mapa de la música americana, demostrando que incluso cuando caminas bajo la lluvia de Kentucky o te pierdes en los callejones del olvido, siempre existe la posibilidad de volver a casa si tienes el valor de cantar desde las entrañas.

La Opinión del Yeyo

logo opinion

Cuando murió Elvis, yo solo tenía 12 años, pero sí había oido por aquellos entonces alguna canción suelta del Rey, como son los casos de In The Ghetto, o Suspicious Minds. Pero como siempre digo, con esa edad, aún no era consciente de lo que escuchaba, aunque lo almacenaba en mi disco duro, y cuando posteriormente lo volvía a oir, sí recordaba esa música. Y me servía para decir, “esto ya lo había oído antes”. Cuando ya en este siglo XXI me puse a escuchar a Elvis, es cuando empecé a valorar el enorme criterio musical que tiene, y a descubrir las grandísimas canciones que compuso, y los motivos por los que le llamaban el Rey del Rock and Roll. 

Opinion Yeyo

Este discazo From Elvis in Memphis, es considerado por los expertos, uno de los mejores trabajos que ha compuesto, y yo, conociendo ese dato, me puse a escucharlo, y he descubierto un pedazo de cantante, compositor, y una música realmente excepcional. Concretamente, este From Elvis in Memphis, me parece una verdadera obra de arte, realmente espectacular, y de una belleza extraordinaria. Combina maravillosamente bien el soul, con el gospel, y con el rock, de forma que esos coros gospel, elevan la voz del Rey, a unos tonos casi espirituales y angelicales. El resultado es sencillamente magistral.

La voz indiscutible e inimitable de Elvis, envuelve y se apodera de todo el disco, se nota que es una voz madura, elegante, grave y poderosa, pero suave, y algodonosa, a la vez. Es una voz que ha sufrido, que tiene daño, pero se ha levantado. Y ha vuelto. Con más fuerza que nunca. Y esos coros gospel, tan profundamente americanos, me ponen los pelos de punta, y me envuelven en un aura mágica y sobrenatural, que me enganchan y me retienen hasta el final de cada canción… El sonido de la Memphis Boys, es deliciosamente sutil, y delicado… acompañan a Elvis, y lo enriquecen si cabe…aunque sin opacarlo, ¡cualquiera se atreve…! Lo imitó El Principe Gitano, con el temazo In The Ghetto, y así le salió…

Este disco de Elvis, es una joya deliciosa, contiene unas canciones muy bonitas, muy tiernas, se nota que Elvis se está desnudando y nos está ofreciendo lo mejor de si mismo...Nos transmite paz, dolor, pasión por el trabajo bien hecho, y sobre todo, mucha tranquilidad, y mucha calma. Es un compendio de preciosas canciones, muy serenas, muy tranquilas, y que en mis auriculares suenan a musica celestial, y nunca mejor dicho, cuando escuchas esos coros gospel tan religiosos, y tan apasionados... Este From Elvis in Memphis, de Elvis Presley, es una escucha muy recomendada, para todos los amantes del soul, del gospel, incluso del country, porque en el van a encontrar lo mejor, del mejor en esto. Pero también cualquiera puede oir esta maravilla musical, que seguro que no le va a dejar indiferente. Sin duda este disco va a alcanzar una gran posición en El Ranking del Yeyo de los años 60.

La Playlist del Yeyo se enorgullece de tener entre su repertorio este pedazo de disco, con un Rey como autor, cantante, y compositor, y que no deja indiferente a nadie. Y ese Rey no es otro que el mismísimo Elvis Presley. Todo un lujazo. Ahí es nada…

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