aunque sé que la producción y la música, tienen un formato diferente y suena mas sucio, a mi me parece una evolución del Nevermind, y algo parecido a una continuación del mismo
Menú de Contenido:
- 1. Disección en Mi Menor (Narrativa)
- 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
- 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
- 4. Epílogo y Reseña técnica
- 5. La Opinión del Yeyo
Disección en Mi Menor
El aroma penetrante a formol, fenol y frío industrial saturaba el aire del sótano del Instituto Forense de Olympia, un búnker subterráneo de hormigón armado donde el invierno del noroeste del Pacífico parecía haberse instalado a perpetuidad. Sobre los azulejos biselados de color verde pálido, la condensación resbalaba en lentos goterones que imitaban el ritmo implacable de la lluvia exterior contra los ventanucos a ras de acera. En el centro de la estancia, suspendida bajo el resplandor blanco y quirúrgico de dos lámparas cialíticas gemelas, la mesa de disección de acero inoxidable brillaba con la pulcritud desinfectada de un altar pagano. A un lado, perfectamente alineados sobre un paño de lino azul, aguardaban los escalpelos de hoja fija, las sierras de costilla, las pinzas de disección con dientes de ratón y el pesado craneótomo, todos ellos mudos testigos de los secretos que la carne guarda cuando el aliento se extingue.
El Archivo Multimedia
El doctor Arthur Sterling ajustó sus gafas de montura de carey sobre el puente de una nariz afilada, castigada por años de fatiga y noches en vela. Con cincuenta y ocho años recién cumplidos, su cuerpo era un mapa elocuente de la resistencia al sufrimiento: una gastritis ulcerosa y erosiva, rebelde a todo tratamiento con antiácidos y bloqueadores de histamina, le mordía el epigastrio con llamaradas intermitentes que le obligaban a presionar el puño izquierdo contra su abdomen mientras sostenía el instrumental con la mano derecha. Arthur no solo conocía la anatomía humana por haber abierto más de cuatro mil cadáveres a lo largo de tres décadas de oficio forense; la conocía porque su propio organismo era un recordatorio constante de cómo el dolor físico puede gobernar, deformar y moldear la conciencia hasta reducirla a un pulso biológico elemental. A su lado, la doctora Clara Méndez, su joven médica residente, completaba el lavado quirúrgico de manos con movimientos mecánicos, sintiendo en la boca del estómago el peso solemne de la guardia nocturna.
El Podcast del Yeyo
Sobre la plancha metálica yacía el cuerpo de una mujer joven, de unos veintitantos años, hallada sin signos de violencia externa en un cobertizo húmedo a las afueras de los bosques de Aberdeen. Su piel presentaba una palidez marmórea y cérea, casi traslúcida, a través de la cual se dibujaba el mapa azulado de la red venosa subcutánea. Sin embargo, lo que había paralizado a los agentes de policía y al propio equipo forense al retirar la sábana no era solo la serena quietud de su rostro, sino dos anomalías elocuentes: un abdomen ligeramente abombado por una gestación en curso de aproximadamente veinte semanas, y un elaborado tatuaje en el omóplato izquierdo, trazado con tinta cobalto y escarlata, que mostraba un corazón de espinas entrelazado con una cinta en la que se leía con caligrafía elegante y desgastada: La Playlist del Yeyo.
Arthur observó la silueta con una mezcla de respeto casi litúrgico y rigor científico. El cuerpo humano femenino no era para él una mera máquina térmica ni un conjunto de vísceras organizadas por el azar; representaba la cúspide de la complejidad biológica, un templo donde la vida florece a expensas de tensiones mecánicas, transformaciones vasculares asombrosas y un umbral de dolor que ninguna otra estructura zoológica es capaz de soportar. El útero grávido, con su miometrio engrosado y su placenta irrigada por una danza incesante de arterias espirales, constituía el epicentro absoluto del origen humano: el sanctasanctórum donde la existencia se esculpe en la oscuridad más absoluta antes de ser arrojada al desamparo del mundo exterior.
—Comenzamos el examen externo e interno a las dos con catorce minutos —dictó Arthur hacia el micrófono de cuello de cisne que colgaba sobre la mesa, mientras su voz cavernosa rompía el zumbido de los extractores—. Paciente no identificada. Desarrollo anatómico normonormotípico, gestación visible en segundo trimestre. Para mantener el pulso y templar el pulso de la guardia, Clara... enciende la pletina. Necesitamos una frecuencia que no maquille la aspereza de la materia.
Clara pulsó las teclas desgastadas del viejo magnetófono estéreo que reposaba sobre la repisa metálica del laboratorio. El chasquido del cabezal magnético dio paso al crujido eléctrico de una cinta que empezaba a rodar con violencia contenida.
Los primeros acordes disonantes y abrasivos de Serve The Servants resonaron en la sala como una deflagración de válvulas sobrecargadas. Aquella afinación sucia, ligeramente rebajada y cruda, producida por la mano implacable de Steve Albini en los estudios Pachyderm de Minnesota, despojó a la estancia de cualquier atisbo de pulcritud artificiosa. Kurt Cobain abría el álbum escupiendo una declaración de intenciones definitiva: una renuncia explícita al brillo domesticado y comercial que había inflado Nevermind, abordando el rencor generacional, la paternidad reciente y las heridas traumáticas de la infancia con un riff desgarbado que sonaba tan honesto como una herida abierta.
—Fíjate en el sonido, Clara —comentó Arthur mientras realizaba con el bisturí número 22 la incisión clásica en «Y», trazando dos cortes oblicuos desde las clavículas hasta el apéndice xifoides y prolongando una línea vertical descendente hasta la sínfisis del pubis—. No hay reverberaciones falsas ni capas de producción azucarada. El disco empieza con un portazo a la gloria prefabricada y un ajuste de cuentas con las expectativas del mundo. Es la antítesis del conformismo: una guitarra que suena exactamente igual a como vibra la madera frente al amplificador, áspera y sin pulir.
Al separar los colgajos de piel y tejido celular subcutáneo, la fascia muscular quedó expuesta con una nitidez deslumbrante. El doctor colocó el costótomo y procedió a seccionar los cartílagos costales para retirar el peto esternal. El sonido seco del corte cartilaginoso armonizaba de forma extraña con el ritmo seco y pesado de la batería de Dave Grohl. La caja torácica se abrió, revelando los pulmones colapsados y el pericardio intacto, mientras en la zona inferior el peritoneo protegía la masa visceral y el volumen elocuente del útero grávido.
—Mira la arquitectura de la pared abdominal —señaló Arthur, mientras el dolor en su propio estómago le provocaba un estremecimiento que disimuló ajustando las pinzas—. Los músculos rectos se han distendido de manera magistral para acoger el crecimiento intrauterino. La naturaleza no pide permiso; desgarra, expande y recoloca los órganos adyacentes para dar cabida a la gestación. Es una lucha biológica fascinante entre la madre y el ser que alberga, tal como la guitarra de este tema parece pelear contra la propia estructura del verso pop para no dejarse domesticar.
Clara tomó el bisturí para ayudar a retirar los órganos torácicos, observando la textura esponjosa del parénquima pulmonar.
—Es fascinante cómo la crudeza sonora acompaña la realidad de lo que vemos, doctor. No hay metáforas que disfracen la carne.
Arthur asintió mientras contemplaba el omóplato de la joven y aquel lema misterioso de La Playlist del Yeyo, que parecía desafiar la muerte con una promesa de rescate musical imperecedero. La cinta avanzó, y los armónicos estridentes de una guitarra en espiral comenzaron a invadir el ambiente húmedo del sótano.
La cadencia hipnótica y amenazante de Heart-Shaped Box se adueñó del anfiteatro forense. El arpegio inicial, suave y quejumbroso, mutó súbitamente en una explosión monumental de distorsión durante el estribillo, encarnando la dinámica extrema de quietud y furia que definió la identidad de Nirvana. Líricamente, el tema era una inmersión claustrofóbica en la dependencia emocional, el útero materno como refugio y prisión, y una imaginería médica explícita cargada de alusiones al cáncer, la orquídea, la placenta y los lazos que asfixian y nutren al mismo tiempo.
Arthur detuvo sus manos enguantadas justo sobre la cavidad pélvica, donde el útero reposaba como un cáliz muscular denso y rojizo.
—Esta es la pieza angular del disco, Clara —susurró Arthur con el ceño fruncido, sintiendo una punzada ardiente bajo sus propias costillas que le recordó la vulnerabilidad de su mucosa gástrica—. «Heart-Shaped Box» no es solo una canción de desgarro amoroso; es una oda ginecológica y visceral. Cobain estaba obsesionado con los frascos de muestras, los fetos en formol y la anatomía reproductora femenina porque entendía que el útero es una caja con forma de corazón: el espacio más seguro de la existencia humana, pero también el lugar del que somos expulsados con dolor hacia la intemperie.
Con una precisión quirúrgica milimétrica, Arthur realizó una incisión sagital en la cara anterior del miometrio. Las fibras musculares entrelazadas se abrieron para desvelar el saco amniótico intacto, una membrana traslúcida y brillante llena de líquido seroso dentro del cual flotaba, en posición fetal perfecta y en suspensión gravitatoria, un pequeño feto femenino de apenas unos quince centímetros de longitud.
—Observa la placenta adherida a la pared posterior —explicó el forense, sosteniendo la pinza con delicadeza infinita—. Es el único órgano transitorio que crea el cuerpo humano: un bosque de vellosidades coriónicas que filtra el oxígeno, los nutrientes y los anticuerpos sin permitir que la sangre materna y la fetal se mezclen directamente. Es un filtro de amor y supervivencia biológica. Y sin embargo, fíjate en el contraste que marca este tema musical: la dulzura del arpegio frente al aullido desesperado del estribillo. Esa alternancia entre la fragilidad acústica y la violencia del pedal de distorsión es exactamente la frontera entre la vida que sueña en el vientre y el dolor físico que aguarda en el exterior.
Clara observó el monitor cardíaco apagado y luego el pequeño cuerpo inmóvil en el saco amniótico.
—La canción tiene una densidad trágica demoledora, doctor. Se siente como una trampa orgánica de la que nadie puede escapar indemne.
—Porque el cuerpo no perdona, muchacha —respondió Arthur, secándose una gota de sudor de la frente con el dorso del antebrazo—. Ni el cuerpo, ni el dolor crónico que te recuerda en cada latido que la materia se gasta.
La cinta siguió corriendo en el cabezal de la pletina, dando paso a una progresión rítmica implacable y desafiante que congeló el aire del quirófano.
Los acordes secos de Rape Me, estructurados sobre una progresión que dialogaba deliberadamente con el esqueleto rítmico de Smells Like Teen Spirit, resonaron como una bofetada directa contra el cinismo social y la violencia sistemática. Concebida como un himno visceral y antirracista de empoderamiento y denuncia frente al abuso, la canción utilizaba la agresión literal y metafórica para obligar al oyente a confrontar la brutalidad del acoso mediático y la vulneración del espacio íntimo, transformando la aparente sumisión inicial en una profecía de venganza y justicia kármica.
Arthur procedió al pesado y meticuloso examen de los órganos digestivos y gástricos de la joven fallecida, extrayendo el estómago para analizar la integridad de la mucosa interna.
—Escucha la insolencia de este tema —indicó Arthur con severidad clínica mientras realizaba la apertura longitudinal del estómago sobre la cubeta metálica—. Cobain reutilizó la cadencia que lo hizo mundialmente famoso no por falta de ideas, sino como una burla mordaz a quienes consumían su arte como un producto vacío. Quería incomodar, provocar una náusea moral idéntica a la que genera un traumatismo severo en el sistema nervioso autónomo. La crítica más simplista la catalogó de provocación gratuita, pero es un grito de defensa radical de la integridad física y psicológica.
Al inspeccionar el revestimiento gástrico, el forense no halló signos de perforación, tóxicos corrosivos ni hemorragias internas.
—La mucosa está intacta, sin rastro de hiperemia ni lesiones ulcerosas como las que consumen mi propio tracto digestivo día tras día —declaró Arthur con una mezcla de envidia médica y tristeza—. Su muerte no ha sido violenta ni traumática; ha sido un apagamiento metabólico silencioso, una desconexión sincrónica y limpia del sistema nervioso central. Es una paradoja: mientras la canción clama contra el asalto y la invasión destructiva del cuerpo, este organismo se apagó en una rendición pacífica, preservando la anatomía de su hija intacta dentro de su propio santuario biológico.
Clara tomó notas en el dictáfono con el pulso ligeramente acelerado por la intensidad del volumen musical.
—Es una resistencia pasiva, doctor. Como la voz de Kurt cuando se desgañita al final: aunque destruyan el envoltorio material, la esencia permanece inexpugnable.
—Exactamente —corroboró Arthur mientras depositaba los cortes histológicos en los frascos rotulados—. El cuerpo puede ser vulnerado, pero la verdad que contiene en sus tejidos jamás miente a un patólogo.
El final abrupto y lacerante de la canción dejó un zumbido denso en la sala, disipado enseguida por la entrada pausada y melancólica de un violonchelo.
La elegancia austera de Dumb, enriquecida por las líneas de violonchelo interpretadas magistralmente por Kera Schmelzer, aportó un remanso de belleza sombría y resignada. Alejándose momentáneamente de los muros de distorsión eléctrica, la pieza reflexionaba sobre la anestesia emocional, la búsqueda desesperada de una felicidad simplona a través de sustancias químicas y el alivio efímero de silenciar el intelecto y el tormento interior, funcionando como un bálsamo melódico en mitad de la tormenta sónica del disco.
Arthur colocó el cerebro de la mujer sobre la tabla de disección tras haber retirado la calota craneal con una sierra oscilante de precisión. Sus dedos recorrieron las circunvoluciones y los surcos de la corteza cerebral con una reverencia casi mística.
—Esta es la cumbre de la sensibilidad melódica de Cobain —reflexionó Arthur con tono sosegado, dejando que las notas del chelo envolviesen el tintineo del instrumental—. En «Dumb» no hay ira ni desafío; hay cansancio existencial y el anhelo de adormecer los receptores del dolor. Fíjate en los lóbulos frontales y en el sistema límbico que tenemos delante: aquí residen el miedo, el amor maternal, la memoria y la capacidad de angustiarse por el futuro. Cuando los neurotransmisores colapsan y la serotonina se extingue, el cerebro busca cualquier refugio, aunque sea la ilusión de la ignorancia.
El forense realizó varios cortes coronales de tipo verticoforizontal en los hemisferios cerebrales, admirando la diferenciación nítida entre la sustancia gris y la sustancia blanca.
—Qué prodigio de arquitectura biológica —continuó Arthur—. Cien mil millones de neuronas interconectadas por impulsos bioeléctricos diminutos que dictan cada emoción humana. Sin embargo, la canción reconoce con lucidez desgarradora que a veces la lucidez es una condena, y que envidiar a quienes no piensan ni sienten profundamente es la mayor tragedia de un espíritu herido. La integración de la cuerda clásica sobre la instrumentación de garaje demuestra que In Utero no era un disco de ruido caótico, sino una obra de orfebrería compositiva de una madurez apabullante.
Clara contemplaba los cortes simétricos del tejido neuronal mientras anotaba la ausencia de edemas o accidentes cerebrovasculares.
—Es la canción más luminosa y a la vez más triste del álbum, doctor. Produce una calma que casi duele.
—Porque la calma en la medicina forense y en la música de verdad, Clara, nunca es gratuita: es el silencio que sobreviene tras una larga batalla interior.
El eco nostálgico del chelo se extinguió, reemplazado por el sonido solitario y acústico de una guitarra raspada con desgana y dolor.
Pennyroyal Tea arrancó con la voz rota, íntima y áspera de Cobain en primerísimo plano, susurrando sobre un té de poleo menta —remedio herbal ancestral utilizado tanto para aliviar trastornos digestivos como para inducir el aborto y purgar el cuerpo de impurezas—. La canción canalizaba de forma explícita el infierno del dolor estomacal crónico que atenazaba al músico, conectando la degradación física, la anorexia nerviosa y la náusea creativa con la necesidad urgente de vaciar las entrañas para recomenzar desde la ceniza.
Arthur sintió una punzada tan aguda en el hipocondrio que tuvo que apoyarse con ambas manos en el borde de la mesa de acero. Respiró hondo, cerrando los ojos durante unos instantes mientras el estribillo estallaba en un lamento desgarrador sobre antiácidos, desahucios físicos y aislamiento.
—Este tema es mi propia radiografía clínica, Clara —confesó Arthur con la voz enronquecida por la fatiga y el ardor gástrico—. Kurt escribió esto doblado sobre su cama, con el estómago ardiendo en llamas por una afección idiopática que ningún especialista logró curar. Cuando canta sobre el poleo y los antiácidos, no está usando figuras retóricas barrocas; está describiendo la tiranía del dolor físico, esa tortura silenciosa que te aísla del resto del mundo y te hace sentir un fardo inservible. El cuerpo humano es un prodigio cuando funciona, pero cuando sus mecanismos de secreción ácida se desequilibran, se convierte en un infierno químico ambulante.
Arthur tomó con sumo cuidado el útero abierto y observó la conexión del cordón umbilical, con sus dos arterias y su única vena envueltas en la protectora gelatina de Wharton.
—El poleo menta, el té amargo de la purga... En la historia de la medicina popular, las mujeres recurrían a estas infusiones tóxicas para controlar su fertilidad ante la desesperanza o la miseria, arriesgando la vida de sus propios órganos reproductivos. Aquí, sin embargo, vemos una placenta que nutrió hasta el último segundo a este embrión de vida. La tragedia de la joven que yace ante nosotros no fue el rechazo a la maternidad, sino la fragilidad de un corazón que se detuvo sin previo aviso, llevándose consigo dos latidos al unísono. La crudeza de esta interpretación de guitarra y voz desnuda es el testimonio más leal jamás grabado sobre la soledad del enfermo crónico.
Clara observó al veterano doctor con profunda empatía y respeto profesional.
—Usted entiende este disco mejor que nadie porque comparte ese mismo combate orgánico, doctor.
—Todos libramos una guerra contra el desgaste celular, Clara. Algunos solo tenemos la suerte de contar con un gran disco que nos acompañe en la trinchera.
La aguja de la pletina se preparó para recibir el corte final del álbum, mientras una calma etérea y redentora empezó a filtrarse por los altavoces.
El arpegio ondulante, circular y balsámico de All Apologies envolvió la sala de autopsias con una atmósfera de clausura majestuosa y reconciliación universal. Con un tempo reposado y la reaparición conmovedora del violonchelo, la canción funcionaba como un testamento emocional absoluto: una letanía de disculpas sin amargura, una renuncia al conflicto y una entrega serena al curso natural del universo sintetizada en su mantra final: All in all is all we are (Al fin y al cabo, es todo lo que somos).
Arthur procedió a realizar la sutura continua de las incisiones practicadas, cerrando los planos anatómicos con la destreza de un artesano que devuelve la dignidad al cuerpo examinado. El hilo grueso fue uniendo la piel del tórax y del abdomen con puntadas uniformes en zig-zag, devolviendo a la joven y a su vientre grávido la silueta serena de un descanso sellado para siempre.
—Este es el cierre perfecto de una obra maestra irrepetible —dictaminó Arthur mientras anudaba el último cabo de hilo quirúrgico y limpiaba la superficie cutánea con una esponja humedecida en agua tibia—. Tras el ruido abrasador, la angustia ginecológica, el dolor visceral y la rebelión contra la industria, In Utero no termina en el caos ni en la autodestrucción, sino en la paz absoluta y en la aceptación de nuestra condición biológica. Somos carne, somos hueso, somos una chispa eléctrica fugaz que viaja a través del tejido nervioso y que, tarde o temprano, regresa a la materia inerte de la que surgió.
El doctor cubrió el cuerpo con la sábana blanca de lino, dejando al descubierto únicamente el hombro izquierdo donde el corazón tatuado de La Playlist del Yeyo parecía brillar con una extraña eternidad bajo la luz de la lámpara.
—La autopsia ha concluido a las tres con cuarenta y ocho minutos —dictó Arthur con serenidad hacia el micrófono—. Causa de la muerte: parada cardiorrespiratoria idiopática sin etiología lesiva. Conclusión: una estructura orgánica perfecta que albergó la vida hasta su último aliento.
Clara apagó el magnetófono justo cuando la última nota del violonchelo se desvanecía en el aire. Miró al doctor Sterling, cuya postura lucía ahora más erguida, como si el viaje a través de la anatomía y los acordes de Kurt Cobain hubiese aliviado, al menos por unas horas, el ardor inexorable de su propio estómago.
—Una noche extraordinaria, doctor.
—La música y la anatomía son los únicos dos lenguajes que jamás mienten, muchacha —concluyó Arthur mientras se retiraba los guantes de látex y miraba por última vez la sala—. Vámonos arriba. El mundo exterior sigue esperando, pero aquí dentro hemos tocado la verdad.
Epílogo y Reseña
Publicado oficialmente el 13 de septiembre de 1993 bajo el sello DGC Records, In Utero representó una de las declaraciones artísticas más valientes, arriesgadas y trascendentales de la historia del rock contemporáneo. Tras el éxito estratosférico e incontrolable de Nevermind (1991), que había transformado a Nirvana en un fenómeno de masas global y a Kurt Cobain en el reacio portavoz de toda una generación, la banda decidió dinamitar conscientemente las expectativas comerciales aliándose con el legendario productor Steve Albini en los recónditos estudios Pachyderm de Cannon Falls, Minnesota.
Grabado en apenas dos semanas en un riguroso directo analógico, el álbum capturó un sonido cáustico, visceral, crudo y sin concesiones, caracterizado por guitarras angulares, baterías demoledoramente secas y un equilibrio prodigioso entre la furia abrasiva del punk rock y una sobrecogedora sensibilidad melódica pop.
A pesar de los temores iniciales de la discográfica respecto a su viabilidad comercial y la controversia que rodeó la remezcla de ciertos sencillos por parte de Scott Litt, el disco debutó de inmediato en el número uno de la lista Billboard 200 en Estados Unidos y en el primer puesto de la Official Charts Company en el Reino Unido, alcanzando con el paso de los años más de quince millones de copias vendidas en todo el planeta y certificándose cinco veces disco de platino.
La crítica especializada de la época, encabezada por publicaciones como Rolling Stone, NME y Melody Maker, aclamó de forma unánime la madurez lírica de Cobain, quien desnudó sus obsesiones infantiles por la anatomía médica, la reproducción femenina y el tormento físico de sus dolencias estomacales con una honestidad desarmante.
A más de tres décadas de su lanzamiento, In Utero permanece incólume en el canon musical como el testamento definitivo de Nirvana: una obra maestra dolorosamente humana que demostró que el verdadero arte no busca complacer al mercado, sino diseccionar sin miedo las entrañas más oscuras y hermosas de la existencia.
La Opinión del Yeyo
Yo era de esos que disfrutaron el Nevermind, de Nirvana, con todo mi entusiasmo; me encantaba, era una música increible, un rock brutal, sonaba limpio, y agresivo a la vez. Era sencillamente, genial.
Pero hoy no toca hablar de Nevermind, hoy toca In Utero. Y si quereis que os diga la verdad, aunque sé que la producción y la música, tienen un formato diferente y suena mas sucio, a mi me parece una evolución del Nevermind, y algo parecido a una continuación del mismo. Quizá ha bajado el nivel, en mi humilde opinión, pero eso es precisamentelo que quería Cobain. No era muy partidario de las grandes masas, y consideraba que su público no entendía su mensaje, por lo que rebajó el nivel a conciencia, para gustar solo a los que entendían ese mensaje.
Pues siento decepcionarte Cobain, allá donde estés. Tu mensaje no sé, pero tu música, si cautiva, a mi me llega y me enamora. Sigues manteniendo ese toque grunge de tus canciones, con sus fragmentos suaves, y sus estribillos agresivos, y brutales. Tu querías volver con el punk, y el rock ruidoso. Y parece ser que lo consigues, pero tendrás que perdonarme, yo sigo viendo grunge en tu disco. Si, suena sucio, abrasivo, aspero y corrosivo. Y transmites mucha rabia desatada. También tienes tus momentos mas tiernos, y eso es el grunge.
Pero tu mensaje sigue siendo el mismo, un ejercicio destructivo de la sociedad en la que vivías en esos años 90. Poco ha cambiado la cosa desde entonces, la verdad, pero no es cuestión de hablar de eso. Y esa rabia que trasmites, quizá era por esos terribles dolores de estómago que sufrías, por lo que tu temática tenía que ser el cuerpo humano, concretamente el de la mujer, por la que sientes gran admiración. Sin duda, la admiración es sobradamente entendible, porque el cuerpo femenino es la máquina mas perfecta que se ha creado nunca.
Perdóname Kurt, pero a mi si me gusta tu música. Seguramente no entraré en el grupo de fans que te gustaría que fuera, pero siento decirte que me encanta In Utero, y me encanta Nevermind. Para mi, no son excluyentes. Son perfectamente compatibles.
Y La Playlist del Yeyo comparte aquí, ambos discos, y les da su sitio en la pequeña pero interesante playlist que estoy conformando.
Si quieres leer y escuchar el artículo que versa sobre Nevermind, de Nirvana, aquí, en La Playlist del Yeyo, te invito a que pulses sobre este enlace:
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