es en mi humilde opinión, un buen disco, con maravillosas canciones y que se puede disfrutar en un buen Discman, con los auriculares a tope
Menú de Contenido:
- 1. El Ladrón de Focos (Narrativa)
- 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
- 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
- 4. Epílogo y Reseña técnica
- 5. La Opinión del Yeyo
El Ladrón de Focos
La luz del Mediterráneo al atardecer no se posa sobre la Costa Azul; se derrama sobre ella como champán caro sobre una alfombra de terciopelo. En la terraza del Hôtel de Paris en Mónaco, el tintineo de las copas de cristal de Baccarat dictaba el compás de una aristocracia flotante que vivía convencida de que el mundo se había creado únicamente para su disfrute. Entre bocanadas de puros de la Habana y fragancias de alta costura que flotaban en la brisa salina, los hilos invisibles del poder y la vanidad se entrelazaban en una danza milimétricamente calculada. Nadie allí miraba el reloj por necesidad, sino por ostentación. En medio de ese teatro de las vanidades, la elegancia no era una virtud, sino un arma arrojadiza, y nadie la empuñaba con tanta precisión, descaro y cinismo como Andrew Ross.
El Archivo Multimedia
Andrew no caminaba; desfilaba. A sus treinta y muchos años, poseía esa clase de atractivo magnético y peligroso que solo concede la confianza absoluta en uno mismo o la falta total de escrúpulos. Vestido con un esmoquin de corte perfecto que atesoraba en su solapa un discreto pin con el sello azul de La Playlist del Yeyo, avanzaba entre la multitud con la sonrisa despectiva de quien se sabe el depredador supremo de la sala. Para el resto de los invitados a la Gala del Milenio, Andrew era un magnate británico del entretenimiento, un sibarita de conversación deslumbrante. Para las autoridades internacionales, era una sombra; el ladrón de guante blanco más esquivo del continente, un sujeto con un ego tan desmesurado que jamás robaba por dinero, sino por el puro e inigualable placer de demostrar que nadie podía eclipsarlo.
El Podcast del Yeyo
Esa noche, sin embargo, el trofeo no era una pintura impresionista ni un collar de diamantes ordinario. La pieza codiciada descansaba en la suite presidencial del casino: el "Corazón de Plata", un broche histórico esculpido en platino y zafiros que perteneció a la realeza europea. Pero mientras Andrew apuraba su Dry Martini observando los destellos de los yates amarrados en el puerto, su atención no estaba en las cámaras de seguridad ni en los guardias armados. Su atención estaba clavada en la pasarela improvisada del salón principal, donde los altavoces de alta fidelidad escupían las primeras notas de un ritmo hipnótico, construido sobre un sample de cuerda que sonaba descaradamente a película de James Bond.
Era el sonido arrollador de los finales de los noventa. Un sonido gamberro, orquestal y descarado que condensaba la esencia misma de The Ego Has Landed, aquel recopilatorio con el que Robbie Williams asaltó el mercado americano en 1999 demostrando que la arrogancia, si viene acompañada de buenas melodías, es un arte mayor. Andrew ajustó sus gemelos de oro mientras observaba a la multitud dejarse llevar por la música. Entendía perfectamente a Robbie: ambos compartían esa necesidad enfermiza de ser el centro del universo, esa mezcla de carisma volcánico y cinismo encantador. Para triunfar a lo grande hay que creerse inmortal, aunque sepamos que la mecha se consume rápido.
Andrew se acercó a la barra de mármol donde una mujer de vestido rojo y mirada incisiva observaba el ambiente con una cámara Leica colgada al cuello. Era Victoria, una famosa crítica cultural e investigadora que llevaba meses siguiendo la pista de los robos más audaces de Europa. Andrew se inclinó levemente hacia ella, luciendo su mejor sonrisa de estrella de rock.
—Hay algo maravillosamente decadente en este tema, ¿no crees? —dijo Andrew, alzando su copa hacia los altavoces mientras sonaba Millennium—. Robbie Williams supo exactamente qué cuerda tocar aquí. Tomar la grandiosidad cinematográfica de John Barry en Solo se vive dos veces y convertirla en un himno al hedonismo moderno. Es la banda sonora perfecta para los que sabemos que el mundo se acaba, pero decidimos bailar sobre el mármol antes del portazo.
Victoria se giró despacio, midiéndolo con la mirada, sin dejarse impresionar por el despliegue de encanto.
—Una canción sobre la falsa opulencia y el vacío de la fama, Sr. Ross —respondió ella con una voz aterciopelada pero fría—. Williams usó ese tema para reírse de la aristocracia del pop mientras se coronaba como su nuevo rey. Es brillante porque es autoparódica. Aunque algunos confunden la parodia con la realidad y terminan creyéndose su propio personaje.
—El personaje siempre es más interesante que la realidad, querida —replicó Andrew con un guiño insolente—. La realidad es aburrida, común. El ego, en cambio, es la única fuerza de la gravedad que sostiene a los hombres extraordinarios.
Sin perder la compostura, Andrew se alejó hacia el ascensor privado que conducía a la zona VIP. El plan estaba en marcha. Con un dispositivo de radiofrecuencia oculto en su pitillera, desactivó el cierre magnético de la puerta del pasillo reservado. Mientras avanzaba en la penumbra de moqueta tupida, el eco de la fiesta se atenuó, dejando paso a una melodía mucho más densa, melancólica y cargada de guitarras acústicas y ecos de desamor.
Al escuchar los acordes de No Regrets, Andrew sintió una leve punzada en el pecho, un destello fugaz de memoria que sofocó de inmediato. Aquella canción era una obra de arte dentro del álbum; una despedida amarga pero elegante a su etapa en Take That, donde Williams demostró una madurez compositiva brutal junto a Guy Chambers. Neil Tennant de los Pet Shop Boys y Neil Hannon de The Divine Comedy le guardaban las espaldas en los coros, creando una atmósfera de resignación gloriosa. "I don't feel regret, it darkens your life" repitió Andrew en un susurro mientras forzaba la cerradura táctil de la suite. No había espacio para la culpa en su oficio. Para ser el mejor, hay que dejar atrás los puentes quemados y a los viejos aliados. Los arrepentimientos solo empañan la brillantez del golpe.
La puerta de la suite se abrió con un chasquido sordo. El "Corazón de Plata" resplandecía en el centro de la estancia, protegido dentro de una urna de cristal con sensores térmicos. Andrew extrajo de su bolsillo un espray criogénico de alta tecnología y un cortador de diamante. Sus manos no temblaban; eran las manos de un cirujano de lo ajeno. Sin embargo, justo cuando el halo de luz verde del sensor comenzó a congelarse bajo el gas, la luz de la habitación se encendió de golpe.
—Llegas tarde, Andrew —dijo una voz a sus espaldas.
Andrew no se sobresaltó. Se giró despacio, guardando el espray en el bolsillo con una lentitud estudiada. Victoria estaba de pie junto al marco de la puerta, pero no llevaba su cámara Leica, sino una pistola con silenciador apuntando directamente a su pecho.
—Vaya —sonrió Andrew, abriendo los brazos como si estuviera a punto de recibir un aplauso en un estadio lleno—. Una fotógrafa con armas de fuego. Eso sí que es un giro de guion digno de la prensa rosa.
—No soy fotógrafa, Ross. Interpol, división de arte —dijo ella, avanzando dos pasos sin mover el punto de mira de su corazón—. Te he seguido desde Londres. Sé cómo piensas. Sé que tu narcisismo no te permitiría dejar pasar una fiesta como esta. Tu problema no es el dinero; tu problema es que necesitas que el mundo mire cómo te sales con la tuya.
Desde el atrio central del casino, el sonido del concierto en directo se colaba por los conductos de ventilación. La banda estaba atacando los primeros compases de Strong, ese terremoto de pop británico con un estribillo diseñado para ser coreado por ochenta mil personas en un estadio.
—Escucha eso, Victoria —dijo Andrew, dando un paso lateral hacia la mesa adyacente, haciendo gala de un aplomo insultante—. Strong es la quintaesencia de Robbie. Una melodía aparentemente festiva que esconde una letra desgarradora sobre la presión, la paranoia y la necesidad de fingir que eres de hierro cuando por dentro te estás desmoronando. "My m-m-mama dijo que para triunfar hay que ser fuerte". ¿No te parece fascinante? Todos fingimos ser fuertes para que nadie descubra lo frágiles que somos. Tú con tu placa, y yo con mi esmoquin.
—No intentes analizarme, Andrew. Pon las manos donde pueda verlas —ordenó ella, aunque por un segundo, su mirada delató que la puñalada conceptual había dado en el blanco.
—El problema de este disco —continuó Andrew, ignorando la amenaza del arma y caminando con absoluta parsimonia alrededor de la urna de cristal— es que Estados Unidos no supo entenderlo a la primera. Para ellos, Robbie era solo un tipo chulo que venía de una boyband. No comprendieron que detrás de esa fachada de rey del pop de los sesenta y los setenta había un compositor con un corazón desgarrado. Tomaron lo mejor de sus dos primeros discos británicos para empaquetar este The Ego Has Landed, y el resultado fue una bomba de orfebrería pop.
Andrew presionó sutilmente con el tacón de su zapato un resorte disimulado en el rodapié de la pared. Un sistema de extinción de incendios secundario comenzó a emitir un leve silbido.
—Y en cuanto a mi ego... —añadió Andrew con una voz suave y profunda—, admito que es gigante. Pero es que, si miras bien, el cuadro es demasiado bonito como para no ponerle un buen marco.
De repente, una densa niebla de vapor de agua purificada y dióxido de carbono brotó de los difusores del techo, cegando la estancia por completo. Victoria disparó un solo tiro que impactó contra el jarrón de porcelana de la entrada. Para cuando la niebla comenzó a aclararse diez segundos después, la urna de cristal estaba vacía, la ventana del balcón que daba a la cornisa del edificio estaba abierta de par en par, y sobre la peana de terciopelo solo quedaba una tarjeta azul con el logotipo de La Playlist del Yeyo y una nota manuscrita: "Gracias por el espectáculo".
Andrew corría por los tejados de Mónaco bajo la noche estrellada, con la brisa marina azotándole el rostro y el "Corazón de Plata" a buen recaudo en el bolsillo interior de su chaqueta. El salto desde la cornisa hasta la cubierta del garaje adyacente requería una precisión suicida, pero no sentía miedo; sentía la adrenalina pura corrérsele por las venas. Descolgándose por la escala de incendios, alcanzó el callejón donde tenía aparcado su clásico Aston Martin DB5 de color azul marino.
Encendió el motor, que rugió con un ronroneo grave y elegante, y engranó la primera marcha mientras el sistema de sonido del coche se activaba automáticamente.
La melodía atemporal de Angels comenzó a llenar el habitáculo mientras el coche serpenteaba por las curvas de la Corniche, dejando atrás las luces parpadeantes de Montecarlo. Andrew apoyó el codo en la ventanilla, dejando que el aire de la noche le rozara la frente. Angels no era solo la canción que salvó la carrera en solitario de Robbie Williams; era uno de los monumentos baladísticos más grandiosos de la historia del pop moderno. Con sus pianos serenos, su crescendo orquestal conmovedor y esa lírica que habla de protección, fe y salvación en los momentos de mayor oscuridad, la canción elevaba el disco a una categoría casi mística. Por mucho que Robbie jugara a ser el chico malo y engreído del pop, cuando entonaba ese estribillo, el mundo entero se ponía de rodillas.
Andrew miró por el retrovisor. Las luces de los coches de policía sonaban lejanas, incapaces de recortar la distancia sobre la potencia del Aston Martin. Sonrió con melancolía. Incluso los hombres con el ego más colosal necesitaban creer en algo superior en medio de la soledad de la huida.
A mitad de camino hacia la frontera con Italia, Andrew tomó un desvío hacia una pequeña villa privada colgada de un acantilado. Aparcó bajo la sombra de los pinos mediterráneos. No había luces encendidas, salvo la luz tenue del porche. Al apagar el motor, la cinta del reproductor saltó automáticamente a la siguiente pista, cambiando radicalmente el ritmo suave por un riff de guitarra enérgico, con un tufo deliberado al sonido Britpop de Oasis y Blur.
Sonaba Old Before I Die, el single con el que Robbie gritó al mundo en 1997 que había sobrevivido a sus propios demonios y que pensaba disfrutar de la juventud antes de envejecer. Un tema guitarrero, optimista, con ese estribillo eufórico que parece una declaración de intenciones contra la decadencia. Andrew bajó del coche, recuperando su andar despreocupado y chulo. Entró en la villa, donde el silencio era sepulcral, salvo por el suave discurrir del agua de la piscina infinita que parecía fundirse con el mar en el horizonte.
Sacó la joya del bolsillo y la depositó sobre la mesa de cristal de la terraza. El platino relucía bajo la luz de la luna. Sin embargo, no sintió la victoria abrumadora que solía acompañar a sus golpes. La conversación con Victoria en la suite seguía resonando en su cabeza. ¿Era todo una actuación? ¿Un intento desesperado por no envejecer en la vulgaridad?
Escuchó unos pasos suaves detrás de él. No se giró. Sabía perfectamente quién era.
—Pensé que no vendrías —dijo Andrew en voz baja.
Victoria salió de la sombra de los arcos de la terraza. Ya no llevaba el arma, ni la placa, ni el disfraz de agente de Interpol. Lucía un vestido sencillo, con el cabello suelto ondeando al viento de la costa.
—Nunca me perdería el final de tu función, Andrew —dijo ella, acercándose a la mesa y mirando el broche sin tocarlo—. No llamé a la policía. La alarma de la suite la desactivé yo misma antes de que entraras.
Andrew se giró, por primera vez en la noche, realmente sorprendido. Su máscara de arrogancia cayó por un segundo, dejando ver al hombre real que habitaba detrás del personaje.
—¿Por qué? —preguntó él.
—Porque conozco el disco que no dejas de escuchar —contestó ella, rozando con los dedos la carátula azul de The Ego Has Landed que descansaba sobre la mesa junto al reproductor portátil—. Sé que te escondes detrás de la chulería de Robbie Williams porque tienes miedo de lo que hay cuando se apagan los focos. Pero detrás de todo ese ruido, de toda esa pirotecnia de hombre fatal... hay alguien que solo busca una razón para detenerse.
Victoria se acercó a él y pulsó el botón del reproductor. Las primeras notas de piano de She's The One —la magistral versión que Robbie hizo del tema de World Party, convirtiéndola en un clásico romántico instantáneo número uno en las listas británicas— comenzaron a flotar en la noche cálida de la Costa Azul. Era una canción desnuda, pura, sin ironías ni sarcasmos. Una confesión absoluta de vulnerabilidad ante la persona adecuada.
Andrew miró a Victoria a los ojos. El gran ladrón, el hombre del ego inquebrantable, el tipo que se creía por encima del bien y del mal, sintió cómo todas sus defensas se desmoronaban como un castillo de naipes ante la brisa marina.
—El broche es tuyo —dijo Andrew, con una voz extrañamente suave, deslizando la joya hacia ella—. De todas formas, nunca me importó la joya.
—Lo sé —sonrió Victoria, tomando su mano con ternura—. A ti solo te importaba que alguien te mirara a los ojos y supiera quién eres en realidad.
Andrew se inclinó y la besó suavemente mientras la música de She's The One alcanzaba su clímax orquestal. El ego finalmente había aterrizado. Ya no había focos, ni persecuciones, ni aplausos artificiales. Solo dos personas en la terraza de un acantilado, descubriendo que la verdadera grandeza no consiste en ser admirado por la multitud, sino en encontrar a alguien ante quien no necesites llevar ninguna máscara. Y mientras la canción se apagaba en la noche monegasca, el mundo pareció detenerse, rindiéndose a la evidencia de que incluso las mayores estrellas de rock necesitan, tarde o temprano, volver a casa.
Epílogo y Reseña
Publicado oficialmente el 4 de mayo de 1999 por el sello Capitol Records, The Ego Has Landed nació como una estrategia comercial calculada y brillante para introducir a Robbie Williams en el ambicioso y complicado mercado norteamericano, tras el colosal éxito multidisco que el británico ya cosechaba en Europa y el Reino Unido. Dado que sus dos primeros álbumes de estudio en solo, Life Thru a Lens (1997) y I've Been Expecting You (1998), no habían tenido una distribución masiva al otro lado del Atlántico, la discográfica decidió empaquetar los mejores sencillos y cortes de ambos trabajos en un solo álbum recopilatorio con una portada reestructurada y un sonido remasterizado. El disco debutó con fuerza alcanzando el puesto número 63 en el Billboard 200 de Estados Unidos y logrando la certificación de disco de platino por la RIAA tras superar el millón de copias vendidas en dicho territorio, mientras que en Canadá logró el disco de oro.
La crítica especializada de la época recibió el trabajo con una mezcla de fascinación y escepticismo; publicaciones como Rolling Stone o AllMusic destacaron de inmediato la incontestable capacidad de Williams y su coescritor Guy Chambers para facturar ganchos pop perfectos, heredando el espíritu de los Kinks, los Beatles y el Britpop pero aderezándolo con una actitud irreverente y descarada digna del glam rock de los años setenta. Sin embargo, algunos sectores críticos estadounidenses no terminaron de conectar con la marcada ironía británica del artista, considerándolo un producto excesivamente prefabricado.
Con el paso de los años y el distanciamiento histórico, la percepción sobre The Ego Has Landed se ha revalorizado enormemente, siendo considerado hoy por la prensa musical como una colección imperecedera de la edad de oro del pop internacional de finales de los noventa. El álbum es visto como el testimonio definitivo del momento exacto en que Williams trascendió su pasado de boyband para consolidarse como uno de los frontmen e intérpretes más carismáticos, complejos y dotados de la música popular contemporánea.
La Opinión del Yeyo
De Robbie Williams, me han gustado sus canciones desde que empezó en solitario, no con su banda anterior, Take That. Y pasado incluso el siglo XXI, también ha sacado canciones muy bonitas; pero ya sabeis que La Playlist del Yeyo está anclado en un pequeño fondeadero del siglo XX, y de ahí no se mueve. Y no podía dejar de incluir este artista en mi repertorio, pues tiene preciosos temas, bailables, rockeros, pop, e incluso baladas, y muy bonitas por cierto.
Yo conocí a Robbie Williams, cuando salió con sus primeros dos discos en Europa. Mientras perteneció a la boyband Take That, ni siquiera me fijé en el. No me atraían nada esos grupillos de chicos cuyo único interés era el movimiento fan, y todo lo que se movía alrededor. Su música comercial y sus estilismos atractivos para las jovencitas, pasaron totalmente desapercibidos para mi. Pero cuando salió la canción Angels, y supe que la compuso un tal Robbie Williams, antiguo miembro de los Take That, pensé que quizá este tio merecía la pena. No es que quisiera seguirlo, tampoco era para tanto, pero sí me picó la curiosidad. Con el tiempo, fué publicando otras canciones también atractivas, que a mi desde luego, me entraron muy bien. Y sobre todo, durante los años 2000, que es cuando ha publicado su mejor música.
Pero no quería dejar pasar la oportunidad de incluir este artista en La Playlist del Yeyo, con lo mejor de su repertorio en el siglo pasado. Y que no está nada mal. A las pruebas me remito. Los temas que he destacado en este artículo, son grandes canciones que no hicieron sinó comenzar a gestar la posterior y exitosa carrera musical de Robbie Williams. He querido incluir este The Ego Has Landed, pues en su conjunto contempla lo mejor del artista en los años 90, y nos muestra lo que en resumen, sería una característica del pop británico de esos años, hedonismo, cierta arrogancia consciente, por supuesto cierto toque de humor y sátira, y también, como no, vulnerabilidad, en la que Robbie Williams, cae en temas como She’s The One, o la propia Angels.
Por cierto, cuando lleguéis al final, no tengáis la tentación de terminar y salir del disco. Hay un tema oculto. Y tienen que transcurrir más de 10 minutos después de la última canción, para que aparezca de repente, un pequeño monólogo, acompañado de un piano de fondo. ¡Cosas de los artistas!
Sin duda, este trabajo que publicó en el año 99, para aterrizar en el mercado norteamericano, es en mi humilde opinión, un buen disco, con maravillosas canciones y que se puede disfrutar en un buen Discman, con los auriculares a tope. La Playlist del Yeyo lo incluye en su repertorio, aunque en un formato algo diferente, en modo playlist, y con videos de Youtube. Es lo que traen los nuevos tiempos, y el siglo XXI.
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