caí cautivado por la belleza de sus melodías, y su estilo mas suave, mas delicado; creí ver en muchas de sus canciones un toque femenino, y es que su temática es esa, la femineidad y la sutileza en sus sonidos, y la forma de interpretarlos
Menú de Contenido:
- 1. La Última Guardia en el Cabo de las Sombras (Narrativa)
- 2. El Podcast del Yeyo (Audio)
- 3. El Archivo Multimedia (Vídeo)
- 4. Epílogo y Reseña técnica
- 5. La Opinión del Yeyo
La Ultima Guardia en el Cabo de las Sombras
La lluvia sobre los cantiles de Santander no caía en vertical: avanzaba rasante, convertida en una lija líquida que azotaba los cristales dobles de la vieja estación auxiliar del Faro Cabo Mayor. El viento, un noroeste enfurecido que superaba ya los noventa kilómetros por hora, aullaba a través de los respiraderos de ventilación como un animal herido que arañara la mampostería. En lo alto de la torre, el haz de luz giratorio cortaba la bruma marina con una cadencia hipnótica, dibujando una elipse blanca y fantasmal sobre las crestas reventadas del mar Cantábrico.
Abajo, en la sala de radio y cartografía, el frío se filtraba a través de las juntas de madera de roble, implacable frente a los tres radiadores de hierro que apenas lograban templar el aire denso cargado de salitre, café recalentado y olor a queroseno quemado. La lámpara de sobremesa oscilaba al compás de cada golpe de viento sordo, proyectando largas sombras geométricas sobre los mapas náuticos desplegados en la gran mesa central, donde las cartas hidrográficas de la costa norte reposaban con marcas de grafito gastadas por los años.
El Podcast del Yeyo
Mercedes levantó la vista del osciloscopio analógico, ajustándose el jersey de lana gruesa que amenazaba con deshacerse por las muñecas. A sus cincuenta y ocho años, con el cabello castaño veteado de hebras grises y una mirada que había aprendido a calibrar tormentas y hombres con la misma precisión, sentía que aquella noche no era una guardia cualquiera. Fuera, los cables de media tensión de la línea que bajaba desde Cueto habían colapsado hacía dos horas, dejando el enclave a merced de las baterías de emergencia y de un viejo grupo electrógeno diésel cuyo traqueteo monocorde vibraba en las tablas del suelo como un pulso artificial.
Frente a la chimenea apagada, envuelta en una manta de cuadros y con las rodillas pegadas al pecho, Clara mantenía los ojos clavados en su teléfono móvil apagado. Veintiocho años, bióloga marina, con el rastro fresco de unas ojeras profundas y la piel pálida de quien acaba de cruzar media península en una furgoneta sin mirar atrás, escapando del peso pegajoso de una convivencia rota a golpes de chantaje y desprecio dosificado. En la esquina opuesta, atizando una pequeña estufa de gas con parsimonia casi ritual, doña Carmen, vecina septuagenaria de la vaguada del faro, viuda de práctico de puerto y superviviente nata de mil temporales, observaba a madre e hija con la tranquilidad desarmante de quien ya lo ha visto todo antes de que ocurra.
El Archivo Multimedia
—Mercedes, este bicho va a toser en cuanto suba la marea —dijo Carmen sin levantar la vista de la llama azul—. La ría de San Martín está tragando espuma como no lo hacía desde el setenta y nueve.
—El generador tiene gasoil para diez horas, Carmen —respondió Mercedes con voz firme mientras secaba la condensación de un cuadrante—. Lo que me preocupa no es la dinamo. Es el silencio que se nos va a quedar encima cuando el mar suba del todo.
Clara no dijo nada. Se limitó a apretar la mandíbula, clavando la mirada en un viejo tocadiscos portátil Garrard que su madre guardaba sobre un aparador de teca, junto a una hilera de vinilos gastados cuyas carpetas mostraban los bordes rozados por décadas de agujas y viajes.
—Mamá —murmuró Clara con un hilo de voz áspera—. Pon algo. Lo que sea. El ruido de ese motor me está perforando el cráneo. Siento que en cualquier momento va a entrar por esa puerta y me va a decir que todo esto es culpa mía.
Mercedes cruzó la habitación en tres pasos calmos. No hubo caricias condescendientes ni frases de manual de autoayuda. Escogió una carpeta negra, sobria, con tres rostros de mujer velados tras gasas oscuras que dejaban entrever bocas impasibles y miradas calculadas. Era Eve, de The Alan Parsons Project. Extrajo el acetato de 1979 con mimo quirúrgico, limpió el polvo del surco con el cepillo de terciopelo y posó la cápsula fonocaptora en el inicio de la cara A.
Al principio, no sonaba nada, parecía un surco vacío. Pero poco a poco, fue a más y el estallido rítmico de Lucifer comenzó a inundar la estancia como una descarga eléctrica. Ese sintetizador analógico metronómico, marcando un latido frío y calculador en código Morse, no pedía permiso: imponía un compás inexorable, mientras la batería de Stuart Elliott y el bajo rotundo de David Paton entraban con la precisión de un engranaje de relojería suiza.
—Dios mío... —susurró Clara, enderezando la espalda—. Parece una marcha fúnebre para robots.
—Es el aviso de un naufragio, hija —repuso Mercedes, apoyándose en el quicio del mueble de madera—. Alan Parsons lo concibió como la apertura perfecta de Eve. Fíjate bien: no hay voces humanas, solo máquinas y una sección de cuerda que entra como una cuchilla afilada. En 1979 los críticos no entendían cómo un tema puramente instrumental podía ser tan opresivo y a la vez tan pegadizo. Pero es que el engaño siempre empieza así: con un ritmo matemático, impecable, que parece inofensivo hasta que ya estás dentro de la trampa.
—Tu padre entraba por la puerta exactamente con ese paso —apuntó doña Carmen desde su butacón, soplando el humo de una taza de poleo—. Cuando traía la bronca en el bolsillo, ni gritaba. Marcaba el suelo taconeando igual que ese teclado. Primero la calma chicha, luego la presión en el pecho. Las mujeres de mi tiempo aprendíamos a leer las pisadas en el zaguán antes de que sonara la llave.
—Y las de mi tiempo creíamos que éramos más listas porque teníamos un contrato indefinido y una hipoteca compartida —soltó Clara con sarcasmo amargo—. Sergio no necesitaba taconearle a nadie. Le bastaba con suspirar cada vez que yo salía a una campaña oceanográfica en el buque. «Qué suerte tienes, que puedes desentenderte de la casa cinco días seguidos». Eso me decía, mamá. Con esa misma sonrisa metódica que suena en los teclados de Parsons. Como si me estuviera perdonando la vida por tener una vocación.
—Eso no era perdón, Clara; era contabilidad emocional —sentenció Mercedes mientras el crescendo orquestal de «Lucifer» llenaba el faro, alcanzando su clímax dramático antes de disolverse en el silencio del siguiente corte—. El disco arranca retratando el poder y la soberbia, la génesis del conflicto. Parsons y Eric Woolfson quisieron dedicar el álbum a la figura de la mujer, pero cayeron en la tentación masculina de retratarnos como seres indescifrables, casi demoníacos en su frialdad. Sin embargo, cuando la música suena con esta maestría de producción, las costuras de su propio relato quedan al aire: no éramos nosotras las calculadoras; eran ellos los que no soportaban perder el mando de la mesa de mezclas.
La aguja dio un leve salto y avanzó suavemente entre los surcos, dejando apenas un segundo de suspenso estático antes de que el siguiente ataque de guitarras rompiera la tregua.
La entrada directa y ácida de I'd Rather Be A Man golpeó la habitación con la urgencia del pop rock de finales de los setenta. La guitarra rítmica de Ian Bairnson y los teclados brillantes envolvían la voz de David Paton escupiendo una de las letras más controvertidas de la discografía del proyecto: la fantasía masculina de la evasión, el lamento del hombre que se queja del dolor que le provoca una mujer libre y concluye que preferiría ser un hombre para entenderse con sus iguales.
—Prefiero ser un hombre... —repitió Clara riendo sin alegría mientras marcaba el ritmo con el pie—. Menuda joya. Hay que tener cuajo para escribir un estribillo así y quedarse tan tranquilo en Abbey Road.—Visto desde hoy parece un disparate reaccionario, ¿verdad? —intervino Mercedes—. Pero analízalo como producción musical: el gancho melódico es demoledor, una estructura de radiofórmula perfecta con una mezcla limpia como un quirófano. Lo fascinante de esta canción es que Woolfson puso en boca del narrador la mayor de las cobardías masculinas: cuando una mujer deja de ser sumisa y planta cara con sus propias reglas, el hombre siente que el tablero se ha roto y fantasea con volver a su club exclusivo, donde las reglas las pactan entre caballeros con un coñac en la mano.
—Ese club nunca ha cerrado, Mercedes —dijo Carmen, revolviendo el azúcar con una cucharilla que tintineaba contra el borde de barro—. Cuando mi marido faltó en el año ochenta y dos y tuve que gestionar la pensión del pósito de pescadores, no me miraban a los ojos. Hablaban con el secretario del ayuntamiento como si yo fuera una niña vestida de luto o un mueble estropeado. Me decían: «No se preocupe usted, señora Carmen, que estas cosas de papeles son muy duras para la cabeza de una viuda». Preferían hablar entre ellos, entenderse entre machos, porque si me escuchaban a mí, tenían que admitir que mi marido se había dejado los pulmones en su remolcador por una miseria que ellos no querían pagar.—A mí me pasa en los comités científicos, Carmen —añadió Clara, sentándose en el borde de la mesa—. Si expongo un informe sobre la salinidad de la costa con tono sereno, dicen que me falta contundencia. Si levanto la voz medio tono para defenderme de un colega que me interrumpe por cuarta vez, murmuran que estoy hiperventilando o que tengo problemas personales. La semana pasada, antes de meter las maletas en el coche, Sergio me soltó en la cocina: «Es que contigo no se puede razonar como con un compañero; todo lo llevas al terreno personal». Quería tener enfrente a otro hombre para medirse a pulsos simples, sin tener que asumir que yo no iba a disculparme por ganar más dinero que él este año.
—Es el síndrome de este tema de Parsons —resumió Mercedes con lucidez—. La canción brilla por su dinamismo, pero expone sin querer la fragilidad del ego masculino de su época. Cuando la mujer deja de complacer, el macho se siente desarmado y se refugia en el corporativismo de género. Musicalmente es impecable, pero líricamente es una confesión de derrota en toda regla.
La cara A del vinilo fue deslizándose hacia el corte más íntimo, bajando de golpe las revoluciones eléctricas para adentrarse en la balada dramática, You Won't Be There
El piano acústico, solemne y solitario, abrió la estancia a una melancolía que parecía emparejarse con el gemido de las olas rompiendo doscientos metros más abajo contra el islote de Mouro. La voz rota y estremecedora de Dave Townsend entró cargada de un vibrato vulnerable, cantándole al miedo al rechazo y a la certidumbre de que, cuando llegue la tormenta definitiva, no habrá nadie al otro lado de la cama.
Clara apoyó la frente contra el cristal frío de la ventana, mirando hacia el vacío negro del mar. Dos lágrimas silenciosas le resbalaron por las mejillas.
—Esa voz te rompe en dos —susurró Clara—. Parece un niño pidiendo que no le apaguen la luz del pasillo.
—Townsend tiene ese don —explicó Mercedes con voz suave—. Su interpretación vocal en este tema es probablemente la más conmovedora de todo el disco. Parsons arregló las cuerdas con Andrew Powell de una manera casi cinematográfica: no saturan, arropan el dolor sin caer en lo empalagoso. Es la otra cara de *Eve*. Tras la soberbia de «I'd Rather Be A Man», el disco se desnuda y muestra al hombre aterrorizado por la soledad, asustado ante la idea de que la mujer que sostenía todo su andamiaje emocional simplemente se haya cansado y no esté allí cuando él regrese.
—¿Y quién sostenía a la mujer mientras tanto, Mercedes? —preguntó Carmen con una sombra de dureza en los ojos—. Nadie le canta al cansancio de las que nos quedábamos en tierra viendo cómo el vapor salía de la bahía sin saber si volvía a entrar al cabo de tres días. Mi marido se marchaba con el miedo en el cuerpo, sí, y yo tenía que tragarme el mío para que la casa no oliera a pánico. Ese hombre que canta en el disco tiene miedo de estar solo, pero no se pregunta por qué ella ya no va a estar. Da por sentado que su ausencia es un castigo, no una necesidad de supervivencia.
—Exacto —asintió Clara, volviéndose hacia su madre—. Cuando Sergio se quedaba mirando el techo por las noches, esperando que yo le consolara por sus frustraciones laborales, yo sentía que me estaba vaciando por dentro. Me convertí en su terapeuta, en su cocinera, en su secretaria y en su amante decorativa. Y el día que le dije que no podía más, que necesitaba que él también pusiera el hombro para mis angustias, me acusó de haberle abandonado. «You won't be there», igual que la canción. Como si marcharme fuera una traición a un contrato que yo nunca firmé.
—Es la paradoja de las baladas de Parsons —reflexionó Mercedes, cambiando la vista hacia el tocadiscos—. Logran una belleza armónica insuperable para retratar una autocompasión masculina que roza lo insoportable. Pero al mismo tiempo, escucharlo hoy, desde este lado de la historia, te permite entenderlos sin someterte a ellos. Es una pieza sublime, de una tristeza infinita, pero es el canto de quien perdió la partida por no saber compartir el timón.
Mercedes se acercó al giradiscos cuando la aguja llegó al centro del surco. Con un chasquido suave, levantó el brazo mecánico, tomó el vinilo por los cantos y le dio la vuelta, encarando la cara B del álbum mientras el generador soltaba un zumbido agudo al equilibrar la carga eléctrica de la estación.
El inicio teatral de Winding Me Up, con una cajita de música infantil que da paso a una fanfarria orquestal vodevilesca y a la voz irónica de Chris Rainbow, descolocó por completo a Clara, que soltó una carcajada espontánea en medio de la penumbra.
—¡Pero qué es esto! —exclamó la joven—. ¿Ahora nos hemos metido en un circo victoriano?
—Eso mismo dijo la crítica especializada cuando salió el LP —comentó Mercedes con una sonrisa torcida mientras colocaba leña seca en la cesta auxiliar—. Muchos tacharon este tema de excentricidad circense, de relleno menor. Y se equivocaban de medio a medio. Es una sátira brillante. Fíjate en el compás saltarín, en los arreglos de viento madera y en esa atmósfera de cabaret inglés: es la metáfora del muñeco de cuerda al que le dan vueltas a la llave hasta que se le saltan los resortes.
—El gaslighting cotidiano —intervino Clara, asintiendo con energía—. El clásico "me estás sacando de quicio", "mira cómo me pones". Esa capacidad que tienen algunos de tensar la cuerda milímetro a milímetro, haciéndote creer que tú eres la que pierde el control cuando en realidad son ellos los que no paran de girar la manivela. Sergio era un maestro en eso: me dejaba notas ridículas por la casa, cambiaba los acuerdos sobre los turnos de limpieza o las compras y, cuando yo le pedía explicaciones, se reía con esa condescendencia burlona de esta música y me decía que me tomaba la vida demasiado en serio, que estaba histérica.
—Es que la ironía inglesa de Parsons y Woolfson aquí da en el clavo técnico —añadió Mercedes—. Usar esa instrumentación casi barroca, bailable y festiva, para hablar de una tensión nerviosa a punto de estallar es un recurso magistral de ingeniería musical. La música camina sobre una cuerda floja entre el absurdo y la locura. En los estudios de sonido le llamaban pop conceptual: detrás del vodevil hay un estrés asfixiante. Como la vida de cualquier mujer trabajadora de hoy que tiene que sonreír en la oficina, rendir cuentas en casa y parecer serena mientras el mecanismo interior está a punto de reventar por el exceso de cuerda.
—A mí me quisieron dar cuerda muchas veces —apostilló Carmen con voz queda—. Los cuñados, los vecinos... Carmen, tú no puedes llevar el huerto sola; Carmen, cede las tierras al hermano de tu suegro. Y yo me plantaba en mitad del camino y les decía: el reloj de mi casa lo pongo yo en hora cuando me dé la real gana. Pero para llegar a decir eso, hija mía, primero te tienes que quemar muchas veces los dedos con la manivela.
La música del vodevil se fue desvaneciendo en un acorde seco, dando paso a una pausa en la que solo se escuchó el martilleo tenaz de la lluvia golpeando las placas de zinc del tejado del faro.
Secret Garden emergió de los altavoces con una cadencia hipnótica, flotando sobre capas de teclados etéreos, guitarras con delay y una línea de bajo sinuosa que parecía deslizarse bajo la niebla cantábrica. Sin un texto cantado convencional, apoyada únicamente en coros vocales sugerentes y una melodía sinuosa, la pieza transportó la habitación a un territorio de introspección casi mística.
—Porque es el refugio —dijo Mercedes, bajando el volumen apenas un milímetro para que la melodía se fundiera con el zumbido de la tormenta exterior—. En un álbum tan cargado de tensiones conceptuales sobre la guerra de sexos, Secret Garden funciona como un oasis de paz interior. Alan Parsons era un mago del espacio estéreo; sabía cómo distribuir los silencios y las reverberaciones para que la música respirase. Este jardín secreto no es el de un amante; es ese territorio íntimo que toda mujer tiene derecho a preservar para sí misma, lejos de las miradas ajenas, del control de la pareja y de los mandatos familiares.
—Yo tardé cuarenta años en construirme el mío —confesó Carmen, contemplando el halo de vapor de su infusión—. Cuando mis hijos se casaron y se fueron a Bilbao, todo el mundo esperaba que me mudara con ellos para criar a los nietos y planchar camisas ajenas. Me decían que una mujer sola en este acantilado se volvía loca con el viento del norte. Y yo les dije que no. Que mi jardín era este mirador, mis cuatro geranios en la tapia de piedra y mis tardes leyendo al sol sin tener que pedirle permiso a ningún reloj. El silencio propio cuesta muy caro a las mujeres, Clara. Te lo cobran a precio de llamarte egoísta.
—A mí me llamaron egoísta por no querer tener hijos el año pasado —dijo Clara, con un temblor en la voz que ya no era de miedo, sino de determinación contenida—. Sergio me decía que un hijo nos uniría, que me quitaría esas «manías de independencia». Como si la maternidad fuera un remedio milagroso para salvar una relación podrida desde la raíz. Mi jardín secreto eran mis cuadernos de campo, mis expediciones oceanográficas, ese rato en cubierta a las cinco de la mañana viendo salir los delfines. Y él quería talar ese bosque para plantar un salón familiar domesticado.
—Nadie tiene derecho a invadir tu jardín, Clara —reafirmó Mercedes, mirándola fijamente a los ojos—. Ni un hombre con anillo, ni un jefe con corbata, ni siquiera una madre que a veces pretenda saber más que tú. Parsons entendió que el misterio femenino no era una amenaza ni un enigma a descifrar; era simplemente una soberanía que no se negocia. Y lo plasmó en estos cuatro minutos de pura atmósfera sonora.
La última nota de sintetizador flotó en el aire hasta apagarse por completo. Fuera, el viento parecía haber alcanzado su cota máxima, sacudiendo los ventanales con un golpe seco que hizo saltar una chispa en el cuadro de interruptores de la estación de Cabo Mayor. Mercedes se levantó con tranquilidad, ajustó una palanca del cuadro y volvió al centro de la sala justo cuando comenzaban los acordes del cierre definitivo.
La dulce y nostálgica voz de Lesley Duncan —la primera mujer que cantaba como solista principal en un álbum de The Alan Parsons Project— se adueñó de la sala con una serenidad luminosa. If I Could Change Your Mind desplegó sus arreglos de cuerda orquestados con elegancia, acompañando una melodía de despedida que no destilaba rencor, sino la lucidez pacífica de quien sabe que una puerta debe cerrarse para que no se apague la propia vida.
—Por fin una mujer al micrófono —dijo Clara, con una media sonrisa que iluminaba por primera vez su rostro cansado—. Hacía falta que entrara ella para poner las cosas en su sitio.
—Fue una decisión maestra y absolutamente necesaria de Eric Woolfson y Alan Parsons —explicó Mercedes, cruzándose de brazos mientras la melodía alcanzaba el estribillo—. Meter a Lesley Duncan cerrando el disco fue el verdadero acto de justicia del proyecto. Después de ocho temas donde los vocalistas masculinos se debaten entre la ira, el rencor, la arrogancia y la autocompasión, llega la voz femenina y no responde con gritos ni con venganza. Responde con madurez y desapego. Dice: «Si pudiera hacerte cambiar de opinión, lo intentaría; pero sé que ya no hay marcha atrás». Es la elegancia de la renuncia lúcida.
—La despedida sin drama —apuntó Carmen, asintiendo con la cabeza al compás del vals pop—. Cuando se termina algo, Clara, no hay que montar un tribunal ni esperar que el otro entienda por qué te vas. Se cogen los bártulos, se da las gracias por los días buenos y se echa a andar. Las mujeres nos desgastamos intentando convencerlos de que nos escuchen, de que cambien, de que vean lo que nos hacen. Y este disco te enseña que no hay nada que cambiar en la cabeza de quien no quiere ver.
—Es verdad, mamá... —admitió Clara, respirando hondo por primera vez en muchas horas, sintiendo cómo el aire llenaba sus pulmones sin la opresión de los últimos meses—. Durante meses pensé que si le explicaba mejor las cosas a Sergio, si le hacía entender lo mucho que me dolía su frialdad, él lo captaría. Creía que la culpa era mía por no saber comunicarme. Y escuchando a Lesley cantar esto, me doy cuenta de lo estúpida que fui. No se puede salvar a quien se complace en su propia ceguera.
—No fuiste estúpida, hija; fuiste generosa —concluyó Mercedes, poniendo una mano firme y cálida sobre el hombro de su hija—. Pero la generosidad se acaba donde empieza el desprecio. Este cierre de Eve es brillante porque rompe con el melodrama barato: Parsons cierra con una instrumentación luminosa, casi pastoral, donde la orquesta se despide con una majestad que huele a amanecer, a camino despejado. La historia de la mujer no termina en el lamento; termina en la decisión de ser libre, cueste lo que cueste.
La canción se extinguió en un desvanecimiento orquestal perfecto, dejando a su paso el suave chasquido cíclico de la aguja rebotando contra el surco de salida del vinilo.
Mercedes levantó el brazo del giradiscos y devolvió la aguja a su reposo. En ese preciso instante, un chasquido metálico resonó en el exterior: el grupo electrógeno del faro tosió dos veces y se detuvo, dejando la estancia iluminada únicamente por las brasas de la estufa de gas y por el haz rítmico, blanco y eterno del Faro Cabo Mayor, que continuaba barriendo la noche a través del cristal, proyectando sobre las tres mujeres una luz limpia que disipaba de golpe todas las sombras del pasado.
Epílogo y Reseña
Publicado formalmente el 27 de agosto de 1979 bajo el sello discográfico Arista Records y grabado en los míticos Super Bear Studios de Berre-les-Alpes en Francia, Eve representó el cuarto álbum de estudio conceptual de The Alan Parsons Project, consolidando la transición de la banda hacia un sonido donde la sofisticación del rock progresivo abrazaba con absoluta maestría las texturas pulidas del soft rock y del synth-pop de finales de los setenta.
El disco alcanzó un éxito comercial incontestable en el mercado europeo, liderando las listas de ventas en Alemania —donde se convirtió en disco de platino y despachó cientos de miles de copias gracias al arrollador éxito de su tema de apertura instrumental «Lucifer»— y conquistando la certificación de disco de oro en los Estados Unidos al situarse en el puesto número trece del influyente ranking de Billboard 200.
Concebido originalmente por Eric Woolfson como un homenaje multidisciplinar a figuras femeninas de enorme trascendencia histórica como Juana de Arco antes de virar hacia un estudio conceptual más amplio y espinoso sobre la psique de la mujer y las fricciones de la guerra de sexos, el trabajo fue recibido con frialdad y cierta suspicacia por la prensa musical anglosajona de la época, que tachó sus textos de misóginos o condescendientes y consideró su propuesta lírica un ejercicio de cinismo burgués poco afortunado.
Sin embargo, con el paso de las décadas y la serenidad que otorga el tiempo, la crítica musical contemporánea ha sabido redescubrir en Eve una obra maestra de ingeniería sonora, destacando la milimétrica pulcritud de sus mezclas orquestales, el adelantado uso rítmico de sintetizadores y secuenciadores que anticiparon el techno-pop de los ochenta y la valiente decisión de cerrar la obra con la voz luminosa y balsámica de Lesley Duncan, convirtiéndolo en uno de los episodios más singulares, arriesgados y redondos de la edad dorada del rock conceptual del siglo XX.
La Opinión del Yeyo
Reconozco que este Eve, fue uno de mis últimos hallazgos en la discografía de The Alan Parsons Project; lo descubrí tarde y mal; después de tantos buenos discos y tan buen sonido, no creí que este me aportara algo nuevo del ingeniero de sonido Parsons. Mi primera audición de este disco no fue ni lo metódica, ni lo introspectiva que me gusta a mi que sea. Pero era lo que había. No me atrajo, ni me dijo nada. Y lo aparqué. Pero con el tiempo, allá por los años 90, me volví a fijar en el, y esta vez si lo escuché como se merecía. Y efectivamente, caí cautivado por la belleza de sus melodías, y su estilo mas suave, mas delicado; creí ver en muchas de sus canciones un toque femenino, y es que su temática es esa, la femineidad y la sutileza de sus sonidos, y la forma de interpretarlos. Sin duda, era algo diferente a lo que estaba acostumbrado respecto de Alan Parsons, pero me gustó, y conforme lo escuchaba me gustaba mas. Tiraba hacia el pop, mas que hacia el rock progresivo. Y su sonido y sintetizadores, nos estaban dando pistas de lo que sería el estilo de los 80. A toro pasado, lógicamente se ven mejor las cosas, pero yo creí ver en Eve, algo mas parecido a los discos posteriores, que a los anteriores. Era un paso previo a lo que vendría después.
Y en un disco tan femenino, era de cajón, que hubiera alguna voz femenina, como así fue. Y esas dos canciones, suenan maravillosamente bien con las voces de Clare Torry y Lesley Duncan. Pero no son las únicas. Hay canciones que sugieren temas tan sensibles como Secret Garden, que tiene ese cambio tan hermoso en medio de la canción, y que me deja extasiado; o Winding Me Up, que en aquellos tiempos podría parecer una mariconada de canción, sin embargo yo la ví muy delicada y muy dulce; o el sumum de la fragilidad, You Won't be There, que te deja con el corazón en un puño...
Como todo disco de Alan Parsons, no podía faltar la introducción instrumental, de Lucifer, que es un pedazo de tema, impresionante, e impactante, para mi es la joya del disco, y una de esas canciones instrumentales que se encumbran en la cima de la música, y se recuerdan por siempre. En Las Joyas del Yeyo la podréis disfrutar, junto a otras tantas piezas de museo, que contiene mi joyero.
Y finalmente, quiero darle a este discazo, Eve, el sitio que se merece en La Playlist del Yeyo, pues es un autentico bombazo de la época...Y The Alan Parsons Project, lo merece.
Y La Playlist del Yeyo, también...
Si te consideras admirador, fan o simplemente quieres entretenerte un poco más con este ingeniero de sonido tan creativo, que es Alan Parsons, te propongo que le eches un vistazo a estos nuevos post de La Playlist del Yeyo, que versan sobre algunos discos del Proyecto de Alan Parsons, como por ejemplo,
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