En resumen, este Shake It Up, es un compendio de New Wave, vanguardista, y pop, muy tecno, y fuertemente basado en los sintetizadores.
Menú de Contenido:
- 1. Circuito Cerrado (Narrativa)
- 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
- 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
- 4. Epílogo y Reseña técnica
- 5. La Opinión del Yeyo
CIRCUITO CERRADO
PARTE 1: FÓSFORO VERDE Y CROMO
Noviembre de 1981. La ciudad era un organismo vivo que respiraba vapor por las alcantarillas y sangraba neón sobre el asfalto mojado. Pero en la planta subsuelo del Complejo Empresarial Zenith, el tiempo se había detenido en una frecuencia de 50 hercios.
Julián ajustó el cuello de su uniforme de tergal gris. El aire en la Sala de Control 4 olía a ozono, a café recalentado y al polvo electromagnético que se adhería a las pantallas de tubo de rayos catódicos. Veinticuatro monitores curvados formaban un semicírculo frente a él, un altar pagano dedicado a la vigilancia.
Era un mundo monocromático. En 1981, la seguridad no conocía el color. Las imágenes que parpadeaban ante Julián eran un desfile de grises fantasmales, verdes fósforo y negros profundos. Un pasillo vacío en la planta 20 era una abstracción geométrica; el vestíbulo principal, con sus columnas de mármol, parecía el decorado de una película de expresionismo alemán capturado por una cámara defectuosa.
El Archivo Multimedia
Julián se sentía cómodo en esa abstracción. Fuera, el mundo era caótico, ruidoso y lleno de colores que lo aturdían. Aquí, todo era orden, simetría y silencio. Un silencio que él rompía metódicamente.
Extendió la mano hacia su Walkman Sony WM-2, una joya de metal negro que descansaba sobre la consola de acero. El tacto frío del aluminio le reconfortó. Giró la ruleta del volumen y pulsó Play. El mecanismo interno hizo un clic satisfactorio, y el siseo inicial de la cinta de cromo dio paso a un sintetizador que parecía emerger de la misma estática de los monitores.
Era Shake It Up, el nuevo álbum de The Cars. Julián lo había comprado esa misma tarde en Discos Yeyo, atraído por la portada de la chica agitando la coctelera (un contraste vibrante de colores que ahora, en su búnker, solo podía recordar). Había algo en la producción de Roy Thomas Baker para este disco que encajaba perfectamente con la arquitectura del Zenith: era pulida, estratificada, mecánicamente precisa, pero con una latencia de peligro oculto.
Cerró los ojos un segundo, dejando que la voz de Ric Ocasek, con ese hipo característico, le aislara del zumbido de los ventiladores.
1.- Since You're Gone
Cuando abrió los ojos, su mirada fue directa a la Cámara 12. El piso 14. La sede de la revista de tendencias Neon & Logic. Y allí, rompiendo la geometría perfecta de las mesas de dibujo y los archivadores metálicos, estaba ella. Elena.
En el monitor de fósforo verde, su silueta era un destello de gris pálido. Llevaba un vestido ajustado de un material satinado que atrapaba los fluorescentes de emergencia, creando un halo de luz a su alrededor. Julián no podía ver el color, pero por la intensidad del brillo en la pantalla monocromática, su mente imaginaba un rojo carmín, el mismo rojo del logo de la banda en la portada del disco.
Elena no estaba trabajando. Se movía con una cadencia hipnótica entre los muebles de diseño. Palpaba las superficies, pasaba los dedos por los marcos de aluminio de los ventanales, como si buscara una textura, un interruptor secreto, una grieta en la realidad corporativa. Su figura, granulada y borrosa por la baja resolución de la cámara, tenía una fragilidad que conmovía a Julián.
Él ajustó el dial de contraste de la Cámara 12. Quería ver más. Quería entender el ritmo de sus movimientos. Sincronizó mentalmente su baile silencioso con el pulso bailable de "Since You're Gone". La canción hablaba de ausencia, de noches que se hacen largas, y Julián sintió una conexión instantánea. Ella estaba allí, pero parecía estar en otra parte. Estaba buscando algo que ya no estaba.
De repente, Elena se detuvo frente a un archivador cerrado con llave. Intentó forzarlo con un clip, pero desistió frustrada. Se giró bruscamente y miró hacia la esquina superior del despacho. Directamente a la lente de la Cámara 12. Julián contuvo el aliento. Sabía que ella no podía verlo, que solo veía una carcasa de plástico y una lente de cristal, pero había algo en su mirada granulada... una mezcla de desesperación y desafío que atravesó el fósforo verde y le golpeó en el pecho.
Fue en ese momento de conexión cuando Julián lo notó. En el monitor contiguo, la Cámara 11, que vigilaba el pasillo exterior que conducía al despacho de Elena.
Algo se movía allí.
No era una persona. No tenía un contorno definido que el ojo humano pudiera procesar como un cuerpo. Era una distorsión. Una mancha de oscuridad absoluta, más negra que cualquier sombra proyectada por el mobiliario de la oficina, que se deslizaba por la pared opuesta a la puerta. No caminaba; fluía, expandiéndose y contrayéndose como una ameba eléctrica.
Julián sintió que la temperatura en la sala de control bajaba diez grados de golpe.
Esa presencia... no era un fallo de la cinta. Él conocía todos los defectos de sus equipos: la estática, el parpadeo de frecuencia, las imágenes fantasma. Esto era diferente. Era una interferencia en la realidad. Esa sombra se movía con una intención fría y predadora. Lo más aterrador era que, al pasar frente a los sensores de iluminación del pasillo, las luces no se activaban. Para el sistema de seguridad eléctrico, el pasillo estaba vacío.
Pero para Julián, alimentado por la tensión mecánica que sonaba en sus auriculares, esa mancha era la ansiedad pura materializada en vídeo de 625 líneas.
La sombra se detuvo justo ante la puerta del despacho de Elena. Pareció contraerse, como un muelle acumulando energía, esperando su momento.
En el monitor de la Cámara 12, Elena pareció notar algo. Se quedó congelada, de espaldas a la puerta, mirando su propio reflejo granulado en el ventanal que daba a la ciudad nocturna. Lentamente, giró la cabeza hacia la entrada. Aunque la imagen no tenía sonido, Julián juraría que ella había escuchado el siseo de la estática de la sombra, el mismo siseo que ahora empezaba a filtrarse por sus auriculares naranja, superponiéndose a la melodía de The Cars.
—Vete de ahí, Elena... —susurró Julián, su voz quebrada por una angustia desconocida, golpeando inconscientemente con el dedo el cristal frío del monitor.
El thriller psicológico había comenzado. Julián estaba atrapado en su búnker de 1981, viendo cómo una depredación invisible acechaba a la única fuente de luz que había visto en meses. La música de The Cars ya no era un refugio; era la cuenta atrás para un impacto inminente.
El primer tema terminó y, tras un segundo de silencio analógico, el Walkman arrancó con la caja de ritmos más agresiva y sintética que Julián había escuchado jamás. "Shake It Up". El ritmo era frenético, una invitación al movimiento que contrastaba violentamente con la parálisis que él sentía.
2.- Shake It Up
Julián se arrancó los auriculares. Necesitaba pensar, no bailar. Dejó que el Walkman siguiera reproduciendo el disco sobre la mesa de acero, su sonido agudo y metálico llenando la sala de control vacía.
"Let's go... shake it up!", cantaba Ocasek enlatado. Julián miró la Cámara 11. La sombra seguía allí, palpitando. Miró la Cámara 12. Elena estaba retrocediendo hasta pegarse al ventanal de cristal, atrapada entre la caída de treinta pisos y esa presencia oscura que empezaba a filtrar su negrura por debajo de la puerta del despacho.
Julián no pudo aguantar más. La inacción le estaba matando. Agarró su linterna de metal pesado, una Maglite que pesaba casi dos kilos, y se la colgó del cinturón. Tenía que subir. Tenía que comprobar si lo que veía era real o una alucinación psicótica provocada por el cansancio y el fósforo verde. Tenía que salvarla, aunque no supiera de qué.
Salió de la sala de control, dejando atrás el búnker de monitores y el sonido de Shake It Up sonando para nadie. El Zenith, en ese 1981 hiperestilizado, se sentía más gélido que nunca mientras él corría hacia los ascensores.
PARTE 2: VÍCTIMAS DEL AMOR Y EL ACERO
El ascensor subía con un siseo neumático que parecía sincronizarse con el latido acelerado de Julián. En el reflejo de las puertas de metal pulido, su rostro se veía pálido, desencajado por una ansiedad que no lograba racionalizar. Fuera, en la Sala de Control, el Walkman seguía girando, pero en su cabeza aún resonaba el eco de "Shake It Up". "Get it ready...", decía la letra. ¿Listo para qué?
Las puertas se abrieron en la planta 14.
El pasillo era un túnel de penumbra. Las luces de emergencia parpadeaban con un zumbido eléctrico que erizaba el vello de los brazos. Julián encendió su linterna Maglite; el haz de luz blanca cortó el aire aséptico, revelando partículas de polvo suspendidas como estrellas en un vacío corporativo.
A medida que se acercaba al despacho de Neon & Logic, el ambiente se volvía denso. Había un olor extraño, como a circuitos quemados y perfume de mujer caro. Julián se detuvo ante la puerta de la Cámara 11. No había rastro de la mancha oscura que había visto en el monitor, pero la pared de cristal estaba empañada desde el interior, como si algo muy caliente hubiera pasado por allí.
Entró en el despacho. El silencio era absoluto, roto solo por el lejano rumor del tráfico de la ciudad treinta pisos más abajo.
—¿Elena? —susurró. Su voz sonó pequeña, insignificante frente al acero.
Desde las sombras del fondo, cerca de los ventanales, surgió ella. En la realidad, sin el filtro del fósforo verde, su vestido no era solo rojo; era de un carmín tan profundo que parecía absorber la luz de la linterna. Elena tenía el cabello revuelto y los ojos inyectados en una mezcla de terror y alivio.
—Has tardado mucho —dijo ella. No era una pregunta, sino una acusación.
—Te vi en las cámaras. Vi... algo más —Julián bajó la linterna, enfocando al suelo para no deslumbrarla.
—Él me está buscando, Julián. El edificio me está buscando.
Elena se acercó. Julián notó que temblaba. Ella le contó, en ráfagas de palabras entrecortadas, que el Zenith no era solo una sede empresarial. Era un experimento de vigilancia totalitaria oculto bajo la fachada de una revista de moda. Ella buscaba una cinta, un código oculto en las frecuencias de radio que el sistema "YEYO-OS 81" utilizaba para monitorizar no solo los movimientos, sino los pensamientos de los empleados.
Mientras hablaban, el hilo musical del edificio —que normalmente emitía hilo musical anodino— empezó a distorsionarse. Una frecuencia intrusa hackeó los altavoces del techo. La siguiente pista del álbum de The Cars empezó a sonar, pero no era una reproducción limpia. Tenía un eco metálico, como si el edificio mismo estuviera cantando.
3.- Victim of Love
"You're just a victim of love...". La voz de Ben Orr, más profunda y melancólica que la de Ocasek, llenó el despacho. Elena se pegó a Julián. Él pudo sentir el calor de su cuerpo a través del uniforme de tergal.
—Esa canción... —murmuró Elena—. Es su aviso. Me consideran una víctima. Un error en el sistema que debe ser depurado.
—No voy a dejar que te pase nada —prometió Julián. Pero en ese momento, la Cámara 11, situada en el pasillo exterior, empezó a girar sobre su eje con un chirrido violento, enfocándolos a través del cristal del despacho.
La sombra que Julián había visto en el monitor no era un fantasma. Era una unidad de contención táctica, un prototipo de vigilancia silenciosa que se movía sin hacer ruido, camuflado por un traje que absorbía la luz. La mancha negra apareció de nuevo, filtrándose por los conductos de ventilación sobre sus cabezas.
El Podcast del Yeyo
La angustia se volvió física. La música de The Cars subía de volumen, convirtiéndose en una barrera de sonido que impedía pensar. "Victim of Love" se sentía ahora como una profecía. La reseña del disco que Julián hacía mentalmente mientras intentaba guiar a Elena hacia la salida de emergencia era desesperada: Este disco no es pop bailable, es un manual de supervivencia urbana envuelto en sintetizadores Prophet-5.
—¡Por aquí! —gritó Julián, agarrando la mano de Elena.
Corrieron por el pasillo mientras las luces fluorescentes estallaban a su paso, una a una, sumiéndolos en una oscuridad punteada por el ritmo sincopado de la batería. Llegaron a la puerta de las escaleras de servicio, pero el pomo estaba ardiendo. El sistema de seguridad los había bloqueado.
Estaban atrapados en el piso 14. Julián miró a su alrededor. Solo quedaba una opción: entrar en la sala de servidores principal de la planta, el nodo donde el "YEYO-OS 81" gestionaba todo el edificio. Si lograba sabotear el sistema desde dentro, quizás podrían salir.
Al abrir la puerta del servidor, el estruendo de los ventiladores se mezcló con la siguiente canción del disco, que empezó a sonar con una fuerza eléctrica devastadora.
4.- This Could be Love
—Julián, la sombra... está aquí —susurró ella, retrocediendo hacia los armarios de cintas magnéticas.
La presencia oscura comenzó a materializarse frente a ellos, una figura humanoide sin rostro, cuyo cuerpo parecía hecho de estática de televisión. La ansiedad que emanaba era paralizante. Julián, mientras escribía líneas de código para abrir los cierres magnéticos, sintió que su mente se fragmentaba. La canción "This Could be Love" martilleaba sus sienes. ¿Podría ser esto amor? ¿O era simplemente el síndrome de Estocolmo de un hombre que amaba demasiado las máquinas?
PARTE 3: EL PULSO FINAL Y LA AMBIGÜEDAD DE LA MEMORIA
La sala de servidores principal del Complejo Zenith era un santuario de ruido blanco y aire frío. Filas de armarios metálicos, llenos de bobinas de cinta magnética y placas base expuestas, zumbaban al unísono. En el centro, una consola de comandos con un monitor ámbar parpadeaba, esperando instrucciones.
Julián se lanzó sobre el teclado. Sus dedos, entumecidos por la tensión y el frío del acero, volaban sobre las teclas mecánicas, escribiendo líneas de código en el sistema experimental "YEYO-OS 81". No estaba intentando desactivar la seguridad; estaba intentando reescribir la lógica del edificio.
A su lado, Elena vigilaba la puerta. Había apagado la linterna Maglite para no revelar su posición. La oscuridad en la sala era casi total, punteada solo por los leds rojos y verdes de los servidores que parpadeaban como ojos mecánicos.
—¿Cuánto falta, Julián? —susurró ella. Su voz, filtrada por el zumbido de los ventiladores, sonaba quebrada por el miedo.
—El sistema es más complejo de lo que pensaba. Está diseñado para auto-repararse. Cada vez que borro un protocolo de contención, crea dos nuevos —respondió Julián, sin apartar la mirada del monitor ámbar.
La "otra" vigilancia, la mancha oscura que se movía sin hacer ruido, había hackeado el hilo musical de la planta. La siguiente canción del disco de The Cars empezó a sonar, pero no era la versión que Julián conocía. Estaba distorsionada, acelerada, como si el edificio mismo estuviera cantando una canción de cuna perversa.
5.- Think it Over
"Think it over... tell me why you're so unsure". La voz de Ocasek sonaba metálica, un eco de la indecisión de Julián. ¿Estaba haciendo lo correcto? Al sabotear el sistema, estaba poniendo en peligro su trabajo, su seguridad, quizás su vida. Pero al mirar a Elena, a su silueta frágil y decidida, supo que no había otra opción.
—No sé si podremos salir, Elena —dijo Julián, deteniéndose un segundo—. El sistema ha bloqueado todos los ascensores y las escaleras de servicio.
—Hay un conducto de ventilación que lleva al garaje subsuelo —dijo ella—. Pero está protegido por un cierre magnético de alta seguridad.
Julián asintió. "Think it Over" le martilleaba las sienes. El sonido del sintetizador era ahora el latido del edificio, un pulso rítmico que marcaba el tiempo que les quedaba. El Zenith no era un edificio, era una prisión de acero y cristal que quería devorarlos. La reseña orgánica del disco cobraba vida en su mente: Este álbum no es pop de radio, es un thriller cibernético que te atrapa en una red de neón y paranoia urbana. Roy Thomas Baker creó una cárcel sonora de la que es imposible escapar.
Finalmente, tras un último forcejeo con el teclado, el monitor ámbar parpadeó. Un mensaje apareció en la pantalla: "ACCESO CONDUCIDO: DESBLOQUEADO".
—¡Lo tengo! —gritó Julián.
Elena corrió hacia el conducto de ventilación. Julián la siguió, pero antes de entrar, algo lo detuvo. Al mirar hacia la puerta de cristal de la sala de servidores, vio la mancha oscura de nuevo. Pero esta vez, la sombra estaba materializándose. No era un fantasma, era un hombre. Un hombre sin rostro, vestido con un traje de contención táctica que absorbía la luz. La unidad de seguridad había llegado.
Julián se lanzó al interior del conducto. Elena ya estaba dentro, arrastrándose por el metal frío y polvoriento. Julián cerró la escotilla detrás de él y pulsó un botón en la consola de comandos que había manipulado. El sistema "YEYO-OS 81" reaccionó: los cierres magnéticos de toda la planta se activaron de golpe, atrapando a la unidad de seguridad táctica en el interior de la sala de servidores.
PARTE 4: EL ESCAPE Y EL EPILOGO DE FOSFORO
Corrieron por los pasillos subterráneos del garaje, esquivando las luces de los coches que pasaban. Llegaron a la salida de emergencia y salieron a la calle.
La ciudad de 1981 los recibió con su caos habitual. Llovía. El neón de los cines y los bares se reflejaba en el asfalto mojado. El aire olía a gasolina y a perritos calientes. Julián y Elena se detuvieron, exhaustos, bajo la marquesina de un cine que proyectaba Blade Runner.
—Lo hemos conseguido —dijo Elena, mirándolo a los ojos. En la realidad, sus ojos eran de un verde intenso, lleno de vida, no las cuencas oscuras que Julián veía en sus monitores.
—Te vi en las cámaras, Elena —dijo Julián, con una media sonrisa—. Pero ahora te veo de verdad.
Se quedaron mirando un momento, en silencio, mientras el mundo seguía girando a su alrededor. No hubo beso, ni promesa de amor eterno. Solo una conexión fugaz, un reconocimiento de que, por una noche, habían sido humanos en un mundo de máquinas.
—Tengo que irme, Julián —dijo ella—. Pero nunca olvidaré lo que has hecho por mí.
Se dio la vuelta y se perdió entre la multitud de la calle lluviosa. Julián la vio alejarse, su vestido carmín desapareciendo entre los chubasqueros grises de la ciudad. Sabía que nunca volvería a verla, que ella era una sombra más en la red de vigilancia del Zenith. Pero por una noche, había sido real.
6.- Maybe Baby
Julián caminó hacia la parada de autobús. Sacó su Walkman de metal negro y se colocó los auriculares naranja. El disco estaba llegando a su fin. "Maybe Baby", la última canción del álbum, empezó a sonar.
"Maybe, maybe, maybe baby... maybe, maybe, maybe...". La voz de Ocasek sonaba melancólica, casi frágil, un contraste perfecto con la energía de "Shake It Up". La canción aportaba la ambigüedad necesaria: ¿era real lo que habían vivido o solo una proyección de su soledad crónica? La reseña final del disco se formulaba en su mente: The Cars cerraron el álbum con una pregunta abierta. No hay finales felices en el mundo de Ric Ocasek, solo la incertidumbre del "quizás". Y en ese "quizás" está la belleza de su música, una mezcla de frialdad tecnológica y pasiones humanas reprimidas.
Julián se subió al autobús. Se sentó cerca de la ventana, mirando el reflejo de su propio rostro en el cristal mojado. El autobús arrancó, alejándose del Complejo Zenith, ese mausoleo de acero y cristal que ahora parecía más frío y vacío que nunca. La música de The Cars seguía sonando en sus oídos, un eco de fósforo verde y amor reprimido en el corazón de la modernidad.
Epílogo y Reseña
The Cars lanzaron Shake It Up en noviembre de 1981, en un momento en que la New Wave original estaba empezando a fusionarse con el pop comercial más pulido. El álbum fue un éxito comercial inmediato, alcanzando el número 9 en la lista Billboard 200 y certificándose rápidamente 2x Platino por ventas superiores a las dos millones de copias en Estados Unidos. El sencillo principal, la canción homónima, se convirtió en el primer Top 10 de la banda en EE.UU., consolidándolos como los reyes de la New Wave americana. Fue el último disco producido por Roy Thomas Baker para The Cars, y su toque se nota en la producción limpia, estratificada y mecánicamente precisa que define el sonido del álbum.
La crítica recibió el disco con opiniones mixtas: algunos elogiaron su capacidad para combinar melodías pegajosas con lírica cínica de Ric Ocasek, mientras que otros criticaron su cambio hacia un sonido más comercial. Pasados los años, Shake It Up es considerado un disco bisagra en la discografía de la banda, un puente perfecto entre la agresividad punk de sus inicios y el pop tecnológico que dominarían poco después con Heartbeat City. Es un álbum que captura la esencia de 1981, un sueño sintético de acero y cristal que sigue resonando en el corazón de la modernidad.
La Opinión del Yeyo
No puedo evitar que me gusten estos tipos. The Cars, empezaron en el punk rock, pasaron por la New Wave, y acabaron en el tecno mas comercial de los 80. Pues bien, me da igual el disco que me pongas, me gusta. No lo puedo evitar. Los descubrí tarde, allá por los 90, pero me encantaron desde el primer momento. He seguido el camino que han ido transcurriendo, y son diferenciales respecto de muchos otros grupos de rock de la época. Tienen un poco de todo, un punto de punk en la actitud, un toque pop, sobre todo al final de su discografía, y la fuerza y la estructura del rock, que es con lo que empezaron sus primeros discos.
Este Shake It Up, es un paso más en el viaje desde la New Wave, hasta el pop más tecnológico de los años 80. Disfruto mucho de esas texturas ambientales, creadas con sintetizadores, que parecen frias y distantes, pero son muy hermosas. Solo basta con escuchar el principio del álbum, Since You’re Gone, para enfrentarte a lo que es todo el disco. Me encanta esa asincronía de ritmo en la que se basa toda la canción, y es ahí donde radica todo su atractivo. Pero también tienes guitarras, y me remito al solo de guitarra de la canción que da título al disco, Shake It Up, es sencillamente espectacular…
Pero a pesar de que la evolución de este disco es hacia el pop tecnológico, no pueden ocultar su lado más vanguardista en temas como A Dream Away, o Maybe Baby. Y contiene melodías muy bonitas, y atractivas, en temas como por ejemplo, Victim of Love, o temas más potentes, como Cruiser. Pero como ya he dicho antes, los protagonistas son los sintetizadores, y en canciones como This Could Be Love, lo absorben todo. En resumen, este Shake It Up, es un compendio de New Wave, vanguardista, y pop, muy tecno, y fuertemente basado en los sintetizadores. No todo en La Playlist del Yeyo, es rock, hay otra mucha variedad de música que también merece la pena ser escuchada, y tiene cabida en su contenido. Y sin duda este Shake It Up, de los Cars, merece estar en La Playlist del Yeyo. Estos tíos son muy buenos.
Si te consideras admirador, fan o simplemente quieres entretenerte un poco más con este maravilloso grupo, te propongo que le eches un vistazo a estos nuevos post de La Playlist del Yeyo, que versan sobre algunos discos de los geniales The Cars, como por ejemplo, Heartbeat City, Panorama,
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