Líricamente, es impecable, pura poesía, urbana, sucia, mordaz, no busca respuestas en sus letras, sino que hace las preguntas adecuadas, y se burla de sus personajes convirtiéndolos en grotescos, con una ironía salvaje.
Menú de Contenido:
- 1. La Autopista de las Almas Eléctricas (Narrativa)
- 2. El Podcast del Yeyo (Audio)
- 3. El Archivo Multimedia (video)
- 4. Epílogo y Reseña técnica
- 5. La Opinión del Yeyo
LA AUTOPISTA DE LAS ALMAS ELÉCTRICAS
El vapor matinal del río Misisipi ascendía como una gasa sucia sobre los muelles de San Luis, filtrando la luz cenicienta de un amanecer que parecía congelado en el otoño de 2026. A esa hora temprana, el agua no era más que una masa oscura y lenta, cargada de limo secular y arrastre de barcazas, reflejando sin entusiasmo la curva hiperbólica del Arco Gateway, ese monumento de acero inoxidable que divide la memoria industrial del este de los páramos abiertos del oeste americano. El aire conservaba aún el mordisco metálico del polvillo de carbón mezclado con la humedad pegajosa de los pantanos lejanos, una atmósfera densa que impregnaba el asfalto quebrado de la ribera fluvial y hacía crujir los muelles podridos de madera de las viejas terminales algodoneras.
El Podcast del Yeyo
Frente a la dársena, un autobús panorámico de larga distancia, con la carrocería en azul cobalto y molduras carmesí ligeramente desgastadas por los millares de millas acumuladas en las carreteras federales, roncaba en punto muerto. Su motor diésel de doce litros emitía un pulso rítmico, un zumbido grave y continuo que hacía vibrar los amplios cristales ahumados y agitaba levemente el vapor condensado en los tubos de escape dobles. En el frontal del vehículo, sobre una chapa de acrílico iluminada por tubos fluorescentes, se leía con tipografía sobria el destino de la travesía:
US ROUTE 61 – THE HIGHWAY OF SPIRITS.
Aquel autobús no era un transporte regular de turistas desaprensivos; era un convoy privado, un refugio rodante concebido para recorrer la más mítica de las cicatrices geográficas del continente americano, desde las esclusas norteñas hasta el lodazal pantanoso de Nueva Orleans.
El Archivo Multimedia
En el interior, el habitáculo estaba impregnado de ese aroma inconfundible que une la tapicería de cuero desgastada por décadas, el barniz oscuro de las molduras de nogal y el calor seco de un sistema de climatización que luchaba contra el relente del amanecer. La luz crepuscular de las pequeñas lámparas de lectura proyectaba sombras largas sobre el pasillo de linóleo verde oliva. Sentados a intervalos irregulares, la treintena de viajeros que ocupaban las butacas compartían una gravedad casi ceremonial, ajena al bullicio gregario de las excursiones vacacionales. Eran devotos del surco de vinilo, coleccionistas de rarezas sonoras, músicos retirados y curiosos con el equipaje cargado de libros de notas; hombres y mujeres que conocían de memoria la geografía secreta del Misisipi no por sus centros comerciales, sino por los lamentos que brotaron de sus plantaciones y los estudios de grabación que cambiaron la cultura occidental para siempre.
De pie junto a la consola del conductor, afirmando sus botines de cuero repujado sobre el primer peldaño de la cabina, se encontraba Elena. Treinta y cinco años, porte enjuto, melena castaña recogida en un moño descuidado y una cazadora de terciopelo marrón con remates gastados que delataba cientos de horas bajo el sol sureño. Su mirada, atenta y acerada tras unas gafas redondas de carey, inspeccionaba el pasaje con la seguridad del que conoce no solo el trayecto geográfico, sino los abismos psicológicos de la música que estaba a punto de desatar. Sujeta a la correa de su bolso de lona, descansaba una tablet donde titilaba la cabecera inconfundible de La Playlist del Yeyo, la bitácora de culto que utilizaba como cartografía de referencia para las expediciones más rigurosas de la ruta.
—Damas, caballeros y devotos de la causa: si han subido a este autobús buscando únicamente postales amables y tiendas de recuerdos, todavía están a tiempo de bajar antes de que cierre las puertas —anunció Elena a través del micrófono del autocar, sujetándolo con la soltura de quien lleva media vida domesticando audiencias escépticas—. Porque lo que empieza aquí no es una excursión dominical; es un descenso de casi dos mil kilómetros por la espina dorsal sobre la que se levantó todo lo que hoy llamamos música moderna.
El murmullo general se apagó bajo el zumbido templado del aire acondicionado. Era una mañana clara de primavera en San Luis, con el Arco Gateway recortándose contra un cielo azul acerado y el río Misisipi fluyendo al costado con su lodo milenario.
—Me llamo Elena —continuó ella, dedicando una sonrisa ladeada a la treintena de viajeros acomodados en las butacas tapizadas en terciopelo azul marino—. Para los folletos de la agencia soy su guía oficial; para quienes tienen el oído entrenado, soy la persona encargada de evitar que confundan un simple tramo de asfalto federal con un mito viviente. En este otoño de 2026 se cumplen más de seis décadas desde que un muchacho escuálido de Minnesota, al que llamaban Dylan, decidió cambiar el traje de profeta acústico por una chaqueta de cuero y enchufar una guitarra para dinamitarlo todo. Nuestra banda sonora no admitirá concesiones. Bienvenidos a la Ruta 61.
Desde la tercera fila, Marcus —un hombre de pelo cano desordenado, cazadora vaquera gastada y manos curtidas que delataban décadas de rebuscar en cubetas de vinilo de segunda mano— soltó una carcajada seca y cómplice.
—Diga usted que sí, Elena —intervino Marcus con voz grave de fumador empedernido—. La gente olvida que antes del asfalto interestatal moderno, esto era puro fango, algodón y ferrocarril. Pero lo verdaderamente peligroso de este viaje es que Dylan no vino aquí a hacer arqueología ni a rezarle a los fantasmas del blues tradicional; vino a robarles el fuego y tirárselo a la cara al público burgués.
A su lado, Chloe, una joven londinense de veintiocho años que viajaba con auriculares de diadema sobre el cuello y un cuaderno de bocetos digitales en el regazo, alzó la vista con curiosidad fingida.
—Vaya, no llevamos ni tres minutos en marcha y ya ha empezado el sermón de los puristas —comentó ella, mirando de reojo la tableta de Marcus, donde destacaba abierta la cabecera inconfundible de La Playlist del Yeyo, con su logotipo de bordes vivos y ese espíritu enciclopédico de club selecto—. Supongo que el señor de la chaqueta gastada tiene una teoría para cada curva de la carretera.
—No son teorías, muchacha, son cicatrices culturales —replicó Marcus sin perder el buen humor, señalando la pantalla de su tablet—. Y si quieres entender por qué medio mundo sigue obsesionado con este trayecto en 2026, harías bien en leer un poco más de este blog antes de juzgar la biblioteca ajena.
Elena apagó el micrófono por un instante, se rio entre dientes y pulsó un botón en la consola del tablero de control. El motor del autobús diésel aceleró suavemente, enfilando las avenidas del sur de San Luis hacia la autopista.
—Dejen los debates teóricos para las paradas con cerveza fría —dijo la guía, retomando la megafonía mientras una sonrisa misteriosa le curvaba los labios—. Escuchen esto primero. Mayo y junio de 1965. Dylan estaba al borde del colapso físico y mental, asqueado de la prensa británica y de las etiquetas de 'la voz de su generación'. Se encerró en Woodstock, escribió un vómito poético de casi diez páginas y cuando entró al Estudio A de Columbia en Nueva York, no buscaba un single complaciente. Buscaba esto.
Un seco, cortante y monumental golpe de caja de batería —el disparo de baqueta de Bobby Gregg— sacudió los altavoces de alta fidelidad instalados a lo largo del techo del autocar. Fue un chasquido tan rotundo que pareció quebrar el cristal del parabrisas delantero. Like a Rolling Stone
El torbellino instrumental inundó el autobús al instante. El órgano Hammond B-3 de Al Kooper —improvisado sobre la marcha tras colarse en la sesión sin saber casi tocarlo, como bien recordaban los libros de historia— ondulaba por detrás de la guitarra cortante de Mike Bloomfield y el piano rotundo de Paul Griffin. Encima de toda esa marea sonora, la voz de Bob Dylan caía como una sentencia implacable, escupiendo cada sílaba con un desprecio tan afilado como adictivo.
El autobús rodaba ya fuera del núcleo urbano, adentrándose en las llanuras onduladas de Misuri, donde los silos de grano y los carteles de chapa vieja comenzaban a puntuar la estampa.
—Fíjense en el sonido —dijo Elena, dejando el micrófono suspendido en el pedestal de la consola para hablar casi en confidencialidad—. No suena pulcro ni milimétrico. En la grabación original de Columbia, ese verano de 1965, la toma número cuatro fue la que capturó el milagro. Es densa, sucia, con el órgano entrando una fracción de segundo tarde en cada compás porque Kooper tenía miedo de equivocarse de acorde. Pero ese retraso involuntario es justo lo que le da ese balanceo celestial.
—Y la letra... —murmuró Chloe, que para entonces ya se había quitado del todo los auriculares y contemplaba los postes de luz pasar zumbando por la ventanilla—. No parece una canción de amor ni una protesta política clásica. Es pura demolición de clase social. Esa chica que lo tenía todo, que miraba por encima del hombro a los mendigos en la calle, y que de pronto se encuentra en la intemperie, sin hogar, invisible... Es aterradoramente contemporánea. En 2026 ves a gente perdiéndolo todo de la noche a la mañana tras una crisis bancaria o un algoritmo desquiciado, y la pregunta sigue doliendo exactamente igual: ¿qué se siente al no tener dirección?
—Eso es lo que muchos críticos no quisieron perdonarle en su día —apuntó Marcus, tamborileando los dedos sobre el reposabrazos al ritmo del órgano fúnebre y carnavalesco—. Los devotos del folk acústico querían consignas para marchas pacifistas; Dylan les entregó una radiografía cruel sobre la soledad y la caída en desgracia. Seis minutos de canción cuando la radio comercial prohibía terminantemente cualquier tema que superara los tres minutos. Tuvieron que partir el single en dos caras para los pinchadiscos, pero la calle exigió escucharla entera. Cambió las reglas del juego para siempre.
Cuando las últimas notas de la armónica se desvanecieron en el aire acondicionado, una especie de silencio respetuoso se adueñó de las butacas. Incluso los turistas de las filas traseras, que al principio consultaban distraídos sus teléfonos móviles, miraban ahora fijamente la cinta gris de asfalto que se abría frente al vehículo.
El autobús devoró kilómetros cruzando la frontera de Tennessee mientras el paisaje se volvía más húmedo, verde y espeso. Al aproximarse a las afueras de Memphis, Elena volvió a tomar la palabra, señalando hacia las naves industriales y las encrucijadas que daban acceso al Midtown.
—Estamos entrando en Memphis —anunció—. La meca del mestizaje. Aquí, a pocas manzanas de Beale Street y del diminuto local de Sun Studio, confluyeron los ritmos negros del góspel y el r&b con el country blanco de los montes Apalaches. Sam Phillips grabó a Elvis, a Howlin' Wolf y a Johnny Cash en una habitación no más grande que este autobús. Pero cuando Dylan llegó a grabar la segunda pista de su álbum, no vino a rendir pleitesía reverencial a esos mitos: los mezcló en una licuadora surrealista y macabra.
Pulsó de nuevo el panel táctil de sonido. Tombstone Blues
Un ritmo de blues galopante y febril invadió el pasillo. La batería de Gregg cabalgaba a toda prisa, pero era la guitarra solista de Mike Bloomfield la que prendía fuego a los parlantes: mordiscos secos de telecaster, frases incandescentes y licks de blues de Chicago que respondían a cada una de las estrofas torrenciales de Dylan.
—¡Miren por la ventana hacia el cruce con Union Avenue! —exclamó Marcus entusiasmado, girándose hacia Chloe y otros dos pasajeros—. ¡Escuchen esa guitarra! Bloomfield tenía veintiún años cuando grabó esto. Era un muchacho judío de Chicago que se había criado en los clubes del South Side escuchando a Muddy Waters y a Little Walter. Dylan lo reclutó porque no quería un músico de sesión dócil; quería a alguien que tocara la guitarra como si fuera un gato salvaje atrapado en un callejón.
—Es una avalancha verbal incomprensible si intentas seguirla como un relato lineal —señaló Chloe, que iba siguiendo las rimas con fascinación—. Beethoven haciendo horas extras, Ma Rainey y Beethoven en la misma cama, generales del ejército celebrando matanzas, médicos recetando veneno... Parece un cuadro de El Bosco traducido al ritmo acelerado de una banda de vodevil psicodélico.
—Es una sátira despiadada sobre la paranoia estadounidense en plena escalada de la Guerra de Vietnam —explicó Elena mientras el conductor maniobraba con destreza entre el tráfico de Memphis, rumbo hacia el puente sobre el río—. Mientras los periódicos de 1965 hablaban de intervenciones militares, patriotismo ciego y orden cívico, Dylan cantaba sobre la locura de las instituciones: la escuela que no enseña, la medicina que no cura, y los generales que no tienen nada mejor que hacer que mandar a muchachos jóvenes a la tumba. Y el estribillo te remata con un cinismo perfecto: 'Mamá está en la fábrica, no tiene zapatos; papá está en el callejón buscando comida; yo estoy en la cocina con el blues de la lápida'.
—La crítica tardó años en asimilar la agudeza métrica de este tema —subrayó Marcus, sacando a relucir su veteranía—. No hay un solo momento de respiro. Dylan canta como si le persiguieran los sabuesos, y la banda sostiene el galope sin aflojar ni medio segundo. Mucha gente se quedó en la superficie de la revolución eléctrica, pero la verdadera dinamita estaba en esa lírica torrencial, mordaz e hiperbólica.
El autobús hizo una parada técnica en las inmediaciones de Beale Street. Durante una hora, los pasajeros bajaron a estirar las piernas bajo un sol de mediodía pegajoso. El olor a costillas barbacoa ahumadas con madera de nogal flotaba en el aire mezclado con el eco lejano de guitarras resonando desde los bares históricos. Marcus, Chloe y Elena terminaron compartiendo una mesa de madera a la sombra de un porche rústico, con tres refrescos helados y la brisa del Misisipi aliviando el bochorno.
—Tengo que confesarle algo, señor Marcus —dijo Chloe mientras apoyaba los codos en la mesa—. Cuando mi hermana me regaló este pasaje para recorrer la Ruta 61 por mi cumpleaños, pensé que me pasaría siete días escuchando historias aburridas de señores mayores suspirando por los años sesenta. Pero hay una extraña urgencia en estas canciones. No suenan viejas. Suenan vivas, peligrosas, casi burlonas con nosotros.
—Porque el mundo no ha cambiado tanto, querida —respondió Marcus apurando su vaso—. Ha cambiado la tecnología, pero la arrogancia humana, la estupidez de los poderosos y el desconcierto de quienes intentan entender la realidad siguen siendo idénticos.
Al reanudar la marcha, dejando atrás la silueta de Memphis para adentrarse en la frontera del estado de Misisipi, la tarde comenzó a caer. El asfalto se estrechó, flanqueado por inmensas llanuras verdes, caserones de madera desvencijados y el rumor denso de los insectos en las ciénagas. El cielo se tiñó de un púrpura crepuscular, denso y cargado de misterio.
Elena tomó de nuevo el micrófono, bajando intencionadamente el tono de voz para acompasarlo con la quietud amenazante del paisaje del Delta.
—Estamos entrando en el corazón oscuro del Delta del Misisipi —susurró—. La tierra natal de Charley Patton, Son House y Robert Johnson. Aquí la tierra es tan negra y fértil como trágica es la historia de quienes la trabajaron. Y para adentrarnos en este territorio, Dylan escribió la pieza más oscura, teatral y fascinante de todo el álbum.
Un piano lúgubre, tocado con acordes solemnes y espaciados, comenzó a sonar por los altavoces, escoltado por un órgano circense que parecía brotar de las sombras de una carpa abandonada.
Ballad of a Thin Man
La atmósfera en el interior del autobús cambió por completo. La cadencia lenta, casi fúnebre, atrapó a los viajeros en un trance hipnótico. La voz de Dylan, arrastrada con una frialdad espectral, empezó a relatar la ordalía de Mr. Jones: ese personaje encorbatado, culto, acomodado y seguro de su conocimiento que entra en una habitación extraña solo para descubrir que todos sus códigos y certezas no le sirven para nada.
—Observen la construcción armónica —apuntó Elena, mientras el autocar avanzaba entre los árboles centenarios cubiertos de musgo español que colgaban como cortinas espectrales—. Ese compás de piano no tiene nada que ver con el vodevil anterior. Es puro expresionismo kafkiano. Dylan no está cantando para hacer amigos; está acorralando a su oyente.
—Mr. Jones somos todos nosotros en algún momento de nuestras vidas —reflexionó Chloe, clavando la mirada en la penumbra del pasillo—. El intelectual que cree entender las vanguardias, el periodista que hace preguntas estúpidas creyendo que tiene la exclusiva, o cualquiera que intenta encasillar el arte en una fórmula segura. La frase del estribillo es demoledora: 'Porque algo está pasando aquí, pero no sabes qué es, ¿verdad, señor Jones?'. Es el bofetón definitivo a la complacencia intelectual.
—Exactamente —asintió Marcus, visiblemente emocionado—. En su momento, media prensa de la época intentó identificar con nombres y apellidos quién era ese Mr. Jones: que si un reportero de la revista Time, que si un crítico folclórico ofendido por Newport... Pero Dylan trascendió el chisme biográfico. Creó un arquetipo universal. Mr. Jones es la civilización burguesa petrificada ante el estallido de una nueva contracultura que no encaja en sus manuales de sociología. Y fíjense en los solos de armónica: no buscan la melodía agradable; son quejidos estridentes, casi alaridos de burla.
La noche cerró por completo sobre la Ruta 61 cuando el vehículo cruzó el mítico municipio de Clarksdale. Farolas solitarias iluminaban las esquinas polvorientas donde el asfalto de la 61 se cruza con la histórica carretera 49.
—Miren a su izquierda —indicó Elena, señalando a través del cristal delantero—. La encrucijada legendaria. El Crossroads donde, según la mitología popular del Delta, Robert Johnson entregó su alma al Diablo a cambio de dominar los secretos de las seis cuerdas. Sea verdad o pura fantasía gótica del sur, Dylan conocía al dedillo este cruce cuando compuso la canción que da nombre a todo el disco.
Un silbato de policía estridente y agudo cortó en seco el murmullo de los motores. Luego entró un ritmo de boogie desquiciado, imparable y arrastrado, con una guitarra acústica marcando el paso y una sección rítmica que trotaba sin frenos. Highway 61 Revisited
Los pasajeros no pudieron evitar sonreír ante el contraste. Tras la tensión claustrofóbica de Ballad of a Thin Man, el tema titular del álbum estalló como una fiesta salvaje en medio del apocalipsis.
—¡El famoso silbato de sirena! —gritó Marcus entre risas, señalando el techo—. Dylan se colgó ese juguete metálico al cuello, como si fuera una armónica, para soplarlo entre verso y verso. ¿Y cómo empieza la historia? Nada menos que con Dios ordenándole a Abraham que sacrifique a su hijo: 'Mátame a un hijo'. Y Abraham responde: 'Tío, tienes que estar de broma'. Y Dios zanja la discusión: 'No, no bromeo; y si no lo haces, la próxima vez que me veas será mejor que corras'. Y cuando Abraham pregunta dónde quiere que cometa la atrocidad... Dios no le manda a la montaña sagrada: le dice 'En la Ruta 61'.
—Es brillante y sacrílego a partes iguales —añadió Chloe, moviendo la cabeza al compás sincopado—. Convierte esta misma carretera que estamos pisando en el vertedero y el teatro de operaciones de todos los tramposos, reyes destronados, proxenetas, promotores de guerra y falsos profetas de América. Cualquier problema moral o financiero se resuelve tirándolo al asfalto de la autopista 61.
—Para Dylan, la Ruta 61 no era solo una carretera del sur; nacía cerca de su propia casa de infancia en Duluth, Minnesota, y bajaba hasta Nueva Orleans —explicó Elena mientras el autocar continuaba su travesía hacia el sur bordeando las aguas del río—. Era el pasillo de escape de los afroamericanos que huían de la segregación hacia el norte industrial de Chicago, la ruta de la gran migración que llevó el blues acústico del campo a electrificarse en las fábricas. Convertirla en el escenario de una sátira bíblica y circense fue su manera de conectar el mito arcaico del Misisipi con la paranoia moderna de la civilización de consumo.
A altas horas de la madrugada, cuando el viaje encaraba su tramo final adentrándose en el estado de Luisiana, una leve avería en el sistema de refrigeración del autobús obligó al conductor a desviarse un par de kilómetros hacia un viejo apeadero de carretera iluminado por luces de neón temblorosas. A un lado del arcén se erigía una cantina de madera con el cartel descolorido por las tormentas tropicales: 'The Bayou Lounge'.
Longevos ventiladores de aspa giraban perezosos en el techo del local mientras el grupo se acomodaba junto a la barra gastada, pidiendo café caliente y licores locales para combatir el cansancio del trayecto.
—Falta una pieza en este rompecabezas —dijo Elena, dejando sobre el mostrador de cinc su libreta de notas antes de conectar el altavoz portátil que llevaba en la mochila—. Todo gran viaje por esta autopista termina pasando una factura. No puedes asomarte a tantos abismos sin que al final te quede una resaca moral, una sensación de extravío y la certeza de que has dejado jirones de tu propia piel en el camino.
El piano de salón de Paul Griffin comenzó a sonar con un toque tropeciento, melancólico, casi ebrio, secundado por una guitarra acústica suave y una percusión ligera y sutil.
Just Like Tom Thumb's Blues
La voz de Dylan sonaba aquí fatigada, desgastada por la noche, cantando desde una frontera imaginaria en Ciudad Juárez donde el alcohol barato, los santos patronos corruptos y las mujeres fatales devoran el alma de cualquier forastero ingenuo.
—Qué contraste con la soberbia arrogante de Like a Rolling Stone —susurró Chloe, mirando cómo las sombras de los ventiladores se proyectaban sobre las maderas de la pared—. En el primer tema, Dylan se reía con saña de la caída ajena. Pero aquí es él mismo quien está roto, desorientado, con las fuerzas justas para admitir la derrota y murmurar ese verso final que te encoge el estómago: 'Creo que ya he tenido suficiente, creo que voy a volver a Nueva York'.
—Es la resaca perfecta para coronar una obra maestra —concluyó Marcus con tono pausado, saboreando su copa de bourbon—. Sin moralejas baratas ni redenciones de película hollywoodiense. Dylan te demuestra que el viaje por la autopista del arte y de la vida no te hace necesariamente más sabio; te deja más cansado, pero con la mirada completamente limpia de espejismos.
Horas después, con la avería solventada y las primeras luces del alba recortando los balcones de hierro forjado del Barrio Francés de Nueva Orleans, el autocar se detuvo por fin junto al malecón del Misisipi.
Descendieron del vehículo con el cuerpo entumecido pero el espíritu electrificado. Marcus estrechó la mano de Chloe, quien prometió buscar de inmediato más entradas en La Playlist del Yeyo para seguir descifrando los tesoros del siglo XX, mientras Elena recogía su carpeta con la satisfacción del deber cumplido. La carretera 61 quedaba atrás, pero el eco de los pianos, las guitarras afiladas y las profecías eléctricas de Bob Dylan seguían flotando en la brisa húmeda de Luisiana, eternamente inmunes al paso del tiempo.
Epílogo y Reseña
Publicado oficialmente el 30 de agosto de 1965 por el sello Columbia Records bajo la producción dividida entre Tom Wilson (responsable de la monumental toma de apertura) y Bob Johnston, Highway 61 Revisited marcó el punto de no retorno no solo en la trayectoria de Bob Dylan, sino en la historia de la música popular contemporánea. Grabado en apenas seis días en el mítico Estudio A de Nueva York, el álbum alcanzó un rotundo tercer puesto en las listas del Billboard 200 de Estados Unidos y escaló hasta la cuarta posición en el Reino Unido, impulsado por el éxito comercial sin precedentes de «Like a Rolling Stone», que desafió los cánones radiofónicos de la época alcanzando el número dos del Hot 100 con sus más de seis minutos de duración. Con el paso de los años, el disco consolidó un estatus casi mítico en las listas de ventas de catálogo, logrando certificaciones de platino en Estados Unidos y Canadá, y situándose de manera invariable en los puestos de honor de cualquier antología discográfica esencial del siglo veinte.
La recepción crítica en aquel verano de 1965 fue un campo de batalla donde colisionaron la devoción y el desconsuelo más absoluto de los círculos puristas del folk. Mientras cabeceras tradicionales y teóricos del Greenwich Village como Sing Out! acusaban a Dylan de traición ideológica y decadencia mercantil por electrificar su instrumentación con el afilado acompañamiento de Mike Bloomfield y Al Kooper, publicaciones de vanguardia y la prensa musical británica comprendieron de inmediato que estaban ante un terremoto lírico. Aquella cascada de imaginería surrealista, cinismo beatnik y cadencias de vodevil fúnebre desconcertó a quienes demandaban himnos de protesta dóciles, revelando a un cronista que prefería diagnosticar la histeria y la alienación de la sociedad norteamericana en plena Guerra de Vietnam antes que ofrecer respuestas de pancarta complaciente.
Sesenta años después de su publicación, la perspectiva histórica ha transformado el escándalo inicial en una verdad canónica: Highway 61 Revisited es la piedra angular sobre la que se edificó el rock de autor moderno y la poesía eléctrica. La crítica contemporánea unánime, encabezada por publicaciones como Rolling Stone, que ubicó a su corte inaugural en la cima de las mejores canciones de todos los tiempos, ya no discute el mérito de aquel cisma acústico, sino que celebra la ferocidad con la que Dylan dinamitó las fronteras del lenguaje pop. Reducir la distancia entre la alta literatura y la pulsión callejera del blues del Delta sigue siendo el milagro imperecedero de este disco; un trayecto de asfalto y sombras que, tal como resuena en las páginas de La Playlist del Yeyo, continúa desafiando a cada nueva generación con la vigencia intacta de su mofa, su clarividencia y su genialidad salvaje.
La Opinión del Yeyo
Estupefacto me he quedado, después de escuchar este discazo, un trabajazo maravilloso de un tal Bob Dylan, que me está cautivando en estos últimos tiempos en los que, debo reconocerlo con cierta verguenza, estoy descubriéndolo. Si, me reconozco culpable, entono el “mea culpa”, por no haber sido capaz a lo largo de mi larga vida, de haber escuchado este gran poeta y músico; quizá fue porque me centré en otros estilos, y a Dylan, aun conociéndolo de oidas, pues no me interesé por el. Pero desde que estoy con La Playlist del Yeyo, reconozco que algunos discos los he escuchado por primera vez, y este álbum es uno de ellos.
Por supuesto, antes de iniciar el artículo y el disco sobre el que voy a trabajar, me documento primero, y me informo sobre su intrahistoria, sus curiosidades, y algunos datos de importancia que es conveniente conocer antes incluso de escucharlo. Y respecto de este Highway 61 Revisited, de Dylan, quedé muy impactado cuando leí que la citada autopista unía determinados lugares donde se habían desarrollado las carreras musicales de viejas glorias del blues, del gospel, o del R&B. Son los casos, por ejemplo, de Chicago, San Luis, Memphis, o Nueva Orleans. Ahí es nada…En esta imagen que acompaña mi opinión, viene bien reflejado el recorrido de la mítica Ruta 61.
En cuanto al disco en sí, no es fácil encontrar palabras que describan el arte que destila este álbum. Líricamente, es impecable, pura poesía, urbana, sucia, mordaz, no busca respuestas en sus letras, sino que hace las preguntas adecuadas, y se burla de sus personajes convirtiéndolos en grotescos, con una ironía salvaje. Sin embargo, musicalmente, es de una belleza arrebatadora, tienen sus canciones un sonido real, sucio, como hecho en directo, se grabó en menos de una semana, y con eso, lo digo todo… Es en esos detalles donde se ve claramente que tras este disco, hay un músico de renombre, de calidad, que sabe tocar, cantar, y dejarse acompañar por músicos de sesión realmente buenos, que ayudaron, y mucho, a que la composición fuera tan brillante, y tan absolutamente maravillosa.
La voz de Dylan, me parece realmente encantadora, y el sonido de sus guitarras, haciendo ese sonido tan típicamente eléctrico, es absolutamente brutal. Es igual que la canción sea una balada, como la del señor Jones, donde por cierto también destacaría ese precioso órgano que acompaña a Dylan, en su transcurrir lento, y apaciguado. Pero también suenan guitarras dinámicas, con un ritmo rápido, vibrante, que te mueve los pies, como por ejemplo, la canción que da título al álbum. Es,este Highway 61 Revisited, un trabajo realmente prodigioso, bello y hermoso, y absolutamente extraordinario. Pocas obras musicales he escuchado, que le puedan alcanzar en belleza, y puedo decir que en el Ranking del Yeyo, el puesto que va a alcanzar será alto. Lo merece. Y La Playlist del Yeyo, así lo entiende.
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