Esa deliciosa mezcla de voces, la de Hodgson, tan fina y aguda, o la de Davies, mas cascada, pero no exenta de personalidad, son un sello propio de esta banda tan enorme
Menú de Contenido:
- 1. El Secreto de las Rocosas (Narrativa)
- 2. El Podcast del Yeyo (Audio)
- 3. El Archivo Multimedia (Vídeo)
- 4. Epílogo y Reseña técnica
- 5. La Opinión del Yeyo
El Secreto de las Rocosas
El viento en las Montañas Rocosas de Colorado no sopla; aúlla como una criatura herida atrapada entre los desfiladeros de granito gris y hielo perpetuo. A más de tres mil metros de altura, la atmósfera se vuelve tan delgada que cada bocanada de aire calienta el pecho con un ardor gélido, y el horizonte se despliega en una sucesión infinita de crestas blancas que parecen rasgar un cielo de color azul cobalto. En mitad de esa inmensidad inhóspita, donde el invierno nunca se marcha del todo y el silencio es una ley inquebrantable, se erige el Refugio del Viento, una estructura robusta de troncos de pino negro y piedra volcánica que desafía las ventiscas desde hace casi un siglo. Sus ventanas de doble acristalamiento permanecen perpetuamente empañadas por el contraste entre el frío implacable del exterior y el calor reconfortante que emana de la gran chimenea central, cuyo fuego consume leños gruesos con un chisporroteo constante.
En el interior, el olor a resina de pino, café recién molido y lana húmeda recibe a los montañeros exhaustos que logran coronar el peligroso paso de la cresta norte antes de que caiga la noche. Las paredes de madera están cubiertas de viejos piolets, cuerdas de cáñamo desgastadas por el uso y fotografías en blanco y negro de los pioneros que cartografiaron estas cumbres indómitas. Es un lugar de tregua, un santuario de alta montaña donde hombres y mujeres que apenas se conocen comparten largas mesas de roble, un plato de estofado caliente y el alivio común de haber sobrevivido a la montaña un día más. Sin embargo, detrás de la camaradería habitual y los mapas desplegados bajo la luz mortecina de los quinqués de gas, flota siempre una vibración invisible, un murmullo que los veteranos del lugar conocen bien pero del que los recién llegados solo hablan en susurros temerosos.
El Podcast del Yeyo
David, el guarda del refugio, es un hombre de barba canosa y manos agrietadas por el frío, cuyos ojos reflejan la serenidad de quien ha hecho de la soledad su hogar. Mientras limpia la barra de madera con un paño gastado, observa a un grupo de jóvenes escaladores que revisan sus arneses junto al fuego, ajenos a la historia que custodia el refugio. De repente, el silbido del viento exterior decrece paulatinamente hasta desaparecer por completo, dando paso a una quietud tan absoluta que se puede escuchar el latido de los propios corazones. En ese instante de calma perfecta, una melodía cristalina y acústica, desprovista de cualquier fuente física aparente, comienza a flotar en el aire del refugio, entrelazándose de forma mágica con el calor de la estancia.
El Archivo Multimedia
Los jóvenes detienen sus conversaciones al instante, hechizados por una guitarra de doce cuerdas que rasguea un acorde luminoso y optimista, seguido por las notas alegres de un clarinete que parece reír entre la penumbra. Es una música celestial que infunde una calidez inmediata en el ambiente, una apertura llena de luz que contrasta con la crudeza del paisaje exterior. David sonríe para sus adentros, reconociendo el milagro cotidiano del refugio, mientras los montañeros se miran entre sí, buscando con la mirada un tocadiscos o una radio que no existen en kilómetros a la redonda.
—No busquéis, muchachos —dice David con voz pausada, rompiendo el hechizo sin romper la magia—. Es la montaña que nos da las buenas noches. Lo que escucháis es Give a Little Bit. Es curioso, siempre arranca con esa misma frescura acústica, una genialidad compuesta por Roger Hodgson que abre el disco Even in the Quietest Moments... de Supertramp. Es una invitación directa a compartir, un canto de generosidad que aquí arriba cobra todo el sentido del mundo. Escuchad cómo la guitarra acústica sostiene toda la estructura mientras el saxo de John Helliwell y los teclados se van sumando orgánicamente. Es el equilibrio perfecto del pop progresivo hecho arte: sencillo en apariencia, pero inmenso en su propuesta melódica.
Elena, una experimentada guía alpina que descansa al final de la barra saboreando un té caliente, asiente con los ojos entornados, dejándose llevar por la vibración. Ella conoce bien las crónicas que envuelven el lugar, historias que los montañeros se transmiten de generación en generación en las noches más largas del invierno.
—Es la melodía del piano fantasma —comenta Elena en voz alta, atrayendo la atención de los escaladores—. Existe una vieja leyenda en estas cumbres que dice que el piano de cola que Supertramp subió en helicóptero hasta un pico nevado para fotografiar la mítica portada de su álbum de 1977, jamás bajó de aquí arriba. Dicen que los operarios lo abandonaron ante la inminencia de una tormenta perfecta y que la nieve lo sepultó. Aunque nadie ha conseguido verlo en décadas, se cuenta que su madera y sus cuerdas se fundieron con la roca y los glaciares de Colorado. Cada vez que la montaña entra en una calma absoluta, el piano oculto cobra vida y reproduce las pistas del disco.
Uno de los jóvenes, escéptico pero visiblemente emocionado por la atmósfera misteriosa, apoya los codos en la mesa y mira a la guía.
—Venga ya, Elena, es una historia preciosa para asustar o fascinar a los novatos, pero un piano de cola no puede sonar solo de esa manera tan nítida. Escucha ahora mismo... el ritmo ha cambiado por completo.
La música del refugio ha mutado hacia una atmósfera más densa, urbana y misteriosa. Un piano rítmico y casi teatral dicta los pasos de una melodía sofisticada, liderada por una voz más cruda y desgarrada que contrasta con la dulzura de la primera canción. Los sintetizadores trazan líneas sinuosas y un saxofón punzante muerde el aire con una fuerza descomunal, llenando el refugio de una tensión cinematográfica fascinante.
—Eso que oyes ahora es Lover Boy —interviene David, sirviendo más café a los excursionistas—. Una obra puramente de Rick Davies. ¿Notas la diferencia? Mientras Hodgson busca la luz y la espiritualidad, Davies aporta el blues, el cinismo y la complejidad armónica del rock clásico. Esta canción es una crítica ácida al prototipo de seductor de la época, construida sobre una progresión de piano magnífica que estalla en un solo de guitarra estratosférico de Roger Siebenberg en la batería marcando el tempo con precisión quirúrgica. Su inclusión en la trama del disco demuestra por qué Supertramp era una banda bicéfala perfecta: el choque y la unión de dos genios creativos que se complementaban de manera orgánica.
La noche cae de golpe sobre las Rocosas, y con ella, una ventisca furiosa golpea con fuerza los muros de piedra del refugio. El viento ruge con violencia, pero en el interior, la música vuelve a cambiar, adaptándose de forma increíble al entorno exterior, convirtiéndose en un bálsamo de paz que silencia el caos de la tormenta. Una guitarra acústica solitaria introduce unos acordes pausados, melancólicos y profundamente espirituales, acompañados por el silbido lejano de un pájaro que parece cantar en mitad de la nieve. La voz de Hodgson surge entonces como un hilo de seda pura, elevándose por encima del crujido de los leños y transportando a todos los presentes a un estado de introspección absoluta.
—Es la canción homónima —susurra Elena, conmovida mientras mira el fuego—. Even in the Quietest Moments. Es la pieza central del álbum, una suite acústica de más de seis minutos donde se respira una paz y una relajación tan profundas que te encogen el alma. Fijaos en cómo la instrumentación se va construyendo capa a capa, de forma sutil, sin prisas, con un piano eléctrico Wurlitzer que dibuja constelaciones en la penumbra y un estribillo que se repite como una oración de agradecimiento. Es una maravilla que te reconcilia con el universo, ideal para escucharla en el lugar más silencioso del mundo, o aquí arriba, donde el mundo parece terminar.
—Tenéis razón —admite el joven escalador que antes dudaba, completamente subyugado por la belleza de la composición—. No sé si el piano de cola está ahí fuera enterrado en el hielo o si esto es una alucinación por la altitud, pero esta música se siente real. Es como si el disco estuviera reseñando la propia naturaleza, o como si los músicos hubieran compuesto estas canciones sentados en este mismo banco de madera.
—Esa es la magia del gran arte, amigo mío —concluye David con una sonrisa—. Lograr que una obra grabada en unos estudios de California en pleno siglo XX se convierta en la banda sonora orgánica de una tormenta de nieve en el siglo XXI. Esto no es solo música, es un viaje literario y sensorial, el tipo de joyas que siempre descubro cuando visito mi rincón favorito de la red, La Playlist del Yeyo, donde se rescata la esencia de estos discos inmortales.
Las horas transcurren y la tormenta comienza a amainar, dejando tras de sí un manto de nieve fresca que refleja la luz de las primeras estrellas. El cansancio físico empieza a hacer mella en los montañeros, quienes se van acomodando en sus sacos de dormir distribuidos por el suelo de madera y las literas del fondo. En ese momento de transición hacia el descanso, la música celestial adopta un tono nostálgico, tierno y reconfortante. Un piano suave, de acordes redondos y emotivos, arropa el refugio con una melodía que habla de segundas oportunidades, de mirar al futuro con esperanza a pesar de las cicatrices del pasado. Es una canción de cuna para adultos, un abrazo melódico antes del sueño.
—From Now On —comenta David en voz muy baja para no romper el descanso de los que ya duermen—. Otra composición majestuosa de Davies. Escuchad ese piano introductorio; es pura sencillez y emotividad. La canción avanza de manera natural, sumando un coro final que es pura catarsis liberadora y un saxo que se desvanece lentamente en el infinito, como las luces de una ciudad vistas desde esta cumbre. Es una reseña perfecta de la melancolía humana, pero con un mensaje de redención bellísimo.
De repente, a escasos minutos de la medianoche, las luces de los quinqués parpadean de forma extraña y el ambiente del refugio se carga de una electricidad estática que eriza el vello. El silencio de la alta montaña es roto por el sonido ominoso de unas campanas lejanas que repican con fuerza, seguidas por la grabación de unos discursos solemnes que resuenan entre las vigas del techo. La calma se transforma en pura épica. Un sintetizador primitivo y majestuoso toma el control absolutos de la estancia, desatando una tormenta sónica que emula el dramatismo de la historia universal. Es el clímax absoluto, una pieza monumental que hace vibrar las paredes de piedra y los corazones de los escaladores, que vuelven a abrir los ojos, sobrecogidos por la magnitud de lo que están escuchando.
—La obra maestra —exclama Elena, poniéndose en pie movida por la emoción del momento—. Fool's Overture. Más de diez minutos de genialidad donde Roger Hodgson sintetizó su visión del colapso de la sociedad británica y la locura de la guerra. Es un collage musical sin precedentes: pasa del piano clásico y minimalista a pasajes sinfónicos desbordantes, intercalando fragmentos del famoso discurso de Winston Churchill 'We shall fight on the beaches' y lecturas de poemas de William Blake. La forma en que la sección de viento estalla en el tramo central es una de las cumbres más altas del rock progresivo de todos los tiempos. Un final emotivo, tenso y cinematográfico que te deja sin respiración.
Mientras las últimas notas de la sección de cuerda de la obertura se desvanecen en el aire, fundiéndose de nuevo con el viento suave de las Rocosas, una extraña paz vuelve a reinar en el Refugio del Viento. Los montañeros se sumergen finalmente en un sueño profundo, arrullados por el eco de una leyenda que, real o no, esa noche les ha permitido tocar el cielo con las manos a través de las notas inmortales de Supertramp.
Cuando la última nota sinfónica de la obertura se desvaneció en el aire, el silencio que regresó al refugio no era el de una noche cualquiera. Las luces de los quinqués parpadearon una vez más antes de apagarse por completo, dejando la estancia sumergida en la penumbra dorada del fuego agonizante. Fue entonces cuando David y Elena miraron hacia la gran ventana del este. Afuera, la ventisca había cesado de golpe y una aurora de tonos violáceos y plateados, completamente inusual en esas latitudes, comenzó a ondular sobre la cumbre nevada. En el centro de ese resplandor, allá donde las rocas parecían tocar el cielo estrellado, la silueta negra y perfecta de un piano de cola se materializó durante unos breves segundos, recortada contra la luna llena como un monumento esculpido en puro hielo y misticismo.
Los escaladores se acercaron al cristal con el corazón en un puño, conteniendo la respiración ante aquella visión mágica. Una última ráfaga de viento sopló desde la cima, trayendo consigo un levísimo eco, apenas un susurro cristalino que sonaba exactamente como la vibración de una cuerda de piano pulsada en la distancia más absoluta. Tan pronto como el sonido rozó los cristales del refugio, la silueta se disolvió en una nube de polvo de estrellas centelleante, barriendo la tormenta y dejando el firmamento limpio y en calma. Los rostros de los presentes, iluminados por el resplandor de la nieve, reflejaban una mezcla de asombro reverencial y paz profunda; nadie se atrevió a hablar, sabiendo que habían sido testigos de la verdadera alma de la montaña.
David sonrió en la penumbra, colocándose el paño sobre el hombro mientras observaba cómo la quietud más reconfortante envolvía por fin los sacos de dormir. No hacía falta buscar explicaciones lógicas ni desenterrar maderas entre el hielo. El piano invisible seguía allí arriba, custodiando las cumbres de Colorado y regalando su melodía eterna a los pocos afortunados que se atrevían a escuchar el silencio. Con el alma en calma y los ojos llenos de estrellas, los montañeros se entregaron al sueño profundo, sabiendo que aquella noche mágica e inmortal quedaría grabada para siempre en sus memorias--
Epílogo y Reseña
Publicado originalmente el 10 de abril de 1977 por el sello A&M Records, Even in the Quietest Moments... supuso el punto de inflexión definitivo y la consolidación de Supertramp como una de las potencias musicales más importantes de la década de los setenta. Grabado en los famosos Caribou Ranch Studios de Colorado —enclavados precisamente en la alta montaña que inspiró nuestra historia— y en los Record Plant de Los Ángeles, el álbum refinó la complejidad sinfónica de su predecesor, Crisis? What Crisis?, orientándola hacia un pop progresivo mucho más accesible, melódico y cristalino que anticiparía el éxito planetario de Breakfast in America.
La crítica musical de la época recibió el trabajo con elogios unánimes, destacando la asombrosa pericia técnica de la producción a cargo de la propia banda junto al ingeniero Pete Henderson, así como el contraste compositivo entre la espiritualidad mística de Roger Hodgson y el realismo urbano y bluesero de Rick Davies.
Comercialmente, el álbum fue un éxito rotundo que alcanzó el puesto número 12 en las listas del Billboard 200 en Estados Unidos y el número 12 en el Reino Unido, logrando la certificación de Disco de Oro y Platino en numerosos países gracias al arrollador éxito de su sencillo de presentación, "Give a Little Bit". La mítica portada original del disco, que muestra un piano de cola real cubierto de nieve en una estación de esquí de Eldora Mountain, se convirtió en un icono visual instantáneo de la historia del rock.
Con el paso de las décadas, la valoración de este trabajo no ha hecho más que crecer entre los especialistas y melómanos de todo el mundo; hoy en día es considerado de forma unánime como una de las obras cumbre y más cohesionadas del pop-rock del siglo XX, un testimonio imperecedero de una época en la que la complejidad artística y el éxito comercial masivo podían caminar de la mano en perfecta y absoluta armonía.
La Opinión del Yeyo
Si le echáis un ojo a los anteriores artículos de La Playlist del Yeyo, que hablan de otros discos de Supertramp, comprobaréis que siempre opino lo mismo de esta banda de rock tan genial. Todo lo que hace, es maravilloso, todo lo que compone, es delicioso, y todo lo que interpreta, suena de maravilla. Es que no tengo palabras para describir tanta belleza de música, repartida en unas pocas canciones, y compilada en este magnífico álbum, Even in the Quietest Moments. El disco reúne toda una secuencia de excelentes demostraciones de saber tocar instrumentos tan variados, como la guitarra eléctrica, acústica, piano, saxo, viento, en fin, tanta y tan variada belleza reunida en un disco, que hace que el resultado sea tan hermoso, que su escucha, se queda corta, quieres mas.
Como siempre, Supertramp era una cabeza bicéfala, tenía dos grandes mentes brillantes, con un talento desorbitado ambas, y que lo demostraba disco tras disco. En este que nos ocupa hoy, Roger Hodgson, impone su sello en temas tan buenos como Give a Little Bit, Even in the Quietest Moments, o Fool's Overture, y Rick Davies hace lo propio en temas no menos interesantes como Lover Boy o From Now On. Pues aunque parezca mentira, esa dualidad embellece el disco, el resultado final es una demostración de que la combinación de esfuerzos, y de talentos, hacen un trabajo mucho mas hermoso, y mas bello. Esa deliciosa mezcla de voces, la de Hodgson, tan fina y aguda, o la de Davies, mas cascada, pero no exenta de personalidad, son un sello propio de esta banda tan enorme.
Como dice el título del álbum, este trabajo esta creado para escucharlo en momentos de tranquilidad, en momentos de calma, que es como vas a poder saborear las delicias de este fantástico sonido, tan refinado, tan bien trabajado, y precisamente en su atmósfera, de quietud, y de silencio, allá en la alta montaña.
La Playlist del Yeyo tiene el honor de incluir este disco en su repertorio, y gracias a ello, es un poquito mas grande.
Si te consideras admirador, fan o simplemente quieres entretenerte un poco más con esta maravillosa banda que es Supertramp, te propongo que le eches un vistazo a estos nuevos post de La Playlist del Yeyo, que versan sobre algunos discos de los geniales Hodgson, Davies, y compañía, como por ejemplo, Crime of the Century, o Crisis? What Crisis?
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