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Bienvenidos a La Playlist del Yeyo

Bienvenid@ a mi rincón musical del siglo XX. Donde vive la magia.

Si decides navegar por estos mares, pronto descubrirás que me he quedado anclado en el siglo pasado. Y no podría estar más orgulloso. Este pequeño fondeadero, perdido en el vasto océano de internet, es un lugar donde las historias suenan y la música se cuenta. ¿O es al revés? El caso es que en sus publicaciones te narro relatos con banda sonora. ¡O quizá te convierto un disco en narrativa! ¡Bueno, no sé!

Tú decides si vienes por las historias o por las canciones. Este fondeadero abraza ambas cosas. En cualquier caso, aquí se combinan narrativa y buena música. La mejor música del siglo XX.
Publicado agosto 24, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

KC & the Sunshine Band-The Very Best

Interpretación visual de The Very Best de KC & the Sunshine Band-La Playlist del Yeyo


Y de eso se trataba, de hacer música fácil, y bailable, muy bailable, que contagiara felicidad, y buen rollo. 



Menú de Contenido:

  • 1. STUDIO 54. El Templo del Funk (1) (Narrativa)
  • 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

STUDIO 54. El Templo del Funk (1)

El trueno no sonó en el cielo, sino sobre el asfalto mojado de la Calle 54.

Un relámpago de luz azulada rasgó la penumbra de Manhattan, dejando tras de sí un denso rastro de vapor con olor a azufre y neumáticos quemados. El DeLorean frenó en seco justo en el bordillo, con el condensador de fluzo aún emitiendo un zumbido agudo en el panel trasero. La niebla pesada de Nueva York envolvió las líneas angulosas de la carrocería de acero inoxidable mientras la puerta de ala de gaviota se elevaba lentamente hacia el aire de la noche. Pasó un instante antes de que el tacón de una bota de cuero pisara el charco reflejado en la acera. Era yo, El Yeyo. Había cruzado el tiempo para estar aquí, en el año de gracia de la era disco, sosteniendo el volante de una máquina imposible y contemplando la fachada más codiciada de la ciudad. Era un sueño cumplido.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

A unos metros, la entrada de Studio 54 latía como el corazón de una bestia nocturna. El letrero de neón proyectaba sombras gigantescas sobre la multitud agolpada tras la barrera. Cientos de personas desesperadas —luciendo plataformas imposibles, camisas de cuello ancho, vestidos de satén y peinados afro monumentalmente pulidos— suplicaban con la mirada al implacable portero. La fauna de la noche neoyorquina vendía su alma por cruzar ese cordón de terciopelo rojo. Sin embargo, cuando el DeLorean detuvo la circulación en pleno West 54th Street, el tráfico de los limusinas Cadillac y los Lincoln Continental pareció congelarse por un segundo.

Llegada a la discoteca

Caminé hacia la entrada con la seguridad de quien no necesita invitación, ajustándome la chaqueta. El portero me miró de arriba abajo, evaluando la audacia de mi llegada, y sin pronunciar una sola palabra, desenganchó el cordón de terciopelo marcando una reverencia. Dos aparcacoches vestidos con chaquetas brillantes se abalanzaron sobre el DeLorean con los ojos abiertos de par en par, rozando el metal frío del coche como si tocaran un meteorito caído del espacio. Les tiré las llaves al aire, sentí la palmada de bienvenida del personal de seguridad en la espalda y crucé el túnel de entrada. Un pasillo a oscuras, perfumado de poppers, sudor caro y humo denso, que desembocaba directo al infierno más glorioso del planeta.

El Podcast del Yeyo

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Al cruzar la puerta interior, la presión sonora me golpeó en el pecho como una onda expansiva. Las paredes revestidas de terciopelo vibraban al ritmo de una línea de bajo que no se escuchaba: se sentía directamente en el esternón. Studio 54 se desplegaba ante mí como una catedral monumental dedicada al exceso y al hedonismo puro. En lo alto, la famosa luna sonriente con la cuchara de plata emergía entre ráfagas estroboscópicas multicolores, mientras toneladas de confeti caían sobre una masa humana de miles de jóvenes bailando en trance. En las barras de bar, abarrotadas hasta el límite, los camareros en sin mangas servían cócteles a una velocidad frenética entre risas, destellos de diamantes y conversaciones gritadas al oído.

Me adentré en la pista central, abriéndome paso entre chicas con tops de lentejuelas y chicos con pantalones de pata de elefante que sudaban la gota gorda al ritmo del sonido que estaba dominando el mundo. La música no venía de un plato cualquiera; era el latido inconfundible de Miami, la máquina de crear felicidad perfeccionada por Harry Wayne Casey y Richard Finch. De pronto, los metales estallaron en los altavoces de la sala con una fuerza contagiosa y desenfadada, marcando el inicio de la fiesta.

El metal de la sección de vientos resonó con una brillantez festiva que hizo que la multitud entera se elevara unos centímetros sobre la pista de madera pulida. Sound Your Funky Horn sonaba desde las alturas de la cabina de DJ con una soltura casi callejera, ese sonido temprano de la Sunshine Band donde el Rhythm & Blues de Florida aún mantenía su raíz cruda, contagiosa y repleta de groove.

A mi lado, un tipo alto con un afro impresionante y una camisa de seda entreabierta hasta el ombligo agarró de la mano a una chica vestida con un mono de Halston amarillo eléctrico.

—¡Escucha eso, colega! —me gritó el tipo al oído, tratando de superar los decibelios de la sala mientras sus botas de plataforma comenzaban a marcar el ritmo—. ¡Eso es el sonido de Miami! ¡Nada de melancolía, esto es para quemar la noche!

—¡Es un cañón! —le respondí gritando, viéndolos lanzarse a la pista con giros perfectamente sincronizados.

En la pista central

El tema, con su estribillo directo y su ritmo trotón, funcionaba como la llamada de atención perfecta para encender los motores de la noche. La crítica siempre intentó catalogar a KC como un producto puramente comercial, pero estar aquí abajo, viendo cómo la energía de Sound Your Funky Horn transformaba a cientos de desconocidos en una sola masa sonriente, demostraba que su fórmula musical era una genialidad de la artesanía pop: arreglos limpios, viento metal impecable y un bombo que te obligaba a mover los pies sin pedir permiso.

Me abrí paso hacia una de las barras laterales. El camarero, con la frente perlada de sudor, me sirvió un trago sobre la barra de latón pulido mientras a mi izquierda dos jóvenes intercambiaban un pequeño sobre de papel en la penumbra. En Studio 54, los bajos fondos y la alta sociedad compartían el mismo espacio sin barreras. El submundo de las sustancias y el negocio nocturno se entrelazaba con la inocencia de una juventud que solo buscaba escapar de la crisis económica y el desencanto de los 70 a través del baile.

Mientras apuraba el vaso, las luces del techo cambiaron a tonos violeta y azul profundo. La aguja del DJ se deslizó sobre un nuevo surco y el ritmo bajó un punto de velocidad para ganar mil puntos de sensualidad. El bajo comenzó a marcar una cadencia lenta, pesada y provocativa.

El ambiente en la pista se volvió denso y sudoroso con los primeros compases de Shotgun Shuffle. Era un instrumento instrumental puramente rítmico, un ejercicio de estilo donde la guitarra rítmica rascaba el tempo con una precisión quirúrgica mientras la sección de viento ejecutaba frases cortas y punzantes. Era la prueba irrefutable de que la banda de KC no era solo un grupo de voces pegajosas, sino un conjunto de músicos de sesión excepcionales capaces de sostener un groove instrumental con una fuerza aplastante.

A través del humo de los cigarrillos y los destellos de la bola de espejos, vi cómo el ambiente cambiaba de tono. Los bailes rápidos dejaron paso a movimientos más pausados, caderas pegadas y miradas cómplices. En una de las esquinas de la barra, una pareja se besaba con pasión sin importarles el bullicio alrededor.

—Este ritmo te entra por las venas, ¿verdad? —me dijo una chica de ojos claros que se apoyaba en la barra a mi lado, ajustándose una pulsera de plata que brillaba bajo los neones.

📊 DATOS CLAVE:Más de 100 millones de discos vendidos a nivel mundial y 5 números 1 en el Billboard Hot 100 entre 1975 y 1979 | Ganadores del Premio Grammy en 1976 y múltiples certificaciones multiplatino globales | Himnos generacionales inolvidables como "Get Down Tonight", "That's the Way (I Like It)", "Shake Your Booty" y "Please Don't Go" | Grabado en los míticos estudios de TK Records en Hialeah, Florida, el dúo Casey-Finch revolucionó la música de baile fusionando el R&B sureño con el vibrante viento-metal caribeño estilo Junkanoo para forjar el legendario "Sonido Miami".

—Tiene ese toque de funk elegante que no necesita letra para decirte exactamente lo que tienes que hacer —le contesté, ofreciéndole una sonrisa mientras observaba la solidez del tema.

Shotgun Shuffle actuaba como el pegamento perfecto en la sesión de la discoteca: una pieza pensada para que los bailarines recuperaran el aliento sin salir de la pista, manteniendo la tensión sexual y el movimiento constante. La producción de Finch en este tipo de cortes demostraba una maestría absoluta en el uso del espacio y la percusión secundaria.

Decidí que era momento de explorar los niveles superiores. Me dirigí hacia las escaleras que conducían al balcón VIP, esquivando a un par de miembros del personal que transportaban cajas de champagne. Desde la balaustrada del piso superior, la perspectiva de la discoteca era hipnotizante: un mar de cuerpos en movimiento perpetuo bajo un cielo de focos giratorios.

Fue entonces cuando el DJ soltó uno de los dardos más potentes del repertorio de la banda. La pista abajo pareció rugir al unísono cuando entró la introducción de uno de sus primeros grandes éxitos.

El estallido de Queen of Clubs hizo retumbar la estructura de la sala. Este tema de 1974, uno de los primeros en romper las listas británicas antes de conquistar los Estados Unidos, resonaba con un matiz ligeramente más oscuro y soul que los grandes himnos posteriores. La voz de Harry Wayne Casey sonaba vibrante, narrativa, contando la historia de esa mujer dominante y fascinante que reinaba en las noches de fiesta, una figura que parecía retratar punto por punto a muchas de las divas que bailaban abajo en la pista.

Desde mi posición privilegiada en el balcón, pude ver a una mujer con un vestido de lentejuelas rojas adueñarse por completo del centro de la pista. A su alrededor, un círculo de admiradores le aplaudía el ritmo mientras ella se movía con una gracia feroz. Era, literalmente, la "Reina del Club" de la canción.

—Mira allá abajo —dijo una voz a mi lado. Me giré y vi a un tipo maduro con traje de terciopelo azul y gafas de sol en plena noche, apoyado en la barandilla mientras saboreaba una copa de cristal—. Esa chica lleva toda la noche esperando que pongan este tema. KC supo captar exactamente la fauna de estos sitios antes de que existiera el propio Studio 54.

—Tiene un aire más clásico, más soul de Florida —comenté, analizando la estructura del tema—. El piano eléctrico le da una textura tremenda.

la reina de la pista

—Es pura magia urbana, amigo. Música hecha por chicos de estudio que sabían exactamente qué buscaba la gente al salir del trabajo un viernes por la noche.

Queen of Clubs mostró la transición perfecta entre el R&B clásico y la fiebre disco inminente. Su ritmo bailable pero impregnado de dramatismo soul demostraba que la Sunshine Band tenía raíces profundas antes de convertirse en la máquina definitiva de hacer números uno mundialmente populares.

El tipo del traje de terciopelo me hizo una seña hacia una puerta discreta al fondo del balcón, custodiada por dos hombres de aspecto rudo. Me mostró un pase de cuero dorado y me invitó a pasar. Entramos en la zona reservada para la jet set, donde los sillones de piel acogían a actores famosos, diseñadores de moda y magnates de la industria de la música en actitudes relajadas y confidenciales.

Mientras nos adentrábamos en aquel ambiente exclusivo de susurros y lujo, los altavoces de la zona VIP, ajustados a un volumen impecable, comenzaron a reproducir el tema que lo cambió todo para ellos y para la música de baile.

Aunque la versión mundialmente famosa fue grabada por George McCrae, la paternidad absoluta de Rock Your Baby pertenecía al tándem formado por Harry Wayne Casey y Richard Finch. Escuchar este tema en el corazón de Studio 54 era rendir homenaje al verdadero punto de partida de toda una era. La caja de ritmos incipiente, combinada con ese riff de guitarra limpio y fascinante, creó el molde del que bebería toda la música disco posterior.

En la zona VIP, el efecto de la canción fue inmediato pero distinto. La gente no saltaba; se mecía con una elegancia aristocrática. Un famoso diseñador de moda balanceaba la cabeza al ritmo suave del tema mientras esbozaba bocetos en una servilleta de papel, inspirado por el flujo hipnótico de la melodía.

—Es increíble pensar que este tema lo escribieron para la voz de KC y al final se lo dieron a McCrae porque no llegaba a las notas altas —comenté en voz baja a mi acompañante, paladeando mi bebida.

—Fue la mejor decisión de sus vidas —respondió el hombre de las gafas de sol—. Vendieron once millones de copias de este sencillo y les dio el dinero y la libertad para construir su propio imperio en Miami. Sin esta canción, Studio 54 no sonaría como suena hoy.

en la zona VIP

Rock Your Baby posee esa cualidad atemporal de las canciones sencillas pero impecables. Su crítica inicial la tildó de repetitiva, pero el tiempo ha demostrado que su ritmo minimalistamente hipnótico fue la piedra angular sobre la que se edificó el sonido de la década de 1970.

Decidí abandonar el área privada para volver a la energía pura de la masa. Al bajar las escaleras traseras, atravesé un pasillo donde la iluminación era casi nula. Allí, entre las sombras de las vigas del edificio, se apreciaba el intercambio constante de pequeños paquetes, besos furtivos y risas ahogadas. Era el reverso de la moneda: la búsqueda desesperada de evasión en una ciudad al borde del colapso financiero.

Al salir de nuevo a la luz abrasadora de la pista central, la temperatura del recinto había subido varios grados. El sudor brillaba en la piel de los bailarines y el aire estaba cargado de una euforia casi eléctrica. El DJ decidió que era el momento de soltar la bomba atómica de la noche.

El icónico solo de guitarra acelerado con el que arranca Get Down Tonight resonó en los altavoces como una alarma de incendio. La pista entera estalló en un grito unánime de celebración. Este fue el primer número uno de la banda en el Billboard Hot 100 en 1975, la canción que redefinió el Pop-Funk y catapultó a KC & The Sunshine Band al estrellato planetario.

El suelo de madera vibró bajo miles de pies saltando al mismo tiempo. Me vi envuelto en medio de un grupo de jóvenes que bailaban en círculo. La energía era sencillamente arrolladora. El estribillo pegajoso, la pulsación incesante del bajo y esos arreglos de viento pulidísimos creaban un estado de trance festivo insuperable.

—¡"Do a little dance, make a little love, get down tonight"! —cantaba a pleno pulmón un chico a mi lado, agarrado de los hombros de sus amigos mientras la bola de espejos lanzaba miles de dardos de luz blanca sobre sus rostros sonrientes.

bailando en la pista

La crítica musical de la época a menudo minusvaloraba la lírica de este tema por su extrema sencillez, pero esa era precisamente su mayor virtud narrativa: no había pretensión intelectual, solo una invitación directa, honesta y aplastante a la liberación personal a través de la música y el cuerpo. La producción de Finch alcanzaba aquí una brillantez técnica monumental, logrando un sonido brillante, aireado y sobre todo demoledor en las grandes discotecas.

Sudando y riendo en medio de la marea humana, sentí la magia pura de viajar en el tiempo. Estar en Studio 54 en su época de esplendor, finales de los 70, rodeado de una juventud vibrante que vivía el presente como si no hubiera un mañana, era exactamente el sueño que había querido cumplir.

Pero la sesión no daba tregua. Sin pausa alguna entre corte y corte, el DJ enlazó la última nota de la canción con el golpe seco y rítmico que marcaba el ritmo de otro de los pilares del funk moderno.

Con su ritmo entrelazado y desenfadado, Boogie Shoes irrumpió en la sala como una auténtica descarga de adrenalina soul. Aunque el tema ya formaba parte del álbum de 1975, su inclusión posterior en la mítica banda sonora de Fiebre del Sábado Noche lo inmortalizaría para siempre en la memoria colectiva del planeta.

En la pista, dos chicos con camisas desabrochadas y zapatos de charol negro comenzaron un duelo de baile improvisado, rodeados por la multitud que jalaleaba cada uno de sus pasos. Sus pies volaban sobre el suelo pulido, haciendo giros y deslizamientos acrobáticos que encajaban a la perfección con el compás de la guitarra rítmica.

—¡Echadle un vistazo a esos dos! —gritó una chica a mi lado mientras daba palmas al ritmo de la música—. ¡Ese tema hace que hasta los muertos se pongan sus zapatos de baile!

—¡Es imposible quedarse quieto! —le grité de vuelta, contagiado por el entusiasmo general mientras marcaba el paso con las botas sobre el suelo de la discoteca.

duelo de bailarines

Boogie Shoes representa la quintaesencia del sonido de la banda: una sección de ritmo precisa como un reloj suizo, estribillos contagiosos y una actitud que celebraba el mero acto de vestir bien, salir a la calle y bailar. Era una canción sin complejos, fresca y vital.

Me acerqué nuevamente a la zona de barra para refrescarme. La noche avanzaba hacia su punto culminante y la atmósfera en Studio 54 se volvía cada vez más densa, cargada de humo, perfume y la electricidad propia de las primeras horas de la madrugada. La gente no mostraba signos de cansancio; al contrario, la música parecía alimentarlos.

Fue en ese preciso instante cuando las luces principales de la sala se apagaron por completo, dejando únicamente el destello dorado de los focos centrales enfocado sobre la pista. El silencio duró solo un segundo, el tiempo justo para que todos supieran qué canción estaba a punto de sonar.

El mítico «A-ha, a-ha» susurrado por las coristas retumbó en los altavoces, seguido inmediatamente por el estallido apoteósico de toda la banda. That's the Way (I Like It) convirtió Studio 54 en una locura absoluta. Era el segundo número uno mundial de la formación, la canción definitiva que consolidó el "Sonido Miami" como el fenómeno musical más importante del año 1975.

La masa de gente cantaba el estribillo a pleno pulmón, un coro multitudinario de miles de voces unidas que tapaba casi el sonido de la propia sala. Los brazos estaban en alto, los cuerpos se movían en una sintonía perfecta y el sudor caía de los rostros en medio de la iluminación dorada. La simplicidad de su letra escondía un groove tan contagioso y una instrumentación tan rica que resultaba sencillamente imposible resistirse a su empuje.

En medio de esa marea de felicidad, miré a mi alrededor: la jet set en los balcones, los jóvenes de los barrios de Nueva York en la pista, los camareros bailando tras la barra, las luces girando descontroladas. Todo el submundo y la gloria de la era disco se daban la mano bajo el paraguas de esta obra maestra del pop bailable.

Me quedé allí, en mitad de la pista, sintiendo la vibración en los pies y disfrutando del momento como la experiencia única que siempre había soñado vivir. La primera mitad de la noche alcanzaba su cima absoluta, pero la fiesta en Studio 54 aún estaba lejos de terminar...

(CONTINUARÁ...la próxima semana)

Nota del Yeyo: Para los puristas de la cronología que recuerden que la mítica sala Studio 54 abrió sus puertas en 1977 y bajó el telón en 1980, conviene recordar que en La Playlist del Yeyo habita la magia pura. A bordo del DeLorean, las barreras del tiempo se diluyen y los milagros imposibles cobran vida; aquí conviven canciones de diferentes años en una misma noche de fiesta. Pero no os dejéis engañar: tras esa pincelada de fantasía, todo lo demás —el sudor, la atmósfera, la historia de la banda y la pasión por la música— es real. Absolutamente real.

Epílogo y Reseña

icono radio

La trayectoria de KC and the Sunshine Band constituye uno de los capítulos más fulgurantes e influyentes en la historia de la música popular bailable. Forjado en los estudios de TK Records en Hialeah (Florida) por el tándem de Harry Wayne Casey («KC») y Richard Finch, el grupo revolucionó la década de 1970 al ensamblar el Miami Sound: una vibrante aleación de ritmos afrocaribeños, vientos afilados heredados del soul sureño y un pulso funk implacable. 

epilogo

Tras inaugurar la era dorada componiendo y produciendo el bombazo «Rock Your Baby» para George McCrae, la formación encadenó una racha histórica sin precedentes desde The Beatles, coronando cinco números uno en el Billboard Hot 100 y conquistando el mercado británico con himnos inmortales como «Get Down Tonight», «That’s the Way (I Like It)», «(Shake Your Booty)», «Boogie Shoes» —pieza clave en la banda sonora de Saturday Night Fever— y la emotiva «Please Don’t Go».

Incluso tras el declive de la fiebre disco, Casey demostró su vigencia en los ochenta llevando «Give It Up» al número uno en el Reino Unido. Con más de 100 millones de discos vendidos, tres premios Grammy y un catálogo que ha sido objeto de reverencia y muestreo continuo por el hip hop y la electrónica contemporánea, KC and the Sunshine Band permanece como el monumento definitivo a la fiesta colectiva, la precisión rítmica y la alegría sin complejos en la pista de baile.

La Opinión del Yeyo

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Siempre lo he dicho, antes de entusiasmarme con la música, y mucho antes de meterme de lleno a investigar y disfrutar de ella, ya había escuchado muchas canciones en mi casa, y en mi entorno, siendo pequeño; que luego, con posterioridad, las he vuelto a oir, y me resultaban muy familiares. Sobre todo la música de los años 70, y quizá algo de los 60. Y esto es lo que me ha pasado con esta banda que tratamos hoy. La mayoría de los éxitos que han tenido y han conseguido exportar al mundo entero desde su Miami natal, ya los había escuchado en su momento, a lo largo de la maravillosa década setentera, pero aun no era consciente. Descubrí a KC & the Sunshine Band, en los 90, cuando empezaba la incipiente fiebre mp3, y es cuando me descargué casi todos sus éxitos.

Me encandiló en ese momento, la facilidad de esos ritmos, de esas melodías, eran muy fáciles, muy sencillas, y además, en los 90 cuando los descubrí, me volvieron a recordar el sonido funky, y bailable de los últimos 70, que era el sonido de las discotecas más reconocidas, hasta que pasó de moda, claro, como todo. 

Opinion del Yeyo

Era la típica música negra, que había descubierto un filón, en la música bailable, para darse a conocer en todo el mundo. Y lo consiguieron, sin duda. Hay muchos ejemplos de ello, Kool and the Gang, Earth, Wind & Fire, o The Commodores, con Lionel Richie a la cabeza.

Pero KC y su banda, no eran así, ellos eran interraciales, blancos y negros, todos juntos, y haciendo una música deliciosa, y muy alegre. Música para todos; desde Miami, fueron los fundadores del Miami Sound. A muchos de nosotros se nos han ido los pies, escuchando por ejemplo, temas como Get Down Tonight, Shake Your Booty, o That’s the Way. Y de eso se trataba, de hacer música fácil, y bailable, muy bailable, que contagiara felicidad, y buen rollo. 

Por eso la música de KC & the Sunshine Band, me gusta tanto, porque me transmitió buen humor cuando la descubrí, y lo sigue haciendo hoy en día, cuando la escucho. Y La Playlist del Yeyo, no es ajena a ella. Por eso ha querido hacerle un pequeño homenaje a esta música y a este grupo, y llevarlos a la mítica, y desaparecida, discoteca Studio 54 de Nueva York, para recrear esos años, y revivir algo de la fiebre por el baile, que se vivió entonces.

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