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Bienvenidos a La Playlist del Yeyo

Bienvenid@ a mi rincón musical del siglo XX. Donde vive la magia.

Si decides navegar por estos mares, pronto descubrirás que me he quedado anclado en el siglo pasado. Y no podría estar más orgulloso. Este pequeño fondeadero, perdido en el vasto océano de internet, es un lugar donde las historias suenan y la música se cuenta. ¿O es al revés? El caso es que en sus publicaciones te narro relatos con banda sonora. ¡O quizá te convierto un disco en narrativa! ¡Bueno, no sé!

Tú decides si vienes por las historias o por las canciones. Este fondeadero abraza ambas cosas. En cualquier caso, aquí se combinan narrativa y buena música. La mejor música del siglo XX.
Publicado enero 05, 2026 por Aurelio Vázquez Sánchez con 0 comentarios

The Kinks Are the Village Green Preservation Society

Interpretación visual de Green Village de The Kinks-La Playlist del Yeyo

📊 DATOS CLAVE:Obra cumbre del Pop Barroco y el Rock Conceptual | Defensa poética de las tradiciones inglesas frente al progreso | Álbum de culto que influyó decisivamente en el Britpop | Último disco de la formación original de los Kinks.


"al escucharlo, detecto un toque retro, muy retro, muy antiguo, esos instrumentos, ese clavicordio, ese toque de music hall británico, de los primeros años del siglo XX, ese toque casi infantil y sobre todo nostálgico, y de añoranza"


Menú de Contenido:

  • 1. Operación: Mermelada de fresa (Narrativa)
  • 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
  • 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
  • 4. Epílogo y Reseña técnica
  • 5. La Opinión del Yeyo

Operación: Mermelada de Fresa

CAPÍTULO UNO: El Fax que Llegó del Frío (Futuro)

El año era 1989. Un año extraño, si me permiten la observación. El Muro de Berlín estaba a punto de caer, pero en el pequeño pueblo de Little Dribbling-on-the-World, la preocupación principal seguía siendo si la Sra. Miggins ganaría el concurso anual de calabacines gigantes por décimo año consecutivo.

Little Dribbling era uno de esos lugares que los mapas modernos tendían a olvidar, una pequeña verruga de excentricidad británica incrustada en el verde paisaje de los Cotswolds. Era un lugar donde el tiempo no se detenía, pero ciertamente, arrastraba los pies.

Arthur Pendelton, nuestro héroe reacio, regentaba "Pendelton’s Curios & Teas", una tienda que olía permanentemente a polvo de lavanda y galletas digestive rancias. Arthur era un hombre de cuarenta y cinco años que parecía tener sesenta desde que cumplió los veinte. Usaba chalecos de rombos sin ironía alguna y consideraba que la introducción del microondas era el principio del fin de la civilización occidental.

El Archivo Multimedia

archivo multimedia

Aquella mañana de martes de noviembre, el aire era gris y húmedo, el tipo de clima inglés que te cala hasta los huesos y te hace cuestionar tus decisiones vitales. Arthur estaba quitando el polvo a una tetera victoriana con forma de coliflor cuando sucedió.

El monstruo en la esquina de la tienda despertó.

Era una máquina de fax. Un armatoste de plástico beige que Arthur había comprado a regañadientes el año anterior porque su sobrino de Londres le dijo que era "el futuro de los negocios, tío Arty". Hasta la fecha, solo había servido para recibir publicidad de suministros de oficina al por mayor.

La máquina pitó, chirrió y comenzó a vomitar papel térmico rizado con un sonido agónico, como un robot con indigestión. Arthur se acercó con cautela, como si se acercara a un tejón herido.

Arrancó el papel brillante. La cabecera tenía un logotipo agresivo: un águila calva con gafas de sol y un maletín, sobre las letras "GLOBAL AMUSECORP INTERNATIONAL".

el fax fatídico

Arthur ajustó sus gafas de lectura. Cuanto más leía, más pálido se volvía su rostro, superando el tono de la leche desnatada y acercándose al de la porcelana fina.

El fax no era un pedido de teteras. Era una notificación de compra obligatoria. Global Amusecorp, un conglomerado con sede en Delaware, Estados Unidos, había adquirido los derechos sobre el 80% de los terrenos de Little Dribbling, incluyendo el sagrado "Village Green" (el prado comunal), el pub "The Tudor Rose" y, horriblemente, su propia tienda de curiosidades.

El propósito: la construcción de "Ye Olde England Adventure World™", un parque temático interactivo de 500 hectáreas.

Arthur leyó una frase que le heló la sangre: "La autenticidad será reemplazada por una experiencia de cliente mejorada. Se demolerá el roble centenario para dar paso a la montaña rusa 'El Vuelo del Dragón'. El pub local será sustituido por un patio de comidas temático con franquicias de hamburguesas".

¡Santo cielo! murmuró Arthur, sintiendo que el mundo se inclinaba bajo sus pies.

Salió de la tienda, olvidando ponerse su abrigo de tweed. Caminó hacia el centro del pueblo, hacia el Village Green. El prado estaba desierto, salvo por un pato con aspecto gruñón cerca del estanque. El gran roble, bajo el cual generaciones de amantes se habían tallado promesas y los ancianos habían dormido siestas bajo el sol de agosto, se erguía majestuoso e ignorante de su destino.

Arthur necesitaba ayuda. Necesitaba un ejército. Pero todo lo que tenía era Little Dribbling.

El Podcast del Yeyo

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Su primera parada fue el pub. Eran las 11:30 de la mañana, una hora perfectamente respetable para una crisis. Empujó la pesada puerta de "The Tudor Rose". El olor a cerveza rancia, humo de cigarrillo añejo y vinagre de las patatas fritas lo golpeó como un abrazo familiar.

Detrás de la barra estaba Vic, el tabernero, que llevaba un trapo al hombro que probablemente había visto la coronación de la Reina Isabel II. Y en la esquina de siempre, frente a una pinta de cerveza negra a medio terminar, estaba Walter.

Walter Higgins. En 1968, Walter había sido el capitán del equipo de rugby de la escuela local, un coloso de músculos y gomina que hacía suspirar a las chicas del instituto. Ahora, en 1989, Walter era una masa esférica de melancolía enfundada en una cazadora Harrington que le quedaba dos tallas pequeña. Su cabello había emigrado de su cabeza a sus orejas.

Walter, -dijo Arthur, depositando el fax sobre la mesa pegajosa. - Tenemos un problema. Quieren convertir el pueblo en Disneylandia.

Walter eructó suavemente, miró el papel sin leerlo realmente y suspiró con la profundidad de un filósofo griego.

con Walter en el pub

¿Sabes, Arthur? -dijo Walter, con la mirada perdida en la espuma de su cerveza. - A veces me siento aquí y trato de recordar cómo era todo antes de que... bueno, antes de que todo se volviera tan rápido. ¿Te acuerdas de cuando robamos esas sidras y nos escondimos detrás del pabellón de críquet? Parecía que el verano iba a durar para siempre.

Arthur asintió. La nostalgia de Walter era un pozo sin fondo, pero era el combustible que necesitaban.

Lo recuerdo, Walter. Y por eso tenemos que luchar.

Arthur se acercó a la vieja máquina de discos del rincón. Una Wurlitzer que Vic mantenía funcionando a base de patadas y rezos. Arthur rebuscó en sus bolsillos, sacó una moneda de cincuenta peniques y buscó un disco muy concreto. No era Bon Jovi, ni Madonna, ni ninguno de esos ruidos modernos que sonaban en la radio.

Era un disco que había estado allí desde que Arthur tenía memoria. Un disco que sonaba a madera vieja, a clavicordios y a una resistencia amable. Era, The Kinks are the Village Green Preservation Society. La aguja cayó sobre el vinilo con un crujido reconfortante. Y comenzó así, la primera canción del álbum. The Village Green Preservation Society

Mientras la voz nasal y absolutamente británica de Ray Davies llenaba el pub, cantando “We are the Village Green Preservation Society / God save Donald Duck, vaudeville and variety”, Arthur vio cómo los ojos de Walter se enfocaban.

Este disco... -murmuró Walter-. Siempre me ha hecho sentir triste y feliz al mismo tiempo. Es como... como si supieran que todo esto iba a desaparecer incluso antes de que sucediera.

Exacto, Walter -dijo Arthur, sintiendo una oleada de determinación.

 Ray Davies no escribió esto como una canción bonita. Lo escribió como un manifiesto. Somos nosotros. Somos la Sociedad de Preservación del Village Green. Y maldita sea si vamos a dejar que unos yanquis con hombreras y teléfonos de ladrillo nos quiten nuestra mermelada de fresa y nuestra partida de dardos de los martes.

Arthur vio cómo Walter bajaba la mirada hacia sus manos callosas. El silencio que siguió fue denso, cargado de los veinte años que habían pasado desde que ambos se creían dueños del mundo. Arthur recordó al Walter de 1968: el chico que juraba que se mudaría a Australia, que nunca se casaría y que siempre mantendría ese fuego rebelde en los ojos. Ahora, Walter solo quería que no le movieran su banqueta favorita del pub.

Arthur volvió a la máquina de discos. Buscó la pista número dos. Necesitaba que Walter se enfrentara a su propio reflejo, no en un espejo, sino en una melodía. La de Do You Remember Walter?

Mientras la canción arrancaba con ese ritmo trotón y directo, y la voz de Ray Davies empezaba a preguntar por ese Walter que "solía prometer que iría a todas partes", Arthur observó a su amigo.

Es una canción curiosa, pensó Arthur. Musicalmente es casi alegre, pero la letra es un puñetazo en el estómago sobre la pérdida de la inocencia. Davies canta sobre cómo la gente cambia y cómo, al final, "el mundo es tan grande, pero no tenemos a dónde ir". Es una crítica feroz a la complacencia, envuelta en una melodía pop perfecta que te hace querer bailar mientras se te rompe un poquito el corazón.

Walter escuchaba con la cabeza gacha. Una pequeña sonrisa, triste y sabia, asomó en la comisura de sus labios cuando la canción mencionó que Walter "probablemente ahora está gordo y casado, y no querría hablar conmigo de todos modos".

Me tiene calado, ¿verdad, Arthur? -dijo Walter con un hilo de voz, palmeándose su prominente barriga. - El jodido Ray Davies me vio venir hace veinte años. Me convertí en el tipo que se queda en casa porque va a llover. Me convertí en el Walter de la canción.

Todos somos un poco Walter ahora, amigo mío -respondió Arthur con suavidad-. Pero la canción también dice que "los recuerdos son frescos, aunque el tiempo pase". Todavía queda algo de ese chico de 1968 ahí dentro. Solo necesito que lo saques a pasear una última vez. Si nos quitan el pueblo, Walter, ya no nos quedarán ni los recuerdos. Solo nos quedará la nada.

Walter apuró su pinta de un trago, golpeó el cristal contra la madera con un sonido seco y se puso en pie, enderezando su maltrecha cazadora Harrington.

johnny thunder en su moto

Está bien, Arthur. Si vamos a ser una reliquia del pasado, seamos la reliquia más difícil de mover de toda Inglaterra.

La puerta del pub se abrió de golpe, dejando entrar un chorro de luz gris y un estruendo de motor malcarado que había cesado justo fuera.

En el umbral se recortaba una figura. Llevaba una chaqueta de cuero negro tan desgastada que parecía gris en las costuras, pantalones de pitillo y unas botas que pedían a gritos una jubilación. El pelo, teñido de un negro ala de cuervo nada natural para un hombre de 47 años, estaba peinado en un tupé desafiante que luchaba contra la gravedad y la alopecia incipiente.

Era Sidney Albright, aunque nadie lo llamaba así desde 1974. Él insistía en que le llamaran "Johnny Thunder".

¿Qué pasa, pringaos? -dijo Sid, masticando un chicle con una agresividad innecesaria-. He oído la llamada de la selva. ¿Quién ha puesto esta reliquia? ¡Pensé que estábamos en la era del Rock and Roll!

—Sid, siéntate —dijo Arthur, cansado—. Esto no es rock and roll, es una llamada a las armas. El enemigo está a las puertas y conduce un Ford Sierra Cosworth.

CAPÍTULO DOS: El Plan de Batalla y los Recuerdos en Sepia

La "Sociedad de Preservación" se reunió esa noche en la trastienda de la tienda de Arthur, rodeados de teteras que parecían juzgarles en silencio. El grupo era, siendo generosos, variopinto.

Estaban Arthur, Walter y Sid "Johnny Thunder". Se les unió la Sra. Miggins (la de los calabacines gigantes, que poseía una fuerza sorprendente en sus brazos de anciana), y el Vicario Thomas, un hombre tan tímido que pedía perdón a los muebles si se tropezaba con ellos, pero que consideraba el proyecto del parque temático una "afrenta directa al Todopoderoso y a la estética georgiana".

El enemigo llega el viernes -explicó Arthur, señalando un mapa del pueblo con círculos rojos-. Un tal Chad Hogan, vicepresidente de adquisiciones de Global Amusecorp. Viene a "finalizar el trato con las autoridades locales", lo que significa sobornar al alcalde con un almuerzo caro y promesas de un campo de golf.

sociedad de preservacion

¿Podemos pincharle las ruedas de su coche? -sugirió Sid, sacando una navaja automática que se atascó a mitad de camino. La sacudió un par de veces hasta que la hoja salió con un 'clic' poco convincente.

Demasiado vulgar, Sid -dijo Arthur-. No somos vándalos. Somos preservacionistas. Nuestra resistencia debe ser... orgánica. Británica. Pasiva-agresiva pero letal.

¿Qué sugiere, Sr. Pendelton? -preguntó el Vicario Thomas, frotándose las manos nerviosamente.

Necesitamos recordarles, y recordarnos a nosotros mismos, qué es lo que estamos salvando -Arthur se levantó y fue hacia una vieja estantería. Sacó un álbum de fotos grande, encuadernado en cuero raído. El olor a humedad y papel viejo llenó la habitación.

Abrió el álbum sobre la mesa. Las fotos estaban en tonos sepia y colores desvanecidos por el sol de décadas pasadas.

Mirad esto. La feria de verano de 1955. El jubileo de plata del 77. Walter ganando la carrera de sacos cuando tenía doce años...

Los rostros alrededor de la mesa se suavizaron. Incluso Sid dejó de intentar parecer peligroso. Las imágenes mostraban un mundo más simple, sí, tal vez más ingenuo, pero un mundo con textura, con comunidad.

Esto es lo que el disco de los Kinks capturó tan perfectamente -dijo Arthur, pasando las páginas con reverencia-. Esa sensación de que el pasado no es algo muerto, sino un álbum de fotos que puedes abrir y visitar. Davies sabía que la modernidad es inevitable, pero nos advertía sobre vender nuestra alma por conveniencia. Este disco no es reaccionario, es... es un abrazo a lo que somos antes de que olvidemos quiénes fuimos.

Arthur señaló el viejo tocadiscos portátil que había traído de la tienda.

¡Música, maestro! -dijo, mirando a Walter.

Walter, con dedos temblorosos y gruesos como salchichas, puso la siguiente pista. Picture Book

El ritmo alegre y casi infantil de la canción, con esa batería seca y las armonías vocales que sonaban como un coro de barbería bajo los efectos del LSD, llenó la habitación. Mientras miraban las fotos al ritmo de la música, una idea comenzó a formarse en la mente de Arthur.

¡Eso es! -exclamó Arthur, golpeando la mesa y haciendo saltar una azucarera-. No podemos luchar contra ellos con dinero o abogados. Tenemos que luchar contra ellos con... ¡con Little Dribbling!

¿Qué quieres decir? -preguntó Sid.

El viernes es la feria anual de otoño en el Village Green. El Sr. Hogan vendrá a firmar los papeles allí mismo, para una "oportunidad fotográfica con el sabor local". Bien, le daremos sabor local. Le daremos tanto sabor local que se atragantará con él.

Arthur comenzó a repartir tareas.

Sra. Miggins, necesito toda la mermelada de fresa que tenga. La más pegajosa. La que ganó el lazo azul en el 83.

Tengo veinte frascos en la despensa, querido. Son prácticamente cemento dulce.

Perfecto. Vicario, usted se encargará de la megafonía de la feria. Necesito que este disco, este disco específico, suene en bucle. Nada de Wham!, nada de Phil Collins. Solo Ray Davies y los chicos.

Será como un sermón musical, Sr. Pendelton -dijo el Vicario, con los ojos brillando con un fervor inusual.

Walter, tú reúnes al viejo equipo de críquet. Quiero que estéis practicando en el Green. Y quiero que vuestros lanzamientos sean... "accidentalmente" imprecisos cuando el Sr. Hogan esté cerca.

Walter asintió solemnemente, como si le hubieran pedido defender el Muro de Adriano.

¿Y yo qué? -preguntó Sid, sintiéndose dejado de lado, girando su navaja atascada.

Arthur lo miró. Sid era un anacronismo viviente. Un hombre que se negaba a aceptar que los 60 habían terminado, aferrándose a una imagen de rebeldía que ya solo existía en su cabeza y en las canciones. Era patético, pero también, de alguna manera, heroico.

Sid... tú serás nuestro elemento de caos. Tú serás nuestro Johnny Thunder. Necesito que tu moto haga más ruido que nunca. Necesito que seas la encarnación de la molestia local. ¿Crees que tu vieja Triumph puede aguantar?

Sid sonrió, mostrando un diente de oro.

Nena, mi Triumph es como yo. Vieja, ruidosa y peligrosa para la salud pública.

Arthur puso una mano sobre el hombro de Sid.

Esta noche, Sid, la historia no la escriben los vencedores. La escriben los que tienen el amplificador más ruidoso. Y sonó Johnny Thunder

La canción, con su riff de guitarra crujiente y su letra sobre un rebelde local que vive de su reputación, resonó en la noche mientras Sid salía a arrancar su moto. El motor tosió, escupió humo negro y finalmente rugió con una furia asmática. Era el sonido de la resistencia. O al menos, el sonido de una necesidad urgente de un cambio de aceite.

CAPÍTULO TRES: El Día D (Día de la Mermelada)

El viernes amaneció con una llovizna que parecía diseñada para arruinar peinados con laca. El Village Green, sin embargo, estaba bullicioso. Puestos de pasteles, juegos de lanzar anillas a botellas que nadie ganaba nunca, y la tienda de la tómbola del Vicario estaban en pleno funcionamiento.

Y sobre todo ello, flotaba la música. El sistema de megafonía, que solía anunciar niños perdidos, estaba transmitiendo The Kinks Are the Village Green Preservation Society a un volumen que hacía vibrar las ventanas del pub. La música barroca, psicodélica y pastoral creaba una atmósfera surrealista bajo el cielo gris de 1989. Era como si el pueblo hubiera sido transportado a una dimensión de bolsillo donde el "Verano del Amor" nunca terminó, solo se volvió un poco más húmedo.

A las 2:00 PM, llegó el enemigo.

Un convoy de tres coches negros y relucientes, demasiado grandes para las estrechas carreteras del pueblo, se detuvo frente al Green. Del coche central emergió Chad Hogan.

Hogan era todo lo que Arthur había temido y más. Tenía un bronceado de cabina de rayos UVA que rozaba el naranja radioactivo, un traje italiano gris tiburón con hombreras que podrían aterrizar un avión, y sostenía un teléfono móvil del tamaño de un ladrillo de hormigón contra su oreja.

¡Sí, JB! ¡Estamos en el sitio! ¡Es pintoresco como el infierno! ¡Vamos a arrasar con todo esto y poner el patio de comidas justo donde está ese árbol feo! ¡Será una mina de oro! -gritaba Hogan al teléfono, ignorando a los lugareños que lo miraban.

El alcalde, un hombrecito sudoroso con una cadena de oro demasiado grande, se acercó a recibirlo, con los contratos bajo el brazo.

Sr. Hogan, bienvenido a Little Dribbling. Todo está listo para la firma...

Genial, genial. Hagámoslo rápido. Este aire fresco me está dando alergia -dijo Hogan, chasqueando los dedos a sus asistentes.

Fue entonces cuando comenzó la Operación Mermelada de Fresa.

Arthur hizo una señal discreta desde detrás del puesto de pasteles.

El Vicario Thomas subió el volumen de la música. La canción cambió. Una melodía hipnótica, impulsada por un clavicordio y una línea de bajo descendente, llenó el aire. Era una canción sobre la obsesión por la fama y el brillo superficial, perfecta para el Sr. Hogan. Starstruck

Hogan miró a su alrededor, confundido por la música. -¿Qué demonios es esto? ¿Música del siglo pasado? ¡Pensé que esto era Inglaterra, no el siglo XVIII!

Mientras Hogan estaba distraído por la música, la Sra. Miggins "tropezó" accidentalmente cerca del convoy de coches. Tres frascos de su mermelada de fresa de competición "cayeron" y se rompieron justo debajo de los neumáticos del coche principal y en los tiradores de las puertas. La sustancia roja y viscosa se adhirió al metal y a la goma como si tuviera vida propia.

Hogan se dirigió hacia una mesa preparada en el centro del Green para la firma. Walter y su equipo de "críquet" estaban cerca. Walter, con una concentración que no había mostrado desde 1968, lanzó una bola de críquet dura como una piedra.

La bola voló en un arco perfecto. No golpeó a Hogan, eso sería ilegal. Pero golpeó con precisión milimétrica el gran tintero de plata ceremonial que el alcalde había traído para la firma.

¡CLANG!

El tintero voló por los aires, rociando tinta azul permanente sobre los contratos inmaculados y, más importante aún, sobre el traje italiano de 2.000 dólares de Chad Hogan.

¡MI TRAJE! ¡ESTO ES ARMANI, MALDITOS PALETOS! -rugió Hogan, volviéndose púrpura bajo su bronceado naranja.

¡Oh, lo siento terriblemente, buen hombre! -gritó Walter, fingiendo consternación-. ¡Un poco de efecto inesperado en el lanzamiento!

Hogan, furioso, intentó volver a su coche para cambiarse o huir. Agarró el tirador de la puerta. Su mano quedó pegada instantáneamente por la mermelada de la Sra. Miggins. Tiró, pero su mano estaba fusionada con el coche.

¡¿PERO QUÉ ES ESTO?! ¡ES PEGAJOSO! ¡HUELE A FRUTA!

caos en village green

En ese momento, el rugido de una bestia despertó. Sid "Johnny Thunder" apareció por el extremo norte del Green en su Triumph. Iba a una velocidad de al menos 40 kilómetros por hora, que para él era la velocidad de la luz.

Sid vio su oportunidad. Apuntó la moto directamente hacia la mesa de firmas, derrapó en el césped mojado (intencionadamente, juraría él más tarde) y comenzó a hacer círculos alrededor de Hogan, el alcalde y los asistentes, levantando una nube de barro, agua y humo de escape.

Hogan tosía, con la mano pegada al coche, cubierto de tinta, ensordecido por la moto de Sid y la música de The Kinks que seguía sonando implacable.

¡ESTO ES UN MANICOMIO! ¡SOIS UNOS SALVAJES! -gritó Hogan.

Arthur se acercó tranquilamente, ofreciéndole un pañuelo de tela.

No, Sr. Hogan. Somos una comunidad. Y somos un poco particulares sobre quién compra nuestro césped. Le sugiero que le diga a "JB" que Little Dribbling no está en venta.

Hogan logró despegar su mano con un sonido de succión repugnante. Miró el barro, la tinta, la mermelada, a Sid dando vueltas como un loco en su moto humeante, y al pato gruñón que le picoteaba los zapatos italianos.

¡Al diablo con esto! ¡Hay campos más fáciles de comprar en Escocia! ¡Vámonos!

Hogan se metió en el coche, manchando el interior de mermelada. Los coches arrancaron, patinando sobre la mermelada y el barro, y salieron a toda velocidad del pueblo, perseguidos por Sid en su moto hasta el límite del condado, haciéndoles cortes de manga con ambas manos.

CAPÍTULO CUATRO: La Calma Después de la Mermelada

La victoria fue dulce, literalmente. El pueblo celebró en "The Tudor Rose" hasta altas horas de la noche. Walter bebió suficientes pintas para olvidar que ya no tenía veinte años, y Sid contó la historia de cómo "casi decapita al yanqui con su rueda delantera" tantas veces que al final de la noche la historia incluía helicópteros y explosiones.

despues de la tormenta, la calma

Arthur, sin embargo, se escabulló temprano.

Necesitaba aire. Caminó hacia el río que bordeaba el pueblo. La lluvia había parado y la luna se asomaba entre las nubes. Se sentó en el banco de madera cerca del agua. El subidón de adrenalina había pasado y ahora sentía ese cansancio profundo que viene después de defender algo que amas.

Sabía que solo habían ganado una batalla. El mundo moderno, con sus faxes y sus parques temáticos, volvería. No podían detener el tiempo. Little Dribbling cambiaría, tarde o temprano.

Arthur sacó su pequeño walkman de casete y se puso los auriculares. La canción que eligió no era de celebración ruidosa. Era una canción de aceptación. Era Sitting by the Riverside

La música, con su piano de music-hall y su ritmo perezoso y soñador, describía perfectamente el momento. La sensación de ver el río fluir, dejando que el mundo siga su curso frenético mientras tú te tomas un momento para simplemente estar. Ray Davies entendía que la verdadera preservación no es congelar las cosas en ámbar, sino apreciar los momentos de paz antes de que la corriente te arrastre de nuevo.

Arthur cerró los ojos, escuchando el agua y la música. Por hoy, el roble estaba a salvo. Mañana, ya se vería.

A la mañana siguiente, el Village Green estaba tranquilo de nuevo. Solo quedaban algunas huellas de neumáticos en el barro y un ligero olor a fresa en el aire.

Arthur abrió su tienda. El fax estaba en silencio.

Se dirigió al tocadiscos y puso una nueva canción del disco. La que daba título al lugar que habían defendido. Village Green. Una canción que empieza suave, como un himno religioso, y poco a poco va evolucionando hasta convertirse en una declaración de amor a un lugar físico y a un estado mental.

Arthur miró por la ventana hacia el prado verde.

We are the Village Green Preservation Society -canturreó en voz baja, limpiando una mota de polvo de una tetera.

Sí, lo eran. Y mientras hubiera mermelada, discos de vinilo y un poco de excentricidad británica en sus corazones, seguirían siéndolo.

Epílogo y Reseña

icono radio

"The Kinks Are the Village Green Preservation Society" fue publicado el 22 de noviembre de 1968 por Pye Records en el Reino Unido y Reprise Records en Estados Unidos. Curiosamente, y para desgracia de la banda en su momento, el álbum fue un fracaso comercial estrepitoso tras su lanzamiento. No logró entrar en las listas de éxitos ni en el Reino Unido ni en los Estados Unidos, un hecho sorprendente considerando la racha de éxitos previos de la banda como "You Really Got Me" o "Waterloo Sunset". Sin embargo, la recepción crítica inicial fue generalmente positiva, aunque algo perpleja. En un año dominado por la psicodelia pesada, el blues-rock y los inicios del rock progresivo (pensemos en Hendrix, Cream o el "White Album" de los Beatles), un álbum conceptual suave, pastoral y nostálgico sobre la campiña inglesa, tazas de té, y la preservación de edificios antiguos parecía completamente fuera de sintonía con la contracultura del momento. Ray Davies había creado una obra que miraba hacia atrás mientras el resto del mundo miraba hacia el espacio exterior o hacia la revolución. No hubo singles de éxito que impulsaran las ventas, ya que las canciones funcionaban mejor como un conjunto cohesivo que como piezas individuales para la radio. Con el paso de las décadas, sin embargo, la percepción del álbum ha dado un giro de 180 grados. 

epilogo village green

Hoy en día, es considerado casi unánimemente como la obra maestra de Ray Davies y The Kinks, y uno de los mejores álbumes de pop británico jamás hechos. Su influencia es incalculable, siendo un precursor directo del britpop de los 90 (bandas como Blur o Pulp le deben su existencia a este disco) y del indie pop barroco posterior. La crítica moderna alaba su composición melódica impecable, sus letras ingeniosas y conmovedoras que diseccionan la psique inglesa, y su producción rica en texturas que utiliza clavicordios, mellotrones y arreglos de cuerda y viento para crear su atmósfera única de "pop de cámara". Lo que en 1968 parecía anticuado, hoy se percibe como una cápsula del tiempo atemporal y visionaria, una defensa conmovedora de la memoria y la comunidad frente al avance imparable de la modernidad homogénea. Rolling Stone lo situó en el puesto 255 de su lista de los "500 Mejores Álbumes de Todos los Tiempos" en 2003, subiendo al puesto 84 en la revisión de 2020, lo que demuestra su creciente prestigio. Es, en definitiva, un disco que fracasó en su tiempo para triunfar en la eternidad.


La Opinión del Yeyo

logo opinion

Este es uno de esos discos que he descubierto tarde; pero muy tarde, como que tan solo hace unos meses que lo escuché por primera vez, y me ha encantado. Fue cuando descubrí esta banda, y sus preciosos discos, como es el caso de  Something Else, que también está incluido en La Playlist del Yeyo, y ahora este. Si has leído el epílogo, anterior a esta opinión, habrás visto que en su tiempo, no tuvo ningún éxito. Fue totalmente opacado por grandes discos y bandas, de aquellos años y posteriores. Y quedó abocado al olvido. Yo solo tenía 3 añitos cuando los Kinks publicaron este “The Kinks Are the Village Green Preservation Society ”. Y el olvido es una losa muy pesada para poder ser redescubierto años, incluso décadas, después.

opinion yeyo

Pero el tiempo, tiene mucha paciencia, y una fuerza muy poderosa, y lo que hoy es negro, mañana, o pasado, o muchos años después, puede ser blanco. Y así ha sido con este gran álbum. Está claro que alguien que lo escuchara en su tiempo, y lo escuche ahora, lo hace con distintos matices y distintos resultados. Lo que antes era de una forma, hoy es de otra. Por lo que a mi respecta, que es de lo que puedo hablar, al escucharlo, detecto un toque retro, muy retro, muy antiguo, esos instrumentos, ese clavicordio, ese toque de music hall británico, de los primeros años del siglo XX, ese toque casi infantil y sobre todo nostálgico, y de añoranza, que lo clava perfectamente Ray Davies, en sus canciones. Muy british todo.

Esto que comento, puede parecer una crítica, sin embargo no lo es; me encanta, me parece un sonido delicioso, unas canciones preciosas para escuchar, y unas melodías muy dulces, algunas quizá demasiado, y muy tiernas; y en estos tiempos de auge de la inteligencia emocional, a algunos, incluso les puede hacer enternecerse, y disfrutar también de esas melodías agradables. Mas de una lágrima de añoranza, saldrá de alguno, No me extraña en absoluto que en los últimos tiempos, este álbum esté creciendo en la memoria, y en el recuerdo de muchos que en aquellos años, lo desterraron por ir contracorriente. Como dice el dicho, nunca es tarde. Yo lo descubrí tarde, mas bien recientemente, pero he caído prendado de el. Abunda mas todavía en la fama de gran compositor que tiene Ray Davies. Y yo personalmente, pienso seguir “descubriendo” cosas de The Kinks, en este siglo XXI. Cumple todos los requisitos para ingresar en La Playlist del Yeyo, por lo que ya está incluido.

Si te consideras admirador, fan o simplemente quieres entretenerte un poco más con esta banda tan genuinamente británica, como es The Kinks, te propongo que le eches un vistazo a estos nuevos post de La Playlist del Yeyo, que versan sobre algunos discos de esta deliciosa banda, como por ejemplo, Something Else by The Kinks, The Ultimate Collection

Podeis visitar la página de La Playlist del Yeyo, en la que están ubicados todos los videos colgados en el blog, a modo de playlist, incluidos los de The Kinks, para que los disfruteis todos juntos, y en el orden que querais. También teneis una página con el Catálogo que contiene todos los discos que tiene relatados y analizados, La Playlist del Yeyo. Y si buscas una canción o un video que no está en La Playlist del Yeyo, lo puedes localizar en el Buscador del Yeyo, procurando especificar bien el video o canción que quieres localizar.

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