Destila todo el talento que tienen los cuatro de Liverpool, aunque ahora por separado. Es como si fueran cuatro solistas que utilizan al resto de meros comparsas de acompañamiento
Menú de Contenido:
- 1. El Enigma del Aston Martin (Narrativa)
- 2. El Archivo Multimedia (Vídeo)
- 3. El Podcast del Yeyo (Audio)
- 4. Epílogo y Reseña técnica
- 5. La Opinión del Yeyo
El enigma del Aston Martin
El limpiaparabrisas del Aston Martin DB5 escupía el agua hacia los lados con un quejido rítmico, mecánico, casi asmático, incapaz de competir contra el diluvio negro que borraba la autopista M1 aquella madrugada del 9 de noviembre de 1966. Al volante, los nudillos tensos y blanquecinos se aferraban al cuero del volante mientras los faros halógenos rasgaban la niebla de Hertfordshire, dibujando siluetas fantasmales entre los árboles del arcén. Un cigarrillo a medio consumir moría en el cenicero, dejando un hilo de humo azulado que flotaba en el habitáculo saturado de estática y del olor denso de la tapicería húmeda. Aquella curva cerrada, un tramo mal iluminado y traicionero cerca de la salida hacia London Colney, apareció de repente, como una boca de lobo dispuesta a devorar el chasis de aluminio. Hubo un destello cegador de luces largas en dirección contraria, un bocinazo sordo que rasgó la noche y un violento volantazo que congeló el tiempo; los neumáticos perdieron su agarre en el asfalto helado, el coche derrapó con un alarido de metal y la oscuridad total se tragó el estruendo del impacto absoluto.
La niebla británica, espesa como el sebo, no tardó en devorar los restos humeantes de la carrocería, borrando de un plumazo el rastro del zurdo más célebre de la historia del pop. Horas después, lejos de los focos de la prensa, se sellaba un pacto de silencio en los sótanos más oscuros del MI5 y las oficinas de Apple Corps: el mito no podía morir, la maquinaria no podía detenerse. Se requería una sustitución perfecta, una cirugía milimétrica de rasgos y un adiestramiento vocal implacable para que un talentoso pero dócil William Campbell ocupara el trono vacío. Sin embargo, el remordimiento y la culpa son fantasmas difíciles de enjaular, y los tres supervivientes de Liverpool decidieron purgar su secreto de la única manera que sabían: sepultando pistas explícitas, lamentos cifrados y confesiones invertidas en los surcos de sus futuros vinilos.
El Archivo Multimedia
Dos años después, exactamente en la medianoche de noviembre de 1968, Arthur Vance permanecía recluido en el sótano de su estación de radio pirata clandestina, un refugio subterráneo cuyas paredes de ladrillo visto estaban cubiertas por miles de discos de vinilo y cables de cobre entrelazados como enredaderas tecnológicas. El aire allí abajo era espeso, impregnado de la fragancia rancia del café recalentado y del magnetismo tibio que desprendían las válvulas incandescentes de su transmisor de onda corta. Sobre la mesa de mezclas de madera gastada descansaba una copia promocional impecable del nuevo doble álbum de The Beatles, una carpeta de un blanco tan nuclear e inmaculado que parecía repeler la penumbra del sótano. La aguja de su tocadiscos Garrard temblaba sutilmente sobre el surco inicial, suspendida como el bisturí de un cirujano a punto de abrir el pecho de una deidad pagana. Arthur arrimó el micrófono de diadema a sus labios, ajustó sus gafas de concha y, con una voz profunda curtida por el tabaco de liar, murmuró hacia el dial de los insomnes: "Londres duerme, pero la aguja ya rasga el silencio; bienvenidos al santuario donde la verdad se pincha a treinta y tres revoluciones por minuto".
El Podcast del Yeyo
Los diales de la ciudad chisporrotearon cuando Arthur subió la ganancia de su micrófono, consciente de que poseía la clave de un misterio que haría tambalear los cimientos de la cultura pop. "Esta noche no venimos a escuchar música fácil, mis queridos noctámbulos; venimos a exhumar un cadáver enterrado bajo el asfalto de Hertfordshire", continuó Arthur, clavando la mirada en los surcos negros del vinilo. "Dicen que el disco es blanco porque representa la pureza del arte, pero yo les digo que es blanco porque funciona como la mortaja de un genio. John, George y Ringo se han encerrado en Abbey Road con un extraño, un impostor que imita su caligrafía melódica pero que carece de su alma. Escuchen con atención, porque los tres de Liverpool nos han dejado el mapa del crimen impreso en cada canción de este álbum doble, un testamento de culpabilidad que pretenden mantener oculto hasta la eternidad".
Con un chasquido seco y rítmico, la aguja cayó sobre el vinilo y un trueno industrial inundó el sótano: el rugido ensordecedor del motor de un avión a reacción que aterrizaba de emergencia, una turbina desbocada que parecía devorar el espacio físico de la habitación. Arthur cerró los ojos y un escalofrío le recorrió la nuca cuando la vibración del bajo comenzó a golpear el diafragma de las cajas acústicas con una fuerza inusual, áspera y directa. Aquella pista no poseía el pulso limpio y sofisticado al que la banda inglesa lo tenía acostumbrado; había una urgencia frenética, casi paranoica, en la forma en que los instrumentos se atropellaban entre si. Abrió su cuaderno de notas, afiló el lápiz con un movimiento rápido y apuntó la primera anomalía en el margen superior de la hoja: "El motor no vuela hacia Moscú, huye de algo que se ha quedado varado en una cuneta inglesa". Back in the U.S.S.R.
—Es una genialidad técnica, muchachos —dijo Arthur en voz alta, dirigiéndose a los oyentes invisibles de la noche mientras la música de Back in the U.S.S.R. llenaba cada rincón del sótano—. Un rock and roll acelerado, con un piano desbocado que rinde homenaje a Jerry Lee Lewis y unas armonías vocales que fusilan descaradamente a los Beach Boys. Pero escuchen con atención el patrón de la batería... le falta ese swing arrastrado y perfecto de Ringo. ¿Saben por qué? Porque Starr abandonó el estudio a las pocas semanas de empezar, asfixiado por la atmósfera enfermiza de Abbey Road. No soportaba mirar a la cara a ese sustituto, a ese clon perfecto que la industria nos ha encajado. Obligaron al propio impostor a sentarse tras los parches para simular que todo seguía igual. El resultado es un sonido claustrofóbico, una fachada de diversión playera que esconde una tensión insoportable. Nos cantan sobre regresar a la Unión Soviética, pero en realidad nos están diciendo que el verdadero Paul nunca regresó de aquel viaje en coche.
La aguja avanzó sin dar tregua, saltando del rock más gamberro y paródico de la era soviética a un ritmo caribeño que descolocó por completo al locutor. El piano de Ob-La-Di, Ob-La-Da entró con un machaque festivo, casi infantil, una cadencia de music-hall que invitaba a bailar de manera despreocupada, pero que en el contexto de aquella noche de vigilia cobraba un tinte profundamente siniestro, como la música de un carrusel abandonado que gira en mitad de la niebla. Arthur apoyó la espalda en su vieja silla de cuero y entornó los ojos, observando cómo el testigo luminoso de la consola de grabación parpadeaba al compás del estribillo sobre Desmond y Molly Jones.
—Aquí lo tienen, el ska de los suburbios de Londres —comentó Arthur, deslizando suavemente un potenciómetro hacia arriba para realzar las frecuencias medias—. Una melodía pegajosa, un optimismo prefabricado que Lennon odiaba con cada fibra de su ser porque sabía que era una farsa. Pero analicen el teatro de cartón piedra de la letra. Desmond se queda en casa y se maquilla la cara, Molly es la cantante de la banda... ¿No les resulta macabro este baile de identidades intercambiadas? ¿Este juego de máscaras donde los roles se confunden? John se burla abiertamente del sustituto en su propia cara, obligándole a cantar sobre disfraces y maquillajes. Es una alegre distracción pop diseñada para que nadie se fije en las cicatrices quirúrgicas del hombre que hoy usurpa el micrófono, un secreto eterno que los está matando por dentro mientras el mundo entero baila al ritmo de su desagracia.
El sótano pareció enfriarse de golpe cuando el surco del disco dio paso a una densa introducción de piano que caía como gotas de lluvia pesada sobre un charco de aceite. Era el turno de George Harrison. Arthur contuvo el aliento cuando la guitarra solista, manejada con una sensibilidad desgarradora, empezó a gemir entre los bafles. No era el estilo pulcro de Harrison; el vibrato de las cuerdas era más profundo, más dramático, un lamento eléctrico que arañaba las paredes del estómago y arrastraba una melancolía que el pop jamás se había atrevido a rozar. While My Guitar Gently Weeps
—Esto ya no es un juego de niños, esto es una herida abierta en el corazón de Abbey Road —susurró Arthur, con los ojos fijos en el vinilo blanco que giraba incansable—. Escuchen cómo llora esa guitarra. Harrison tuvo que traer a su amigo Eric Clapton al estudio para que tocara este réquiem, porque los propios Beatles estaban demasiado rotos y apáticos para llorar juntos en la misma sala. Es una elegía fúnebre oculta a plena vista. "Miro al mundo y veo que sigue girando... mientras mi guitarra llora mansamente". George nos está confesando la terrible verdad: el mundo sigue girando con un Paul de mentira, fingiendo una normalidad corporativa mientras ellos se consumen en la culpa de mantener el pacto. ¿A quién le cantas realmente, George? ¿Al ideal perdido o al amigo cuya ausencia intentas llenar con las notas sangrantes de una Gibson Les Paul?
El reloj de pared marcó las tres de la madrugada cuando una explosión de energía festiva y estridente rompió la atmósfera sepulcral. El arranque de Birthday inundó la sala con un riff de guitarra distorsionado, primitivo y sucio, seguido por un grito colectivo que emulaba las grabaciones directas de los primeros años de la mítica banda. Pero Arthur no se dejó engañar por la urgencia del ritmo festivo; para él, aquel tema sonaba forzado, una recreación artificial de una juventud y una frescura que el grupo ya había perdido irremediablemente en los laboratorios de sonido.
—Nos venden una celebración, una fiesta de cumpleaños en mitad de un cementerio —declaró el locutor, ajustando el nivel de ganancia para evitar que la distorsión saturase la emisión pirata—. Musicalmente es un regreso al esqueleto del rock tradicional, un alivio directo tras tanta experimentación conceptual. Sin embargo, escuchen los coros de fondo, esas risas histéricas que parecen grabadas desde el otro lado de una morgue de cristal. No están celebrando el nacimiento de Paul McCartney, amigos de la noche. Están festejando de forma macabra el "cumpleaños" oficial de William Campbell dentro de la banda. Es el aniversario del día en que el doble asumió por completo la identidad de Macca. Celebran que el engaño funciona, que la farsa sigue generando millones, mientras los tres supervivientes se miran de reojo en la penumbra del estudio, sabiendo que han vendido su alma al diablo de la complicidad eterna.
Arthur sintió que el aire faltaba en sus pulmones cuando la aguja alcanzó el punto más peligroso e inhóspito del segundo volumen del disco. La calma desapareció por completo cuando un muro de ruido blanco, distorsión prehistórica y gritos desgarradores brotó de los altavoces. Era Helter Skelter. La voz que salía del vinilo ya no pertenecía al compositor melódico de baladas acústicas; era un alarido salvaje, una garganta rota que competía contra una batería que avanzaba como un tanque de guerra sobre el barro de una trinchera.
—Esto es la locura pura desatada en los pasillos de Abbey Road —exclama Arthur, aferrándose al borde de la mesa de mezclas mientras la habitación vibraba bajo el peso de los decibelios—. Es el descenso más salvaje, violento y desquiciado que jamás ha registrado el pop. Paul siempre fue el caballero de las melodías dulces, pero aquí, el hombre del micrófono grita y aúlla hasta sangrar. Es el impostor perdiendo los estribos, desollándose la laringe en un intento psicótico por demostrar que es más real, más rudo y más genial que el verdadero McCartney. Es un grito de frustración absoluto de alguien atrapado para siempre en la sombra de un cadáver, rodeado por tres compañeros que lo desprecian en secreto y que graban sus partes por separado para no tener que respirar el mismo aire que este usurpador. El tobogán de Helter Skelter no tiene fin, es la caída libre de un mito hacia los abismos de la demencia colectiva.
La fatiga y la mística de la noche confluyeron finalmente en el penúltimo corte del álbum analizado. El tempo disminuyó drásticamente y un ritmo de blues arrastrado, perezoso y denso tomó el control de la emisión. Revolution 1 avanzaba con una cadencia hipnótica, adornada por vientos de metal que le daban un aire de jazz tabernario y revolucionario, pero desprovisto de la urgencia comercial de la versión que había salido en formato de sencillo meses atrás.
—Y así llegamos a la gran confesión política y existencial —dijo Arthur con voz apenas superior a un susurro, mientras los metales de Revolution 1 se entrelazaban con el humo de su último cigarrillo—. Lennon nos canta sobre cambiar el mundo, sobre revoluciones y mentiras destruidas. Pero si escuchan con auriculares las capas enterradas de la mezcla, oirán los gemidos y susurros que anuncian el colapso absoluto. Los tres miembros originales saben que la verdadera revolución habría sido contarle la verdad al mundo aquella mañana de noviembre de 1966. En lugar de eso, prefirieron la comodidad del secreto eterno. "Todo va a salir bien", repiten una y otra vez como un mantra hipnótico para autoconvencerse, para aplacar los fantasmas que los acosan cada vez que sintonizan las cintas de Abbey Road.
Arthur se quitó los auriculares y los dejó reposar sobre la mesa de mezclas. El silencio que siguió al último acorde de la canción fue denso, casi sólido, interrumpido únicamente por el leve chasquido de la aguja al llegar al final del surco. Se levantó de la silla con movimientos lentos, sintiendo el peso de las horas en los huesos, y caminó hacia el pequeño ventanuco del sótano que daba al nivel del suelo de la callejuela trasera. Afuera, la noche de Londres había dejado paso a una neblina grisácea y húmeda que envolvía las farolas de gas.
Al mirar su propio reflejo en el cristal empañado, Arthur parpadeó con incredulidad. Por un instante efímero y delirante, la distorsión del vidrio y la luz mortecina del amanecer dibujaron sobre su propia imagen la silueta inconfundible de un capó retorcido, el brillo cromado de un parachoques de Aston Martin bajo una lluvia torrencial de 1966 y, justo al lado, un rostro joven, de mirada melancólica y zurda, que sostenía un bajo Hofner antes de difuminarse por completo en la claridad gris de la mañana. Arthur se frotó los ojos; la visión había desaparecido, dejando solo el vaho sobre el cristal. Volvió a la mesa de mezclas, apagó los transmisores principales y cogió un pequeño magnetófono de cinta personal donde grababa sus diarios de madrugada, un aparato que lucía una pequeña pegatina roja y azul con una inscripción desvaída: La Playlist del Yeyo. Pulsó el botón de parada. La aguja del tocadiscos Garrard regresó a su posición inicial con un golpe mecánico y seco, dejando flotar en el aire del sótano la duda eterna y la única certeza absoluta de aquella noche: que no importaba quién hubiera grabado realmente aquellas canciones, porque la música atrapada en el vinilo blanco era la única verdad inmortal que sobreviviría a todas las máscaras, secretos y leyendas del mundo.
Epílogo y Reseña
El "White Album", titulado oficialmente "The Beatles", fue publicado el 22 de noviembre de 1968 en el Reino Unido, coincidiendo con el quinto aniversario del segundo LP de la banda y convirtiéndose de inmediato en un fenómeno cultural y comercial sin precedentes en la industria fonográfica. A pesar de nacer en un entorno de extrema fragmentación interna —donde los miembros del grupo grababan a menudo en salas separadas de Abbey Road y utilizaban a los ingenieros de sonido como intermediarios—, el disco doble alcanzó el número uno en las listas británicas y estadounidenses, acumulando millones de copias vendidas en sus primeras semanas y logrando con el tiempo la certificación de 24 discos de platino en el mercado americano.
En su momento, la crítica especializada recibió la obra con una mezcla de fascinación y desconcierto; mientras algunos cronistas aplaudían su ecléctica ambición vanguardista que saltaba del blues al music-hall y de la vanguardia sónica al proto-metal, otros lo tacharon de ser una colección dispersa de canciones individuales más que el trabajo cohesionado de un grupo unido. Pasados los años y las décadas, la perspectiva histórica ha elevado el álbum blanco a la categoría de obra maestra absoluta y pilar fundamental del rock del siglo XX, siendo considerado por críticos y musicólogos contemporáneos como el retrato definitivo de la madurez, el caos creativo y la genialidad colectiva de una banda que, incluso al borde de su propia disolución, fue capaz de redefinir las fronteras artísticas de la música popular contemporánea.
La Opinión del Yeyo
Debo reconocer que la primera vez que escuché este disco blanco de los Beatles, no me acabó de enganchar del todo. Es cierto que lo oí después de los grandes discazos anteriores, como Revolver, Rubber Soul, o el Sargent Pepper's, y quizá me defraudó un poco. Pero solo fue un espejismo. Tuve que insistir un poco, eso es cierto, pero me acabó entrando. Es lógico en un álbum doble, y con 30 canciones, pero estas fueron desfilando por mis oídos, y me fueron enganchando poco a poco. Ahora, me parece un discazo. Y por partida doble.
Destila todo el talento que tienen los cuatro de Liverpool, aunque ahora por separado. Es como si fueran cuatro solistas que utilizan al resto de meros comparsas de acompañamiento. Quizá esa sea la razón por la que tiene tantas canciones; cada uno hacía lo suyo, y al final cuando lo juntan todo, para evitar peleas, se mete todo, y todos contentos. Solo es un análisis muy subjetivo mío, pero es lo que parece...
Y encima tiene tantos estilos, y tanta diversidad musical, que meter toda esa producción artística en un disco, aunque sea doble, es una heroicidad, solo digna de una banda como los Beatles. Y es que se mezclan de una forma muy cruda, temas tan relajados y tranquilos, como Blackbird, o Mother Nature´s Son, con temas mucho mas potentes, y duros, como Helter Skelter, o Yer Blues. Si comparo estos temas con los del anterior disco, el Sargent Pepper's, es como si hubieran dejado atrás la psicodelia, y el optimismo hippie, y hubieran abierto los ojos, y estuvieran mostrando dolor, crudeza, y esa distorsión de guitarras, que empezaba a ponerse de moda por aquellos años...
Para terminar mi reseña, me quiero dedicar a hacer una pequeña reflexión que tú, querido lector, ya te habrás hecho antes. Si en lugar de hacer el disco doble con 30 temas, buenos y malos, mejores y peores, hubieran reducido la cantidad a solo las canciones buenas, o las mas grandes, ¿habría sido mejor disco? Pues para ser sincero, hay muy pocas canciones en este álbum blanco, que bajen el nivel del conjunto del disco. Por lo tanto, en mi humilde opinión, está bien hecho, lo hicieron a lo grande, y les ha quedado soberbio. Mezclaron grandes canciones con rarezas, caprichos y temas quizá algo imperfectos, y caóticos, pero ahí reside la genialidad de estos cuatro músicos, todo lo que hicieron era muy bueno...Y el disco lo merecía. Y La Playlist del Yeyo, añade una nueva joya a su repertorio.
Pero no es el único álbum de los Beatles, que hay en La Playlist del Yeyo, debo citar también otros discos muy importantes como, por ejemplo:
Rubber Soul, Magical Mistery Tour,
Revolver Sargent Pepper's Lonely Hearts Club Band
Y sobre los Ex-Beatles, tienes los siguientes discos:
Imagine de John Lennon, George Harrison, de George Harrison,
y de Paul McCartney, junto con Wings, Band on the Run Wings Greatest
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